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NARRATIVA

Tachas 541 • Ratón • Rubén Cantor

Rubén Cantor

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Tachas 541 • Ratón • Rubén Cantor

 

Bonfilio era un sobreviviente, lástima que murió. Se cuentan muchas cosas de él, enfoquémonos en lo más relevante.

Sí, hablaba con una rata, aunque ésta no le contestaba en idioma humano. Se limitaba a emitir chillidos.

Sí, no sabía nada de álgebra, trigonometría y menos cálculo diferencial. No obstante, sus clases eran míticas por la pasión con la que fingía resolver problemas medievales.

Sí, sobrevivió a tres balazos en la cabeza. Sobre este punto no se tiene mayor información.

La estatua que se levanta el día de hoy merece cada kilogramo de bronce que delinea ese cuerpo avejentado. Sin lugar a dudas ha sido el mejor rector, profesor, bibliotecario y conserje del Instituto Tecnológico de Caradura, todas las ocupaciones desempeñadas simultáneamente. No se debe olvidar su entusiasmo como mascota del equipo de futbol. Mandó modificar una botarga del doctor Simi para convertirla en un cotorro desmejorado.

La comunidad estudiantil le rinde tributo a ese señor de edad avanzada que llegó a ser conocido como el hombre universidad. 

Por desgracia la voluntad de Bonfilio no pudo incrementar el nivel académico de la institución, al contrario, aterrizó al último lugar nacional. 

Eso no fue motivo de desilusión para Bonfilio, mientras vivió mantuvo la cara en alto y falleció con una sonrisa orgullosa en su cara de abuelito decrépito.

Murió asfixiado en un partido de los cotorros de Caradura. 

Olvidó recordarle al sastre que le pusiera ventilación adecuada a la botarga. El público confundió el ataque respiratorio con uno de risa caricaturizado, se revolcaba y daba vueltas en el suelo. Los 

aficionados aplaudieron como nunca.

Pasemos a la anécdota que le cambió el apodo de hombre universidad por el de hombre rata.

Cuestiones de inseguridad pública desembocaron en el éxodo de profesores y administrativos del Tecnológico de Caradura. 

Bonfilio fue el único valiente que no se dejó amedrentar y por eso mismo se encumbró a velocidad luz. Al estar vacantes tantos puestos, el conserje vio con buenos ojos el ocuparlos todos. De cualquier manera era mejor tenerlo a él que no tener a nadie.

La rectoría fue lo más sencillo que se le presentó, bastaba con salir en las fotos oficiales y saludar a quien se encontrara en los pasillos.

Las cátedras le venían bien a su salud. Impartía el programa completo de las tres ingenierías del campus con las manos en la espalda. Era un excelente improvisador y sólo tenía que aplaudir cinco minutos antes del final de clase para despertar a los escolapios. Cuando dos clases se interponían en la carga horaria juntaba a ambos grupos en la cancha de futbol y mezclaba los contenidos de las materias. Por ejemplo, si el grupo uno tenía asignado Electromagnetismo y el dos Ecuaciones diferenciales, la fusión daba pie a la clase de Ecuaciones diferenciales electromagnéticas. Bonfilio no tenía ni poca idea de lo que enseñaba, pero su convicción se traducía en conocimiento bruto.

Entre sus muchos logros está el que haya conseguido que el Tecnológico fuera sede del Encuentro Internacional de Bioquímica. Los japoneses quedaron encantados con Bonfilio, lo comparaban con un shogún. Gracias a esa experiencia el hombre universidad salió de México por primera vez para viajar al país del sol naciente, donde lo volvieron doctor honoris causa en la Universidad de Kioto. 

–Pinche país loco –declaró a su llegada.

Bonfilio le dio renombre internacional al Tecnológico y eso nadie se lo puede negar.

Toca turno al episodio más polémico de su ilustre vida.

Como bibliotecario no catalogó ni un libro. Se limitaba a desacomodar las estanterías de acuerdo a su estado de ánimo. Organizó la primera hoguera académica nacional desde los tiempos de la inquisición. Echó al fuego libros que no podía cargar en sus clases para celebrar con una fogata la llegada del equipo de futbol a la final regional, que por cierto perdieron.

No debemos juzgarlo sin saber la historia completa.

Además de su declarado gusto por el aguardiente, Bonfilio era aficionado a inhalar gasolina blanca en la biblioteca. Ésta se usaba para quitar las etiquetas de los libros o para limpiarlos. Lógicamente empezó a alucinar.

Ahí es donde entra el apodo de hombre rata.

Quitemos el elemento zoofílico por morboso y ciñámonos a lo literario.

A Bonfilio siempre le gustó Mickey Mouse, le ayudó a superar muchas carencias y traumas familiares. De niño estuvo en contacto con múltiples roedores y aprendió a quererlos por muy feos que fuesen.

De conserje le había tocado limpiar la biblioteca un par de veces y la verdad es que no le despertaba curiosidad alguna. Tuvo que agarrarle el gusto cuando se impuso como bibliotecario. La bencina fue su salvación, ya que estaba mal visto que ingresara bebidas.

Fingía catalogar e inhalaba la gasolina sin discreción.

–Pinches libros, se creen mucho –llegó a gritar bajo los influjos del enervante.

–Y que lo digas, amigo –contestó una voz chillona.

–¿Quién está ahí? –preguntó Bonfilio asustado.

–Soy yo, Miguel, tu amigo de la infancia, ¿acaso ya no me recuerdas, canijo?

–¿Dónde estás?

–Aquí abajo, despistado –respondió rampante Miguel.

–¡Ah, chingao! ¡Miguelito! –gritó Bonfilio.

–¡Hola, viejo amigo! –le extendió una pata para saludarlo.

Se estrecharon la mano-pata y Bonfilio lo subió a su escritorio de catalogación.

–¿Qué te trae por aquí, Miguelito?

–Aquí vivo. Me gusta leer y no hay mucho movimiento, así que puedo pasearme a mis anchas.

–Qué gusto encontrarte, hace años que no te veía. Dame un abrazo, Miguelito.

El abrazo fue presenciado por una incauta estudiante que quería sacar copias. Así comenzó la leyenda del hombre rata.

Muchos miembros de la comunidad tecnológica tienen la certeza de que Disney basó la película Ratatouille en la vida de Bonfilio y Miguel sin rendirle cuentas al que inspiró la historia. Claro que había que cambiar de región por fines económicos. ¿Quién iba a pagar por ver a un bibliotecario y su amiga rata en Caradura? Francia es más glamurosa y rentable. Inconvenientes del tercer mundo.

Hacían un buen equipo. Las deficiencias intelectuales de Bonfilio eran sanadas por Miguel. Aconsejaba qué libro llevar a clase y cómo ordenarlos. La torre de materiales sin catalogar fue destruida cual Babel. Bonfilio no metió mano en eso, Miguel pidió libertad creativa y le fue concedida.

Varias noches Miguel fue invitado a la covachita de Bonfilio 

a brindar por la recién formada colaboración laboral. De las borracheras no se sabe mucho, sólo que eran legendarias. El ratón tomaba tres veces su tamaño en aguardiente.

En la oficina de rectoría Bonfilio pensó varias veces cambiar la mascota del Tecnológico por un ratón, mas luego recordaba lo caro que le salió modificar la botarga del doctor Simi y reculaba en su intención.

Hoy en día se desconoce el paradero de Miguel. Algunas versiones sostienen que murieron juntos en la botarga, otras dicen que Miguel maquinó un plan malvado para deshacerse de su borracho amigo y que ahora dirige el Tecnológico de Caradura desde rectoría. No hay forma de comprobar esta segunda teoría porque Bonfilio se llevó a la tumba la llave de la oficina y la superstición del pueblo no da espacio a las tentativas de llamar a un cerrajero.

–Si el señor rector quiso mantener cerrada rectoría fue por algo –dicen por ahí.

Lo que resta por rememorar es el último discurso que ofreció Bonfilio, en el marco de la Jornada Estatal de Recolección de Piyamas para Desamparados. Fue conmovedor.

–Yo no sé nada de universidades, pero a la vez sé todo. Los maestros maricones huyeron y les valió madres esta honorable institución. Para mí es mi vida, ustedes son mis hijos y la covachita es mi humilde morada, a la que son bienvenidos el día que quieran, sólo traigan algo para pasar los alimentos –imitó a una botella con su mano–. Fuera de cotorreo, quisiera externarles una felicitación a todos los presentes por hacer el sacrificio de donar una de sus piyamas a las personas que como yo nacieron olvidadas de Dios. En Japón me di cuenta de muchas cosas, entre ellas que la riqueza de un país puede medirse por la calidad de la piyama de los pordioseros. Allá todos visten piyamas bien calientitas, tengan o no casa. Yo quiero que Caradura sea así. Por más que este país se esté yendo a la chingada, en Caradura no le faltará una piyama a los desamparados. Ahora todos pónganse para la foto. Los pordioseros atrás. Como es foto oficial no queremos dar pena ante las universidades hermanas.

En esa fotografía Bonfilio salió al centro, con Miguel entre sus manos y las candidatas a reinas tecnológicas a sus costados.

 





***
Rubén Cantor (CDMX, 1987) Estudió periodismo y luego literatura. Maestro en Literatura Contemporánea de México y América Latina por la Universidad Autónoma de Querétaro UAQ. Se inició en la escritura al tomar un curso con Benjamín Moreno. Fue parte del taller de creación literaria con Eduardo Antonio Parra en 2014. Autor de una plaquette de narraciones. Fue beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico pecda Querétaro 2016 en la categoría jóvenes creadores.

Actualmente, trabaja en una biblioteca universitaria, en el área de desarrollo de colecciones, y da clases de redacción.


 

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