NARRATIVA
Tachas 630 • Todo es un juego • Juan Aparicio Belmonte
Juan Aparicio Belmonte
Un día llegó a mi clase del instituto un tipo de pelo encrespado y teñido de verde, con varios tatuajes en cuello y brazos. Un compañero lanzó un petardo que explotó muy cerca de su oreja cuando estaba agachado en un rincón del aula. Quedó bocarriba, desmayado y babeante, casi muerto, hasta que varios alumnos optamos por llevarlo a la enfermería. Luego supimos que era electricista y no profesor de literatura, y que había venido para arreglar el enchufe donde solía conectarse el aparato de diapositivas. El alumno que había lanzado el petardo, de la banda de los dominicanos, fue expulsado del instituto, pero volvió al día siguiente para intentar agredir al director. Durante dos semanas tuvimos guardas jurados en la puerta, por si regresaba.
Tres años atrás había desaparecido un alumno en circunstancias misteriosas, sin dejar una nota de adiós ni despedirse de sus padres y amigos, y aquella desaparición había señalado al instituto como culpable de lo que todo el mundo consideraba un asesinato sin resolver. Desde entonces, el centro no era fácil para nadie, y menos que nadie los profesores; la aptitud para el aprendizaje y el nivel social de los alumnos habían ido empeorando por culpa de su mala fama. Tras su caída en desgracia, al instituto íbamos los que no teníamos otro remedio, y la mayoría de docentes — salvo, quizá, la antipática y aguerrida profesora de gimnasia — se iba decantando por definirse con un perfil bajo, extremadamente discreto, y solo se esforzaba en cumplir la encomienda de la clase como quien tiene que aguantar la respiración durante cuarenta y cinco minutos de inmersión en un acuario repleto de tiburones.
El día en que el nuevo, esperado y verdadero profesor de literatura entró en el aula se produjo un largo murmullo que fue interrumpido por él cuando escribió en la pizarra el siguiente texto, produciendo un chirrido grimoso con la tiza: «Jamás dejo una afrenta sin responder».
—¿Es usted electricista? —le preguntó alguien, para no volver a lanzar a la persona equivocada el petardo que ya estaba preparado bajo el pupitre.
—Soy tu profesor de literatura.
Su voz sonó grave y poderosa, rotunda, nada insegura, como si evidenciara que se sabía manejar en el peligro, porque le gustaba, y el alumno guardó el petardo en la mochila, por si acaso. El profesor siguió escribiendo en la pizarra. Era pequeño, enjuto, casi insignificante, pero tenía una piel curtida por el sol y una mirada intensa que generó silencio.
Era, además, chino, o eso parecía, pero hablaba un español de barrio.
—Me crie en Fuenlabrada —aseguró al comprender nuestra extrañeza, tras finalizar la escritura de la frase golpeando la pizarra para marcar el punto y final —. Soy más madrileño que todos vosotros juntos.
Y nos apuntó con la tiza como si lo hiciera con una pistola.
Se oyó la primera y última risa del curso.
—¿Quién ha sido?
Nadie respondió.
—No admitiré más muestras de cobardía en mi clase — dijo con una seriedad nada irónica.
En sus clases nadie se atrevía a chistar, pero tampoco nadie se las saltaba. Los alumnos más despectivos y peligrosos, lejos de huir, se presentaban en ella con renovados bríos de batalla y, sin embargo, bastaba la presencia del fibroso y compacto profesor para que el silencio se volviera casi religioso: la música de los cascos se apagaba por temor a molestarle, las muecas se ablandaban para no ser detectadas por su mirada agresiva. Las piernas que habían estado extendidas en la primera fila se concentraban debajo de los pupitres, las cabezas ladeadas, desafiantes, se enderezaban, y las mandíbulas que mascaban chicle o tabaco dejaban de moverse y se apretaban. La reputación del chino, que en su DNI respondía al nombre de Jesús López Domínguez, fue creciendo y los profesores lo miraban con fascinación. ¿Qué secreto le permitía tener callados a quienes en otras clases se comportaban como salvajes? ¿Cuál era la característica sustancial de este español originario de la vieja China, pequeño en tamaño pero grande en carisma, grande y terrorífico a tenor de cómo se apaciguaban los alumnos en su presencia?
Bruce Lee, como se le apodó enseguida, no se relacionaba con nadie. No saludaba ni hacía gestos de acercamiento a sus colegas del claustro, jamás le vimos pedir ayuda o consejo a ninguno de ellos. Ante cualquier requerimiento o petición de alumnos o profesores, incluso del director, se limitaba a parar, escuchar y seguir adelante como si la cosa no fuera con él. Le bastaba una bajada de párpados para demostrar que estaba en otro mundo, con preocupaciones muy alejadas de las de su entorno laboral. Sin embargo, las clases las daba con pericia. Era metódico, organizado, muy limpio en sus explicaciones, algo reiterativo y machacón, pero sus palabras, tan alta y claramente pronunciadas, penetraban en nuestro cerebro como flechas o como balas, y luego explotaban en él para cumplir su cometido. Metonimia, metáfora, hipérbaton, hipérbole, hipótesis. Sus clases no eran divertidas, aunque tampoco aburridas. Parecían sesiones de hipnosis en las que la tensión se imponía como una sustancia del aire que nos enervaba, colaborando en nuestra concentración. Hablaba sin desviarse un ápice del temario del libro, escribía en la pizarra ejemplos precisos y efectivos, hacía preguntas escuetas, apuntaba en su cuaderno alguna apreciación o nota sobre el alumno que respondía. Y se iba con un seco «Mañana más» que nos despertaba del ensalmo, liberándonos de la tensión.
El director sentía enorme curiosidad por el método didáctico del nuevo profesor, pero las veces que se acercaba a él no era capaz de traspasar una distancia suficiente para entablar la conversación, y su movimiento de muelle era evidente en los recreos y hasta en la calle, a la salida del instituto. Toda aproximación era vencida, rápidamente, por un alejamiento disimulado.
Una tarde Bruce Lee me encomendó un recado, acudir a secretaría con la recaudación para una excursión venidera a la sierra de Madrid, y al regresar me encontré al director en el pasillo, parado enfrente de mi aula, intentando escuchar con cauta pero insuficiente discreción lo que decía Bruce Lee. No obtuvo más premio que la voz monótona del chino, una serie de términos que en el pasillo sonaban a latinajos cultos. Al verme, el director se sonrojó, dio un leve respingo y se alejó. Entré en la clase y me sumergí en el discurso del profesor con la tensión que siempre me producía su voz profunda, su cuerpo rígido y su mirada penetrante.
Cuando Bruce Lee salía de clase, los chavales le mirábamos de refilón y le abríamos paso, haciéndole un pasillo de espaldas huidizas o de cabezas agachadas, en el que hasta el reguetón o el rap se silenciaban. Jamás llegamos a relajarnos con su presencia. Jamás se volvieron normales su entrada y su salida de clase.
Una canción de Mecano aumentó exponencialmente la extrañeza que nos causaba el personaje, la que sonó en su teléfono móvil una mañana lluviosa. Lejos de apagar el aparato, el tipo lo dejó sonar una y otra vez, de manera que la canción se repitió cinco veces seguidas sin que él pareciera notarlo. Y tuvimos que escuchar sin queja una melodía que a cualquier otro profesor le habría supuesto la ruina: «Hawaii, Bombay son dos paraísos / que a veces yo me monto en mi piso. / Hawaii, Bombay son de lo que no hay. / Hawaii, Bombay me meto en el baño / le pongo sal y me hago unos largos. / Para nadar lo mejor es el mar».
El episodio no fue aislado, sino que comenzó a repetirse una o dos veces por semana como un rasgo más de su personalidad enigmática.
A veces respondía a las llamadas en inglés, jamás en chino, y tenía conversaciones breves con lo que parecía, desde los pupitres, una voz de mujer o, quizá, de niño. En ocasiones, cuando la música del móvil cesaba, él canturreaba la canción, como si le divirtiera poner a prueba nuestro estupor. Aquella melodía tan melosa, ese pop tan zalamero no cuadraba con su presencia amenazadora ni con las frases que le gustaba analizar sintácticamente en la pizarra. «Nada me satisface tanto como la venganza», «Si tu enemigo golpea una vez, golpea tú dos veces», «Donde las dan las toman», «No te pongas en mi camino si no quieres que te aplaste como un gusano».
—Díganme —exigía—. Sujeto, verbo y predicado.
Y todos, claro, nos lo sabíamos.
Un día, sin embargo, nos sorprendió el tono y el sentido de las dos frases que escribió en la pizarra: «Sabor de amor, todo me sabe a ti. Comerte sería un placer porque nada me gusta más que tú».
A partir de entonces redactó frases que hablaban de amor y no de odio, de reconciliación y no de revancha, frases cursis, ñoñas, que producían desasosiego y bochorno entre nosotros, los alumnos, casi una respuesta refleja de decepción ante una debilidad enorme en quien, de alguna manera, admirábamos. No pegaban con su personalidad dura esas frases sensibleras ni las que llegarían después: «Y en la noche, mientras duermes, me despierto y mi suerte sigue bien, tú estás aquí». Todas provenían de grupos pop españoles de los años ochenta o noventa que a nosotros no solo no nos decían nada, sino que nos producían urticaria.
Corrió el rumor de que Bruce Lee se había enamorado de Ana, la profesora de gimnasia, una mujer de su misma edad que intimidaba por su ceño fruncido. De expresión reconcentrada y altura imponente, debía de sacarle una cabeza al profesor. La mujer sabía ganarse el respeto de los alumnos más conflictivos con luxaciones y retorcimientos de los brazos que en ocasiones rebasaban el límite de la crueldad. Disfrutaba oyendo gemir al alumno atrapado. Era cinturón negro de aikido y se notaba no solo en las llaves que conocía y practicaba, sino también en la tranquilidad con que se movía por el instituto, a veces atreviéndose a dar collejas a los líderes de los grupos más conflictivos.
Alguien dijo que se había visto a Bruce Lee haciendo taichí delante de Ana y que ella, después de soltar una risotada, había puesto en su móvil música heavy de los años ochenta, de Barón Rojo, tratando de ahuyentar así al profesor. Era como si ambos formaran parte de dos facciones de la ochentera movida madrileña: la profesora de gimnasia profesaba la cultura del heavy metal y el de literatura era poppy o popero.
Bruce Lee redactó en la pizarra un nuevo sintagma que tuvimos que analizar: «Como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas, soy el invierno contra tu primavera, un Dorian Gray sin pasado ni patria ni bandera».
Todos guardamos silencio como de costumbre, afanados en la realización del ejercicio. Pero el alumno menos previsible le hizo una objeción a la oración, no desde la perspectiva gramatical, sino centrándose en su mera retórica.
—Es la frase más tonta que se ha escuchado en la música pop española desde el origen de los tiempos.
El chino titubeó, como si no supiera qué responder a lo que no era un comentario rebelde, sino la apreciación de un tipo con cierto síndrome de Asperger. El alumno analizó, sin percatarse del mal gesto del profesor, la carencia de gracia y sentido de la frase, la incongruencia de que se comparara a Nicolas Cage, el protagonista de la película Leaving Las Vegas, con el invierno; dijo que en esa película Nicolas Cage no representaba ninguna estación del año, era un simple alcohólico desahuciado, y que nadie simbolizaba la primavera. Añadió, despertando murmullos de incredulidad y risas reprimidas, que los autores de la canción, amén de pomposos y hueros, no habían leído El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, puesto que no tenía ningún sentido la mención del pasado, de la patria ni de la bandera del protagonista; se preguntó con voz estrepitosa qué tenía que ver Dorian Gray con todo eso. El alumno, Beto Quispe, de origen boliviano, estaba poco atento a los códigos emotivos que hacían temible al profesor y todos nos preocupamos mucho, en espera de un grito, un golpe o cualquier reacción horripilante.
—Ser pomposo es lo peor que se puede ser si escribes canciones — dijo Beto.
Bruce Lee permitió la larga disertación del alumno contra la canción y contra toda la música del grupo que la había perpetrado, pero en cómo parpadeó supimos ver su contrariedad. Por primera vez no era una estatua de impasible desdén a nuestras preguntas o comentarios, por primera vez se le veía incapaz de replicar a un alumno. Su cuerpo perdía la fortaleza y la fibra con que solía mantenerse en pie, firme en las clases, y hasta se produjo una carcajada obscena desde el fondo del aula que no tuvo respuesta. Bruce Lee borró la frase, tiró la tiza contra el suelo, haciéndola quebrar, y se marchó con un portazo que hizo retumbar nuestra perplejidad y los cristales de las ventanas.
Beto Quispe seguía hablando ajeno a lo que terminaba de ocurrir, dirigiéndose más a nosotros, sus compañeros de pupitre, que al profesor, no solo porque el profesor se hallara ausente, sino porque Beto tampoco parecía haberse percatado de tal cosa.
—Ese grupo de música —insistía— o no se fija en la letra de sus canciones o nos toma por idiotas. Son pretenciosas, buscan epatar al oyente con palabras que, si se analizan, son de una ridiculez enternecedora, propias de gentes con el cerebro revenido.
Nos quedamos quietos, sin decirle siquiera a Beto que dejara de hablar, pues temíamos la reaparición del chino con alguna sorpresa desagradable. Se respiraba una tensión enorme dentro del aula. El picaporte de la puerta casi temblaba, como si estuviera cargándose de una electricidad que pronto iba a dirigirse contra nosotros, especialmente contra el insensato que se había atrevido a contrariar al profesor. Escuchamos unos alaridos por el altavoz de la clase, pero más de hiena que de hombre, como si una fiera de la sabana o de la selva estuviera siendo devorada a mordiscos mientras luchaba por sobrevivir. No nos cupo la menor duda de que provenían de la garganta de Bruce Lee; pero en cuanto los aullidos cesaron, el profesor regresó a la clase sin atisbo de sufrimiento ni sobresalto, como si aquel estrépito infernal hubiera sido producto de nuestro delirio.
—¿Os ha gustado? —dijo—. Es la canción de la que se ha burlado este chico puesta al revés y a todo volumen.
Nos miramos sin saber qué decir.
—Primer aviso —advirtió—: que nadie se vuelva a reír de mi música o la represalia será peor, memorable, histórica.
Un día Beto dejó de venir a clase y todos tuvimos la impresión de que su ausencia estaba relacionada con Bruce Lee. Se corrió el rumor de que el chino se lo había comido con salsa agridulce después de matarlo y cortarlo en cachitos, y la figura del profesor comenzó a resultar cada vez más siniestra. La letra de aquella canción inocente cobró un sentido ominoso: «Comerte sería un placer porque nada me gusta más que tú».
Pobre Beto, devorado por el estómago caníbal del profesor.
Los carteles denunciando la desaparición del chaval proliferaron por todo el barrio, se llenaron las calles de periodistas que dejaron de interrogar a los alumnos cuando fueron atracados dos locutores de televisión y uno de radio y finalmente optaron por no volver a hacer acto de presencia. La policía iba y venía, camuflada o no, y nos resultaba evidente que el chino estaba detrás de la volatilización de Beto, pero ninguno se sentía con ganas de denunciar lo que no era más que una intuición sin pruebas. Así me lo dijo a mí uno de los agentes a los que me acerqué para confesarle mi temor. Era un policía municipal, de cierta edad, que solía encargarse de dirigir el tráfico en las inmediaciones del instituto. Le conté el episodio de Beto arremetiendo contra aquella canción, como si con esa información pudiera ayudar a la investigación, y él respondió con una carcajada terrible.
—Eso es una bobada, chaval, a mí también me gusta esa música… A ver si vas a ser tú quien ha hecho desaparecer al chico.
Luego de su teléfono móvil surgió también una canción pop cursi, anodina y trivial, que casualmente esa misma tarde tuvimos que analizar gramaticalmente en la pizarra de Bruce Lee. La coincidencia me hizo temer que los policías estuvieran confundidos por una suerte de solidaridad generacional con el chino que les hacía ciegos y sordos a las evidencias criminales. Desde ese día me fijé en la música que salía de los teléfonos móviles de quienes estaban alrededor del instituto, tipos con gabardina o con cazadoras de cuero — policías secretos mal disfrazados —, y cuando de sus móviles surgía alguna canción pop como las que le gustaban a Bruce Lee, me parecía confirmar la sospecha de que ese gusto musical les impedía ver la realidad que tenían delante.
El chino mantuvo sus habituales rituales de cortejo frente a la profesora de gimnasia. Comenzaba a hacer su baile de taichí mientras ella se movía de un lado para otro de su rincón habitual, bajo el roble centenario, con evidente mal humor, como una tigresa encerrada en una jaula, como si estuviera deseando saltar y morder el cuello de quien con tanta persistencia pretendía conquistarla.
Vimos al director aproximarse al chino mientras practicaba su ritual, pero, como siempre, no se atrevió a decirle nada, sino que se movió cerca con sigilo, curiosidad y temor.
Las guerras entre la música pop de Bruce Lee y el heavy metal de Ana, a quien comenzamos a apodar Chuck Norris por la persistencia en combatir al chino, se hicieron cada vez más frecuentes.
No había descanso para nuestros oídos.
La música pop de los móviles sonaba continuamente, unos teléfonos tomaban el relevo de otros, a veces dentro, a veces fuera de las aulas. Desde la clase se escuchaban perfectamente las llamadas que recibían los policías camuflados, tan mal camuflados que todos sus móviles emitían el mismo tipo de música de radiofórmula de los ochenta: Mecano, Olé Olé, Danza Invisible, Tequila…
Bruce Lee nos obligó a analizar otra canción que nos horrorizó: «Papá, cuéntame otra vez ese cuento tan bonito de niñas en minifalda», comenzaba.
Aquello estaba siendo más de lo que se podía tolerar. Entre los diversos grupos culturales de la clase — dominicanos, bolivianos, españoles y marroquíes —, nos pusimos de acuerdo en que el profesor no merecía el respeto ni acaso el temor reverencial que le habíamos profesado, porque aquel gusto por esas melodías sensibleras demostraba poco talento, escasa capacidad y, sobre todo, nulo derecho para imponerse a nadie.
Al fin, los cuatro grupos culturales parecían conformarse en uno solo cuando accedíamos a la clase. Teníamos un mismo enemigo que nos hermanaba. Una especie de héroe falso, de delincuente que no estaba a la altura de su reputación ni de la tensión que nos había generado.
Nos sentíamos burlados, defraudados por ese tipo que seguía demostrando un pésimo y blando gusto musical y un enamoramiento chocante e inviable con respecto a la iracunda profesora de gimnasia.
—¡Déjame! —la oímos gritar una vez —. ¡Déjame en paz!
El desquiciamiento de la mujer era notable. Aparecía despeinada y ojerosa. Cada vez ponía más alto el volumen de su móvil y hasta se trajo un radiocasete de los ochenta, y el heavy metal traspasaba las paredes de las aulas más cercanas a su rincón.
Fueron regresando a la clase de literatura los murmullos, los desplantes más o menos evidentes, las piernas estiradas rebasando los límites de los pupitres, el mascado ruidoso de chicle o de tabaco, y la música de reguetón o rap que surgía de los auriculares oyéndose mucho más de lo adecuado.
Pero Bruce Lee parecía no tomar conciencia de lo que estaba pasando. No se daba por enterado. Se mostraba sordo y ciego a los desplantes cada vez más evidentes. No decía nada si un alumno salía o entraba en mitad de clase, rompiendo con su acción el hilo de su discurso sobre la historia de la gramática española. Una chica dijo que no estaba cambiando su forma de estar en el aula por nuestra presión paulatina, sino porque ya solo tenía la cabeza puesta en la profesora de gimnasia, y más allá de su enamoramiento, todo le daba igual. Pero nosotros creíamos que estaba nervioso, despistado y débil porque sabía que su secreto nos era conocido: él había matado a Beto.
Hacíamos cábalas sobre cómo el chino se habría deshecho de nuestro compañero, y nos llamaba la atención que esta ausencia no despertara la alarma que había despertado la anterior, ocurrida tres años atrás, cuando el país entero se movilizó para dar con el paradero de quien nunca más volvió a aparecer. Era como si el destino de nuestro instituto hubiera dejado de importarle al mundo, y como si se amortizara su existencia con la constatación de que al menos servíamos como aparcamiento no ya de alumnos conflictivos, sino de profesores asesinos. Algunos alumnos organizaron trampas para cazar al chino, pero él sabía mantenerse al margen de nuestra intención. Miraba por la ventana, abstraído con sus canciones cada vez más inquietantes: La Década Prodigiosa, Modestia Aparte, Hombres G… que buscaba en YouTube y ponía bien altas mientras nosotros hacíamos los ejercicios gramaticales, y por la tarde haciendo sus movimientos armónicos de taichí, aunque la profesora lo despreciara con viejo heavy metal de los ochenta, desde Barón Rojo a Iron Maiden.
La tarde en que todo concluyó era soleada, calurosa, la profesora de gimnasia se había enterado de que la llamábamos Chuck Norris y vino disfrazada como jamás la habíamos visto, con minifalda y zapatos de tacón en vez del habitual conjunto de deportivas blancas y chándal azul oscuro. Colocó su antiguo radiocasete en medio del patio de recreo y comenzó a moverse como si estuviera satanizada, agitando su melena rubia.
—¡Sí, fui yo! ¡Fui yo! —gritó.
Y no entendíamos qué pretendía con ese alarido.
Bruce Lee soltó la tiza, se sacudió las manos y salió del aula.
Apareció en el patio y todos nos acercamos a las ventanas para mirar. La escena parecía una interpretación de danza surrealista: por un lado la profesora de gimnasia se agitaba como una endemoniada al son de Iron Maiden y por otro el profesor de lengua se aproximaba a ella con lentitud, con sumo cuidado. En el aula, el teléfono del profesor comenzó a sonar con su música de Mecano: «Hawaii, Bombay…».
Escalando las vallas del recinto escolar se colaban dentro todos los policías secretos, igual que bailarines en el papel de zombis lentos y silenciosos. Se iban acercando a la endemoniada como una caterva sigilosa de muertos vivientes ávidos de sangre. Parecía una ópera posmoderna, vanguardista. Lo último que vimos de Chuck Norris fue su cabellera dorada siendo engullida por los infinitos cuerpos que la rodearon hasta ahogar su movimiento y su música. Se hizo el silencio. Cuando ella reapareció esposada, con Bruce Lee detrás, no comprendimos nada.
Al día siguiente el instituto y sus alrededores volvieron a llenarse de periodistas. Nuestra profesora de gimnasia había sido acusada del asesinato del alumno desaparecido tres años atrás. Al parecer, fue un crimen pasional que terminó con el cadáver del pobre chaval enterrado cerca del roble centenario del que ella jamás se separaba.
Es evidente que hubo una investigación muy seria y profesional, en la que Bruce Lee jugó un papel sustancial — había sido el mejor y más efectivo policía secreta de todos cuantos habían rondado el instituto en los últimos meses —, pero nosotros carecíamos de los datos precisos.
Lo que nos quedó a los alumnos asombrados fue la impresión de que aquella detención se había producido gracias a una lucha entre músicas, el pop frugal de Bruce Lee y los demás policías contra el heavy metal rocoso de Chuck Norris.
Beto Quispe regresó diciendo que había sufrido una intempestiva varicela, y no volvimos a ver a Bruce Lee por el barrio.
—Menos mal —dijo Beto—, su música era infame.
Y lo cierto es que, desde entonces, cada vez que oigo alguna canción de Mecano me pongo en guardia y me da por pensar que la policía anda cerca.
Texto cedido para promoción por los editores del libro Músicas negras. Juan Aparicio Belmonte. Edición de Ernesto Mallo. Ediciones Siruela. 2019, España.
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Juan Aparicio Belmonte (Londres, 1971) es un escritor español, profesor en la escuela de escritores Hotel Kafka y colaborador en el suplemento El Cultural del diario El Mundo. Su primera novela, Mala suerte (2003), ganó el I Premio de Narrativa Caja Madrid, y posteriormente fue reconocida con el III Premio Memorial Silverio Cañada, que se otorga en la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela negra escrita en español durante el año. Después ha publicado, entre otras, Un amigo en la ciudad y Ante todo criminal.