Cuento

Tachas 614 • El Vacío Bajo Mi Cama • Atahualpa Espinosa

Imagen generada por IA

Atahualpa Espinosa

 

Estábamos a salvo. Un alto muro cercaba el patio trasero y era casi todo lo que podía verse desde la ventana, en la habitación que compartía con mi hermano. La habitación en la que vi víamos, quiero decir. Un lugar cálido, con piso de duela, bien amurallado. No había incursiones que temer, salvo las filtra ciones de nuestros miedos infantiles hacia el aire exterior. Una parte de mí quisiera tachar a todas de imaginarias, como lo eran aquellas que borraban nuestro sueño durante las noches que nos quedábamos solos en casa, después de ver alguna pe lícula de terror. Cualquier sombra o ruido acentuaba entonces sus contornos y se hacía vívido, dejando tras de sí un temblor en el aire. A veces teníamos un atisbo fugaz de la fuente de esas alteraciones: podíamos escucharla arañar las paredes so bre nuestra cabeza o se dejaba ver un instante, retozando en el piso, antes de borrarse con el siguiente parpadeo. 

En otros casos no estoy seguro de que hayan sido iluso rias. Mi padre cuenta que algunas noches, poco después de que nos quedábamos dormidos, escuchaba desde su cuarto sonidos provenientes del nuestro. Podía ser el armario que se abría, un objeto pequeño que se arrastraba, un juguete al que se le daba cuerda. Cada vez que abría nuestra puerta para saciar su cu riosidad o conjurar lo que intuía, la imagen era la misma: mi hermano y yo, profundamente dormidos, o recién despiertos por la irrupción. Pero nada más. Mi padre regresaba a su cuar to tratando de resignarse a la falta de explicaciones, en medio del silencio que escurría denso en el aire nocturno. Los relatos que, varios años más tarde, nos contó sobre lo que pasaba esas noches deben contrastarse con los rasgos que más le distinguen desde siempre: un razonamiento claro y un pragmatismo que llegaba a confundirse con terquedad. La fisura que estos episodios (diría “sobrenaturales”, pero tal vez no era para tanto) abrieron en su esquema sigue ahí. 

Pero nada que pudiera alterar el mundo de nuestra habitación cruzó la barrera de lo tangible, hasta el día del relámpago. Debía haber tenido unos siete años. Fue una madrugada en la que cayó una tormenta que mis padres no recuerdan como especialmente violenta, pero de la que nació un rayo certero, que pegó en la azotea de nuestro edificio. Tal vez la memoria que guardo de su resplandor sea ficticia o se haya fundido con las impresiones que deja el abandono abrupto del sueño. Pero el sonido fue algo que aún recuerdo con nitidez, limpio y la cerante. Las ventanas del cuarto reventaron hacia el exterior. Creímos sentir que se estremecían todas las varillas metálicas que apuntalaban los muros. Esa noche seguimos durmiendo, hasta donde es posible llamar sueño a lo que tuvimos las siguientes horas, en la sala. 

Al otro día se compraron los vidrios nuevos y al final de la semana ya estaban colocados. Todo lo que debía haber queda do del rayo era la lejana desconfianza en la solidez de nuestracasa, una sensación apagada, como un eco, sin consecuencias.  

Y así fue, de hecho, durante tres días, poco más o menos, hasta una noche en que me pareció escuchar un sonido semejante al de un animal enorme cavando su madriguera bajo el piso de la habitación. Fue un corrimiento de tierras lento y recurrente, como un rumor que duró casi hasta el amanecer. No le puse mucha atención, me repetí que uno debe acostumbrarse a que el mundo está lleno de ruidos y varios de ellos no respetan el descanso. No es como para ir a tocar la puerta de los padres cada vez que se escucha un murmullo o un zumbido. 

Esos días pasaba por una de las primeras rachas del in somnio que me acompaña hasta hoy, una molestia que se du plicaba gracias a los ronquidos de mi hermano, comparables en ritmo y potencia al de un camión de volteo durante una remoción de escombros. Fue por mi vigilia forzada que pude seguir cada segundo de ese otro sonido que crecía bajo mi cama. Me levanté a la hora en que la claridad del cielo co mienza a hacer visibles los detalles, fantasmas que preceden el surgimiento de los objetos reales, como si les prepararan el sitio que ocuparán durante el resto del día. Me arrastré bajo la base de la cama y pegué la oreja al piso. Era un sonido hecho de muchas frecuencias. Algunas de ellas, las más difusas, parecían provenir de una gran distancia, por la forma de sus ecos. Otras parecían rascar justo bajo las tablas de la duela. 

Tomé un baño, algo que hacía cada vez que era el prime ro en levantarme, para usar toda el agua caliente que deseara, antes de que el boiler empezara a fatigarse. Cuando salí, mepuse a hojear una revista en la sala, para dejar que pasara el tiempo. El despertador de mis padres sonó tres veces, en in tervalos de cinco minutos. Hicieron las sábanas a un lado con prisa, cayendo en la cuenta de su retraso, igual que todas las mañanas. Reducían los márgenes de tiempo al máximo para acentuar la urgencia, un combustible con el que, apenas hoy lo comprendo, creían dar la pauta del ritmo con que debían fun cionar el resto del día. Mi padre salió de su habitación hacia el baño. Corté su carrera de tajo diciéndole: 

—Hay un hueco bajo el suelo de mi cuarto. 

—¿Cómo? ¿Un agujero en el piso? ¿Se pudrió la duela? 

Hay muchos padres que habrían ignorado ese anuncio. Cuando mucho, se habrían demorado justo los segundos sufi cientes para dar la impresión de que no abandonan un reclamo infantil, y esperarían a que se disipara la duda o la inquietud, seguros de que no se trata más que de una apreciación estúpida de las que se tienen todo el tiempo durante la niñez. Pero aun desde entonces lo conocía bien. Él era del tipo de los que no resisten la incomodidad ante un desperfecto en su casa y me nos ante algo que implique una falla inédita, algo que revelaría un hallazgo digno de aparecer en una revista de reparaciones caseras. No había terminado de explicarle el problema cuan do supe que ya había decidido no bañarse ese día, con tal de saciar, al menos, la curiosidad. Dio un golpecito en el suelo, la oreja pegada al piso, con la expresión de un cardiólogo.  

Ese día, al llegar a la escuela, apenas esperé a cruzar la entrada para empezar a compartir la historia del hueco. Nadie se esforzó por trazar una hipótesis razonable, mucho menos los profesores (era una primaria manejada por una orden reli giosa, algo que hace ociosa cualquier otra explicación). Nunca entendí la coartada de mis padres para inscribirme ahí. Según ellos, fue la única dispuesta a admitirme, pero sospecho que era su manera de imponerme una disciplina que ellos sentían necesaria. Como sea, las ideas que ahí circulaban eran casi el perfecto reverso de las de mis padres. El hecho es que todo lo que escuchaba en mi casa acerca de la historia de la iglesia y su versión sanguinaria y ridícula de lo divino me había vuelto, en automático, un extranjero en ese sitio. No podía creer (nadie me había ayudado a hacerlo) en un dios barbón que conocía cada matiz de nuestro pensamiento y que utilizaba ese cono cimiento como evidencia para castigarnos. La descripción del hueco que empezaba a crecer bajo mi cama se convirtió, pri mero en manos de los alumnos y luego de los profesores, en el pretexto perfecto para un desfile de anuncios acerca del tor mento eterno que aguardaba a los infieles. Un ejemplo puesto en bandeja de plata, como carne fresca ante los lobos. 

Las condenas para las que sirvió de pretexto mi historia no hicieron mucho para amedrentarme. Por otra parte, nadie creyó en la existencia del hueco (como muchas de las ridicu leces en las que se sostenía su fe, no servía para ser creída, sino para apuntalar el orden), afortunadamente, porque nada habría sido peor que recibir a los visitantes con su curiosidad mezquina. Algunas horas más tarde me había olvidado del asunto y la maestra me ordenó salir del salón, por gritar enmedio del dictado o algún otro motivo que no recuerdo, pero que no tenía que ver con el hueco. Con todo lo amenazador que podía sentirse el castigo, una vez afuera, sentado en el piso del pasillo, sentía que por fin descansaba de aquella voz chillo na. Después del primer minuto, pude entregarme a cualquiera que haya sido el tema de los ensueños que tenía a esa edad, que sólo se interrumpieron cuando el prefecto de la primaria se detuvo junto a mí y me dijo: 

—Otra vez afuera… qué bonito. 

—Sí, ¿verdad? —le contesté, incapaz de otra cosa más que coincidir por primera vez con ese anciano reseco. 

Además de los asuntos de la fe, algo que ignoraba por entonces era el sarcasmo. 

Por la tarde, encontré el piso del cuarto desarmado, como si alguien hubiera dejado las piezas centrales de un rompecabezas para el final. Pero en vez de la base sobre la que se apoyaba el resto de las piezas, lo que quedaba al descubierto era un agujero sin fondo visible. Las paredes eran de arena corrediza, que res balaba de a poco cada que alguien caminaba en la habitación. Mi hermano ya estaba arrodillado a un metro del borde, tan cerca como mi padre se lo permitía, mientras él clavaba la parte trasera del martillo en el espacio que se abría entre dos tablas. 

—¿Ya estaba así ese agujero o tú lo abriste? —le pregunté.

 —Ya estaba así, sólo quité las tablas del piso.

 —¿Está hondo?

 —De eso no tengo idea —dijo, poco antes de arrancar la tabla. 

Era la primera vez que escuchaba a mi padre decir que ignoraba algo de una forma tan rotunda, como si al decirlo asumiera que nunca lo iba a saber. Me arrodillé también cerca del hueco, tan cerca como me lo permitió, y vi que las paredes de arena se perdían en un negro que parecía trabajado en laboratorio para superar en pureza a cualquier otro negro con el que se le pudiera comparar. 

Mi hermano y yo volvimos a dormir en la sala esa noche y la siguiente. Por la madrugada, escuché de nuevo el corrimien to de tierra bajo el sillón que mi madre nos había habilitado como cama. A la siguiente noche, se había abierto otro perfecto hueco bajo ese sillón, que mi padre dejó al descubierto con unos cuantos golpes de martillo. 

Un arquitecto, amigo de la familia, les recomendó que ven dieran el lugar mientras podían, con la sola precaución de pre parar el piso para que cualquier irregularidad quedara oculta. 

Rentamos otro departamento que fue nuestro hogar du rante las semanas que tardaron en afinarse los últimos deta lles de una casa que mis padres habían estado construyendo durante varios años, a las afueras de la ciudad, y que ahora buscaban terminar cuanto antes. La prisa los llevó a contratar varios trabajadores extra y a cambiar la razón del pago para cubrirse por concepto y no por jornada. Todo, a cuenta de una deuda de la que, cuando menos de momento y por estabilidad síquica, preferían no calcular el total. 

Poco antes de que pudiéramos mudarnos a esa casa que aún era manca de puertas de recámaras y clósets, entre las paredes del departamento rentado que aún habitábamos, ya había anunciado su presencia otro hueco que abría su boca justo bajo la base de mi cama. Mi padre supo que no debía es forzarse tanto en su compostura, que más bien debía ocuparse de la mudanza inminente, aunque su vocación por el domi nio de las herramientas caseras le aguijoneara para intervenir. Daba igual, el problema no era tanto esa tentación, sino el pre sentimiento de que ese fenómeno, accidente geológico, o lo que fuera, estaba decidido a seguirnos. No recuerdo mucho de esos días, más allá del aire fúnebre en que transcurrieron. La con vicción de que un cambio de código postal no sería suficiente para olvidarnos del asunto era visible bajo las arrugas que em pezaban a dibujarse en los rostros, aún jóvenes, de mis padres. 

Empezó en la segunda semana, casi cuando recién asu míamos como propios el jardín, los colores nuevos de los muros, los techos altos. Habíamos despertado unas diez o doce veces en un entorno silencioso o algo que nos lo parecía, después de pasar años en un condominio con paredes que parecían amplificar los sonidos de cada casa, en vez de amortiguarlos. Esta vez el piso bajo mi cama era de mosaico, mi padre tuvo que esforzarse más para desprenderlo. Después de unas horas, ya alcanzábamos a ver el contorno de un agujero casi perfec tamente redondo, con un fondo que rebasaba el alcance de nuestra vista. Al parecer, las cuatro patas de mi cama se apoya ban todavía sobre piso firme, pero nadie habría podido jurar por cuánto tiempo más. Mi hermano y yo teníamos cuartos separados, esta vez él no tuvo que dejar su cama. 

El perímetro se ensanchó poco a poco durante los si guientes días, pero nunca llegó hasta los puntos de apoyo de mi cama. Seguí durmiendo en ella, incluso cuando un rumor sordo empezó a subir por las paredes. Algo parecía anunciarse desde el fondo, donde sea que estuviera. El agua fue visible dos días más tarde. Se movía lenta, espesa y pestilente, como la de una alcantarilla. Unas horas después de que comenzamos a ver los lejanos reflejos en la superficie, ya estaba casi al alcance de un brazo adulto. Era negra, llena de los juegos luminosos que traza el aceite en los líquidos a los que iguala en densidad. Mis padres la contemplaban, hipnotizados. La humedad había trepado por las paredes terregosas del agujero y su consistencia podía palparse pasando el índice sobre ella y frotándolo contra el pulgar. Los dos voltearon a verme, un solo instante, y regre saron a su examen. No dijeron una palabra. 

La noche siguiente dormí de nuevo en la sala, una sala distinta a la última en la que había dormido, lejos de nuestro hogar anterior, pero el resultado fue el mismo. Incluso cuando llevaron las sábanas al sillón supe que lo hacían resignados a que era inútil, sólo para cumplir un paso necesario del método, como coartada para sostener una certeza que no se atrevían a confesarse mutuamente. Esa noche se comenzó a escuchar un deslizamiento de la tierra bajo mi cama provisional. Al otro día se resignaron a devolverme a mi habitación, esta vez de forma definitiva. 

Ahora me asombra, pero había momentos en los que lograba pensar en otra cosa. Supongo que es normal. Así como no se puede tensar un músculo durante demasiado tiempo, na die es capaz de confinar su mente a una sola esquina sin que esta escape y se ponga a deambular en cuanto se relaja la vi gilancia sobre ella. Antes de la mudanza, habíamos empacado todos mis juguetes y, ya en la casa nueva, al sacarlos de sus ca jas, volví a hacer un inventario. Durante el sueño, me llegó una visión clara de uno de los faltantes, el que más me importaba, y que seguramente me había despertado esa comezón por recor dar: un Volkswagen azul de cuerda, que había pisoteado hasta estropearlo durante un acceso de rabia estúpida (si es que hay rabia de una especie distinta), porque no soportaba que me hubiera tocado en suerte cuando mis padres nos lo obsequia ron junto con la figura de un superhéroe. Mi hermano y yo los jugamos en un volado y él se quedó con el superhéroe, que le daría mayor prestigio social entre sus compañeros. El arrepentimiento por destrozar el cochecito me había perseguido hasta que logré dejarlo enterrado bajo varias capas de olvido. Ahora que había vuelto, más vivo que antes, el recuerdo me lastimaba, como si esos pisotones con los que lo destruí hubieran sido una forma indirecta de dañar a mis padres.

Al recordarlo desde ahora, pienso que tal vez el pozo me leyó la mente. La siguiente vez que levanté el edredón, ya no para ver cuánto había cambiado el hueco, que lo había hecho poco durante varios días, sino para volver a fascinarme con el solo hecho de que estuviera ahí, habían emergido a la superficie varios objetos: un vaso de unicel, rebabas de madera, un boleto de estacionamiento. O eso parecían ser. Carcomidos, cubiertos de algas y suciedad, eran apenas identificables. Lo que no dudé fue que el pequeño toldo azul de juguete que se asomaba en una orilla era el del coche que había molido a pisotones, ahora intacto. 

Me estiré hasta que estuvo al alcance de mi mano y le di varias vueltas hasta estar seguro de que se trataba del mismo. No me fue difícil creer que se había reintegrado después de arrojarlo a la basura, ni que el plástico hubiera cicatrizado sus heridas hasta borrar el rastro de sus fracturas (sin mencionar el camino que debió recorrer para desembocar en el agua que le arrastró hasta dejarlo bajo mi cama). Lo acepté como algo que había sucedido porque lo merecía, porque necesitaba la reconciliación con él y con lo que representaba. Puesta de esa forma, esa convicción sonaba a un rasgo molesto de narcicismo infantil y poco más, pero la reacción de mis padres fue menos fácil de sobrellevar. Cuando corrí a mostrarles el coche, el mismo que mi madre me había ordenado barrer en pedazos meses antes, su respuesta fue apresurarse a decir que se trataba de otro ejemplar del mismo modelo. Todo se resolvió en un rechazo de lo que les mostraban sus sentidos y una buena dosis de nerviosismo. 

Por la noche mi padre sacaba, con ayuda de una red, cosas que se movían bajo la superficie del pozo, hasta entonces ocultas en la suciedad del agua. Casi todo era basura: envolturas de dulces, una tapa de bolígrafo masticada, un calcetín, el paquete en que venía envuelta una goma para borrar. A pesar de su aspecto aleatorio, sospechaba que los objetos tenían algo en común: me parecían familiares porque (empezaba a convencerme) todos habían pasado por mis manos en algún momento. 

La red, al volverla de revés mi padre, dejó sobre el piso tres hojas sueltas, que habían sido arrancadas de una libreta. Me bastó ver unos garabatos trazados en ellas para identificar las y sentir un escalofrío. Tal vez si no hubiera tratado de arre batarlas para ocultarlas, nadie les habría puesto atención. Ese error puso a mi padre sobre aviso y se sobrepuso al asco que le daba la fetidez del agua para tomarlas y empezar a leer lo que había en ellas. A manera de lista, era un plan de lo que había pensado hacer, después de haber tomado unos billetes de su cartera, la de mi padre, unos meses atrás. En aquel momento, cuando me había confrontado con el robo, lo negué (previsiblemente). Lo extraño era que mi mentira le había resultado creíble y lo había dejado pasar como un error de cálculo suyo, un gasto mal registrado o algo parecido. No podía haber sido uno de sus hijos, no nos había criado así, se persuadió. Cuando salí de la casa con el dinero en el pantalón, aquel día, compré unos cuantos fuegos artificiales y otras cosas que no recuerdo. Amenacé a mi hermano para que me defendiera al momento del interrogatorio. Todo estaba ahí, en la serie de notas inútiles, de la que me había olvidado cuando la había roto hasta volverla confeti, antes de arrojarla a la taza del baño. (Lo había escrito para al menos sentir que lo había confesado a un papel, al menos, supongo). Mi padre no se enfurecía con frecuencia, pero cuando eso pasaba, no había algo que me helara más la sangre. De alguna manera, el exilio emocional que me habían aplazado desde el nacimiento del pozo empezó ese día. 

No podía hablar con nadie de todo esto. Nadie que viviera fuera de nuestra casa, al menos. Se decidió que ese hueco bajo mi cama fuera un secreto envasado al vacío. No se nos explicó así, a mí y a mi hermano, pero mis padres asumieron que cual quier filtración eventualmente crecería hasta convertirse en una visita de vecinos, cámaras de televisión, servidores públicos y demás. No teníamos necesidad de eso o la necesidad que nos hubiera supuesto la deuda contraída por la construcción de la casa no se acercaba siquiera a lo que estaban dispuestos a pasar con tal de saldarla por la vía de gratificaciones de tele visoras, apoyos monetarios como chantajes gubernamentales y acaso cosas peores. Sentía que el olor a podrido que llenaba mi cuarto me acompañaba todo el día, aunque nadie lo men cionara. Lo más probable era que, a esa edad, mis compañeros de salón no se habrían ahorrado comentarios sobre el asunto, así que, por decirlo de una forma, debí haber estado limpio. El problema, para mí, era quedarme con esa historia, rumiarla sin cesar, sin la atención que me habría llegado, inagotable, a cambio de compartirla. Esa lección forzada, la del hermetismo, la aprendí a la letra y se ha quedado conmigo hasta hoy. 

Mi madre, tal vez por distraerse, fue a mi cuarto a pescar objetos a la deriva en el pozo unos días más tarde (aún no lograba la ecuanimidad necesaria para hacerlo sin molestarse al verme). Tuvimos una conversación distraída mientras la miraba, sentado en la esquina. Como las veces anteriores, casi todo era basura de una procedencia apenas identificable, poco más que una masa de algas y suciedad. Pero una de las descargas fue más nítida que las anteriores: cortó nuestro diálogo y robó la vista de mi madre como un destello. Dejé de existir para ella, provisionalmente. En unas fotografías, de colores vivos como si se hubieran revelado unas horas antes, aparecía mi padre, más joven, de la mano de una mujer. Mi madre se puso de pie y las llevó al cuarto donde él leía durante uno de sus breves descansos. Escuché gritos que iban y venían (sobre todo la voz de ella), aunque no podía distinguir las palabras. Mi padre no salió a cenar. 

Esa noche la angustia empezó a vencerme. Traté de dor mir, y durante casi todo el tiempo fingí que lo hacía. Me sentía cansado del olor y, sobre todo, de la incertidumbre, inseparable de él, en que ese pozo nos había dejado. Empecé a sentir un sopor, hasta que el disfraz de sueño logró engañarme y al fin logré dormir. La siguiente vez que abrí los ojos, casi al amane cer, mi madre estaba sentada a los pies de la cama. No supe en qué momento había llegado. Me miraba con tranquilidad. 

—¿Cómo has estado? —me preguntó. 

—Bien —respondí. 

Agradecí a medias la pregunta, porque nos servía a los dos para medir la situación. 

—¿Te gusta la nueva casa? 

Ahí empezaba lo difícil. Todo lo malo que hubiera en nuestro nuevo hogar era algo de lo que me sentía culpable, inevitablemente. Mantenía el borde de las cobijas estrechadas contra mi barbilla. Ella me miraba como si tratara de hacer a un lado todos los velos que había entre ella y yo. Una mi rada que también esquivaba las palabras, porque eran parte del engaño. Sonreía, pero sus labios estaban a kilómetros de distancia de sus ojos. 

Empecé a contarle, como anzuelo, algo que me había su cedido en la escuela, dos días antes, con un tono en el que yo mismo no creía. Ninguno de los dos pudo seguir el curso de mi relato. No funcionaba siquiera como pretexto para encontrar algo sólido en el trazo de los muros que nos rodeaban, como un intento de volver habitable ese espacio durante el mayor tiempo posible. 

El problema más frecuente a la hora de relatar los recuer dos, como también sucede con los sueños, es que se deja de lado el peso específico de los acontecimientos, eso que logra hacer de un pez volador algo importante por la manera en que se siente, no por su mera descripción, ni por su encadenamiento en una historia sin coherencia (el sueño es el entorno donde queda claro que la causalidad, más que ilusoria, es irrelevante y esto se aplica por igual a los recuerdos, o a la forma en que se nos aparecen). La relación de los sucesos es sólo una parte, la menor, y arrojar un recuerdo o un sueño a la luz del día, en una conversación, como si se tratara de un kilo de carne o un documento legal, es lo mismo que conocer a una perso na a través de su recibo de luz. Como hablar de una persona f ingiendo que se está ante ella, cuando lo que está ahí es su cadáver. Me doy cuenta en este momento de que contado todo como lo hice parece que no hay otra cosa que un agujero en el suelo que se abría en cualquier lugar donde durmiera. Podría incluso elaborar acerca de la noción de hueco y decir que es algo definido por la ausencia, la nada que rodea lo que hace mos. Que el hueco acaso no estaba cercado por lo tangible, que no había aparecido como un accidente “en medio” de lo que habíamos decidido que fuera nuestra vida, sino que tal vez fuera a la inversa: nuestra vida se había construido tomando su perímetro como referencia. Pero ya no tiene importancia, todo eso está lejos. 

La primera casa que renté cuando me fui a vivir solo fue un departamento que elegí, tramposamente, por encontrarse en un tercer piso. Los vecinos de la planta baja empezaron a alertar al resto de los inquilinos en el edificio: habían escucha do un corrimiento de tierra y el mosaico del piso se empezaba a cuartear. Tal vez había una falla geológica o un trabajo de drenaje mal hecho que nos ponía a todos en peligro. Esto fue tres o cuatro días después de mi llegada. Apenas había empe zado a llevar unas maletas, así que pude salirme antes de que el pozo empeorara. Tuve el cinismo de reclamarle a la casera las pésimas condiciones de seguridad de su propiedad, para que me devolviera el depósito de la renta, a cambio de no de nunciarla ante el gobierno local. Por supuesto, me lo entregó sin dudarlo. 

Hubo otro departamento, antes del que ocupo hoy, del que salí al cabo de unos meses, ese sí en la planta baja. Había quejas de los vecinos por el olor, aunque no dirigidas a mí. To dos lo atribuían a una cloaca en mal funcionamiento, que era imposible de ubicar, pero debía encontrarse a poca distancia de nuestro domicilio. Sin embargo, llegó un punto en el que me fue imposible postergar una revisión para descartar daños en el drenaje del edificio. Un día antes de que me tocara abrir la puerta y que el plomero entrara en compañía de los dueños, salí en secreto con todas mis cosas. Deben haberme buscado para meter una demanda millonaria por un daño sobre el que no habrían llegado muy lejos a la hora de especular en torno a las causas o a lo que me podría haber motivado a provocar lo, si es que había sido yo. Pero me había cubierto la espalda desde que llegué ahí, con un adelanto de medio año de renta, a cambio del cual me permitieron no entregarles documentos personales. Me conocían con un nombre falso. No podían dar conmigo. 

En el lugar donde vivo ahora, otra planta baja, instalé un extractor de aire que, hasta ahora, ha sido la solución perfecta. Tengo también la ventaja de una buena relación con el dueño, que no creo llegue a interesarse por descubrir lo que escondo bajo mi cama. Prefiero no pensar, por ahora, en lo que sucederá cuando tenga que mudarme. 

Nunca he dejado de usar bases firmes para mi colchón. Prefiero las que parecen un cajón boca abajo, en vez de las cuatro patas que tenía la cama que usaba en la niñez. Así, el perímetro del agujero queda lejos de la vista y la emisión de va pores viscosos se contiene un poco. Vivo solo y jamás duermo más de dos noches seguidas en un lugar fuera de casa, por precaución.

Es curioso cómo, gracias a gestos sencillos, hábitos en los que apenas se reflexiona, se vuelve posible llevar una vida nor mal, si se entiende por esto tener un trabajo y mantener un gra do de afabilidad social que haga posible la subsistencia, a la vez que permita un estado de distanciamiento generalizado en el que nunca se reciban visitas ni se establezca una relación lo suficiente mente estrecha como para llegar a las preguntas incómodas, a las sospechas acerca de los secretos que esconde una vida. Es decir, hasta llegar a algo inusual como, tal vez, un pozo fétido sin fondo. 

Sé que nunca voy a caer ahí, en el hueco quiero decir, a menos que sea víctima de un episodio de sonambulismo. Cuando quiero distraerme (aunque no sucede muy seguido), me asomo bajo la cama y con ayuda de una linterna miro el agua, que llega a tener variaciones mínimas de color. A veces, si me siento con la fuerza de ánimo suficiente, tomo la red y examino los objetos que las lentas corrientes acercan a la superficie. Algunos son dolorosos (siguen siéndolo; algo en lo que no se piensa a menudo es que el tiempo puede apaciguar las heridas, pero no cuando el pasado se reintegra y se arroja a nuestra vista con tanta claridad, en todo su detalle material), pero otra de las habilidades que he adquirido es la de permitir que cada vez menos hechos dejen tras de sí un recuerdo físico desagradable. Al menos, de forma voluntaria. Hay hallazgos menos tristes, objetos que, aun con el mal olor, me regalan buenos momentos en este segundo encuentro. 

El insomnio regresa por oleadas. Llega a dejarme en paz durante meses y de pronto una noche se asoma, sin que sepa quién o qué le abrió la puerta. Algunas madrugadas despierto en medio de algo que no sé cómo llamar, un delirio o alu cinación, que se ha vuelto recurrente: los hilos que me tejen tienen sus extremos sueltos. Busco seguir uno de ellos, como si quisiera que me llevara a algo de lo que pudiera asirme, pero todos terminan en el aire. Siento como si estuviera a punto de desaparecer. El delirio dura nada más que unos momentos, antes de dispersarse en el sonido constante del suave chapoteo del agua contra las paredes del pozo. El temor que deja tras de sí dura un poco más, aunque hay un ejercicio que siempre me ayuda a aliviarlo hasta conciliar el sueño y regalarme una tranquilidad casi completa: en mi imaginación, recorro el hueco a lo largo de sus paredes, desciendo a través de esas aguas oscuras y espesas, en busca del fondo. Pero el fondo nunca llega. Sólo hay un negro perfecto, en el que sigo cayendo hasta olvidar todo. 




 

 

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Atahualpa Espinosa (Zamora, Michoacán, 1980). Autor de los libros El centro de un círculo imaginario (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2007) y Violeta intermitente (Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2002). Hace radio (aunque cada vez menos) y tiene una columna sobre música en La Tempestad. Está informalmente incorporado al sector precario del gobierno federal desde 2009 y es empleado de dos gatos.


 

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