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Tachas 526 • Un rostro escindido • Omar de Felipe

Omar de Felipe

Retrato de una mujer en llamas (2019)
Retrato de una mujer en llamas (2019)
Tachas 526 • Un rostro escindido • Omar de Felipe

Retrato de una mujer en llamas, estrenada en 2019, dirigida por Celine Sciamma

Retrato de una mujer en Llamas, dirigida por Céline Sciamma y protagonizada por Noémie Merlant (Marianne) y Adèle Haenel (Heloïse), ha sido celebrada desde su presentación en Francia en septiembre. Las nominaciones no se hicieron esperar y ha sido un fuerte contendiente en la categoría de película extranjera, junto con Parasite. Por supuesto, decir esto o aquello, listar premios o alabaciones, careció de relevancia cuando la vi por primera vez, pues no sabía prácticamente nada de ella, ni de la directora. Como drama romántico-histórico, no se le puede pedir más, y el mismo desconocimiento inicial solo llevó a una genuina curiosidad por el resto de trabajo de la directora.

La historia de Retrato de una Mujer en Llamas ocurre en el siglo XVIII, Francia, cuando Marianne, pintora residente en París, recibe un encargo especial por parte de una condesa: hacer el retrato de su hija, Heloïse, con el fin de que se case, sin que esta última se dé cuenta. Heloïse se niega a posar y Marianne tendrá que pintarla en secreto. De esta manera, Marianne se muda a la casa donde residen y funge como dama de compañía durante siete días. Pero en el proceso del trabajo, surge un romance tan instintivo como terminal entre ambas. Junto con Sophie, desarrollarán un lazo de hermandad, atrapadas en la mirada omnipresente del hombre del siglo XVIII. 

Lo que destaca tremendamente en Retrato de una Mujer en Llamas es la economía en el uso de sus recursos, y su eficacia. Céline Sciamma utiliza el silencio, la falta de diálogo y música, predominante dentro de la mayor parte de la película, para acentuar y enfatizar las miradas, suspiros, risas y sonrisas de sus personajes, escena por escena, cuadro por cuadro. La hegemonía del silencio va más allá de su uso práctico: representa la onerosa y profunda sumisión de las mujeres de la época. Sin prisa, introduce bajo este velo el resto de los elementos que componen a la película, tanto a nivel narrativo como simbólico. La soledad de los personajes se revela con la llegada de Marianne, ocupando ésta un rol distinto para cada mujer en la casa, donde el rol mismo le permite establecer un contacto con ellas. De las situaciones más remarcables está el caso de la madre. Me has hecho reír, hace mucho tiempo que no me pasaba, le comenta a Marianne. Yo no he hecho nada, le contesta, a lo que la otra responde: Estás aquí. Hacen falta dos para divertirse. Por otra parte, la música, símbolo de la vida, disponible únicamente en el convento y en misa para Heloïse (en la primera mitad de la película), cataliza y resalta las emociones ocultas de los personajes. Con esto como antecedente, el canto de una comunidad de mujeres, reunidas alrededor de una fogata en medio de la noche, se manifiesta como una rebelión al orden establecido. Porque el carácter del orden y la civilización es de vigilancia y fatalidad, donde no hay escapatoria, al menos para la prometida, y es su búsqueda de libertad e identidad, temas principales de la película, el motor verdadero de la trama. 

Heloïse no acapara la desgracia de la mujer en su posición: su hermana se ha quitado la vida para ser libre del matrimonio, y, en una carta de despedida, le pide perdón por dejarle un bordado sin terminar y un compromiso por cumplir. La condesa, su madre, sufrió en su momento de lo mismo, solo que su aprisionamiento toma forma de otra manera: su propio retrato, pintado antes de que se casara, cuelga en la casa, como un recordatorio de su voluntad doblegada. Lo acepta, triste, con gracia, y recuerda que es como si la hubiese esperado a ella, su retrato. Así, la situación de Heloïse es doblemente terrible: no tiene elección para decidir sobre su matrimonio, y, en realidad, no importa realmente quien sea ella; lo único que importa es que haya una mujer disponible para casarse. Esto lo expone Sciamma en algunas tomas: tras el vislumbre del primer retrato (fallido), donde la próxima esposa es retratada con un vestido verde, la siguiente toma sigue los pasos de alguien que utiliza el mismo vestido verde y se presume que es Heloïse, cuando en realidad es Sophie, la sirvienta. Sin escapatoria, el hombre ejerce su dominio sobre la mujer, aun cuando sólo se cuente con su ausencia en aquella casa.

Más cosas se podrían analizar, merecidamente, de Retrato de una mujer en llamas. Y sólo se me ocurren dos reclamos, aunque sean más bien para uno mismo: el primero es que, siendo una película que exige tanta atención a cada cuadro, es una lástima no dominar el idioma francés, pues es obligatoria la lectura de subtítulos. La otra: mi análisis deja completamente a un lado, debido a mi desconocimiento, cualquier referencia de pinturas dentro de la misma película. Ambas cosas carecen de relevancia. De cualquier manera, Retrato de una mujer en llamas es en el gran panorama un filme donde, como producto de un cuentista experimentado, el capricho no tiene lugar: cada gesto, cada roce, cada elemento anecdótico ocupa un espacio tan suficiente como necesario,  que el público experimentado sabrá apreciar. 






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Omar de Felipe Solís (Orizaba, 1997), licenciado en ingeniería en computación y sistemas en UPAEP. Ha publicado ficción en la revista Mula Blanca, en el suplemento cultural El Confabulario de El Universal. Cuenta además con reseñas en El Popular de Puebla, el portal Pez Banana y una publicación en Rio Grande Review, journal de arte contemporáneo de la University of Texas at El Paso.

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