Nocaut Lírico

Tachas 488 • Sergio Víctor Palma. Voz y boxeo • Marina Porcelli

Sergio Víctor Palma

Marina Porcelli

“A vos lo que te molesta no es que los chicos se peguen boxeando, sino que lo hagan delante de tus ojos”. Sergio Víctor Palma, que había nacido en 1956 en La Tigra, Chaco, Argentina —en una choza para cosecheros— respondió con esta frase al periodista deportivo Fernando Niembro en un reportaje a mediados de los 90 para la televisión.[1] Mucho puede decirse sobre esta entrevista: es, quizá, una de las más importantes que ha dado Palma en toda su trayectoria, y quizá hasta tenga la magnitud de un combate. El caso es que Palma, que fue campeón mundial en la categoría súper gallo de la amb, cuando derrotó a Leo Randolph en Estados Unidos el 9 de agosto de 1980 —luego hizo cinco defensas y perdió el título en 1982— él, que trabajaba en programas de radio haciendo comentarios, y enseñaba a tocar la guitarra a los chicos debajo de las autopistas de Buenos Aires, con una lucidez abrumadora y una paciencia infinita, va refutando punto por punto las críticas y objeciones de Fernando Niembro a la práctica de boxeo. El mismo Palma aclara, “no soy una excepción, sé lo que digo”, y así, en esta discusión en la que recupera su voz, y la asume, revela cómo todos los argumentos de Niembro están dados desde el clasismo.

Niembro no pregunta, no quiere saber. Impone, con la violencia impúdica del que habla en nombre del otro, cómo se sienten los boxeadores, qué les pasa, de dónde vienen. 

Entonces Palma, tranquilamente, habla. 

El boxeo es opcional, le dice. A nadie le ofrecen un caramelito y a la mera hora le ponen los guantes y lo empujan al cuadrilátero. Parece una obviedad, pero mejor que quede claro: lo que hacen los boxeadores es competir contra alguien que está en igualdad de condiciones, que tuvo una preparación física adecuada y que, antes de la pelea, atravesó muchos meses de entrenamiento. Y hay que cumplir con las reglas —esto que en los ensayos aparece como “violencia regulada”, quizá uno de los mayores aciertos de la disciplina—; el boxeo organiza la violencia, le da forma, le pone un marco.

Niembro protesta, interrumpe. De golpe sube el tono y no deja hablar. 

Palma lo espera. 

Niembro pregunta si allá, “en su tierra de paisaje gris”, no hubo una imposición familiar: “Andá a boxear, Sergio, porque no queda otra salida”. Palma le sonríe. Da la impresión de que le parece muy vano, muy pueril, lo que escucha. Respira hondo, y da cátedra. Aunque el boxeo se origina en zonas africanas, dice, para el colectivo es como si hubiera nacido en Grecia. De ahí ese tono casi sagrado del deporte, su reborde místico. La divinidad adjudicada es Apolo, dios de las artes, la medicina, las siembras y los rebaños. Se trata de una disciplina —es un medio, dice textualmente Palma— que goza de cierto porcentaje de atención pública, y que le permite, a los individuos que lo practican, “gritar que existen, que merecen consideración, atención”. En todo el relato, Palma construye un paralelismo: boxear es gritar, es hablar, es tener una voz. Asumirla y darle carnadura. Entidad, sentido. “Desde que boxeo, puedo opinar”, declaró una vez Karen Burbuja Carabajal en Buenos Aires, 2021.

Pero el boxeo genera daños, se indigna Fernando Niembro. 

Asumo los riesgos, responde Palma. No digo que no los haya. Por supuesto que los hay.

Y acá, quizá, va algo que no dice explícitamente Palma, pero sí cabe: un llamado urgente al cuidado real y efectivo de los boxeadores, a ser muy conscientes, por ejemplo, de la importancia de que las peleas se detengan a tiempo, o de la necesidad preventiva de clínicos y ambulancias en cada combate, y sobre todo, de promover, facilitar, garantizar el acceso a las revisiones médicas completas, sistemáticas, para todos los que practican este deporte. Dejar de creer o de concebir a los boxeadores como un “pedazo de carne”.

Sabés qué pasa, Fernandito, dice de golpe Palma, visiblemente cansado de repetir lo obvio: “un boxeador no nace en boxilandia”. Después insiste en aquello esencial que Niembro no puede ver: hay mucho más sufrimiento que los golpes que suceden en el ring. Y termina: si suprimiéramos el boxeo, el mundo amanecería más hipócrita. Lo que hay que suprimir son las condiciones inhumanas de vida, dice. El boxeo es sólo una apuesta: y cuando más resueltos estemos a redoblar la apuesta, más cerca estaremos de alcanzar la gloria.

Sergio Víctor Palma murió de covid, en un hospital de Mar del Plata, el 28 de junio de 2021. Que valga esta reseña como homenaje.




 

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Marina Porcelli. Ciudad de Buenos Aires, 1978. Narradora, ensayista, cursó estudios de historia en la UBA. Fue becaria del Centro Cultural de la Cooperación (Buenos Aires, 2004) y obtuvo diversos premios en género cuento y ensayo. Entre sus libros se encuentran: Cuaderno de invierno (novela corta, México, 2021); Nausica. Viaje al otro lado de la otredad (ensayos sobre género, Monterrey-La Plata, 2021); La cacería (cuentos, México, 2016); De la noche rota (cuentos, Argentina, 2009). Parte de la obra de ficción y ensayística de la autora ha sido publicada en medios y antologías de Argentina, Chile, Cuba, México, Nicaragua, España, EEUU y China. En 2010, Marina Porcelli fue elegida por el Fonca/Conaculta para participar del Programa de Residencias Artísticas para Iberoamérica y Haiti; en 2012, fue becada por la Secretaría de Cultura Argentina, en convenio con México. En 2014, recibió el Premio de cuento Edmundo Valadés; Mención en el Premio Casa de las Américas, Cuba, categoría ensayo; y la Primera Mención en el Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires. En 2017, obtuvo una residencia artística en Montreal, Canadá, y ese mismo año, otra, en Shanghai, China. Dio talleres de escritura creativa en el Observatorio de violencia contra las mujeres, en Salta, y el Seminario de Narrativa en la Universidad de Salta, Argentina, 2019. Algunos de sus cuentos y ensayos fueron traducidos al inglés, al alemán y al chino. Colabora regularmente con revistas y suplementos de cultura de América Latina, y desde 2018 a 2020, estuvo a cargo de la sección de Narrativa de Revista Levadura de Monterrey, México.





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[1]    La entrevista, que no lleva título, fue posteada en YouTube en 2012, y dura 26 minutos. El tramo que refiero termina en el minuto 11, aproximadamente.