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NARRATIVA

Tachas 631 • En el río Culebra • Richard Parra

Richard Parra

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Tachas 631 • En el río Culebra • Richard Parra

It is not down on any map; true places never are.
Herman Melville, Moby Dick

No sé quién fue la que me parió, pero Marcial me dijo que a mi madre la mataron los indios de Amaru. 

—En mala hora que arribó tu madre —me dijo Marcial—. Esa noche, su balsa justo cruzó por donde los indios nos preparaban una emboscada. Y gracias a Dios que nos dimos cuenta y logramos espantar a los chunchos a balazos. Y, como te conté, fue suerte que nacieras. Yo mismo tuve que abrirle la panza a tu madre, que agonizaba por los flechazos. Con un puñal te corté la tripa y te limpié con las aguas del río Culebra. Pero ya nada pudimos hacer por ella, Cipriano. Tuvimos que lanzar su cuerpo a la corriente porque, si no, los salvajes la habrían profanado. 

El pueblo de Marcial quedó sepultado. Una parte del nevado Huascarán se derrumbó y lo dejó convertido en un yermo terreno al que ahora llaman Camposanto. 

El día del terremoto, Cipriano —me dijo Marcial—, yo me hallaba en una colina con mi hermano cazando. Por eso me salvé. Sin embargo, tuve la desdicha de ver cómo una ola de lodo y piedras arrastró a mi madre. 

Tras el desastre, algunos paisanos de Marcial se trasladaron a Chimbote a buscarse la vida en las apestosas fábricas de harina de pescado del magnate Banchero Rossi. Otros, se dirigieron a Lima, a tirar pico y lampa y a residir en las cochinas barreadas de El Montón. Otros, como Marcial, aceptaron la solución que el gobierno del general Velasco Alvarado les ofreció: ser reubicados como colonos en la selva. 

Así pues, desde Yungay, en un camión, los milicos trasladaron a trece familias hasta Aucayacu. Allá las hicieron abordar una lancha. Tras días navegando entre la espesura, llegaron a su destino, una pequeña aldea sin nombre donde los recibió el sacerdote Anastasio Valera, un misionero que se encargaría de instruirlos para su nueva vida. 

Cierta noche de tormenta, mientras tomábamos chuchuhuasi en un puterío de El Hechizo, Marcial me contó de aquellos primeros días. 

—Los árboles, Cipriano, se elevaban como atalayas. Recuerdo que las lianas caían interminables. El calor sofocaba en el monte y, de tanto cortar tallos y ramas, los machetes se quedaban sin filo. Además, los bichos no dejaban de joder: pululaban hormigas gigantes, tumbaburros, alacranes y mosquitos. También anacondas y shushupes. Yo tuve que aprender a nadar para cruzar traidores ríos y perderle el miedo a las pirañas. Y le ganamos a la selva, apisonamos la tierra y fundamos El Ensueño. Recuerdo bien esa noche: fue junto al promontorio, iluminado por cientos de parpadeantes luciérnagas, que el padre Valera clavó una cruz de madera y celebró una misa. 

Las siguientes semanas, con la madera talada del bosque, los colonos alzaron la casa de Dios, el fuerte para repeler a los chunchos y un calabozo para los faltosos. Instalaron puentes colgantes, así como sogas y huaros para cruzar de una orilla a otra. 

Tras ello, el padre Valera fue elegido alcalde por los colonos. Y lo primero que dispuso fue que se acondicionara la cocina comunal, el nido y la escuelita primaria. Ordenó, asimismo, que cada quien construyera su casa y que se dedicara a sus chacras, y no a la coca. Aquel día lo dijo bien claro: que las mujeres se pusieran a parir para que aumentasen los habitantes, que solo así la colonia se consolidaría. 

—Al pueblo lo llamamos El Ensueño —dijo Marcial— porque había abundancia. Solo tenías que ir al bosque y coger los frutos. Había naranjas, plátanos, piñas y cocona. A mí me encantaba recolectar caracoles para la sopa. Tiraba semillas a las chacras y aguardaba la cosecha. Me introducía a los ríos y colmaba las redes con doncellas y carachamas. Cazaba sajinos, monos y charapitas. En las noches sin luna, metía luciérnagas en una bolsa. Esa era mi lamparita. Pero esa prosperidad, Cipriano, de un día para el otro, todo eso empezó a fregarse. 

Recuerdo bien la primera arremetida violenta contra El Ensueño: esa noche, los chunchos degollaron a un centinela, envenenaron el agua del pozo y mataron varios cebúes. También desbarataron la posta, la incendiaron y raptaron a la enfermera. 

—¿Y qué hicieron? —le pregunté a Marcial. 

—Yo quería pelear contra Amaru —respondió—. Sin embargo, el cura Valera se oponía. Fantaseaba con cristianizar a esos salvajes, fundar otra misión. Ansiaba un acuerdo como el que lograron los misioneros de El Hechizo con el apu Pizango. 

—O sea, ese cura era una molestia, ¿no? —le preguntó el Cardenal a Marcial. 

—Sí, pues, don —le contestó Marcial—. Además, se oponía a que nos metiéramos al negocio de la pichicata. Pero nadie lo contradecía. Valera era padrino de muchos. Papá de varios niños. En El Ensueño lo amaban. Tenía ese carisma, sabe. Yo lo estimaba también. Me enseñó a leer, escribir y trabajar. Pero él no veía la realidad. 

—Y por eso te lo chifaste, ¿no, Marcial? —le dijo el Cardenal—. Porque era un correcto, un legal, no un hijoeputa como tú. 

—Lo conocí a tu padrastro Marcial en un burdel de El Hechizo —me dijo el Cardenal—. El general Aristóteles Cerrón me lo presentó. Yo le dije a Marcial que conversáramos como hombres de respeto y le sugerí que le entregara su escopeta a mi centinela, la chito Guadalupe Trinidad. Nos sentamos en un reservado y ordenamos siete raíces y tacachos con suri. Marcial me habló de su vida, de su familia, de su pobreza, de la fundación de El Ensueño, de cómo se enfrió al cura, pero en un momento se fue por las ramas, hasta habló de sus papagayos. Así que de modo cortante le pregunté: 

—¿Qué es lo que quieres de mí, Marcial? 

—Que compre nuestra coca, don Cardenal. Vea, en El Ensueño crece como mala hierba. Además, el general Cerrón me dijo que usted sueña con instalar pozas en esta zona. Nosotros podemos ayudarlo alquilándole tierras. 

—O sea, para eso mataste al cura Valera. Para mover el negocio. 

—Hable más bajo, don. 

—Ay, Marcial. Me conmueves, pero mis campas me cuentan que no se puede trabajar tranquilo por El Ensueño. Que los chunchos de Amaru hacen problema. Dicen que a ustedes les han usurpado la tercera parte del terreno que les regaló Velasco. 

—Es verdad. Joden y joden, sí, pero ya no son lo de antes. Una peste de uta los ha golpeado. Ya no atacan tan bravo como en el caserío de Cristo Rey, que lo redujeron a cenizas. 

—No seas huevón, Marcial. Nunca subestimes a un apu. 

—No los rebajo, don, pero creo que ahora es el momento de golpearlos. 

En El Ensueño tenemos las ganas, el ímpetu, los odiamos, pero no tenemos armas ni soldados preparados como usted, don Cardenal. 

—O sea, ¿quieres que nosotros nos lo chifemos al indio Amaru? 

—Sí.

—Dime una cosa, Marcial: ¿tengo cara de sicario? 

—La verdad, don, un poquito. Pero piense en esto. Si nos ayuda con ese tema, recuperamos nuestras tierras y, a usted, le prometo que le alquilamos las mejores. Claro, nos paga una rentita y así nos favorecemos todos. Total, no somos comunistas. 

—O sea, Marcial, yo hago el trabajo sucio y tú cobras. 

—Mire, don Cardenal, le garantizamos alta producción. Nada de cabeceos como se escucha en otros lados. 

—Y, si se puede saber, ¿cuánto vas a querer de ganancia, Marcial? 

—Treinta por ciento. 

—Carito, eh. 

—Es buen negocio. 

—Pero, Marcial, no soy un asesino. Mis soldados tampoco son mercenarios. Son gente de negocios. No te confundas. 

—¿Por qué no se viene un día por El Ensueño, don Cardenal? Para que vea nuestras tierras. Además, están bien posicionadas. Nadie las encontrará ni siquiera por aire. 

—No, Marcial. Si yo mato a Amaru, pierdo mucho. Pondría a los chunchos en mi contra, y no quiero eso. Más bien, si te parece, a ti y a tu gente, les alquilo armas y los entreno por un precio razonable. Así ustedes mismos resuelven sus problemas. 

—¿Por qué se hace tanto de rogar, don Cardenal? 

—Porque puedo, pues, carajo. Y porque me da la gana. 

El pueblo siguió el féretro del cura Valera por la avenida Velasco Alvarado. Los pobladores habían colocado alfombras de orquídeas sobre la pista. Algunas queridas del sacerdote y sus entenados lloraban junto al cajón. 

Marcial, con cara de palo, marchaba a la delantera. Vestía un traje oscuro de tres piezas con tirantes. Fumaba. Iba con lentes oscuros de policía. Portaba en una mano una flor amarilla y, en la otra, el Libro de los Salmos. 

Los campitas cristianos le presentaban respetos al apu Valera, como lo llamaban. Pero los paganos necios de Amaru que vivían en la superstición juraron que se robarían su hinchado cuerpo del camposanto. Por eso, al religioso no lo enterramos en el cementerio. Lo introdujimos en una improvisada urna metálica. Colocamos dentro varias piedras y fierros pesados. Luego sellamos la caja con soldadura, la subimos a una balsa y, en medio del río Culebra, la fondeamos. 

En los siguientes días, el Cardenal y sus hombres se aparecieron en El Ensueño. Recuerdo que nos admiramos de sus armas y de la manera musical de hablar de algunos de ellos, propia de extranjeros. Al atardecer en la plaza, el Cardenal, con Marcial al lado, convocó voluntarios entre los jóvenes del pueblo. Yo y varios nos enrolamos. 

Más tarde, en pleno monte, el Cardenal nos dijo: 

—Lo primero que tienen que hacer, chiquillos, es desalojar de sus tierras al apu Amaru. Sé que muchos de ustedes lo desprecian, y seguro que le tienen ganas, pero no se dejen llevar por el odio. Esto ya no es una venganza, es algo más. No se muevan por el vulgar resentimiento, que no sirve para hacer plata. Y otra cosa. No se olviden de ir donde sus padres, que hay varios que todavía respetan el legado del cura Valera. Persuádanlos de que se dediquen a la coca, y no a esos frutos que no les procuran más que migajas. Díganles bien clarito que la pichicata es la solución para este pueblo. Y que no le tengan miedo a la ley, porque en este país de mierda todo tiene precio, y nosotros podemos pagarlo. 

—Don Cardenal —le dije—, Marcial quiere ser narco como usted. Dice que lo tendrá cerca hasta que, en un descuido, lo cague. Así habla de borracho. 

—¿Qué cosa cree? ¿Que no sé lo que está pensando? 

—Parece que no, don. 

—¿Y de verdad lo que dicen? ¿Que lo enfrió al cura Valera? 

—Sí.

—¿Cómo?

—Una noche Marcial se pasó de tragos y se escabulló a la cabaña de Valera. Levantó el mosquitero y le aventó dos víboras. 

—Carajo, qué cobarde. ¿Y tú qué tal te estás llevando con él? 

—Regular. De chico me trataba mal. Me mandaba dormir junto a los gallineros, a un cuartucho donde de noche se metían murciélagos. Nunca me dio su apellido el puta. Me bautizó con el apellido Candelaria, que era de un amigo suyo muerto en el terremoto de Yungay. 

—¿También te pegaba? 

—Me daba con una chancleta y un chicote. Una época lo llegué a odiar y todavía más cuando los milicos se aparecieron en El Ensueño para llevarme. No me defendió. “Llévenselo”, les dijo Marcial, “que acá no hace nada más que haraganear y pachamanquearse con la india Sonia, la sirvienta”. Después, don Cardenal, los cachacos me llevaron a un cuartel, pero no duré mucho. En un entrenamiento, recibí un balazo y me dieron de baja. 

—O sea, Cipriano, ¿en el Ejército aprendiste a disparar con ese tino? 

—Sí, don, hasta me recomendaron de francotirador, pero después de que me botaron ya no quise volver a El Ensueño. Yo ambicionaba chambear en un taller de mecánica de camiones y llevarme a Sonia a Lima, pero me dijeron que ella estaba preñada, así que regresé al pueblo a ajustar cuentas con el pendejo que se la culeó. Fue entonces que la misma Sonia me confesó que Marcial le dio burundanga con cocona y que le metió pichula. Desde entonces, don Cardenal, Marcial ya no es nada para mí. 

—¿Nada?

—Nadita, señor. 

Le decían el Cardenal porque se inició como sicario de Petronilo Valdés, alias el Papa, un narco que operaba en Pucallpa. Por su crueldad y su decisión, el Cardenal llegó a ser guardaespaldas de aquel mafioso. Contaban que llegó a liquidar a tiros y chaira a tantos como edad tenía. 

Pero, después de que unos colochos de Pablo Escobar ultimaran al Papa tirándolo desde una avioneta en pleno vuelo por el río Mantaro, los hermanos de Valdés se adueñaron del negocio y lo cerraron al Cardenal. Con el argumento de que “los trapitos sucios se limpian en casa”, los hermanos les encargaron a unos sicarios que acribillaran al Cardenal, pero este logró matar a ambos con un petardo y huir en una motocicleta lineal. 

Pasados unos días, la Guardia Republicana lo arrestó borracho en un hotel de Huánuco regentado por un soplón y se pasó cuatro años encanado en la prisión de Potracancha. Contaba con viejas denuncias en Huánuco por proxenetismo y asalto a mano armada. 

En cana, el Cardenal ya no se mostraba insolente. Llegó a la conclusión de que esa actitud no le serviría de nada si quería llegar a ser alguien de peso en el hampa. Le ayudó que compartió celda con un próspero comerciante que, en un arranque de celos, eliminó a su esposa y al amante de esta con una comba. Aquel hombre, que había asistido a una escuela de administración, le enseñó al Cardenal ciertos principios de liderazgo y a desenvolverse como negociante. 

Cuando lo liberaron, el Cardenal renunció a la venganza inmediata contra los Valdés. Se haría el loco, esperaría el momento adecuado, me borraré por un tiempo, se dijo. Su amigo el administrador, por su lado, le cedió un terrenito en El Hechizo donde el Cardenal instaló su primera poza de maceración. Tras unos meses, el Cardenal intentó sacar al comerciante de la cárcel. Hasta contrató a un abogado con contactos con magistrados corruptos, pero se enteró de que al administrador un adicto lo degolló con una lata durante una reyerta. 

Cuando el Cardenal inició su ofensiva contra el apu Amaru, ubicó a los enemigos del cacique. Aprehendió a miembros de su tribu y los obligó a cantar a punta de fierro caliente. Descubierto el refugio de Amaru en el monte, en un sector conocido por los evangelistas como Lomo de Culebra, lo empezaron a presionar con incendios e incursiones relámpago en donde lanzaban petardos. 

Al verse en desventaja, los chunchos de Amaru huyeron río abajo en canoas. Nosotros los perseguimos con botes. En la mañana, cuando los tuvimos cerca, desde lejos, con un rifle M40 con mira telescópica, liquidé al cacique. Pasadas las horas, al volver a El Ensueño con los despojos de Amaru como trofeo, el Cardenal le dijo a Marcial: 

—Desde ahora, Marcial, usted ya no es nada en El Ensueño. Ahora mando yo. 

—¿Qué cosa? —preguntó Marcial. 

—¿Sí o no, Cipriano? 

—Cierto, don Cardenal —respondí. 

—Rosquete traidor —me dijo Marcial—. Ahora te me volteas como cabro. Si no fuera por mí, estarías hundido en el río como la ramera de tu madre. 

—Ya no te hagas bolas, Marcial —le dije—. Mejor hazle caso al Cardenal. 

—Eres una mierda —me dijo Marcial y empuñó su escopeta. 

Acto seguido, al Cardenal solo le bastó levantarle la ceja a uno de sus matones para que este le volara los sesos a Marcial. 

A El Ensueño llegaron serranos, campas cristianos y chunchos domesticados a trabajar, porque la gente del pueblo ya no quería machetear, pisotear la coca ni estar de cargadora. 

Aparecieron negocios, peñas, casas de apuestas, fondas y pulperías. Para Año Nuevo, en la avenida Velasco Alvarado, el Cardenal inauguró dos burdeles con mujeres y travestis operadas venidas de Iquitos y Brasil. En 28 de julio, el patrón trajo circos, cumbiamberos argentinos, vedettes y hasta comediantes de Risas y Salsas

Al año siguiente, el Cardenal emprendió la construcción de la suntuosa Casa Blanca: se trataba de una estructura amurallada, con alberca, estatuas de mármol, huerta con zoológico y pasajes secretos. No solo en El Ensueño, sino en los pueblos colindantes no había autoridad que no recibiera directivas y sobornos en la Casa Blanca. Y, si algún opositor al negocio aparecía, el Cardenal me ordenaba que mis muchachos y yo lo escarmentáramos con soplete y alicate. 

Cuando los padres del Cardenal perecieron después de que la DEA cañoneara su avioneta, el mismo Cardenal comenzó con la costumbre de recordar con lujo a los muertos en El Ensueño. Rescatados los cuerpos mutilados de sus padres, los metieron en unas congeladoras. Tras ello, mandó traer ostentosos cajones y unas planchas de mármol de Chongos Altos. También convocó a unos maestros escultores de Junín. 

Pasadas unas semanas, terminado el mausoleo, que estaba rodeado de estatuas de ángeles replicando la última morada del clan Kennedy en Virginia, por fin se realizó el funeral de sus padres, el evento más solemne que presencié en El Ensueño. 

Hallamos algunos mastines del Cardenal colgados del cuello en los árboles con cartelitos diciendo “muerte al perro narco”. La siguiente semana aparecieron los infames hitos a las afueras de El Ensueño: cadáveres despanzurrados de mis hombres botados por los caminos que marcaban la entrada a la zona roja. 

Los guerrilleros del camarada Alipio se presentaron en los caseríos vecinos hablando de que los narcos se volvían millonarios a costa de la necesidad y el hambre del pueblo. Que este pueblo recibía solo migajas del millonario negocio. Con ese rollo, hasta convencieron a los hermanos de Sonia a que se unieran al terrorismo. 

Después los senderistas entraron a Pendencia, en donde vivían gentes dedicadas al contrabando muy envidiosas del poder y la plata del Cardenal. Y fueron esos mierdas de Pendencia quienes pensaron que, con Sendero, podrían presionarlo a mi patrón. 

Y, sí, de un día para el otro, los putas empezaron a demandar cupos en los caseríos que trabajaban con nosotros. Hasta pusieron un peaje en el puente Culebra. Semanas más tarde, con la gente de Pendencia, los senderistas de Alipio irrumpieron en El Hechizo y se ensañaron con el comisario. Lo mataron a pedradas tras un juicio popular. 

En represalia, el Cardenal, que era íntimo del comisario, ordenó que respondiéramos con todo. Cercamos, pues, a las fuerzas de Alipio en las faldas de una colina. Recuerdo que, en ese tiroteo, yo maté a varios terrucos y que, bajando la cuesta, con lanzas y piedras, nuestros chunchos drogados de pasta básica remataban a los heridos. 

Ya estábamos prestos a reventar a los últimos guerrilleros de Alipio cuando, hasta ahora no me lo explico cómo, porque los teníamos acorralados, consiguieron huir por la espesura. Fue como si la selva se los hubiera tragado. 

10 

Los terrucos dinamitaron el puente Culebra, la única entrada a El Ensueño. Acabaron también con las pistas de aterrizaje y hundieron nuestros botes. 

El general Aristóteles Cerrón le prometió al Cardenal despacharnos soldados de refuerzo. Pero, a la hora de la verdad, el puta se cabreó. 

—Imposible mandar efectivos del Ejército a pelear en el bando de los narcos —le dijo Cerrón por la radio al Cardenal—. Sería rochoso. 

Los terrucos cercaron El Ensueño, y muchos soldados del Cardenal mostraron su rosquetería y se corrieron. Pero unos cincuenta nos atrincheramos en la Casa Blanca. Nos apostamos en las atalayas y en las murallas con kalashnikovs, lanzacohetes y harta munición. Fueron noches sin dormir las de aquel acecho. Hasta nos drogamos para aguantar el sueño y el hambre. Incluso, el Cardenal rompió la regla de oro de los narcos: no jalar de la propia pichicata. 

Como los terroristas cortaron las rutas de abastecimiento, a los días, el alimento comenzó a escasear. Tuvimos que beber agua de lluvia y comer monos y sabandijas. 

De los soldados que iniciamos la defensa, al mes, ya solo quedaba una veintena. Y fue por ese tiempo que la moral del Cardenal comenzó a quebrarse. Un día entró a los corrales de sus últimos perros de presa y los acribilló porque lloraban de hambre. 

La Casa Blanca olía a muerto. Los cuerpos yacían aquí y allá, en los corredores, los patios, en las piletas de mármol, junto a las estatuas y barricadas. La sangre se amontonaba como un budín en las esclusas. Aun así, todavía teníamos municiones y la esperanza de que la machorra Guadalupe Trinidad, a quien el Cardenal mandó a contratar mercenarios, volviera. 

Sin embargo, cuando tiraron las cabezas de ella y sus principales por encima de las murallas de la Casa Blanca, supimos que todo estaba jodido. 

11 

El helicóptero se detuvo sobre el corazón de El Ensueño. Rugía. El eco lo cubría todo. Llegó disparando, metiendo bombas a los indios y terrucos que nos acechaban. Como era de noche, se veían rayos, lluvias de candela que descendían del cielo. Se elevaron zarzas que el diluvio no apagaba. 

La nave, que tenía pintada una dentadura de dragón en el fuselaje, descendió en el patio de la Casa Blanca. Herido de lanza en el costado (hacía días, una campa le había dado de lejos), el Cardenal salió de su encierro jalando a su hija y a su señora, las dos enfermas. 

Mis hombres y yo le rogamos, exhaustos, que nos ayudara a escapar. Que nos jalara hasta Aucayacu. Pero el jefe nos dijo que el general Aristóteles Cerrón, quien en persona piloteaba el helicóptero y a quien le pagó con lingotes de oro, solo los rescataría a él y su familia. 

Dos chiquillos desesperados se colgaron de los patines de aterrizaje y los cachacos les dispararon. Tras ello el helicóptero se elevó en línea recta hasta desaparecer. 

Luego indios y senderos saquearon la Casa Blanca. Se llevaron hasta los cagaderos. A algunos compañeros los pescaron en el monte, acurrucados en cuevas o escondidos en los leprosorios, mezclados con gente putrefacta. A esos los decapitaron y colocaron sus cabezas en lanzas frente al mausoleo. Luego sacaron sus cuerpos en carretillas y los aventaron a las espesas aguas del río Culebra. 

El Cardenal me había dicho que, saliendo de la Casa Blanca, por un secreto túnel que le mandó excavar a un ingeniero de minas de Cerro de Pasco, yo llegaría al cementerio. Así que, alumbrándome con una linterna, avancé por ese hueco anegado en cuya agua flotaban lombrices y nadaban ratas. Caminé encorvado por ese corredor que se hacía más pequeño conforme yo adelantaba hasta que encontré hartas calaveras, huesos y, finalmente, una compuerta. Salí, pues, al cementerio. En la orilla hallé una canoa. 

Afiebrado, la corriente me arrastraba hacia un cruce de ríos. Trataba de remar en contra o desviarme hacia las orillas, pero la fuerza del agua me jalaba hacia donde unos troncos giraban formando un remolino. El caudal me chupaba y, como en un distante sueño, vi que, bajo las rojizas aguas, el envilecido cuerpo de mi madre chapoteaba. 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Resina. Richard Parra. Seix Barral. 2019, Perú.




 

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Richard Parra (Lima, 1976) es un escritor y crítico peruano que vive actualmente en Brooklyn, Nueva York. Es doctor en literatura por la Universidad de Nueva York y su tesis trató sobre el Inca Garcilaso. Es co-editor de la Revista Basuco: escoler@s de base, una revista de cultura y literatura, y escribe también para la revista Buensalvaje.



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