Tachas 581 • Altacia Andares Altozano • Román Villalobos
Román Villalobos
Abrí la primera aplicación. Ningún nuevo match, sólo permanece el de Lupita, la misma señora que me quería de chofer para llevarla a la playa, a más de seiscientos kilómetros. Aquella vez le dije: oiga, señora, creo que se equivocó de app, usted lo que quiere es un chofer de Uber. No, no, sí me gustas, sí me gustas y quiero que me lleves a la playa. Te pago todo, te pago tus gastos. Nos pasamos cuatro o cinco días en la playa, hasta más si se nos antoja. Realmente lo pensé, sólo tenía que moverme a San Luis y de ahí hasta su casa en las afueras. Mi jefe ya me había dicho que me hacían falta vacaciones. Tómalas ahora, después no te podemos garantizar que sea fácil y que te puedas ir a donde quieras. El problema es que no sé si me gustaba. Hablo de la señora. Cincuenta y ocho años. Era una foto borrosa, una expresión arrugada, una relación agotada con el vivir. Nada que me hiciera tomar el autobús y buscarla a ver si todo era cierto. En mi mente, muy adentro, el cliché de que me tiendan una emboscada y me quiten los órganos. Mientras le daba vueltas, seguí usando la aplicación, moviendo perfiles hacia la derecha. Sí me gusta, sí me gusta, sí me gusta. Algunas fotos ni siquiera cargaban. Daba lo mismo. Sí a todo, como en la guerra. ¿Cuántos perfiles se fueron a la derecha en los últimos días? Supongo que miles, contando las cuatro aplicaciones que uso. Me metí a las otras sólo para hallar abstracciones, distantes unas, similares otras, a Lupita. Ahí tengo todavía el match con Hiromi, que vive en Naucalpan y tiene rasgos de japonesa. La aplicación me avisó del match cuando iba trepado en el camión de regreso a casa. El primer mensaje que me mandó Hiromi fue: tú no lo sabes, pero te estoy viendo desde aquí. Sabía que no era cierto, que seguro se lo sacó de alguna serie. De cualquier forma, me hizo voltear a todas partes. De cerca, sólo manchas similares a rostros, conversaciones de las que sólo podía roer pedacitos y olor a culos cagados y sudor de días. Estás mal, Hiromi, le dije, tú no puedes estar en este mundillo apestoso, nomás no te veo pertenecer. Hablamos durante varios días y después de una semana exacta me envió fotos de su desnudez y de sus tatuajes en los muslos y en el pecho, glifos incomprensibles, y me mandó audios gimiendo y diciendo mi nombre con mucha rapidez, como si hubiera alguien en la habitación de al lado que pudiera regañarla o que estuviera alerta. Y yo también le mandé fotos de mi desnudez y gemidos y videos donde termino eyaculando en mi barriga. En ningún momento sentí nada. Solo un desastre como de agua estancada y no mucho más. Hiromi decía: ¿me quieres? ¿Verdad que me quieres? Dime que me quieres. Sí, Hiromi, sí te quiero, te quiero mucho, sí voy a ir a verte. Yo seguía mandando perfiles a la derecha. Sólo de vez en cuando lanzaba uno al otro lado, a la izquierda del desdén y la nada. Mujeres en yates o en la playa o frente al Arco del Triunfo o en el Callejón del Beso o en un restaurante de lujo o frente al paisaje agavero o de pie ante el espejo de un antro salón de fiestas terraza bar o en la Plaza Andares Altacia Antea Altozano Altaria Antara o en el asiento del copiloto de un Mercedes y con descripciones que dicen: si buscas sexo AQUÍ NO ES, estoy buscando un amor sincero y bonito, busco a mi compañero de vida, no busco nada casual, si no sabes lo que buscas mejor no des like. Observo con mi pulgar desenfundado en los ratos libres de la oficina, cuando me quedo solo y el único ruido perceptible es el de mi ventilador, de repente los árboles del patio que silban, un taconeo afuera o las camionetas del agua que se estacionan y abren las puertas y hacen que suenen Los Acosta Los Temerarios Los Ángeles Negros Viento y Sol. También tengo el match con Julissa. Trabaja en una fábrica, nunca ha querido decirme cuál. De repente conversamos un poco, apenas lo suficiente como para confirmar que no hablo solo, que no proyecto nada en cuerpos como paredes blancas, ligeramente sucias, con dedos mugrosos marcados cerca del interruptor de luz. Una vez le dije: no puedo dormir, tengo el pecho estrujado, hecho pedazos. Me contestó tres días después. Hola, ¿qué haces los viernes en la noche? Iba a escribirle: mover el pulgar de un lado a otro, pero casi siempre a la derecha, miles de veces hacia la derecha, a ver qué funciona y qué no. Hay otros matches con perfiles sin fotografía. Matches con gente que nunca respondió al primer saludo. Accidentes en las redes que me vinculan con los otros. Supongo que equivale a escuchar el ladrido de los perros en la calle, voltear y no encontrar a nadie, sólo el rasguño de las ramas bajas de los árboles, la hierba crecida, las casas habitadas por quién sabe quién, por señores que vuelven en bicicleta, por niños de caras chamagosas, por gente que lava sus coches con el jabón, la música, las respuestas que sí llegan pronto. Todavía le escribí a Hiromi para preguntarle cuál es su nombre real. Sólo me dice: hola, papi, de tanto que te observo se me olvidó lo que solía ser, ahora me debes la historia de mi vida. ¿Cuál es la historia de mi vida? Ahora mismo, boceto ideas sobre un lento laberinto, prolongado más allá del área límite de mis aplicaciones de ligue. Ahí adentro, abro sobres con boletos para la playa. Lupita me está esperando con un bolso enorme, floreado, un cuchillo de cocina para abrir mis entrañas. Julissa, en la barra del bar, inclina su cabeza y levanta su tarro hacia mí, o hacia quienquiera que esté detrás de mí, lejos de mi rango visual pero dentro de la esfera en la que competimos por carne o compañía o más alianzas vacías o más sudor o más pláticas muertas, cortadas de tajo, porque alguien tiene que alcanzar el último vagón, la última unidad, un chofer de Uber accesible. A esta hora, en que se acerca el momento de cerrar todo por el día de hoy, en que mis colegas juntan sus cosas para irse a compartir sus soledades variopintas, me imagino que a alguien le ha dado por unir los puntos que dejé flotando. Que mis matches reciben la visita que esperaban, que se van a la playa, al bar, al cariño obsesivo que rellena todos los huecos de la crianza. Y entonces me pasa lo mismo que cuando se cumple un trámite largo e idiota: una extraña paz, un quitarse la carga de la yunta y respirar hasta sentir el nervio descolocado. Al menos creo que algo se acelera con cada movimiento a la derecha. Algo de mí, de la batería del teléfono. Algo del tiempo.
***
Román Villalobos (Lagos de Moreno, 1991). Licenciado en Humanidades por la Universidad de Guadalajara. Autor de los libros de poesía Pequeña ciudad eléctrica (Montea, 2016), john lurie: outside forever (Broken English, 2018), Si el mundo no se acaba lo termino yo (Perniciosa, Argentina, 2018, 2020), Final del rey (Ediciones O, 2018), Sutra del vagón (Universidad de Guadalajara, 2019), El primer paso para llegar afuera es verse afuera (Perniciosa, 2020) y Shooter (Matrerita, Argentina, 2020). Está incluido en la antología Un canto me demanda: memoria de poesía laguense(Papalotzi, 2011) y en la Enciclopedia de escritores en Jalisco (Seminario de Cultura Mexicana, 2020). Fue becario del PECDA, en la disciplina de Poesía, durante la emisión 2017-2018. Actualmente trabaja como profesor de nivel medio superior y superior y ha iniciado Chikala 776, un proyecto de literatura electrónica (Twitter: @776Chikala).
[Ir a la portada de Tachas 581]