Veo a la luna mala elevarse
Bernardo Monroy
Ya estoy harto de repetirlo: no soy peligroso. Sólo una noche al mes. Tanto yo como todos los que padecemos mi enfermedad somos completamente funcionales. Completamente normales.
Sin embargo, parece que mis padres no lo han comprendido. Me enviaron, al igual que los doscientos muchachos de entre trece a diecisiete años, a este jodido infierno: el “Centro de Readaptación Social para Menores Licántropos San Francisco de Asís”. Creo que es un excelente lugar para vivir si eres una bestia irracional. El problema es que nosotros nos convertimos en bestias irracionales una noche al mes, cuando brilla la luna llena… pero no quiero ser redundante.
Tengo dieciséis años, me llamo David Fernir. Como tantos otros niños desafortunados, mis padres le hicieron una jugada sucia a un hechicero y éste pronunció una maldición (generalmente son en latín, pero algún dialecto indígena también funciona, así como un conjuro de no más de 140 caracteres que encontraste en Twitter) que al victimario no le causaba ningún daño... quienes pagarán serán los hijos. Ya sabes lo que se dice sobre los pecados de los padres. Hay otras formas de convertirse en hombre lobo (o en nuestro caso, lobo-puberto), como por ejemplo, que antes de matar a un lobo este te muerda y transfiera su espíritu a tu cuerpo, pero el de la maldición por parte de un brujo para los hijos es el más común.
En cuanto el padre ha sido maldecido, su hijo nacerá con la cicatriz de una estrella de cinco puntas en la mano izquierda. Ese pentagrama es la famosa “Marca de la Bestia”. Llevas una vida normal, y cuando menos te lo esperas, una noche de luna llena, la bestia en tu interior decide salir del closet cuando tienes trece años. Si tienes suerte, tu primera transformación se da en tu alcoba, y lo peor que puede pasar es que destroces tu cama. Pero si pasas el fin de semana en un campamento con tus compañeros de clase… bueno, eres responsable de la muerte de veinte niños, y terminas en uno de los muchos centros de readaptación que la Iglesia Católica tiene alrededor del mundo. El peor de todos es el San Francisco de Asís. El director de la institución, un sacerdote franciscano obeso como una vaca y venenoso como un alacrán, es el Padre Josemaría. El día que papá y mamá me enviaron a este lugar me recibió él, advirtiendo que a partir de ese momento los animales como yo dejamos de tener derechos. Que no valemos nada. Que somos unas bestias y que el hecho de ser mitad lobo y mitad humano es un acto contra natura, creado por Lucifer. Le respondí que lo que estaba haciendo se conoce como discriminación. El padre, que estaba sentado frente a su escritorio, tecleó con rapidez en su computadora y me dijo que me leería la definición de discriminación en Wikipedia:
-Hacer una distinción o segregación que atenta contra la igualdad de oportunidades. Normalmente se utiliza para referirse a la violación de la igualdad de derechos para los individuos por cuestión social, racial, religiosa, política, orientación sexual o por razón de género. Tomando una parte del artículo 1º de la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las formas de discriminación se clasificarían o se definirían en dos partes…
-En ningún lado dice “por convertirse en lobo”. Entonces, no te estoy discriminando, sino tratándote como lo que eres. ¡Que Dios te bendiga, jovencito! Ahora, el hermano Augusto te llevará a tu celda.
Como siempre, la Iglesia Católica era muy astuta para odiar al prójimo fingiendo amor… ni yo, un adolescente que truncaba su vida gracias a una maldición que no había tenido ninguna culpa, podía rebatirlo. Mientras caminaba por los oscuros pasillos de la institución, escuchaba los llantos y las maldiciones de quienes ahora eran mis compañeros. Al mirar las imágenes de los santos y la Virgen María y las ventanas con barrotes, recordé a mis padres: mi madre era una devota católica, que atribuía mi condición a un castigo del Señor que me había ganado, y mi padre, un empresario que después de despedir a un obrero, este se vengó maldiciendo a su hijo, que a su vez sería despedido del seno de la familia Fenrir.
El padre se despidió de mí escupiéndome en la cara, no sin antes besar la cruz y decir que aunque él no me amaba, Dios sí. Miré mi nuevo dormitorio: una celda del tamaño de una caja de zapatos, con inodoro, lavabo, un par de cómodas, sobre una de ellas se encontraba una grabadora de casete, y una litera. En la parte superior, descansaba un muchacho rubio, extremadamente delgado. Vestía con harapos, como todos nosotros, ya que los sacerdotes no gastaban en ropa, pues no tenía caso, ya que cuando nos transformemos las habremos de rasgar. Parecía un esqueleto con piel adherida. Me saludó sin apartar la mirada del techo:
- Me llamo Josafat. No solo soy hombre lobo. También tengo baja autoestima, soy anoréxico, soy gay, nerd, judío y me gusta Glee.
-Tu problema no es ese, sino que no tengas tendencias suicidas.
-No se puede ser menos minoría –respondió.
Josafat se dirigió a su cómoda, y tras presionar “play” se escuchó la única música que le gustaba: Creedence Clearwater Revival: Rolling, Rolling, Rolling on the river… aunque él era un buen compañero de cuarto, era irritante tener que soportar la voz de Fogerty todo el maldito día y la maldita noche. Bastante malo era pasar todo el día encerrado, escuchando insultos de los sacerdotes a cargo del centro para después escuchar: I know, have you ever seen the rain… era un infierno esperar la noche de luna llena, y esa misma mañana: Early in the evenin' just about supper time… La vida es de por sí bastante mala, pero lo es peor cuando aparte de hombre lobo, escuchas la batería de Cosmo Clifford. En una ocasión le pregunté a Josafat por qué le gustaba Creedence. Me respondió que su hermano diez años mayor que él abusaba sexualmente de él, y la noche de su transformación, no besó la boca de un preadolescente sino el hocico de un monstruo que le arrancó la cara de una dentellada y convirtió sus testículos en omellette. Le pregunté qué tenía que ver eso. Sin contenerse, se tiró al suelo de nuestra estrecha celda, y dijo, entre carcajadas:
-¡El vecino escuchaba Bad Moon Rising! ¿Entiendes? ¡I see the Bad Moon Rising…!
Bueno… había que admitirlo: la situación tenía su gracia.
Un día común en el “Centro de Readaptación Social Para Menores Licántropos San Francisco de Asís” no es divertido. Nos levantamos a las cinco de la mañana para dirigirnos a la capilla, donde rezamos hasta las siete. Después, desayunamos. A las ocho tomamos un baño y a las nueve empiezan las clases: siete intensas horas sobre el castigo que nos espera, sobre la Biblia, sobre el catecismo, sobre una Iglesia que odia a todo aquel que no profese su doctrina. Los sacerdotes nos hablan de San Francisco de Asís, patrono de todos los animales y ecologistas. “Odia al pecado, no al pecador” y otros eufemismos.
-No creo que a los de Greenpeace les guste que semejante hijo de puta sea su patrono. Ellos al menos salvan ballenas-, comentó una vez Josafat, y como castigo le dieron veinte azotes, con un látigo con puntas de plata. Ya sabes, la plata es el único metal que afecta a los hombres lobo.
La iglesia siempre ha odiado a los hombres lobo, me dice Josafat la noche después de recibir los azotes, mientras escuchamos Born on the Bayou. Durante la inquisición quemó y torturó a cientos de nosotros. Siempre han odiado todos los que no son como ellos.
Ya estoy harto de escribir cartas a mis padres, diciéndoles que yo no elegí nacer así, que ni siquiera es cuestión de genética, sino de una maldición que ellos, maldita pareja a la que odio, propiciaron.
Las películas de terror muestran las transformaciones de humanos a lobos con escenas emocionantes: un despliegue de efectos especiales, seguidos del lobo saltando por los edificios de Paris, Londres o Nueva York en una glamuorosa noche. Finalmente, antes de que salga el sol, el hombre lobo (o mujer lobo. También las hay, pero ellas son enviadas a un colegio de monjas) aúlla, teniendo como fondo el Empire State, el Big Ben o la Torre Eiffel.
En nuestro caso no es tan emocionante. De hecho, es asquerosamente monótono. Cuando el reloj marca las seis en punto, los veinte sacerdotes que administran el centro nos conducen a empujones al patio de la escuela. Después, cierran las puertas y ventanas, que son de acero reforzado. En cuanto la luna llena brilla, empieza la transformación. Jovencitos de trece a diecisiete años comienzan a gritar, como si bebieran agua hirviendo. Es natural: nuestro cuerpo se está metamorfoseando al de un animal. Una vez convertidos en lobos, pasamos el resto de la noche aullando y mordiéndonos entre nosotros. Al amanecer, estamos semidesnudos, acostados sobre la acera del patio. El Padre Josemaría nos despierta con un silbatazo, usando sus adoradas frases en latín. La que siempre dice la mañana después de la noche de luna llena es In nomine patris et filii et spiritus sancti. Ya sabes: en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.
-Clérigo de mierda –protesta Josafat, sin más prenda que unos bóxers, tapándose como puede su cuerpo anoréxico-. Más apropiado sería decir homo homini lupus. Ya sabes: el hombre es un lobo para el hombre.