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NARRATIVA

Tachas 630 • Cuerda secundaria: blanco entrelazado con negro, en Z • Rafael Dumett

Rafael Dumett

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Tachas 630 • Cuerda secundaria: blanco entrelazado con negro, en Z • Rafael Dumett

 

El forastero entra al pueblo de Colonche por el Sendero de los Mercaderes que viene de Olón, casi desértico desde el tiempo de la Peste. Cruza por la plaza del mercado, construida para albergar cuatrocientos cincuenta comerciantes con sus mercancías sin apretarse, pero donde en estos días de penuria solo trocan dos decenas. Hace preguntas. Le indican un grupo de chozas que rodean a una casa loma arriba. 

A dos pasos de los umbrales, se detiene. Grita un nombre. Solo le contesta la loma vecina, devolviéndole su voz. Da un rodeo a la casa. Nadie. Da un vistazo a las chacras[1] de los alrededores. Mira hacia una figura diminuta trazando surcos en una tierra seca, sin vida. 

Con paso vacilante, se acerca. Lleva un bolsón de venado raído por el uso y viste de manera miserable: parece un peregrino o un pordiosero con el espíritu trastornado. Pero peregrinos y pordioseros andan siempre en grupo y entonando cánticos de limpieza y este viene solo y en silencio. 

Cuando está a casi medio tiro de piedra, Salango advierte que el forastero lleva, como él, el rostro desfigurado por el Mal. 

—Busco a Oscollo Huaraca —dice en el Idioma de la Gente. Jamás, jamás digas quién eres. Quién has sido. 

—No conozco el Idioma, Padrecito —responde Salango en lengua manteña—. No entiendo lo que dices. 

Y sigue removiendo el terreno con su chaquitaclla[2]. El forastero lo observa con aprensión, casi con temor, como quien toma impulso antes de saltar una acequia torrentosa. Se decide y se levanta de golpe la camiseta de bayeta. 

—Mira —le dice. 

Adosado a su cuerpo, asoma con toda claridad un cinturón de tres franjas de tokapu[3] de lana de vicuña, tramadas con esmeradísima factura, que contrasta flagrantemente con la restante pobreza de su vestimenta. Salango reconoce, escondidos entre cuadrados de motivos ordinarios de despiste, las tres escaleras de color encarnado que separan oblicuamente el puñado de estrellas de la Luna a medio morir: la señal secreta del Señor Cusi Yupanqui[4].

¿Eres tú, hermano y doble? ¿Qué puedes querer de mí, después de toda el agua que ha llovido, que ha corrido por las acequias? ¿En épocas volteadas como estas? 

Sin saber por qué, Salango se escucha decir, como si fuera ajeno, el nombre con que era llamado en el tiempo soleado que sirvió como Contador-de-un-Vistazo al Inca Huayna Capac: 

—Yo fui Oscollo Huaraca. 

El forastero vuelve a mirar a todas partes. Mete la mano dentro del bolsón de venado y extrae una bolsa más pequeña. Deshace el nudo que la ciñe en uno de sus extremos. Sosteniéndola con la otra mano, deja caer su contenido: una larga catarata de granos de maíz. Antes de que la última semilla haya tocado la tierra, la magia del Guerrero ya ha visto a través de sus ojos, y Salango conoce la respuesta antes de oír la pregunta que le hace el forastero: 

—¿Cuántos granos hay? 

—Ochocientos treinta y cuatro —responde sin mediar respiro—. Doscientos cuarenta y seis blancos. Trescientos cinco amarillos. Ciento uno rojos. Ciento ochenta y dos morados. 

La boca del forastero se ahueca y no se cierra durante seis latidos de su corazón, como si estuviera viendo a un huaca[5] tomar forma humana enfrente suyo. Salango añade: 

—Quince están rajados. Veintiséis partidos. Dieciocho tienen hueco de gusano. Doce mordida de ratón. 

El forastero confirma que no hay ningún aliento indiscreto respirando en los contornos. Vuelve a introducir su mano abierta en el bolsón. La saca convertida en un puño cerrado. Lo abre con la palma hacia arriba, descubriendo un amasijo minúsculo de cuerdas. Se lo tiende a Salango. 

—Vista Mágica, el Señor Cusi Yupanqui te envía este mensaje. 

Salango toma el quipu[6]. Extiende sus cinco cuerditas. A primera impresión, sus cifras no le dicen nada. Por su pequeñez, parecen los resultados del censo de los escasos sobrevivientes de un poblado recién pasado por el Mal. Pero entonces Salango advierte el pequeño lazo amarillo que lleva en el extremo. Le resulta familiar. 

Se sume en su pepa en silencio, empieza a viajar por dentro hacia el pasado. 

Está transitando por la quinta calle de su vida, el tiempo en que, mientras otros chicos espantaban pájaros, él aprendía a ser inca en la Casa del Saber. Cusi y él son estudiantes. Están juntos. Son compañeros de yanantin[7], un nudo que no se puede desatar. Están tramando un quipu. Una mano —la suya o la de Cusi— está urdiendo ese mismo lazo amarillo. Los dos se están sonriendo con malicia. 

El lazo —todo es claro ahora— indica que el quipu en sus manos debe ser leído con la clave secreta que ambos compartían en la Casa del Saber. La clave que cada pareja de compañeros de yanantin debía usar para convocarse mutuamente, usando un código que nadie más aparte de ellos debía entender. 

Salango examina el quipu. De su escueta cuerda principal, que mide apenas una mano, penden cinco cuerditas colgantes. La primera ha sido tramada con hilo rojo y tiene un único nudo y de una sola vuelta, señal de que se trata de un quipu de convocatoria inmediata. 

La segunda cuerdita, de color neutral, indica las instrucciones para llegar al lugar del encuentro, y tiene cuatro nudos. El primer nudo tiene cuatro vueltas: la reunión deberá darse en la Cuarta Parte del Mundo: el Chinchaysuyo. El segundo nudo tiene dos vueltas —se trata de una marca[8], un pueblo de medianas dimensiones— y ha sido urdido con hilo gris blancuzco —el color del hielo. La cita será en los alrededores del Poblado de Hielo: Cajamarca. El tercer nudo tiene cinco vueltas: tendrá que seguir la quinta línea sagrada. El cuarto y último nudo tiene tres vueltas: la cita será a la altura del tercer santuario. 

Salango ha comprendido. Usando el pueblo de Cajamarca como punto de partida, deberá seguir la quinta línea sagrada que parte del poblado hasta llegar al tercer santuario. Cusi Yupanqui le estará esperando ahí. 

La tercera y la cuarta cuerditas están ceñidas por una faja común: señalan entre cuándo y cuándo deberá darse el encuentro. Una y otra llevan los colores trenzados del último mes del año, el Capac Raymi, pero la tercera tiene dos vueltas y la cuarta tres: Cusi Yupanqui lo estará esperando en el lugar acordado entre el inicio del segundo y del tercer atado de jornadas del mes Capac Raymi. 

Salango contempla la quinta y última cuerdita colgante del quipu. No lleva nudo alguno.

Suspira. Hunde su taquitaclla en el terreno hasta que está bien afirmada y, sin volverse a mirar al forastero, empieza a caminar en dirección a su casa. 

—Acompáñame —dice Salango. 

Cuando pasan enfrente de la casa, Calanga, su mujer, zurce una prenda desvaída por el uso continuo mientras Guayas y Jocay, sus hijos, vigilan el fogón balbuceando palabras incipientes en lengua manteña, como cada atardecer antes de que el Mal se los llevara a los tres de un tirón a su Lugar Siguiente hace cinco años. El dolor es una brasa oculta atizada sin avisar. Salango se despide en su adentro de ellos y decide que dejará la casa sin clausurar para que los afectados por la guerra entre los hermanos puedan pernoctar en ella y hacerles compañía en su estadía en el Lugar Siguiente. 

Se dirige al corral seguido por el forastero. Se acerca a la puerta. Ocho, Cuatrocientos Doce, Ochenta y Ocho y Veinte ya se apretujan para ser los primeros en lamerle la mano. Salango busca con la mirada a Doscientos Cincuenta y Seis. El recién nacido ha logrado pararse solo sobre sus cuatro patas y trota prendido de la ubre de su madre: podrá defenderse. Sobrevivirá. 

Salango abre la leve puerta de madera. Hembras y machos salen empujándose hacia el lugar de su merienda. No lo necesitarán más el resto de su vida. Ya saben llegar solos al camino que da a los pastizales, ya saben regresar al corral para resguardarse en inviernos futuros. 

Mientras el forastero mira las llamas alejarse por el sendero cuesta arriba, Salango se le acerca por detrás y le abraza el cuello. El forastero no está acostumbrado a este súbito cariño, fuera del cauce habitual de los afectos entre hombres, pero no lo retira, temeroso de ofender. Es demasiado tarde para reaccionar cuando el brazo empieza a apretarle la garganta, a levantarlo en vilo, a estrangularlo con su propio peso. De nada le sirven sus codos punzando con violencia los costados del que le tiene preso: el brazo permanece firme. Salango no se inmuta al presentir los ojos descuencados y perplejos rogando aire y preguntando por qué. 

Cuando todo ha terminado, por si acaso, Salango hace girar cuerpo y cuello de un tirón en sentidos opuestos. El crujido del hueso del cuello rompiéndose, breve pero sonoro, derrama el cuerpo desalentado sobre la tierra. 

Antes de cerrarle los ojos para que no se lleve al mundo de los muertos la visión de sus llamas libres trepando la loma, Salango musita al oído del forastero, como disculpándose, lo que la última cuerda sin nudos acababa de mandarle: 

—No testigos. Mata al mensajero. 

 


 

 

Texto cedido para promoción por los editores del libro El espía del Inca. Rafael Dumett. Ediciones Alfaguara. 2022, Perú.

 


 

***

Rafael Dumett (Lima, 1963) Estudió Lingüística en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y teatro en el Teatro de la Universidad Católica. También realizó estudios de teatro en La Sorbona, París. Ha escrito las obras de teatro AM/FM(1985), Números reales (1991), El juicio final (1997) y Camasca (2019), ganadora del Premio del Teatro Británico Ponemos tu obra en escena. Y para el cine el largometraje Both (2005). El espía del Inca es su primera novela. Actualmente reside en San Francisco.


 

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[1]      Chacra. Tierras para labrar. 

[2]      Chaquitaclla. Palo excavador, instrumento de labranza típico de los Andes. 

[3]      Tocapu. Decoración de los tejidos incaicos basada en series cuadrados con dibujos en su interior. 

[4]      Cusi Yupanqui. Hijo del Señor Yamque Yupanqui y la Señora Tocto Ocllo. Hermano de la princesa Cusi Rímay, esposa de Atahualpa. Es hermano y doble de Oscollo Huaraca en la Casa del Saber del Cuzco. Al inicio de la guerra entre Huáscar y Atahualpa toma partido por Huáscar, pero cambia de mando a poco de iniciada esta para convertirse en uno de los más feroces generales de Atahualpa. Organiza y lidera el intento de liberación de Atahualpa. 

[5]      Huaca. Lugar sagrado y la divinidad que lo habita.

[6]      Quipu. Artefacto constituido por cuerdas con nudos e hilos de colores que servía para transmitir información numérica y no numérica en los Andes prehispánicos. Se sabe que eran usados en contabilidad y se sospecha que se les usaba para registros de patrones —calendarios, partituras, pautas de tejidos, etc.— y narraciones. 

[7]      Yanantin. Par. Relación armoniosa entre diferentes cosas. / Nudo bien hecho y que por lo tanto no se puede desatar. / Dícese de la pareja de estudiantes que trabajaba junta en el achayhuasi o Casa del Saber en el Cuzco. 

[8]      Marca. Poblado de medianas dimensiones.