Tachas 594 • Girl in a Band • Kim Gordon
Kim Gordon
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Resulta gracioso lo que recuerda uno y por qué, o incluso si ocurrió en realidad. Mi primera opinión de Rochester, en el estado de Nueva York: cielos grises, oscuros, hojas de colores, habitaciones vacías, sin padres presentes, sin nadie que vigile o se ocupe de los asuntos domésticos. ¿Es el norte del estado de Nueva York lo que estoy recordando o se trata de una escena de una vieja película?
Tal vez se trate de una película que mi hermano mayor, Keller, y yo vimos en la televisión, La bestia con cinco dedos. Yo tenía tres o cuatro años. Peter Lorre interpreta a un hombre que ha quedado fuera del testamento de su patrón, un famoso pianista que acaba de fallecer. Se venga del pianista cortándole la mano, y durante el resto de la película, la mano no dejará de atormentarle. Deambula y se mueve furtivamente por toda la casa. Toca notas negras y acordes en el piano, y se esconde en un armario ropero. A medida que transcurre la película, Peter Lorre va enloqueciendo, cada vez más empapado en sudor, hasta que al final la mano lo alcanza y lo estrangula.
«La mano está debajo de tu cama», me dijo Keller después. «Saldrá en medio de la noche mientras estés dormida y te atrapará.»
Era mi hermano mayor, así que ¿por qué no iba a creerle? Durante los meses siguientes, viví subida a mi colchón, haciendo equilibrios encima de él con los pies descalzos para vestirme por la mañana. De noche, me quedaba dormida rodeada de un ejército de animales de peluche, con los más pequeños más cerca de mí y un perro grande con una lengua roja haciendo guardia en la puerta, aunque ninguno de ellos hubiera podido defenderme de la mano.
Keller: una de las personas más singulares que haya conocido jamás, la persona que, más que nadie en el mundo, determinó quién fui yo y quién acabé siendo. Fue, y sigue siendo, brillante, manipulador, sádico, arrogante, casi insoportablemente elocuente. Además, tiene una enfermedad mental: esquizofrenia paranoide. Y tal vez porque él fue incesantemente verborrágico desde un principio, yo me convertí en su opuesto, en su sombra: tímida, sensible, cerrada hasta tal extremo que, para superar mi propia hipersensibilidad, no tuve más remedio que ser valiente.
Una vieja fotografía en blanco y negro de una casita es la única prueba que conservo de que mi lugar de nacimiento fue Rochester. El blanco y negro combina con esa ciudad, con sus ríos, sus acueductos, sus fábricas y sus inviernos interminables. Y cuando mi familia se dirigió hacia el oeste, como cualquier otro canal de parto, Rochester cayó en el olvido.
Tenía cinco años cuando a mi padre le ofrecieron una cátedra en el Departamento de Sociología de la Universidad de California en Los Ángeles, la UCLA, y nosotros —mis padres, Keller y yo— partimos hacia Los Ángeles en nuestro viejo coche familiar. Una vez hubimos cruzado a los estados del oeste, recuerdo lo mucho que se emocionó mi madre al pedir hash browns[1] en un restaurante de carretera. Para ella, las hash browns eran típicas del oeste, un símbolo cargado de un significado que ella era incapaz de expresar.
Cuando llegamos a Los Ángeles, nos alojamos en un antro llamado Seagull Motel[2]; probablemente, uno de tantos otros lugares parecidos de igual nombre que se encontraban a lo largo de la costa de California. Este Seagull Motel quedaba a la sombra de un templo mormón, una enorme estructura monolítica situada en la cima de una colina, y estaba rodeado de hectáreas de césped cortado de un tono verde saturado sobre el que no estaba permitido caminar. Había aspersores por todas partes, unos pequeños artilugios metálicos aquí y allá que daban vueltas y traqueteaban a todas horas. Nada era autóctono: ni el césped ni el agua de los aspersores ni ninguna de las personas a quienes conocí. No fue hasta que vi la película Chinatown que supe que debajo de Los Ángeles no había más que un desierto, una interminable extensión de arpillera. Esa fue mi primera impresión sobre el paisajismo de Los Ángeles.
Tampoco era consciente de que ir a California representase un retorno a las raíces de mi madre.
La historia de mi familia salía a la luz a partir de observaciones esporádicas. Estando en mi último año de secundaria, mi tía me explicó que la familia de mi madre, los Swall, había sido una de las primeras familias de California. Pioneros. Colonos. Al parecer, mis tatarabuelos, junto con algunos socios de negocios japoneses, dirigieron una plantación de chiles en Garden Grove, en el condado de Orange. Los Swall tuvieron incluso un rancho en la ciudad de West Hollywood, en Doheny Drive con Santa Monica Boulevard, en unos terrenos que en la actualidad están llenos de túneles de lavado de coches y centros comerciales de carretera y estucados baratos. En algún momento, el ferrocarril plantó sus vías allí, con lo cual el paseo quedó dividido en Big y Little Santa Monica Boulevard. Los ranchos ya no existen hoy en día, claro, pero Swall Drive sigue ahí, un fósil de ADN ancestral.
Siempre he tenido la sensación de que en los californianos hay algo innato que se transmite genéticamente: que California es un lugar de muerte, un lugar hacia el que las personas se sienten atraídas porque en el fondo no se dan cuenta de que, en realidad, tienen miedo de lo que quieren. California es algo nuevo, y ellos están huyendo de sus propias historias al mismo tiempo que se dirigen precipitadamente hacia su propia extinción. El deseo y la muerte se entremezclan con la emoción y el riesgo de lo desconocido. Se trata de una variación de lo que Freud denominó «pulsión de muerte». En ese sentido, es probable que los Swall no fueran diferentes de ninguna de las otras familias primigenias de California que reivindicaron un nuevo lugar como propio, atraídas por la fiebre del oro, y toparon con obstáculos insuperables.
Por parte de los Swall, también estaba el padre de mi madre, Keller Eno Coplan, un empleado de banco. Según se dice, en cierto momento falsificó un cheque de alguien de su propia familia política y acabó en la cárcel. Mi padre siempre se reía al hablar de mi abuelo y decía cosas como: «No es que fuera tonto, simplemente no tenía juicio». Es extraño, entonces, y no exactamente una bendición, que mis padres le pusieran su nombre a su único hijo. Tal vez se trate de una tradición familiar.
Estando su marido en la cárcel, mi abuela se fue con sus cinco hijos, incluida mi madre, al norte de California para estar más cerca del clan que vivía en Modesto. Durante la Gran Depresión, mi abuela hizo las maletas y se volvió a ir, esta vez a Colorado, donde la familia de su marido tenía raíces. Cuando este no estaba en la cárcel, estaba deambulando por todo el país en busca de trabajo. Sin dinero y con cinco hijos que alimentar, seguro que tuvo mucho que soportar.
La única razón por la que sé esto es porque mi tía cayó en la cuenta de que uno de los trabajos ocasionales de mi abuelo consistió en vender lápices. Resulta que esos curros se los daban únicamente a los expresidiarios.
En algún momento, mi abuela y sus hijos acabaron asentándose de forma permanente en Kansas. Allí es donde se conocieron mis padres a los veintipocos años, en una ciudad llamada Emporia, donde ambos iban a la universidad.
Mi padre, Wayne, natural de Kansas, pertenecía a una gran familia de granjeros y tenía cuatro hermanos y una hermana. Fue un niño frágil, con un trastorno en el oído gracias al cual evitó tener que alistarse en el ejército y ser llamado a filas. Fue el primer hijo de su familia que iba a la universidad y su sueño era llegar a impartir clases a nivel universitario algún día. Para contribuir a pagar la matrícula, dio clases de primaria en una escuela de una sola aula de Emporia, de primero a sexto curso, clases de todo, desde las formas y los colores a ortografía, historia y álgebra.
Mis padres se casaron siendo aún estudiantes universitarios y, tras licenciarse en la Universidad de Washington en San Luis, donde nació Keller, se trasladaron hacia el norte del estado de Nueva York, hasta Rochester, donde mi padre comenzó a escribir su tesis doctoral. Tres años más tarde, yo vine al mundo. La historia de cómo se conocieron mis padres solo surgía durante las horas del cóctel, y los detalles eran siempre exiguos. A mi madre le gustaba contar que mi padre era despistado, a lo que añadía que, de novios, el hábito que tenía él de hacer palomitas de maíz sin poner la tapa cuando iba a su casa prácticamente le hizo reconsiderar la idea de casarse con él. Siempre lo decía entre risas, aunque, tal vez, lo que quería que viéramos era que mi padre no era tan práctico y responsable como aparentaba.
Algunos de los nombres que hay en nuestra familia, como Estella o Lola, hacen que me pregunte sobre nuestros ancestros latinos. Por parte de la madre de mi madre, está el lado De Forrest, que era francés y alemán, y también tenemos sangre italiana, ojos brillantes y cejas a lo Groucho que se mezclan con la monotonía de los kansanos. Hasta el año pasado, cuando murió a los noventa y dos años, Kansas es el lugar donde vivió la hermana de mi madre —la fuente de todo lo que sé acerca de la historia de mi familia—, en una granja al final de un largo camino de tierra. Fue una mujer a la que jamás oí pronunciar ni una palabra autocompasiva en toda su vida. Con ella murieron todas las historias sobre el pasado de mi familia. Mis padres no me explicaron prácticamente nada.
(Texto cedido por el sello editorial; se encuentra en el libro: Gordon, Kim. Girl in a Band. Contraediciones. 2017)
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Kim Gordon (Rochester, Nueva York, 1953) fue la vocalista y bajista de Sonic Youth, uno de los grupos de rock más importantes e influyentes de las últimas décadas, banda en la que también tocó el que fuera su marido durante años, Thurston Moore, junto con el guitarrista Lee Ranaldo y el batería Steve Shelley. Tras la disolución de Sonic Youth en 2011, coincidiendo con la ruptura sentimental de la pareja, Kim Gordon formó el dúo experimental y ruidista Body/Head con Bill Nace. Además de la música, Gordon ha cultivado múltiples facetas creativas como la interpretación —ha actuado en series como Girls y películas como Last Days de Gus Van Sant—, el diseño de moda, la crítica de arte —en 2014 publicó una antología de sus primeras críticas bajo el título Is It My Body? — y la pintura. Ha expuesto su obra artística en la Gagosian Gallery de Los Ángeles y en el White Columns de Nueva York. Vive en Northampton (Massachusetts), Nueva York y Los Ángeles, y es madre de una hija, Coco.
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