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Tachas 516 • El camino • Omar de Felipe

Omar de Felipe

Imagen creada con IA
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Tachas 516 • El camino • Omar de Felipe

El cruzar tempestivo de los coches levanta nubarrones de polvo hasta la banqueta, donde estamos. A la mitad de la avenida se erige un muro para impedir el paso para peatones atrevidos o sin tiempo. Es imposible ver el otro lado de la calle. En este momento, un camión de carga, rojizo por el óxido acumulado cruza frente a mí. Deja una estela oscura por detrás, y cimbra el muro a la mitad de la calle. A mi derecha, la rampa del puente peatonal. 

            

Comenzamos el ascenso. Toman el ataúd de María por una esquina y lo colocan en mi hombro derecho; lidero la procesión fúnebre. Las columnas del puente se elevan más allá de lo que la vista puede abarcar, están cubiertas por la niebla de enero. El tintineo de los rosarios acompañan un diminuto coro de respiraciones entrecortadas, pasos arrastrados. 

            ***

Adivino en Xavier su andar lento, su mirada baja. El féretro aún no se ha convertido en una molestia para su espalda. Sin embargo, es posible que su espalda ahora brille oscuramente bajo la ropa, por el sudor. En estos momentos, la procesión es una marea lenta, y lenta es la llegada de una fortuita esperanza, aquella que los aliente a seguir caminando, a seguir andando. 

            ***

El sol se ha diluido en un gris que se extiende por el cielo. Nos invade una anemia espiritual; mis pensamientos se consumen, uno a uno, en cada paso que damos por la rampa. La pintura azul de los barandales es un mapa de ríos negros que se cruzan, pedacitos de pintura se desprenden al menor impulso y dejan a la vista las costras de hierro por debajo, la sangre mineral de este conducto.

Llegamos al final del tramo y tenemos que dar vuelta, continuar sobre el lomo de esta serpiente de concreto. Afianzo el ataúd a mi cuerpo con la mano izquierda y giramos al unísono del avanzar de los coches por debajo. Alzo la vista: un hombre en su bicicleta nos observa al final del siguiente tramo, donde tendremos que girar nuevamente. Nos detenemos: nuestro cortejo ocupa todo el espacio disponible en la angosta rampa, tendríamos que formarnos en fila para permitir su paso; empero, sólo podría bajar encima de su bicicleta, y que lo hiciese supondría no pagar el debido respeto a María. El hombre también se ha detenido. Estoy seguro de que ambos nos debatimos en el mismo dilema. Uno de nosotros tendrá que ceder, regresar al punto inicial. Y no seremos nosotros.

***

Recuerdo los gritos. Tal vez “recordar” no sea la palabra correcta. Pero son los gritos de las demás personas los que vienen a mí. De furia, de dolor, de miedo.  Xavier no gritó, se refugiaba en su mutismo perenne. Su cuerpo yacía delante de mí, el contorno de sus pupilas temblaba ante la sombras de los otros manifestantes. Me incliné ante él, justo para que mi mano se manchara con su sangre, la sangre que corría por el pavimento. 

***

Miro hacia abajo. Dos jóvenes se han cruzado en nuestro camino. Dedicaron  una breve plegaria y continuaron con su empresa. Están ahora un nivel abajo en la rampa, sus cabezas se mueven con un leve vaivén, hacia arriba, hacia abajo, mientras siguen descendiendo, mientras la neblina comienza a engullir sus piernas. El silencio rebosa nuevamente en nosotros, así como la lluvia llena un pequeño estanque en la tierra.

¿Por qué andar? ¿Por qué seguir?

El Matemático y Leto caminan por veintiún cuadras en las calles de Buenos Aires. Reconstruyendo una historia que no les pertenece, cada uno se recluye a ratos en el solaz de la angustia y la memoria (¿acaso no son estas dos distintas caras de la misma moneda?). El número de cuadras está de más: los ciegos recuerdos, ya sintéticos, ya inseparables de la plena memoria, eso es lo que importa. Pero ya no quiero más recuerdos. Pero vivir, caminar, me arrojará a ellos.

***

De la neblina emergió un ramo de sombras. Recogí mis piernas, tendidas por el suelo, para dejarlos pasar. Por las ropas extendidas en la reja del puente no se interesaron, a pesar del creciente frío. Mantuvieron su concentración en el camino, con el difunto al frente. Cada vez compran menos quienes pasan por acá, y pronto tendré que moverme al norte, cerca del cruce de la cuarenta y tres. Pero moverme significa perder a la clientela que me busca aquí. Dijeron que algún día Dios tomará de los que tienen para dar a los que no tienen. Y sé que ese día no llegará en la Tierra.

***

A la izquierda, a unos pasos por delante, otra rampa alimenta de más peatones al puente. El sol se desangra tras la cortina de nubes, fuego carnoso y lejano. Hombres y mujeres inundan el espacio del puente, fijan su vista hacia delante, para evitar la mirada de los demás; en sus ojos se refleja el consuelo de la repetición, indolente, seductora. Nos detenemos instintivamente ante el flujo de personas, hasta que nos quedamos otra vez solos.

***

Un solo deseo le compartí a Xavier. 

Quería descansar cerca de la costa, al otro lado de la ciudad.

***

El cortejo ralea. Solo quedamos quienes cargamos el ataúd. Lo hemos colocado en el suelo por unos minutos para descansar. Por enfrente de nosotros, una fila, y más allá, dos arcos que simulan compuertas por dentro del puente. El cuerpo se estremece ante las arduas tareas, y parece que llegan a uno voces concertadas e inasibles pidiendo unas monedas, un poco de agua. Mis acompañantes sugieren en su silencio el anticipo de la derrota, lo presiento. La fila avanza un poco, cargamos el féretro unos cuantos pasos y volvemos a bajarlo. 

Diego de Zama acompaña, al final de su vida, una expedición para identificar y capturar a un bandido. Es un viaje sin retorno. No me refiero a que no vaya a regresar con vida, es que su propia metafísica no se lo permite. La espera se ha convertido en un recorrido que le muestra la desnudez, la miseria de su propia alma. La espera como un intersticio que empieza y termina en la nada.

Avanzamos, y seguimos avanzando, hasta encontrarnos a unos metros de las compuertas. Hay guardias que revisan personas y equipamiento. Un grupo de ellos discute con un par de personas. Se hacen de palabras. Entiendo que no las dejan pasar por sus maletas improvisadas: un par de cajas de huevo y leche.

***

Todo es oscuridad por dentro. Apenas distingo el ruido gastado del mundo. Existe una leve corriente que me balancea en este, mi recinto. Supongo que así debe ser la eternidad, el viaje infinito en un instante.

***

Personas con rostros cubiertos corren a nuestros lados. El alumbrado público es, o insuficiente, o llanamente inservible a estas horas. Las ramas de unos árboles de bugambilia crean una barrera artificial a lo lejos. Penetran esa pared de hojas y ramas con urgencia. Cargan con mochilas en sus espaldas, y en su premura las hacen bailar en el aire, inventan una melodía de tambor, anuncian una batalla próxima. 

***

Es muy triste decirlo, pero ayudar a Xavier nunca fue nuestro objetivo. Teníamos que aprovechar la distracción del ataúd, pasar desapercibidos. Nuestros compañeros ocuparían el frente, y nosotros tres los apoyaríamos por detrás de líneas. Ya los esperaban barricadas y antidisturbios. ¿Te imaginas? Otra carretera. No, tuvimos que dejarlo. Era una oportunidad demasiado valiosa. Me apena mucho por Xavier, en verdad lo lamento. Pero no había otra opción.

***

Gritos.

Otra vez los gritos.

***

… por lo que las fuerzas policíacas han tenido que responder antes las agresiones. Hasta el momento se ha detenido a más de diez manifestantes en estos disturbios. Recordemos que fue rechazada la propuesta de compensación económica por parte del gobierno. En negociaciones anteriores al día de hoy, los líderes de los manifestantes calificaron de “humillante” la propuesta ofrecida desde…

***

María. 

María.

Ahora es un nombre al que le es imposible ceñirse en el aire.

El cielo comienza a clarear. Una densa neblina atraviesa el puente, impide el paso a la mirada. Ya no siento las manos. Estoy solo en esta empresa, empujo el ataúd sobre el suelo, por detrás.

Quisiera olvidar. Cargo un recuerdo, un pozo, un vacío en la vida.

El alambre, el piso tiembla. Motores furiosos operan por debajo, por arriba, por todos lados. Hay algo diferente en estos.

Continúo empujando.

Y al arrastrar el ataúd por el concreto, se produce un sonido, como si excavaran la tierra. 

Los temblores se hacen más fuertes. Las formas y sus contornos se disuelven, mi vista cae.

Un tramo más.

Y otro más.

La neblina se comienza a disipar.

María. 

Nuestra tumba, el mar.

Un último empujón, y el féretro se balancea a lo largo. Me detengo. Los motores y su barullo dominan el horizonte. Respiro profundamente y me incorporo para otear el camino.

Han cortado el puente de golpe. El ataúd de María está suspendido en un tramo en el aire. Miro por debajo, al filo del muñón de concreto. Camiones descargan material y grúas levantan las columnas para una nueva autopista. Me imagino que conectará los suburbios con la costa, al otro lado de la ciudad.

***

Omar de Felipe Solís (Orizaba, 1997), licenciado en ingeniería en computación y sistemas en UPAEP. Ha publicado ficción en la revista Mula Blanca, en el suplemento cultural El Confabulario de El Universal. Cuenta además con reseñas en El Popular de Puebla, el portal Pez Banana y una publicación en Rio Grande Review, journal de arte contemporáneo de la University of Texas at El Paso.






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