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ENSAYO

Tachas 535 • Capitalismo gore • Noé Vázquez

Noé Vázquez

Capitalismo gore. Control económico, violencia y narcopoder (2010)
Capitalismo gore. Control económico, violencia y narcopoder (2010)
Tachas 535 • Capitalismo gore • Noé Vázquez

Todos tenemos un inventario de experiencias con el capitalismo gore, incluso sin tener familiaridad con el concepto acuñado en el 2010 por la filósofa Sayak Valencia. Vemos su desarrollo y su efecto devastador en ciudades como Tijuana: un paraíso para las maquiladoras, el narcotráfico y la trata de personas; hemos visto la domesticación de su violencia en Ciudad Juárez, luego una serie de feminicidios; o bien, en algunos lugares del Estado de México. Los ejemplos son variados y notorios en México. 

En su ensayo Capitalismo gore. Control económico, violencia y narcopoder (2010)Sayak Valencia habla de un fenómeno socioeconómico que incide en gustos, en prácticas culturales, en estilos de vida. La autora toma prestado el término cinematográfico que alude al derramamiento de sangre, tripas y materia gris, y todo esto, asociado también a la porno cultura, para calificar un sistema de comercio caracterizado por su hedor a muerte. El capitalismo como método de producción adquiere una nueva personalidad en su vertiente atroz y excrementicia, y no es que el capitalismo clásico sea un modelo de virtudes. Cuando lo gore infesta el capital se nota en la transformación de las urbes y las comunidades cooptadas por el crimen organizado. Surge una metamorfosis en las ciudades creadas por transnacionales que colocan estratégicamente sus maquiladoras y crean alrededor de ellas un ecosistema que se beneficia de la precarización y la depauperización de las sociedades. Las grandes compañías se aprovechan de la mano de obra barata; las instituciones financieras que realizan lavado de dinero en diversos países toman como beneficio la exención y reducción impositiva; los cárteles, la condición de vacíos del poder para ejercer su poder y realizar sus actividades delictivas.

En tierra de nadie, los mecanismos de esta forma de comercio se expresan como violencia en todas sus manifestaciones: desde aquella que es institucional y dificulta el acceso a los servicios públicos y la oportunidad a la educación y a la movilidad social, hasta la violencia derivada de la confrontación de los cárteles de la droga, la venta de estupefacientes, el cobro de protección o derecho de piso, la venta de armas, el secuestro; el cultivo de drogas, su tráfico y narcomenudeo. A todo esto podemos añadir la trata de blancas y la prostitución infantil. Estas expresiones del capitalismo se han diversificado de tal forma incluso abarcan giros dentro de la legalidad o semi legalidad, tal y es el caso del cultivo del aguacate o la explotación forestal indiscriminada e irresponsable. El ecocidio y la destrucción del medio ambiente es otra vertiente gore del capital. 

El capitalismo gore combina los mecanismos hedonistas del consumismo conspicuo de la clase media y alta, junto con otros procesos que incluyen la sangre, el sicariato y el negocio de la muerte. La muerte y la esclavitud crean nichos de mercado. La vida humana se convierte en simple mercancía que puede ser ofrecida a los posibles compradores: un ciclo en donde cada instancia es beneficiada, desde los perpetradores hasta las instituciones que supuestamente investigan los crímenes. Otra vertiente de este negocio de muerte: los inmigrantes que transitan por el país se convierten en materia prima para la extorsión, el chantaje y el tráfico ilegal. Incluso sus cuerpos vivos o muertos terminan por ser una simple propiedad con la que se puede lucrar.  La mercancía es la muerte, el capital reviste formas de necrovalor. Sayak Valencia habla de formas de necropoder  y necropatriarcado, de formas de colonialismo y capitalismo que, de acuerdo con Silvia Federici  —menciona la autora—, se han ido desarrollando como formas de violencia patriarcal desde los siglos XV y XVI. Esta ha generado entornos violentos en donde impera el negocio de la muerte. El capitalismo gore fue la consecuencia necesaria de combinar los procesos hegemónicos del capital cuando la muerte de la historia indica el sistema económico no puede moverse más y se desestiman cualquier otra utopía relacionada con modelos de producción distintos con las motivaciones del crimen organizado y las grandes corporaciones que terminan filtrándose en todas las instancias y poderes para corromper empresarios, políticos, funcionarios, toda clase de jefes de estado. 

La oferta y la demanda se inclinan hacia productos de la ilegalidad. El capitalismo gore convierte la muerte en espectáculo, en un mecanismo para infundir miedo a la población. Quien ejercen la idea de muerte como parte del comercio siembran formas de terror para intimidar o a bandos rivales y gobiernos establecidos. En México hay lugares con ausencia de Estado, ingobernables; por otra parte, el mal se normaliza, se banaliza como parte del paisaje o del color local. La muerte ajena deja de importarnos para enfocarnos en la protección de nuestra propia vida y con ellos, romper los lazos de solidaridad que forman el tejido de las sociedades. El capitalismo en general y el capitalismo gore en lo particular desincentivan la preocupación por el otro, la compasión hacia los semejantes, y desgastan la posibilidad de crear mecanismos de organización política. El capitalismo gore se beneficia de la indiferencia de unos sobre otros. 

Las raíces del capital, en su vivencia, en su ejecución subyacen formas de violencias estructurales como las relacionadas con el desempleo, la inflación, la especulación financiera, en general, con su carga de desigualdades. Éstas inciden en las decisiones que tomamos y nuestra calidad de vida. Pensemos un ejemplo cotidiano: cuando vemos a un ama de casa que tiene que llevar a dos niños a la escuela, esperar mucho en una parada de autobús público y subir afanosamente al transporte con las limitaciones de su sobrepeso, se entiende que hay formas de violencia sutiles que nos empeñamos en ignorar o en normalizar; o bien, cuando somos testigos de abusos laborales y negación del derecho de agrupación, hablamos de castigos casi imperceptibles que inciden la calidad de vida de la población. Se trata de abusos que podrían considerarse menores pero que son sintomáticos que nos degradan como individuos.

Términos como raza, clase social o nivel de educación son determinantes en estas formas de violencia estructural. La vida del individuo se instrumentaliza hacia los intereses privados que le cargan la culpa de todos sus problemas mientras se desentiende de sus necesidades y sueños. Se trata de un sistema que fomenta la soledad y el asilamiento es el derivado de la búsqueda del capital. Hay en esto cierto individualismo interiorizado y disfrazado de superación personal que romantiza la carga de tener hijos, subestima los problemas de salud derivados del abuso de los azúcares y los carbohidratos, descuida la calidad del transporte público como si cada individuo necesitara de cualidades heroicas para sobrevivir el día a día. El individualismo y su romantización son tan dañinos que nos ha convencido que todas nuestras desgracias son exclusivamente nuestra responsabilidad. 

El capitalismo gore se inserta en sociedades depauperizadas, individualistas y aspiracionistas en donde las prácticas tramposas del capitalismo histórico y colonialista adquieren un contexto nuevo. Si las violencias del capitalismo tratan de guardar las apariencias en dinámicas que hipócritamente buscan la corrección política, el respeto a las leyes laborales o los pactos sociales, en el capitalismo gore las fuerzas del consumo y su inercia histórica se presentan como derramamiento de sangre, deseo de acumulación, narcocultura. Hay un proceso de necroempoderamiento cuando las fuerzas del crimen organizado se apropian de los nichos regulares del comercio. La tienda de la esquina venderá drogas, se abre una plaza laboral para el joven que podría estar en la escuela media, porque ahora fungirá como halcón del narco, haciendo vigilancia para los cárteles. Otro ejemplo:   la joven que decide capitalizar su belleza para encontrar patrocinio en el buchón local. Evidentemente, se hablamos de transformaciones culturales derivadas de una estructura socioeconómica, Sayak Valencia es muy enfática en esto. Se trasladan las fuerzas que empoderan a los individuos hacia la cultura del narcopoder. Los corridos tumbaos, los buchones, las joyas ostentosas, la camioneta Raptor, son expresiones de una cultura necropatriarcal —usando un término de la autora—.

Sayak Valencia llama la atención sobre los procesos históricos de masculinidad hegemónica que han influenciado la cultura del narcopoder en algunos países, particularmente de América Latina. Habla de sujetos endriagos como sinónimo los sujetos monstruosos representados por el jefe local de cartel, el sicario, en general, cualquier individuo entronizado y empoderado. El hombre fuerte será objeto de adoración y sumisión, sus crímenes serán vistos con simpatía por una muchedumbre dispuesta a perdonarlo todo ya que el narco también opera como un incentivador de las economías locales y suple las necesidades de orden y gobierno que los estados han dejado de ejercer. Las hazañas del capitalista mafioso serán narradas en corridos que harán apología de su vida y obra, en docuseries y novelas para el entretenimiento de un público que aspira a imitarlo, a ser parte de su halo poder y abundancia. 

Sayak Valencia sintetiza esa relación incómoda y perturbadora entre el crimen y ciertas formas del capitalismo e hiperconsumo, pero también, el impacto cultural y la influencia del narcopoder en la vida de los individuos. Hay una cultura de muerte imbricada en estas nuevas formas de capitalismo que reducen la dignidad del individuo a simple mercancía.






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Noé Vázquez (Cordoba, Ver. 1973), Estudié contaduría pública en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, aunque nunca ejercí esa carrera. He tenido toda clase de empleos, de lo más variopintos. En este momento soy agente bilingüe en un call center. He publicado en estas revistas: Mito (Córdoba); Turbia (Puebla); Pez Banana(Hermosillo); y Crash (CDMX). Vivo en Puebla de Zaragoza desde hace algunos años. Becas obtenidas: nunca he solicitado alguna. 

Soy lector, amante de la literatura, curioso de ciertos fenómenos culturales. Escribo cuentos y Ensayos, en ocasiones me inclino al verso. También me interesa el ensayo. Me gusta pensar que soy un lector que escribe y que usa la crítica literaria como pretexto para seguir leyendo, o bien, que usa las lecturas como un estímulo para escribir algo, lo que sea, aunque sea de vez en cuando, siempre y cuando el trabajo me lo permita.


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