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Tachas 520 • La Puerta • Goyo Rotten

Goyo Rotten

Imagen creada con IA
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Tachas 520 • La Puerta • Goyo Rotten

Hay dos en cada cuándo 
Una es de ida y otra de vuelta 
Dr. Toloche 


 

¿Qué tan roja puede ser la sangre? Pienso en eso mientras escurre por mi pecho. Es tan sombría que la veo café. ¡No, es negra!, igual a tierra mojada. “¿Cómo pudiste creerme, Jacobo?”, dice el doctor, con la cabeza gacha, viendo cómo mi sangre se desliza por el puñal que clava en mi esternón. La puerta, que flota en medio de la arena como desde que la crucé, se cierra con Luis al otro lado y desaparece como por prestidigitación; se va, como mi vida. Me cuesta decir cualquier cosa, el dolor me lo impide. Sólo logro expulsar un sonido hueco que suena como una “a” y una “o” al mismo tiempo. 

Mi sangre se funde con las olas y las vuelve rojas. La gente camina por la playa y deja huellas indiferentes, como quien las proyecta. No escuchan mis últimos aullidos, y parece no molestarles verme tendido en la playa, ensangrentado, ni la puerta que flota, la maldita puerta que flota. “Me muero”, pienso cuando caigo de costado y una ola roja abraza mi rostro frío. 

* * * 

Desde que Jacobo ganó el certamen de literatura en el que también participó Luis, con su novela Melquiades (claro, Luis jamás se lo dirá), le obsesionó la idea de crear una mitología toluqueña. Quería saber todo de la ciudad. Habló con Gerardo Novo, buscó libros en internet y compró otros. Creía que la inspiración llegaba de cualquier lado, pero que también había que buscarla y aprovecharla. 

Por azar, encontró en una librería La Puerta, un libro que en sus buenos días debió de ser morado. En él leyó una historia sobre el dios Tolo, la antigua deidad de los matlatzincas, de su obsesión con el toloache y cómo había creado el cerro donde crecería, más que otra cosa, su planta predilecta, y que habría de llamarse Toloche. En el último capítulo, que da nombre al libro, el autor hablaba sobre un regalo dejado en el cerro por Tolo: una puerta que podía llevar a cualquier destino que uno quisiera. 

Al final, a modo de nota, ponía: “Este relato no es producto sacado de mi imaginación, yo mismo he cruzado varias veces por La Puerta”. Y abajo: “Matamoros #19, sexto piso”. 

Contactó al autor (un viejo enano y de ojos grandes, como de mosca, calvo y con abundante barba nevada) y charló con él sobre ese capítulo. Le dijo que muchos creían que estaba loco y que nadie lo tomaba en serio como escritor, pero juró que la puerta existía, aunque “no siempre está en el mismo lugar”. Vivía en una habitación vieja, la cual se encontraba en la azotea de un edificio que ni el mismo dueño sabía cómo llegó a ser suyo; olía a humo y estaba llena de libros arrumbados, además de una estufa, una cama, un sillón y una mesa con una jarra de té naranja llena de hojas de floripondio. El viejo dijo que sólo los que sabían de ella podían ver la puerta, y que no era el único que había pasado a través de esta. Jacobo no creía nada, pero era una buena historia y quería escribirla: dos escritores que descubren la Puerta, con el doctor Toloche como personaje. 

Le contó todo a Luis y le pidió que subieran al cerro, como cuando iban en la prepa. La emoción de Jacobo le impidió notar el desaire de Luis, quien lo veía como un niño incapaz de escribir algo tan complejo como Melquiades

* * * 

―Pensar en Toluca como alguien… como algo vivo, lo cambió todo ―dijo fatigado, viendo la ciudad desde la cima del cerro: C.U., el estadio, la catedral. Jaco iba cansado pero decidido; yo lo seguía a paso lento―. Dejar de ver la ciudad como un escenario y verla como un personaje cambió mi novela. Por eso gané el certamen. 

(Y el dinero. Ganaste con una idea que se me ocurrió una tarde en tu casa, Jaco, fumando, charlando). 

―Me alegro por ti. No muchos escriben sobre la ciudad y no los culpo. ¿Qué puede ocurrir en un basurero como Toluca? ―dije. La espina de un arbusto se clavó en mi tobillo, como vengándose de ese último comentario. Una mancha de sangre apareció en mi calcetín. El sol quemaba como en una tarde sin nubes en la playa. 

―Échate saliva o tierra, detiene el sangrado. Es clara, no como tu novela Melquiades ―comentó, mirando la mancha antes de continuar. Hacía esos comentarios para motivarme, no para hostigar, pero odiaba cuando se ponía como mi padre, aunque fuera con buena intención. 

―Me costó mucho trabajo escribir Melquiades; es un libro difícil ―dije mientras secaba con la playera la saliva de mi dedo. 

―¡Ah!, claro. La gente no te entiende y yo soy un esnob. ¿Por eso no lo inscribiste a la convocatoria? 

―Con ese jurado, nunca ―mentí―. Prefiero traducir libros malos y medio vivir, aunque esté en la edad en la que se frustran las personas y el tiempo me coma. ―Paré, inhalé y suspiré para disimular mi enojo―. ¿Qué harás si encontramos la puerta? ¿Crees que nunca la hayamos visto desde hace… ocho, diez años que venimos por acá? 

―Entraría ―dijo sin titubear―. ¿Qué harías tú? 

―Esperaría. (Después la cerraría, te sacaría de este mundo y escribiría la historia). 

―Siempre esperas. 

―Todos esperamos algo, Jaco. Toluca sigue esperando una explicación para su topónim… ―¡Escucha! ―Me calló con un índice entre los labios y el otro apuntando al oído. 

―¿Qué? ―pregunté. ―Agua… Por allá. 

―Es como una tubería rota… una grande ―susurré y agucé el oído. 

―¿En la cima del cerro? ―contestó. Seguimos el ruido del agua como dos moscas atraídas por el olor a mierda. Subimos hasta un lugar en el que fumábamos y mirábamos la ciudad durante nuestra época de prepa. Había una cueva que antes no estaba ahí. Afuera se escuchaba un estruendo, como el del mar rompiendo sus olas ante rocas enormes y erosionadas. Sentí el fresco salir del agujero negro y mohoso de la pared del cerro. Me dio miedo entrar, pero no quería que Jaco la viera solo. 

Dentro, a unos centímetros del piso, la puerta levitaba, abierta, y al otro lado alguien daba un paseo solitario durante la tarde nublada en alguna playa. 

―Entra ―susurré. 

* * * 

Caigo en la playa, en medio de un grito parecido al de alguien que está cayendo por un barranco. Me aferro al marco de la puerta como ebrio de cantina, y así es como me siento. Atravesar la puerta fue como beber dos jarras de mosquito en una hora. Una pareja de enamorados a unos metros y un grupo de lancheros del otro lado están inmóviles y barridos, como una fotografía de baja exposición. Volteo, aturdido aún, y veo a Luis, temeroso y sorprendido, al otro lado de la puerta. Las personas que caminan por la playa recobran el movimiento poco a poco, primero lento y luego normal; caminan como si no vieran la puerta flotando en la arena y a Luis a través de ella. 

Es desconfiado y evita salir de Toluca, por eso no le gusta escribir de la ciudad. Siempre le digo que su mente prodigiosa, diseñada para narrar historias, necesita nutrirse de experiencias. Una vez le comenté que sus textos eran impecables, pero no tenían alma; tardamos un rato en reconciliarnos. Pero así es Luis, miedoso, tanto que me dijo desde el otro lado que se quedaría para asegurarse de que la puerta no se cerrara. Excusa ridícula si se toma en cuenta que la idea de mi última novela salió de una plática que tuve con él hace un par de años. 

No podemos hablar mucho porque parecería un loco que habla solo. Contemplo sentado la tarde gris: la arena oscura por la lluvia que seguramente pasó antes de que llegara; un malecón viejo y lleno de algas verdes; un volcán que parece el Xinantécatl a la orilla de la playa; la ciudad, fría y calmada. Después de un rato, aprovechando que no había nadie cerca, le dije a Luis que iría a dar una vuelta por el lugar. Él me respondió, con esa sonrisa cínica que cuelga cuando se burla de alguien, que si no me apresuraba, escribiría primero que yo de esto. 

Las calles del centro son una réplica de Toluca, pero hay algo en el color o la humedad que no es igual: misma gente, mismas calles y edificios. Los puestos en los Portales no venden tortas de chile macho, de chorizo ni de mole verde, sino “ahogadito”, un plato frío de pollo, atún, coco, salsa cruda de tomate, cebolla y cilantro. Pienso en lo tonto que es Luis por perderse todo esto. ¿Me creería que encontré una versión de Toluca con mar? El aire huele a sal, pero la gente no luce portuaria. En sus miradas no hay apatía, sino melancolía. Lo demás es igual: ciudad gris y nublada. 

Voy a la librería donde, en mi lado, encontré La puerta. ¿Habrá un “negativo” del libro en ese lugar? ¿Qué dirá? Llego al librero donde encontré el viejo ejemplar púrpura. Debajo del estante, como saludándome, una araña güera de buen tamaño sale rápidamente y trepa hasta un libro titulado Redes ancestrales: Los matlatzincas

Quiero ver qué hay en la calle de Matamoros 19, y si existe algo como el doctor Toloche en este cuándo. Llego a la azotea y lo que miro es exactamente igual a mi lado: la entrada flanqueada por dos daturas color naranja en macetas que parecen echas por matlatzincas, antiquísimas. Llamo a la puerta y me recibe el mismo viejo del otro lado, igual de calvo, con los mismos ojos saltones y la barba blanca. 

* * * 

Pasé la noche en la cueva, frente a la puerta, que pareció cerrarse en dos ocasiones, pero, como le prometí a Jaco, lo impedí. Vi el amanecer de la playa al otro lado. Estaba preocupado porque Jaco no volvía. “¿Debería salir y pedir ayuda? ¿Y si Jaco volvía más tarde?” Pensaba en eso y en otras cosas en el frío de la cueva: ¿qué pasaría si cerraba la puerta?, ¿escribiría acerca de eso?, ¿si Jaco robó mi idea del “Toluca con vida”, debería yo robarle esta? Esto último implicaría cerrar la puerta. Cerrar la puerta y escribir su historia. 

* * * 

Hablé con el doctor Toloche en su azotea hasta que se puso el sol. Aunque estaba nublado, el atardecer en la Toluca portuaria era hermoso. Me habló sobre la relación del toloache con Toluca, de la leyenda del catrín o el hombre cabeza de sapo que se aparece azarosamente a caminantes nocturnos en el Cerro del Toloche. Al oscurecer, fuimos al centro de la ciudad y probé el ahogadito en un puesto ambulante frente a la Santa Veracruz. No sabe nada mal, el coco fusiona el sabor del pollo y el guachinango. El doctor pidió uno con camarones. Me dijo que sólo a los locales les gusta. Caminamos por la playa y fuimos en dirección a la puerta. La vi a lo lejos, diminuta y desapercibida. Mientras nos acercábamos, habló de Tolo. Aseguró que está vivo y que nunca ha dejado de estarlo, que sólo duerme y nosotros andamos sobre él como pulgas sobre un perro, que somos masticados cuando escosamos de más. Dijo que él es el encargado de alimentar a Dios desde antes que los matlatzincas aprendieran a tejer sus redes; que lo alimenta de nuestra maldad, del temor y el dolor de todos nosotros, pero que algunos, como Luis y yo, tenemos un sabor peculiar para Tolo. 

El Xinantecátl arrojó una fumarola que lo cimbró todo, ajetreó las aguas. El viejo me miró fijamente, sacó un puñal de mango de madera vieja y podrida con punta de cristal negro. 

Estábamos cerca de la puerta. Intenté correr, pero un calambre en el pecho me detuvo. Me abrazó. Una de sus manos empujó el filo, que entró sin esfuerzo. Vi salir la sangre de mi cuerpo, correr por la hoja cristalina y caer por el mango erosionado por el tiempo. Nadie en la playa se percató; éramos tan inmateriales como la puerta. 

Luis estaba sentado del otro lado, en la cueva. Nos miramos. Tenía una expresión de horror más grave que la que puso cuando crucé. 

* * * 

Me di cuenta de que aunque Toluca y la playa eran lugares diferentes, el día y la noche estaban sincronizados. Decidí que esperaría a Jaco hasta que el sol terminara de salir, que si no llegaba, volvería y me haría el desentendido; pero si regresaba, le diría que si hablaba, terminarían culpándome por su desaparición. Pero no hizo falta nada de eso. Antes de que el sol terminara de salir, vi a Jaco caminando de regreso a la puerta. Venía con alguien; a lo lejos parecía un niño. Cuando se acercaron, vi que era un anciano de baja estatura y ojos saltones. El viejo me miró directo a los ojos por un momento. Su rostro ansioso me provocó más miedo que ver la puerta, era como su guardián. Luego Jaco me vio por última vez mientras el viejo le hablaba. Parecía que discutían. Lo que pasó después fue como un rayo: el anciano clavando un cuchillo a Jaco; Jaco cayendo inmóvil en la playa; Jaco desapareciendo a ratos por las olas; yo viéndolo todo desde la seguridad de la cueva; el anciano viéndome con una sonrisa cínica, igual a la que Jaco odiaba tanto. Cerré la puerta, no por rencor a Jaco, sino por miedo a quien lo mató. Cuando la puerta hizo clic, desapareció, y sonreí. Tenía una historia que contar acerca de Toluca, en memoria del gran escritor desaparecido Jacobo Espinosa. Le dedicaría el libro y pondría un epígrafe de él. 

Quiero describir los ojos de incredulidad que puso Jaco después de la primera estocada, abiertos como grandes faros en medio de la noche, por saber que esperar al fin me había traído algo bueno. No sé si alcanzó a ver mi sonrisa en el último momento, pero espero que así haya sido. Hubiera querido ver su última expresión, pero la puerta desapareció apenas la cerré. 





 

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Goyo Rotten (Toluca, Estado de México, 1991). Estudió Comunicación. Ha hecho radio, televisión y escrito para diversos diarios de la ciudad. Actualmente se dedica a hacer marketing digital. Es integrante del taller de narrativa de Grafógrafxs.


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