Tachas 594 • Movimiento perpetuo • Jorge Luis Flores Hernández
Jorge Luis Flores Hernández
La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo.
Augusto Monterroso
Me mudé definitivamente a Barcelona el 11 de septiembre del 2023 y, habiendo cumplido un año aquí, decidí dedicar una columna a rememorar este tiempo transcurrido, hacer una crónica leve, agradable y con suerte graciosa sobre mis aventuras y desventuras en Cataluña, pero heme aquí, más de un mes después del aniversario, dedicado a un décimo borrador que con suerte será el último.
El tema se me ha escapado de las manos. Lo he ido escribiendo en mi cuaderno, en notas en mi celular, en un archivo de Word en mi computadora, pero sobre todo en mi mente mientras deambulo por esta ciudad que es ahora mi espacio, y estos pequeños fragmentos de vida en papel o bytes o en conexiones neuronales no necesariamente se suman para conformar una historia; muchas veces se desdicen, titubean, se niegan a colaborar; otras veces huyen hacia lugares y tiempos que no corresponden a mi plan inicial, lejos de Barcelona y del 2023-24.
Me va saliendo un texto fragmentario, hecho de islotes, masas pequeñas de oraciones a la deriva que van alejándose.
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Hace poco, I., la tía de B. me dijo: “Debe ser difícil vivir lejos de tu familia, de tu país, de tu gente”. Respondí que no, que no lo era tanto, que claro que extraño a mi familia, a mis amigos, a unos cuantos paisajes y a esa cosa inasible que es la sintonía cultural: giros del lenguaje, expresiones, palabras específicas, acentos, formas de entender la risa, el afecto, la rabia y el llanto. Pero, al fin y al cabo, esas cosas las llevo conmigo y además una vez al año tengo la posibilidad de ir a México, de ver esos rostros y esos lugares, de disfrutar esos sabores, sonidos y voces que la lejanía y el tiempo dotan de un aura más dulce y urgente. No lo dije así, claro. Lo dije torpemente y como pude, pero ese era el mensaje que intentaba comunicar.
Pensando más tarde en esa pregunta, me doy cuenta de que la respuesta es sí. Sí que es difícil.
Hay una soledad particular en el destino del expatriado. No eres del todo parte del sitio al que llegas. Puedes adaptarte, buscar amigos locales, aprender la lengua; la curiosidad es la herramienta fundamental para abrirte camino, para aminorar distancias, para excavar un sitio dentro tuyo en donde puedas guardar símbolos de esa otredad y hacerla propia. No obstante, tu origen sigue dentro tuyo también, recorriendo los pasillos del espíritu, dotándolo de fuerza a veces y otras veces atormentándolo como un fantasma.
En mi caso, además (y me pregunto si esto les pasa a otros errantes que se han afincado en más de un sitio) me siento habitado por dos espectros, el de México, siempre protagónico, y el de Estonia, que reclama una parcela del alma más pequeña, pero también más fresca. Esto me ha tomado por sorpresa. En Estonia fui muy feliz y también muy desdichado, y aunque llegué a amar a ese sitio, siempre supe que lo dejaría atrás pronto, pero ahora vuelve a mí en recuerdos o en sueños con frecuencia: la mansión derruida detrás del apartamento donde vivía, los parques boscosos, la ciudadela medieval, el otoño dorado y el silencio algodonado de la nieve.
Supongo que un hogar no es solo aquel lugar donde fuiste feliz, sino el lugar donde sentiste la vida con intensidad para bien y para mal.
Estos espectros no me llaman hacia ellos. Los fantasmas no necesariamente quieren volver a vivir; quieren ser recordados.
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Incapaz de escribir algo coherente, derrotado continuamente por el texto, me he dedicado a leer, a leer por placer, además, guiado únicamente por el deseo: una recomendación añeja que vuelve de repente a la mente, una portada apetecible que seduce al ojo en una librería, un título sugerente que se vuelve impostergable. Y curiosamente estas lecturas que en apariencia no guardaban ninguna relación, al reunirse en mi cabeza, han comenzado a dialogar con el tema que me ocupa.
En la última historia que compone Crónicas marcianas, Un picnic de un millón de años, un padre y una madre, ante la inminencia de un holocausto nuclear, deciden huir a Marte y llevar a sus hijos ahí bajo la argucia de que será tan solo un picnic. A los niños les seduce también la promesa de conocer unos marcianos. El hijo mayor lentamente deduce la verdad y, en un rito de paso silencioso a la adultez, comprende que su rol es preservar la coartada para proteger a sus hermanos. En la escena final, el padre cumple su promesa: Le pide a sus hijos que se asomen a las aguas de un río y: “los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde al agua ondulada”. El cuento, que cierra un libro ya de por sí tristísimo, me dejó abrumado. Hasta ese punto, los humanos que iban a colonizar Marte iban con la tranquilidad de saber que podrían regresar a la Tierra si era necesario. Esta familia última es el primer caso de humanos que se han ido para no volver. El lector, como la familia del cuento, busca la esperanza de un nuevo comienzo ahí, pero la sensación que lo embarga es el vértigo de lo definitivo.
Quizá toda partida es definitiva cuando es real, cuando no se piensa solo como un paréntesis. Las naves siempre se queman y los puentes siempre se derrumban. Quizás uno puede volver, pero ya no es el mismo y el flujo del tiempo ha cambiado también el sitio al que se vuelve.
¿Me fui de México yo también sintiendo que había algo ahí devastado y perdido para siempre en mi vida? Puede ser. Si me miro en el espejo, ¿encontraré a un marciano?
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Vuelvo a la pregunta y vuelvo a responderme: Sí, es difícil. ¿Por qué entonces elegir este sendero? No salí de México ni por necesidad, ni por miedo. La ambición académica podría parecer la razón de mi partida, pero en mi fuero interno sé que la razón real es más íntima y más compleja.
Olga Tokarczuk escribe en Los errantes, ese libro precioso e indefinible, hecho de retazos aparentemente escritos al vuelo durante innumerables viajes hacia afuera y hacia dentro:
“A mí la vida siempre se me escabullía. Solo daba con sus huellas, pálidos vestigios. Cuando alcanzaba a detectarla, ya estaba en otra parte. Tan solo encontraba marcas como las que se quedan grabadas en la corteza de los árboles del parque: «Estuve aquí»”.
Recuerdo leer esas palabras en un avión con destino a Varsovia para unas breves vacaciones y sentir esa conmoción especial que la literatura nos ofrece en ocasiones cuando las palabras de otra persona nos explican nuestro desasosiego. Me fui de México porque necesitaba alcanzar a la vida que se me escapaba y que quizá me encontraría en otros ambientes, detrás de otras voces y otros paisajes.
Durante seis años el puerto donde atraqué fue el de Estonia. Dos años en Tartu, donde estudié una maestría y cuatro años en Tallin. Ahí entreví eso que creía a buscar, lo atajé por el rabillo del ojo, pero rápidamente se escabullía dejándome más solo y perdido que antes. Constantemente me sorprendía durante un viaje, pensando en no volver; durante una mañana corriendo, imaginando que mis piernas no se detenían y me llevaban con ellas lejos. Al cabo de un tiempo supe que no podía permanecer quieto. Tenía que dar el salto que había pospuesto.
Al cumplir treinta años, me tatué en el pecho los versos finales de mi poema preferido de Borges, Elogio de la sombra: “Llego a mi centro/ a mi álgebra y mi clave/ a mi espejo / pronto sabré quién soy”. Estas líneas las llevo no como una celebración de una conquista, sino como un recordatorio de lo que más anhelo. Ese mismo año apliqué y fui aceptado en un doctorado en Barcelona.
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Descubro ahora: la razón por la cual este texto se me resiste tanto es porque yo me he resistido a él y al lugar donde inevitablemente desemboca su corriente: no es una crónica de mi vida hasta ahora en Barcelona (eso es un texto en proceso y que continuará, a poc a poc) es una interrogación sobre el movimiento y la quietud.
Paradoja doble: El movimiento es una ilusión. Uno se traslada, pero hay elementos internos que se mantienen incólumes y nos definen, nos mantienen estáticos. La quietud también es una fantasía. Aunque uno se quede en un sitio, todo alrededor cambia, el lugar en el que se está y aquél que se abandona; las personas que nos rodean y que dejamos o que nos dejan; la memoria y la imaginación, todo sigue transformándose. Esto se sabe desde los presocráticos, pero se redescubre todo el tiempo. Volvemos a bañarnos en el mismo río que no obstante es siempre nuevo.
Kublai Kan escucha los relatos de ciudades fantásticas de Marco Polo y en un momento dado el emperador increpa al viajero: ¿no están ambos igual de paralizados? El veneciano recorre el mundo, pero todo lo que cuenta son sus pensamientos. ¿De qué le sirve entonces moverse?
Marco Polo responde que, “cuanto más se perdía en barrios desconocidos de ciudades lejanas, más entendía las otras ciudades que había atravesado hasta llegar allí, y recorría las etapas de sus viajes, y aprendía a conocer el puerto del cual había zarpado y los sitios familiares de su juventud y los alrededores de su casa y una plazuela de Venecia donde corría un niño.”
Hay dos maneras de comprender y emprender el viaje: como una fuga o como un reencuentro. El primero es una trampa, pues hallarás solo fragmentos, esbozos de ti mismo que con el tiempo se repiten y se falsean. El riesgo es convertir el movimiento en una sucesión de máscaras. Uno debe asentarse, encontrar tierra fértil donde echar raíces y contemplar, observar cómo crece el árbol alimentado por otro sol: admirarse de sus hojas verdes, pero también aceptar sus nudos y sus grietas habitadas por insectos. Buscarse a sí mismo no es buscar la versión que más nos gusta o que menos nos abochorna de nosotros mismos, es encontrarse de frente con el rostro que podemos amar, odiar y temer, es decir, reconocer. Como Marco Polo, este segundo viajero aprende que al moverse no solo descubre sitios y lugares nuevos, sino que se redescubre a sí mismo, a su pasado, a todos los símbolos, objetos, relaciones, impresiones y sentimientos que lo han conformado.
Mucho tiempo llevé aquel título de Milan Kundera “La vida está en otra parte”, como un lema. Ahora no, ahora creo que lo comprendo de otro modo. La vida está aquí, aquí siempre. Somos nosotros los que estamos distantes. Viajo para encontrarme con ella, para volver, para quedarme.
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Este es el secreto que descubrió Sergio Pitol y que luego nos cuenta en el magnífico El arte de la fuga. El título es paradójico, pues Pitol, que pasó la mayor parte de su vida fuera de México, moviéndose tanto que efectivamente podría pensarse que huía de algo, en realidad narra en ese libro el arte de no de fugarse, sino de encontrarse; el arte de recorrer los intrincados caminos que han de llevarnos al centro, al origen, the root of the root/ and the bud of the bud, como escribió E.E. Cummings. Inspirado claramente por la fuga musical, esa composición polifónica y contrapuntual que dominó el barroco, Pitol da pistas de su método: hay ocasiones en que solo a través de muchas voces y de muchas ideas dispares, puede surgir una identidad y dicha identidad será, inevitablemente, plural, compleja, una construcción.
En el ensayo Vindicación de la hipnosis, incluido en ese libro, Pitol se siente atacado por un hipnotista que le pide no perderse en circunloquios, y el escritor se defiende:
“El narrador que por lo regular aparece en mis novelas ensaya varios puntos de partida en la persecución de una verdad, de una revelación, y en ese empeño perderá mil veces el camino, tropezará a cada instante, mantendrá el paso a duras penas entre alucinado y sonámbulo, para al final declararse derrotado. Llegará a saber que no existen absolutos, que no hay verdad que no sea conjetural, relativa y, por ello, vulnerable. Pero buscarla, por efímera, parcial e inconstante que sea, será siempre su objetivo. El narrador será Sísifo y será Icaro a un tiempo. Su única certeza es que en la ruta habrá tocado unos cuantos jirones de un tejido maravilloso y deplorable, oscurecido a veces por manchas ominosas o por repentinas e instantáneas iridisaciones cuya contemplación le da sentido a sus esfuerzos.”
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¿Qué jirón del tejido maravilloso habré logrado tocar aquí? Tal vez ninguno, pero la búsqueda continúa. En su reciente libro-homenaje a Pitol, Juan Villoro sentencia: “el narrador escribe para averiguar algo que desconoce”. La escritura es un viaje a lo ignoto en el que me embarco, tozudo, a cada rato.
Todo lo que sé es que soy hoy más yo que ayer, estoy más en mi sitio que antes. Culmino este collage de pensamientos amparado por una lluvia que cae “con lentitud poderosa”, como describió Borges, refugiado en el pórtico de la milenaria ermita de Santa María de Salas de Viladecans donde cada dos semanas B. da una visita guiada. La ermita ha visto pasar el tiempo desde su elevación, ha sido testigo de las aguas del mar retirándose y descubriendo un largo valle; ha sido hogar de romanos vinicultores, de monjes, de mujeres devotas del medioevo y de varias generaciones de ermitaños. El tiempo comulga aquí, en este humilde espacio.
Miro a B., recortada contra el horizonte mientras escucha atentamente a una pareja de ancianos que esperan a que escampe, y así, mirándola, siento que he llegado a donde quiero quedarme, pero en movimiento.
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