Historia

Tachas 631 • Los anarquistas rusos antes de 1917 • Carlos Taibo

Imagen generada por IA

Carlos Taibo

 

Los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar en qué momento vio la luz, en Rusia, el anarquismo. En sustancia, las posiciones al respecto son dos. Mientras la prime ra, acaso mayoritaria, y bien representada por Paul Avrich, remite a la revolución de 1905, o como mucho a los años in mediatamente precedentes —George Woodcock reconduce el fenómeno a la última década del XIX[1]—, la segunda en tiende, en cambio, que puede y debe hablarse de anarquismo en Rusia desde cuatro décadas antes de esa fecha. En pro vecho de esta segunda versión de los hechos bien pueden aportarse las omnipresentes menciones a anarquistas y bakuninistas que, en relación con las décadas de 1860 y 1870, incluye Franco Venturi en su voluminoso y canónico ensayo sobre el populismo ruso. 

Tres son las precisiones que conviene hacer en relación con estas disputas. La primera se propone, ante todo, deshacer un equívoco, cual es el que se revela a través de la certificación de que quienes fueron acaso los dos mayores pensadores del anarquismo planetario del XIX, Bakunin y Kropotkin, eran rusos. Porque lo cierto es que tanto el uno como el otro — admitiré que en el caso de Kropotkin cabe albergar alguna duda marginal[2] — se adhirieron al anarquismo fuera de Rusia, de tal suerte que no heredaron de movimientos autóctonos las ideas correspondientes. La segunda nos habla de la compleja y rica relación, ya invocada, del anarquismo ruso con el populismo. Aparcaré ahora la discusión al respecto, toda vez que me ocupará con extensión en el capítulo segundo de esta obra. Obligado estoy, en tercer y último lugar, a subrayar que en Rusia se manifestaban elementos importantes que justificaban que, en los círculos intelectuales como en las luchas sociales, se hiciese valer con fuerza lo que describiré como una tradición libertaria que a menudo hundía sus raíces en tiempos lejanos. Ahí está, para testimoniarlo, la percepción del Estado zarista, muy común entre los eslavófilos,[3] como una impostación ajena a las tradiciones rusas, producto, antes bien, de principios y prácticas originarios de Escandinavia, de Grecia, de Alemania o de Tartaria. Para Aksákov, uno de los teóricos de la eslavofilia, “el Estado en tanto que principio es sinónimo del mal y de la mentira”.[4] Hay que mencionar también la memoria de revueltas como las vinculadas con los nombres de Stenka Razin, en el siglo XVII, y de Yemelián Pugachov, en el XVIII.[5] Pero hay que rescatar, en paralelo, la pervivencia de la comuna rural y de las asociaciones de artesanos —hablaremos más adelante de una y otras— o, en fin, la persistencia de organizaciones religiosas de condición libre y, en un grado u otro, vocación colectivista.[6] Circunstancias como las citadas han venido a justificar que en ocasiones se atribuyese al pueblo ruso una honda raigambre libertaria. De ser razonable esa aserción, convendría completarla, eso sí, con el recordatorio de que esa raigambre configuraría un polo completado por otro bien diferente: el articulado en torno a una sempiterna servidumbre y a un omnipresente acatamiento del poder. 

 

EL ANARQUISMO RUSO EN EL SIGLO XIX 

Si así se quiere, cuando se trata de sopesar la naturaleza del anarquismo ruso del siglo XIX despuntan, de nuevo, dos grandes corrientes. La primera atribuye un relieve singular a la influencia de los exiliados, y en particular a la de los ya mentados Bakunin y Kropotkin. Desde esta perspectiva se entendería que las ideas anarquistas llegaron a Rusia del exterior y alcanzaron fundamentalmente a algunos círculos intelectuales, sin que en los hechos se materializasen en organizaciones de enjundia. En la percepción de Woodcock, del que ya he hablado, estas últimas sólo vieron la luz a finales de la década de 1890, en el buen entendido de que, no sin paradoja, lo hicieron orgullosamente al margen de la influencia de los pensadores foráneos.[7] La segunda corriente estima, en cambio, que el impulso fundamental que explica el asentamiento del anarquismo en Rusia remite, antes bien, al peso de la tradición autóctona. Los nombres de Razin y de Pugachov vuelven a aparecer en un escenario marcado por un ansia de independencia con respecto a las imposiciones de un poder despótico. Si a esa ansia se sumaba —lo repetiré— una defensa de la comuna rural y de las organizaciones de artesanos, lo común es que se hiciese acompañar, al tiempo, de un rechazo del Estado centralizado en vigor en Occidente.[8] No faltaron los ejemplos, bien es cierto, de pensadores en los cuales esas dos corrientes en cierto sentido se fusionaron. Tal fue el caso, ya en la década de 1840, de Herzen, quien, defensor también de la comuna rural, se hizo eco de muchos de los elementos de crítica del “comunismo autoritario” que se revelaban en los textos de Proudhon. Herzen defendía, por lo demás, una exótica combinación entre lo que entendía que era el “anarquismo” de los nobles y el “comunismo” de los campesinos.[9]

Intentaré, en cualquier caso, describir someramente los rasgos principales del anarquismo ruso en el siglo XIX. El primero bien puede ser una notoria primacía de las publicaciones, y con ellas de la propaganda, en detrimento del aprestamiento expreso de organizaciones. Recordaré, por ejemplo, que en 1875 un grupo moscovita editó una revista llamada Rabotnik (El trabajador), la primera en Rusia que parecía interesarse por lo que ocurría con los trabajadores tanto en el campo como en las ciudades. A esa revista siguió, en 1878, otra llamada Obshina (Comunidad), vinculada con los círculos “bakuninistas”.[10] Bien que “cautelosa y conciliatoria”, en la percepción de Woodcock rechazaba la idea de un gobierno constitucional y postulaba que campesinos y obreros alcanzasen la libertad por sí solos[11]. Eran años en los que —lo señalo de nuevo— la presencia de esas publicaciones, incluidas las editadas en el exterior,[12] no se hacía acompañar de la actividad paralela de organizaciones libertarias. Si algo había que traía a la memoria a éstas eran determinados grupos que operaban dentro de la organización populista Zemliá i Volia (Tierra y Libertad). Aun con ello, Woodcock refiere varios intentos bakuninistas encaminados a organizar a los trabajadores urbanos, como los registrados ante todo, y en esos años, en Odesa y en Kíev. En la trastienda hay que subrayar la presencia, innegable, de discursos antiintelectualistas,[13] en la línea del instintivismo bakuniniano y de la defensa de una acción espontánea y no mediada. Era muy común, por lo demás, cierto recelo con respecto al papel desempeñado por los intelectuales en los movimientos revolucionarios, un recelo expresado en provecho de quienes, campesinos u obreros, se estimaba que debían ser los protagonistas de éstos. Y se hacía valer también una general desconfianza en lo que se re fiere a la dimensión liberadora del conocimiento científico. Más allá de todo lo anterior, los libertarios rusos demostraron sugerentes capacidades a la hora de romper fronteras entre mundos a primera vista separados. Avrich recuerda, por ejemplo, que no faltaron los obreros urbanos que, al mantener el contacto con el medio rural que estaba en sus orígenes, acabaron con el aislamiento de muchos pueblos y aldeas, de la misma manera que, sobre todo en Ucrania, fueron muchos los estudiantes que se sumaron a las huelgas protagonizadas por los trabajadores de la industria.[14]

Reseñaré, en segundo lugar, la existencia de evidentes divisiones internas, como las que se revelaron, por ejemplo, a través de las disputas suscitadas por el polémico designio bakuniniano de atribuir un papel decisivo a lumpemproletarios, desempleados, mendigos y “gentes fuera de la ley”. Para Bakunin, el “ideal popular ruso” incorporaba, por lo demás, tres elementos positivos y otros tantos negativos. Los pri meros los aportaban la idea, generalizada, de que la tierra pertenece al pueblo, la convicción de que el derecho de uso de esa tierra no corresponde al individuo, sino al mir, a la comuna, y, en fin, la defensa del autogobierno comunitario, enfrentado inexorablemente a la lógica del Estado. Por su parte, los elementos negativos eran el peso del patriarcado, la disolución del individuo en el mir y la “fe en el zar”.[15] La influencia de Bakunin en Rusia resultó ser, en cualquier caso, limitada y tuvo tal vez su momento más sólido al amparo de la fundación en 1868 de una publicación que, titulada Naródnoye Dieló (La causa del pueblo), alcanzó cierta difusión. Walicki sostiene, por otra parte, que los seguidores rusos de Bakunin valoraron, ciertamente, el aprecio de éste por las formas arcaicas de protesta social — así, las rebeliones campesinas o el propio bandidaje— y su defensa del ideal popular autóctono, pero no necesariamente compartieron algunas de las críticas vertidas por el maestro a la comuna rural y a menudo prefirieron contentarse con demandas de descentralización y autogobierno antes que rechazar de plano la institución Estado.[16] Esto aparte, si la centralización fue virulentamente rechazada por todos los seguidores de Bakunin, mal que bien encontró cierta aceptación, en cambio, y al menos en lo que se refiere a la bondad de los grandes complejos fabriles, en otras corrientes. Hay que agregar, en suma, la presencia de grupos minoritarios, de compleja inclusión dentro del anarquismo. Tal fue el caso, en singular, de los tolstoyanos, una presencia concretada, en la década de 1880, en la creación de pequeñas organizaciones de cristianos quietistas en las regiones de Oriol, Samara y Tula, así como en Moscú.[17] El ascendiente de esos grupos daba cuenta de una manifestación más de la pluralidad de las percepciones anarquistas, toda vez que en éstas no faltaban las discusiones, con frecuencia agrias, sobre una cuestión decisiva, la de la violencia, que me ocupará más adelante. 

La fragmentación y las divisiones no faltaron tampoco, en tercer término, en lo que se refiere a lo que se cocía lejos de los cenáculos libertarios, como vino a ilustrarlo la separación, con el paso del tiempo cada vez más evidente, con respecto a otras corrientes socialistas. No se olvide que el inicio de la década de 1870 se tradujo en cambios importantes, marcados por una relativa expansión del capitalismo en Rusia y, en la lejanía, por las disputas que cobraron cuerpo en el seno de la Primera Internacional, con visibles manipula ciones ejercidas por los dos bandos enfrentados en lo que hace a cuál había de ser la representación rusa en aquélla.[18] La década de 1870 lo fue también —no conviene olvidarlo— de expansión de unas luchas obreras que por aquel entonces suscitaban escasa atención. Muchas de esas luchas, protagonizadas —repitámoslo— por campesinos que habían abandonado poco antes el medio rural, con frecuencia no se saldaban, sin embargo, en huelgas, sino, sin más, en el abandono de los puestos de trabajo. 

En la percepción de Woodcock, la etapa de influencia bakuniniana se cerró en 1881, tras el asesinato del zar Alejandro II. En virtud de la durísima represión que siguió, la llama anarquista se mantuvo, en el mejor de los casos, en el exilio[19] y en los círculos tolstoyanos, de la mano, en éstos, de una activa contestación del militarismo que alentaba el régimen zarista y, en paralelo, del designio de crear comunas agrícolas autosuficientes. El siguiente arreón llegó de nuevo del exterior, ahora merced a la influencia de Kropotkin, y asumió la forma de un puñado de publicaciones de las que fueron responsables anarquistas que vivían, una vez más, en el exilio. La principal de ellas fue, ya en el siglo XX, Jleb i Volia (Pan y libertad).[20]

 

LA REVOLUCIÓN DE 1905 

Ya he tenido la oportunidad de señalar que a los ojos de algunos expertos, y más allá de escarceos como los que acabo de retratar, el surgimiento del anarquismo ruso se solapó con la revolución de 1905.[21] Ésta configuró, a buen seguro, un momento decisivo, en la medida en que, al amparo de la guerra ruso-japonesa, abrió el camino a alternativas que hasta entonces resultaban poco menos que inimaginables. En particular, muchos obreros decidieron asumir por sí solos la tarea de la emancipación. Esta última condición se hizo valer, ante todo, en el caso de los trabajadores de las grandes empresas, desconfiados en lo que hace a las propuestas tanto de los propietarios de éstas como de los dirigentes políticos, y propicios, de resultas, a la práctica de la acción directa. Como quiera que la revolución de 1905 tuvo, en suma, un carácter fundamentalmente espontáneo, e inesperado, en más de un sentido puso de actualidad las tesis defendidas por los anarquistas. 

Importa recalcar que el escenario de la revolución de 1905 se había perfilado al calor de cambios importantes en la textura de la sociedad rusa. Uno de ellos se produjo, a principios del siglo XX, cuando las revueltas esporádicas que se habían revelado en el campo se convirtieron en genuinas jacqueries como la registrada en Ucrania, en las regiones de Poltava y Járkov, en 1902. Las dos décadas siguientes lo fueron —no lo olvidemos— de permanente descontento entre los campesinos, un descontento materializado en las erupciones de 1905 y 1917, en la majnóvshina y en revueltas como la registrada en Tambov en 1921. Gayraud subraya, por añadidura, que esas insurrecciones se hicieron valer fundamentalmente en lugares en los cuales la explotación capitalista había acabado por penetrar, no sin agregar que la ruptura entre el campesinado y la figura protectora del zar se produjo ante todo de resultas, precisamente, de la revolución de 1905.[22] Pero hay que llamar la atención, también, sobre el relieve que adquirieron, desde finales del XIX, y muchas veces en estrecha relación con el mundo judío,[23] las tierras situadas en la frontera occidental del imperio ruso, con núcleos fundamentales en ciudades como Bialystok, Gomel, Grodno, Kovno, Minsk, Riga, Varsovia y Vilna (a la lista ha bría que añadir los nombres de un puñado de ciudades ucranianas, como Járkov, Kíev u Odesa, y los de algunos núcleos de población en el Cáucaso y en Crimea).[24] En todas esas regiones se hizo valer una combinación explosiva entre una pésima situación económica y problemas nacionales varios, una combinación que acaso fue el fermento de muchas respuestas radicales protagonizadas por gentes cada vez más insatisfechas con los partidos, viejos o nuevos, de izquierda. Si, en singular, fueron objeto de cuestionamiento el reformismo y el gradualismo que inspiraban el grueso de las opciones de aquéllos, no parece que para explicar este fenómeno fuese preciso invocar el manido tópico del milenarismo, como es habitual en tantos historiadores. 

Las cosas como fueren, el crecimiento de los grupos anarquistas tanto se debió a las semillas plantadas con anterioridad por un sinfín de iniciativas en apariencia modestas como a la explosiva situación de 1905. Se trataba, a buen seguro, de grupos dispersos, con influencia innegablemente menor a la que correspondía a los partidos socialde mócrata y socialista revolucionario. Este escenario de dis persión no pudo ser corregido siquiera en virtud de conferencias como las celebradas, siempre lejos de Rusia, en Londres en 1904,[25] en Amsterdam en 1907,[26] en Ginebra en 1908,[27]en París en 1913,[28] de nuevo en Londres a finales de ese mismo año[29] y en la misma ciudad en el verano de 1914,[30] o de resultas de la influencia ejercida por el incipiente movimiento anarcosindicalista que habían gestado, en Estados Unidos, exiliados rusos. Dos fueron, por lo demás, las tareas que parecieron despuntar: si el desarrollo de numerosas huelgas fue la primera, la segunda la aportó un notable esfuerzo de propaganda ideológica. Promotores de huelgas muy frecuentes, e inmersos en un encomiable esfuerzo de difusión de las ideas propias —es de razón subrayar la estrecha relación que ha existido, siempre, entre el mundo anarquista y la edición de un sinfín de publicaciones—, la mayoría de los militantes libertarios eran muy jóvenes —lo común es que tuviesen entre 19 y 23 años— y en casi la mitad de los casos se trataba, llamativamente, de mujeres.[31] Esos militantes, a menudo judíos, procedían casi siempre del medio urbano, y no de las zonas rurales. En su trabajo, y a veces en relación estrecha con el origen personal, los anarquistas dispensaban una atención especial al lumpemproletariado, a los desclasados urbanos, frente a lo que era común entre los socialdemócratas, que despreciaban a los integrantes de aquél, y entre los socialistas revolucionarios, mucho más interesados por el campesinado. 

No faltaron, ciertamente, y de nuevo, las divisiones entre los grupos libertarios. Unas veces asumieron la forma de confrontación entre organizaciones relativamente moderadas, vinculadas con las propuestas de Kropotkin[32] —así, la ya mencionada Jleb i Volia en Moscú y Kíev—, y grupos más radicales como el judío Chórnoye Známiya (Bandera negra), radicado en el sur y el oeste del imperio.[33]También se hacían valer diferencias entre corrientes insurreccionalistas y otras partidarias de realizar un trabajo pausado de expansión de las ideas, o entre los activistas inclinados a defender proyectos de vanguardia y quienes postulaban el desarrollo de organizaciones orgullosamente horizontales. Menudearon, en suma, a partir de 1903, y con un peso aún mayor en 1905, las controversias vinculadas con el auge del sindicalismo, y en más de un sentido con el del sindicalismo revolucionario[34] y el anarcosindicalismo. Fue en esos años, también, cuando se abrió camino la separación entre anarcosindicalistas, particularmente presentes en Ucrania, y anarcocomunistas. Es verdad, con todo, que muchos de estos últimos no le hacían ascos a la participación en los sindicatos, aun cuando lo común era que subrayasen el énfasis excesivo que éstos de positaban en el proletariado industrial, en detrimento de los campesinos, que remarcasen la marginación con que obsequiaban a lumpemproletarios y desempleados y que no dudasen en mostrar sus recelos ante las macroorganizaciones, que, entendían, conducían siempre al asentamiento de liderazgos y hábitos autoritarios. Resulta evidente, por lo demás, que la propuesta anarcosindicalista tenía cierto sesgo que en la jerga rusa se describía como “occidentalizante”, no en vano mostraba una inocultada admiración por el progreso tecnológico y por la maquinaria en la que se materializaba. Los anarcocomunistas,[35] entre tanto, se hallaban más próximos al mundo populista que estudiaremos en el capítulo siguiente. Esta proximidad asumía a menudo la forma de un trasvase de militantes de los partidos de izquierda, y en particular de los socialistas revolucionarios —los “eseristas”—, en provecho de los grupos anarquistas. Aunque muchos militantes libertarios habían sido eseristas, no faltaron tampoco los ejemplos de anarquistas que acabaron en las filas socialistas revolucionarias, y también en las bolcheviques. Parece fuera de discusión, en cualquier caso, que en Ucrania y en Polonia, tras la revolución de 1905, vieron la luz numerosos grupos anarquistas que, siempre minoritarios, habían sido creados por socialdemócratas y por socialistas revolucionarios desencantados con sus partidos de origen. 

Otra fuente de tensiones y divisiones la aportó la disputa sobre la violencia, y en su caso sobre las formas de ésta. Separó, por lo pronto, a los besmotivni (sin motivos), inmersos en atentados individuales más o menos azarosos y en la lucha contra la burguesía, y a los communards, empeñados en propiciar insurrecciones locales acompañadas de la proclamación de comunas anarquistas en ciudades o pueblos.[36] Si había partidarios de un terrorismo “centralizado”, los había también de la descentralización de las acciones correspondientes. Junto a quienes, por otra parte, deseaban actuar contra el gobierno central, menudeaban quienes preferían hacerlo en el nivel local. Hubo quien distinguió, asimismo, entre un terrorismo “individual” —ejercido individualmente— y otro “individualista”, que obedecía a razones meramente personales. No faltó quien teorizó, en fin, un terrorismo de carácter defensivo.[37] Las cosas como fueren, en los años siguientes a 1905 se hicieron valer, del lado de los grupos anarquistas, acciones directas en apoyo de huelgas, y atentados contra la policía y sus colaboradores. Fue una etapa, al tiempo, de eclosión de las publicaciones libertarias, a menudo financiadas con el dinero recaudado a través de “expropiaciones”. A efectos de dar cuenta del relieve de todo esto, Skirda señala que en 1907, y únicamente en la ciudad de Odesa, habían sido detenidos y condenados 170 anarquistas, de los que unos 50 habían sido condenados a muerte y una treintena habían sido efectivamente ejecutados.[38]

Como no podía ser menos, el despliegue de una violencia tan frecuente suscitó controversias en el propio mundo libertario. Así, Kropotkin sugirió que había grupos que se servían del anarquismo como excusa para sacar adelante ac tividades violentas que no tenían ningún carácter social o propagandístico.[39] Particularmente duros con la violencia desbocada fueron, por otra parte, muchos anarcosindicalistas. Del otro lado de la trinchera se enunciaron reproches contra las organizaciones que no defendían la violencia o que, al menos, mostraban recelos con respecto a muchas de las manifestaciones de ésta. A menudo esas organizaciones eran tildadas de “legales”, etiqueta que adquirió una mayor presencia cuando la censura zarista se mostró moderadamente tolerante con la difusión de muchas de las publicaciones de carácter sindicalista[40]. De por medio se revelaban, también, críticas dirigidas contra los anarquistas de la Europa occidental, muchas veces descritos como oportunistas, legalistas y meramente humanitarios. En este magma, la propaganda zarista no dudó en transmitir una imagen interesada de los anarquistas como gentes ignorantes y violentas, carentes por completo de principios.[41] Lamentable resultó que la propia Rosa Luxemburg no dudase en escribir lo que sigue: “El anarquismo en la revolución ru sa no es la teoría del proletariado combatiente, sino la bandera ideológica de la canalla contrarrevolucionaria”.[42]

Lejos de lo que ocurría en las grandes ciudades, un retrato interesante de la situación lo aporta el libro titulado Anarquistas de Bialystok, 1903- 1908,[43] centrado, bien es cierto, en una defensa de las acciones violentas desplegadas por los grupos libertarios. Esas acciones permitieron, sin duda, la configuración de lo que a los ojos de muchos militantes eran genuinos héroes. Los atentados en Bialystok suscitaron, aun así, polémicas internas, que con frecuencia se interesaron por determinar si tenían sentido en ausencia de un movimiento social fuerte. Ya he señalado que una de las corrientes que se entregaba a la realización de atentados la configuraron los besmotivni, esto es, activistas que atacaban a determinadas personas sin invocar ningún motivo preciso. Prácticas frecuentes fueron, por lo demás, la extorsión a los empresarios y las expropiaciones, en un escenario marcado, como cabe esperar, por una represión muy dura y por el despliegue de iniciativas de solidaridad con los presos, y entre ellas la Cruz Negra anarquista.[44] El libro que me ocupa retrata, por otra parte, un movimiento fragmentado en corrientes diferentes, a menudo muy enfrentadas entre sí y protagonistas de debates encarnizados en los que no faltaron las críticas al anarquismo kropotkiniano y al sindicalismo, y en los que se hicieron presentes anarcocomunistas, anarquistas individualistas[45] y “anarquistas filosóficos”. 

Los años que siguieron a 1905 lo fueron de extrema dureza en la represión. Muchos de los activistas libertarios que despuntaron a partir de 1917 pasaron entonces por el mismo periplo: detención, años de prisión y de estancia en Siberia, y huida a un país de la Europa occidental o a Estados Unidos. Según el entonces ministro del Interior, Piotr Stolipin, entre 1906 y 1908 se habían producido más de 26.000 atentados, con más de 6.000 muertos y unos 6.000 heridos[46]. Aunque Stolipin atribuía estos hechos al terrorismo “anarquista”, en ellos se contabilizaban también los protagonizados por socialistas revolucionarios y —de éstos hablaremos más adelante— maximalistas. En cualquier caso, si hay que dar crédito a esas cifras —y probablemente lo eran a la baja—, reflejan una presencia mayor del movimiento anarquista de lo que sugieren tantos análisis. Las diferentes estimaciones del número de activistas en los años posteriores a 1905 sitúan aquél entre 5.000 y 15.000 para el conjunto del imperio, cifras a las que habría que agregar las de los simpatizantes.[47] No eran guarismos muy distintos de los que podían ofrecer bolcheviques y mencheviques, aunque sí estaban lejos de los propios de los socialistas revolucionarios. Hablamos, en cualquier caso, de un movimiento que en los hechos fue aniquilado en 1910. Mientras en 1903 había 12 organizaciones anarquistas en 11 ciudades, en 1905 las cifras correspondientes eran de 125 y 110, y en 1907 —el momento del clímax— de 255 y 180. En 1910 sólo quedaban, sin embargo, 21 grupos, que eran 7 en 1914.[48]

 

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL 

La guerra mundial, en 1914, hizo evidente la dependencia que el sector más moderno de la economía rusa arrastraba con respecto al capital foráneo, al tiempo que reveló la incapacidad del Estado para dirigir el país con un mínimo de eficiencia.[49] Aunque es verdad que en el momento de estallido de la guerra casi todos los militantes anarquistas estaban, bien en el exilio, bien en prisión, bien deportados en Siberia, pese a la debilidad del movimiento consiguiente cobró cuerpo una activa oposición libertaria, desplegada a menudo en colaboración con socialistas revolucionarios y socialdemócratas. La propaganda antiguerra desarrollada por los anarquistas se hizo valer en lugares como Irkutsk, Kronsh tadt y Tomsk, y las huelgas y otras manifestaciones antibélicas no faltaron en Briansk, en Tula y en Yekaterinoslav (hoy Dnipropetrovsk). Por lo que parece, los anarquistas distribuyeron también propaganda antibélica en los frentes de batalla y desempeñaron tareas importantes en materia de acogida de desertores. Algunos grupos se entregaron, en esos años, como lo recuerda Melancon, a operaciones de expropiación y actos de terror en escenarios como Bakú, Briansk, Járkov, Moscú, Tula y Yekaterinoslav.[50].

En Rusia se registraron, por otra parte, los ecos —era inevitable— de la polémica que dividió al movimiento anarquista internacional entre los partidarios de la neutralidad que, mayoritarios, se inclinaban por defender una posición internacionalista y antimilitarista —tal fue el caso de Berk‐ man, de Faure, de Goldman o de Malatesta—, y los inclinados a colocarse del lado de Inglaterra y Francia, con Kropotkin a la cabeza y con figuras significadas como Grave, Guillaume o Malato. En alguna ocasión estos últimos fueron tildados de “anarcopatriotas”. Parece fuera de discusión, con todo, que los primeros fueron mayoría en Rusia. 

Volin cuenta que, cuando regresó al país, de su exilio americano, en julio de 1917 no encontró en Petrogrado ninguna huella —periódicos, carteles— de presencia anarquista. El escenario parecía ser algo mejor en Moscú, en donde al menos había una federación de grupos y una publicación titulada Anarjiya (Anarquía).[51] Conviene, aun así, mantener alguna distancia con respecto a un balance tan negativo. Aunque duramente reprimidos, y como se acaba de señalar, los grupos anarquistas no dejaron de actuar en los años anteriores a las revoluciones de 1917. Sin esa presencia a duras penas podría explicarse la multiplicación de sus actividades en los calientes meses que separaron febrero y octubre de ese año. 

 



 

***
Carlos Taibo. Profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, cuyo programa de estudios rusos ha dirigido. Entre sus últimos libros se cuentan Libertari@s (Los Libros del Lince, Barcelona, 2010), Repensar la anarquía (Los Libros de la Catarata, Madrid, 2013), Rusia frente a Ucrania. Imperios, pueblos, energía (Los Libros de la Catarata, Madrid, 2014) y Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo (Los Libros de la Catarata, Madrid, 2016). 



 

[Ir a la portada de Tachas 631]

 

 

[1]      Woodcock, 1975. El primer documento que recoge la prolija antología del anarquismo ruso publicada en Moscú en 1998 data de 1883, en el buen entendido de que se trata de un texto de profesión de fe libertaria aprobado en Lyon, en Francia; véase VV AA, 1998a: documento 2. También se consultarán con provecho Antony, 2015; Safrónov, 2009; Udártsev, 1994; Udártsev, 2015; Yermakov, 1997a; Yermakov, 1997b, y Yermakov y Talerov, 2007 

[2]      Véase Kropotkin, 2011. 

[3]      Corriente de pensamiento que estima que en Rusia, y en general en el mundo eslavo, hay formas de vida y de relación que merecen ser preservadas ante la intrusión de las formas de vida y de relación propias del exterior, y en particular de las procedentes de Occidente. 

[4]      Cit. en Pessin, 1997: 18. 

[5]      Véanse Avrich, 1972, y Podshivalov, 2015: 1-150. 

[6]      Walter, 1988: 93. 

[7]      Woodcock, 1975: 377. 

[8]      Woodcock, 1975: 378. 

[9]      Woodcock, 1975: 380. Véanse Herzen, 1969; Herzen, 1975; Herzen, 1979, y Herzen, 1994. Sobre la dimension libertaria de la obra de Herzen, véase Antónov, 2000b. 

[10]   Obviaré la discusión sobre la idoneidad del adjetivo, no sin recordar que muchos anarquistas se sentirán inequívoca y lógicamente incómodos ante una descripción tan personalista de la condición de organizaciones y activistas. 

[11]   Woodcock, 1975: 386. 

[12]   Véase Mendeléyev, 2015: 81-119. 

[13]   Véase Avrich, 1966. 

[14]   Avrich, 2005: 13. 

[15]   Cerroni, 1965: 120-121. 

[16]   Walicki, 1991: 70-71. 

[17]   VV AA, 2015a: 75-86 y 87-96. 

[18]   Cerroni, 1965: 85 y ss. 

[19]   Woodcock, 1975: 388 

[20]   Véase, por ejemplo, la declaración recogida en VV AA, 1998a: documento 9. También Mendeléyev, 2015: 166-184. 

[21]   Véase, por ejemplo, Yákovlev, 1922: 3. 

[22]   Gayraud, 2000: 22 y 24. 

[23]   Sobre el anarquismo en el mundo judío, véase Goncharok, 2017. También Brossat y Klingberg, 2009. 

[24]   Sobre el escenario bielorruso, véanse Glushakov, 2015, y Konovalchik, 2002. Sobre el caso de Odesa, véase Savchenko, 2014. En VV AA, 1998a, se recogen numerosos textos originarios de varias de esas ciudades. 

[25]   Véase VV AA, 1998a: documento 21. 

[26]   Véase VV AA, 1998a: documentos 179 y 180. 

[27]   Véase VV AA, 1998a: documentos 202, 203 y 204. 

[28]   Véase VV AA, 1998a: documento 234. 

[29]   Véase VV AA, 1998a: documento 243. 

[30]   Véase VV AA, 1998a: documento 249. 

[31]   Sobre la presencia de mujeres se leerá con provecho el libro de recuerdos de Nadezhda Derkach. Véase Derkach, 2016. 

[32]   Véase VV AA, 1998a: documento 100. También Kropotkin, 2015; Tsennikova, 2009, y VV AA, 1995-2002. 

[33]   Véase, por ejemplo, VV AA, 1998a: documento 70. También Kislitsina, 1992, y Rogdáyev, 2015. 

[34]   Véase Korn, 2015. 

[35]   En VV AA, 1998a, se recogen numerosos documentos anarcocomunistas. La presencia anarcosindicalista puede apreciarse en textos somo los incluidos en los documentos 121, 122, 123 y 129 de la misma obra. Véase también Talerov, 2015. 

[36]   VV AA, 2016: 66. 

[37]   VV AA, 2016: 70. 

[38]   Skirda, 1973: 23. 

[39]   Véase Budnitski, 1995. 

[40]   Avrich, 2005: 88. 

[41]   Véase, por ejemplo, el lamentable retrato que se traslada en Marabini, 1965: 192-194 

[42]   Cit. en VV AA, 2016: 54. 

[43]   VV AA, 2011a. Véase también Derkach, 2016. 

[44]   Véase Yelensky, 1958. 

[45]   Véase Zabrézhnev, 2015. 

[46]   VV AA, 2016: 13. 

[47]   VV AA, 2016: 16. 

[48]   VV AA, 2016: 59. 

[49]   Dauvé y Martin, 2003: 48. 

[50]   Melancon, 1990: 188. Textos varios emitidos por grupos anarquistas durante la guerra mundial se encontrarán en VV AA, 1999a: documentos 252 y ss. 

[51]   Woodcock, 1975: 392.