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CUENTO

La hora sepia

Cristina Gaona

Sunrise on Old Montauk Highway. Grant Hafner
Sunrise on Old Montauk Highway. Grant Hafner
La hora sepia

Apenas se dieron cuenta de lo que había sucedido, decidieron que era imposible detenerlo. Ni Karla ni Aby serían capaces de afrontar las consecuencias. Lo que habían hecho no tenía vuelta atrás y lo único que podían decidir era el final.

Karla se sentó en el sillón, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Aby llegó a la sala con una cubeta llena de agua y el trapeador.

-¿Para qué lo limpias? Se van a dar cuenta de todos modos- dijo Karla sin abrir los ojos.

Aby no contestó y regresó al cuarto de servicio con los instrumentos de limpieza. Fue a la sala con un trapo entre las manos y mientras se limpiaba le preguntó a Karla que harían ahora. Karla no lo sabía. Ni siquiera quería esforzarse para pensar en una solución. Las cosas estaban definitivamente perdidas. Aby se sentó en el sillón que estaba frente a Karla y se acomodó en la misma posición que su amiga. Ambas se quedaron así durante algunos minutos. Al final Karla se enderezó y le habló a Aby:

-Sabes que nos atraparán. Los vecinos vieron cuando la metimos. Bueno, tú al menos puedes correr a tu casa y decirle a tu mamá que estabas en otro lugar con otra persona.

-No- contesto Aby, sin enderezar la cabeza-. Sería injusto y desleal. Las dos lo hicimos, ambas debemos afrontar las consecuencias.

-¿Qué quieres hacer entonces? No tardarán en sospechar. Cuando su mamá vea que no llega a casa comenzará a hacer llamadas y se levantará la alerta. Tenemos poco tiempo.

-¿Qué sugieres?- dijo ella, encarándola por fin.

-Tenemos dos opciones- dijo Karla, mientras apoyaba los codos en las rodillas y sostenía la cabeza con las manos-: que nos encuentren o nos largamos.

-¿A dónde? Ni tú ni yo tenemos dinero ni a dónde llegar. Y menos tú. Por lo menos yo tengo a mi mamá, pero ¿tú con quién vas a ir?

-Te digo que deberías ir con ella. Yo me quedo aquí, no diré nada de ti.

-No, ya te dije que no. Además, no quiero soportar a mi madre diciéndome que tenía razón y la mala influencia que eres. Vámonos juntas.

Karla suspiró, caminó hacia el refrigerador y sacó lo único que quedaba en él: dos cervezas. Le dio una a Aby.

-No nos podemos quedar. No quiero darle esa mala impresión a mi madre. Sería injusto para ella. Además, las hermanas de mi papá no van a dejar de chingarla si saben lo que pasó. Aunque me fuera con ella y te echaras la culpa tú sola, ella va a saber que también fui yo. Karla, vámonos.

-¿Pero a dónde?

-A donde sea. Agarremos el coche y vayámonos. 

- Piénsalo bien. ¿Vas a dejar a tu mamá sola?

-Es lo mejor. Prefiero desaparecer sin que sepa nada, a que tenga que aguantar todo.

-No, eso sí que no. Mínimo llámale, dile que estás bien y que te vas. Ya sé. Mira, de todas formas todo el mundo va a saber que fui yo. Dile que te amenacé y que te vas para que yo no te encuentre. Mínimo dile eso, o mínimo déjame decirle que…

-Ya sé que vas a decir. No, eso no. Mejor le llamo.

Aby sacó su celular del bolsillo y se fue al patio a llamar a su madre. Karla había terminado su cerveza cuando Aby volvió. Tenía los ojos rojos por el llanto.

-Vámonos ya. Agarra el coche y vámonos hasta donde alcancemos- dijo Aby mientras se secaba las lágrimas.

Karla no contestó, sacó el coche de la cochera y esperó a Aby adentro.  Aby se sentó en el asiento del copiloto con la cerveza en la mano.

-Tómate eso de una vez o nos van a detener- le dijo Karla. Aby bebió el resto de la cerveza de un solo trago.

Karla arrancó y condujo hacia la carretera libre. Cuando cruzaron los límites de la ciudad, Aby lloró. –Le dije a mi madre que nos peleamos y que me iba porque sin ti me sentía sola y que no la soporto. Le dije que me iba lejos para no tener que verla. Y le dije que no me buscara. Ella lloró. Me aguanté las ganas de chillar para decirle que la odiaba y que lo único que me tenía en la ciudad eras tú, pero que ahora que me habías fallado ya no tenía motivos para quedarme.

-Hiciste bien- contestó Karla, sin apartar la vista del camino.

Estuvieron mucho rato sin hablarse dentro del auto. Había atravesado dos ciudades cuando se dieron cuenta de que no quedaba mucha gasolina en el tanque. Entonces Karla se salió del camino y condujo por la sierra entre los mezquites y matorrales. Se adentró en la sierra hasta perder de vista la carretera. Aby permaneció callada mientras su mejor amiga conducía. Karla se detuvo bajo uno de los mezquites y apagó el motor.

-La hora sepia- dijo Aby.

-¿Qué?- contestó Karla.

-Cuando empieza a anochecer el cielo se pone como amarillo. Yo lo llamo “la hora sepia”.

Ambas guardaron silencio mientras el sol se ocultaba entre los cerros. Cuando oscureció, ambas se movieron al asiento trasero. Karla abrazó a Aby.

-¿Sabes que es lo que más odio?- le dijo Aby a Karla, sin esperar respuesta- Que mañana va a salir las noticias. Todas las muertes salen en las noticias. Todos los días en los puestos de periódicos salen montones de fotos de gente desangrada, destripada, morada y hasta desnuda. Siempre sale en las noticias cuando a la gente la matan o cuando la gente se suicida. Mañana podríamos salir nosotras. Eso me repugna.

-¿Qué tenemos que hacer para que no salgan nuestras fotos  en el periódico? Sólo desapareciendo…

-Desaparezcamos. Tienes que manejar hasta que hayamos salido del estado. Afuera no nos buscarán. Oye, tengo hambre.




***
Cristina Gaona es Maestra en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato.

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