Narrativa

Tachas 632 • El Sospechoso Incógnito • Courtney Ryley Cooper

Imagen generada por IA

Courtney Ryley Cooper

 

El inspector Jessup de la rama de Washington del F. B. I. había estado esperando el llamado. Sonrió apenas al escuchar el informe telefónico: 

—Habla el agente Benson desde el primer piso. El sujeto bajó del auto en el momento en que llegó un ómnibus de turismo para hacer una gira por el departamento. Se mezcló sin demora con los turistas y se dirige hacia arriba en el grupo del primer ascensor. El agente Torner le sigue la pista, de acuerdo a sus órdenes, señor. 

—Reúnase con el agente Torner y siga la vigilancia —ordenó el inspector y colgó. Hombre corpulento, rubio, de facciones agradables, se movió con lentitud en la silla, con un aire de muchacho y contempló un instante el sistema intercomunicador. En ese caso agradecía ser el jefe de la oficina de Washington. 

En otras oportunidades, esa tarea no le producía tanta alegría. Era una tarea a desarrollar bajo la vigilancia constante del director; la distancia entre la oficina del inspector Jessup y el centro neurálgico de todo el F, B. I. no era otra que la que existía entre los pisos cuarto y quinto del enorme edificio de mármol del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. En circunstancias corrientes la cercanía implicaba que las actividades del inspector estaban sometidas a un escrutinio mucho más prolijo que las de cualquier otro funcionario de la organización. Pero en un momento como éste… 

Tocó apenas el botón del sistema intercomunicador que decía: “Director”. Al instante se oyó una voz aguda que contestaba: 

—¿Qué hay, Jessup? 

El inspector se acercó, inclinándose, hacia el trasmisor: 

—Hola, jefe. El sospechado en el caso de asesinato de Tilliver acaba de entrar al edificio en otra gira de turistas por el departamento. 

—¡Bueno! Es la tercera gira que hace en tres días. 

—Con lo que, o estoy absolutamente en lo cierto, o absolutamente equivocado. Este sujeto debe imaginarse que así está a salvo y quiere estar seguro de que es así. Después de todo, cuando salga de Washington no podrá correr y esconderse como un fugitivo cualquiera. Es un hombre conspicuo. Tiene que estar al descubierto y para eso necesita coraje… a menos que tenga la seguridad de no ser atrapado. ¿Qué ocurre entonces? Se acuerda de su entrenamiento como fullero: después de cometer el delito conviene quedarse con los oficiales de policía para tratar de pescar algún dato que lo ilustre sobre el desarrollo de la pesquisa. Ésa es mi teoría… me hundo o me salvo con ella. 

—Bien, Jessup. Siga adelante con su plan. 

—¿Con el planteo del que conversamos ayer por la tarde? 

—Por supuesto. 

—Hay un punto que no sé cómo resolver, jefe. Para hacer eso tendré que divulgar ciertos informes que tengo sobre el asesinato. ¿Hasta dónde debo llegar? 

Hubo una pausa. Luego: 

—Eso es a criterio suyo, Jessup. La tarea consiste en ubicarlo en el escenario del delito. Si consigue hacerlo, todas las demás pruebas ensamblarán en forma correcta. Sabemos que se le vio en el barrio antes y después del asesinato. Los testigos que estaban ocultos ayer acá y que lo vieron pasar con el grupo de turistas, casi lo aseguran. También sabemos que Tilliver y un hombre que se parecía mucho a este individuo estuvieron presos juntos en California, hará unos veinte años, acusados de haber hecho una extorsión por correo. 

—Pero faltan las impresiones digitales que lo prueben. 

—Eso es lo malo. Los ficheros de impresiones digitales de esa cárcel son más recientes. De modo que hay que andar con cuidado. En mi opinión, usted se imagina que en esa época él y Tilliver eran compañeros de fechorías. Después de salir de la cárcel tomaron rutas distintas. Al parecer Tilliver se reformó. Y este individuo también. Usted no cree que ninguno de los dos se reformara. Tilliver siguió siendo un auténtico chantajista y éste… ¿cómo es su nombre? 

—Manton Kent. 

—Eso es, Kent. Kent se vinculó a una pequeña empresa que tenía diversos rubros… y al parecer contribuyó a que se convirtiera en una empresa importante… 

—Pero podemos probar que eso es un castillo de naipes. Ésa es mi opinión sobre el motivo del crimen, jefe. Visto desde arriba, parece que mató a Tilliver para no pagarle el chantaje. Sin embargo yo creo que lo hizo porque comprendió que Tilliver sabía lo que Kent estaba haciendo en esa empresa comercial: escamoteando las existencias, liquidando el activo para su cuenta personal, metiendo mucho ripio en las planillas de pago… Se necesitarían una docena de interventores para que rastrearan todas las fullerías que hizo este tipo. Tilliver debe haberlo descubierto y debe haber tratado, a su vez de chantajearlo para que no hablara… pero lo único que consiguió fue que lo mataran. 

—Como teoría es excelente… pero hay que probarla. 

Jessup apretó los labios. 

—Sí, ése es el problema… cómo probar que estamos en lo cierto. Plantarlo en medio del escenario del crimen o conseguir algún dato a través de las impresiones digitales. 

—No hubo impresiones digitales en el escenario del crimen. 

—Y no está registrado en la penitenciaría. No me refería a eso. Tenía esperanzas de descubrir que había estado en alguna otra cárcel; o que se le hubiera detenido en averiguaciones o que estuviera mezclado en alguna quiebra, fraudulenta… cualquier cosa que despejara el enigma. Si no es así, no tengo en qué apoyarme. 

—Sobre todo cuando todas las pruebas tangibles señalan en una dirección opuesta. Bueno, ocúpese de eso Jessup. Buena suerte. 

Hubo un golpe seco luego un silencio. Jessup se llevó la mano a la frente y la retiró con la palma empapada en traspiración. Hubiera deseado no haber demostrado tanto interés por trabajar en la aclaración de este asesinato; no haberse entusiasmado tanto con la creencia de que Manton Kent con su lógica de trapalón intentaba espiar a quienes lo estaban espiando. 

De pronto se enderezó. En rápida sucesión apretó las palancas del intercomunicador a media docena de departamentos, y dio algunas órdenes con energía. Luego miró el reloj. Eran las diez y veinte. La gira matutina por el edificio había empezado puntualmente a las diez. El inspector sabía que en ese momento el guía ya había explicado las amplias y diversas actividades del Departamento; que debía de estar terminando el recorrido que comenzaba en la Sala de los testimonios con unas palabras sobre las ametralladoras que se les habían secuestrado a los pistoleros, sobre la mascarilla de Dillinger, la peluca roja que usaba la secuestradora Catalina Kelly y el frasco al vacío en el cual su marido había escondido el dinero del rescate. Jessup apretó un botón. Un agente especial contestó el llamado. 

—Comenzaré con la sala de multígrafos —dijo Jessup—. Ocúpese de que en todo momento haya alguien a mano para el caso necesario. 

—Sí, señor. 

El inspector salió de la pieza y después de un rato lo siguieron los agentes especiales. Cinco minutos más tarde, en montón y con actitud impertinente, los turistas de la visita matinal al Departamento de Justicia iban detrás del guía del F. B. I. por un amplio hall del séptimo piso y se dirigían a una habitación larga, en la cual las prensas chirriaban, los multígrafos golpeteaban y se oía el estrépito de las máquinas encuadernadoras. El guía pasó la puerta caminando de espaldas para poder dirigirse al grupo abigarrado que lo seguía. Había hombres y mujeres de todos los rincones de los Estados Unidos que esa noche mandarían postales a sus amigos contándoles que estaban al tanto de cuanto pudiera saberse sobre los distintos delitos. Jóvenes de ambos sexos con los ojos fuera de las órbitas al pensar que estaban en el edificio mismo en que trabajaban los agentes federales secretos. Había, diseminados en el grupo, cronistas y mujeres de los pueblos suburbanos y no pocos hombres con aspecto de industriales o de ejecutivos importantes y también personas de responsabilidad a quienes les interesaba el cumplimiento de la ley. A un lado, algo separado de la multitud, estaba un hombre de unos cuarenta y cinco años, de rasgos agudos, con aire de franco interés por lo que lo rodeaba. El guía, siempre caminando de espaldas, levantó la voz para cubrir el ruido de las máquinas. 

—En esta sala —comenzó— están todos los procedimientos para reproducir material escrito: las planillas de pago se hacen con multígrafo; se encuadernan los folletos, y el Boletín publicado por el F. B. I. se compagina y se envía a más de diez mil instituciones policiales, oficiales de justicia y a otros agentes que intervienen en cumplimiento de la ley. Si hay un secuestro, las listas de los billetes del rescate se reproducen aquí. En una ocasión, esta sala terminó en treinta y seis horas de esfuerzo continuo, una tarea que hubiera insumido tres semanas en un taller de imprenta corriente. Ahora, si ustedes me acompañan… 

—¡Cuidado! —dijo una voz aguda. La advertencia llegó demasiado tarde. El guía chocó pesadamente con el inspector Jessup que venía apresurado, y lo golpeó con el codo. Jessup se sobresaltó; al abrir la mano derecha soltó unas hojas de papel que fuera de toda duda acababan de salir de una máquina multígrafa y que se desparramaron por el piso de cemento. 

—¡No es nada, no es nada! —dijo en forma apresurada, contestando las disculpas que pedía el guía, mientras se agachaba con rapidez y trataba de juntar los papeles. Aquí y allí, algún visitante se agachaba también para ayudar. Jessup no pareció darse cuenta de eso. Sin embargo no tenía quietos los ojos. Por fin vio que el hombre de ojos penetrantes que también se había ofrecido a colaborar en la recolección de las hojas miraba con disimulo cada hoja, a medida que la recogía del suelo. Jessup esperó sólo un momento más; luego, como si de pronto se diera cuenta, se dio vuelta. 

—¡Que nadie toque ni uno de esos papeles! —ordenó. Un agente que pasaba se sumó en un instante al grupo y ayudó al guía a recoger el material que las personas del grupo habían juntado con muy buena voluntad. El inspector le hizo una seña al guía. 

—Hágame el favor de continuar con su grupo. 

—Sí, señor. Síganme, señores. 

El grupo obedeció y Jessup se quedó frente al sujeto de su investigación, que con una mano le tendía un manojo de hojas mientras que con la otra revolvía en el bolsillo de atrás del pantalón buscando su billetera. 

—Debo haber pecado de curioso —anunció—. Estaba tan interesado que no me di cuenta de que esto podía ser asunto confidencial. 

Jessup arrugó el ceño. 

—¿Es decir que leyó el anuncio? 

—Le eché un vistazo. Con las manos ya libres buscó una tarjeta en su billetera. 

—Espero que el cargo que desempeño sea garantía suficiente de que soy capaz de guardar secretos. Mi nombre es Kent. Manton Kent. Soy presidente de Superior Products. 

El inspector perdió su aspecto preocupado y lo saludó con una mano que parecía más bien una zarpa. El grupo principal había salido de la sala. El eco de la voz del guía llegaba desde el hall: 

—Entramos ahora al Equipo de Identificación, en el que hay reunidas más de diez millones de impresiones digitales de todas partes de los Estados Unidos y de varios países extranjeros… 

—A lo mejor alcanzo ese grupo —dijo Manton Kent—. Aunque me sé esa conferencia casi de memoria —dijo riendo. 

—¡Ah! ¿Ya ha estado aquí antes? 

—En esta semana ésta es la tercera vez que vengo. 

—¿Le interesa la manera en que se hace cumplir la ley? Manton Kent se sonrió. 

—No me había dado cuenta hasta que hice este recorrido el otro día. Entonces empecé a ver que en mi negocio se podrían aplicar muchos de estos procedimientos. Tener un archivo de impresiones digitales y un pequeño laboratorio con aparatos científicos. Aunque —agregó con lentitud —, en estos recorridos apenas se obtiene una impresión mínima. 

Jessup estuvo de acuerdo. 

—Lamento que no se haya dado usted a conocer en la oficina del director. Le hubieran puesto un guía especial. 

—¿Le parece posible? 

—Sí, por supuesto. El Director quiere que personas como usted, que están al frente de empresas industriales o algo similar, se interesen de verdad en lo que se hace acá… 

Manton Kent se encogió de hombros. 

—¿Qué tengo que hacer, entonces? No querría que me ocurriera lo de hoy: como un tonto me puse a leer lo que resultó ser una asunto confidencial. 

El inspector Jessup sonrió. 

—No exagere. En realidad, estas hojas no son tan confidenciales. 

—Me alegro. 

—Son asuntos de oficina. Por supuesto que no queremos que los informes sobre una investigación caigan en manos que no corresponden. En este caso sólo se trata de copias multigrafiadas de ciertos informes sobre pruebas que hemos recogido hace unos días, aquí en Washington, acerca del asesinato de un tal James Tilliver, que fue muerto en su casa. En circunstancia normales este caso entraría en la jurisdicción de la policía de Washington; pero pocos días antes el gobierno había comprado la casa. Tilliver tenía que mudarse al día siguiente. De modo que estaba en una propiedad fiscal y eso coloca el caso en nuestra jurisdicción. 

—Observé que el informe estaba encabezado “Sospechoso incógnito”, o algo así. 

—Sí. Siempre se hace eso hasta que hemos reducido el caso a sus elementos esenciales. 

Jessup miró su reloj. 

—Tengo unos minutos libres. Podría acompañarlo a dar una vuelta por el departamento. 

—Me sentiría muy honrado. 

Caminaron juntos por el largo vestíbulo. El inspector dobló el manojo de hojas multigrafiadas del informe. 

—Este caso Tilliver es muy curioso. Va a ser una gran satisfacción para todos el día que se aclare. 

—Me imagino que tendrán que seguir cualquier pista, por mínima que sea hasta el final. 

—Todas. Por ejemplo, quizá usted esté enterado de que se ha encontrado un zapato de mujer cerca del encintado de la acera y a media cuadra de distancia, un par de guantes manchados con sangre. Por supuesto tenemos que probar o desmentir que existe una conexión entre estos objetos y la identidad del asesino. 

—¿Pero usted sabe quién es el asesino? 

Jessup sacudió la cabeza. 

—Yo no he dicho eso. Dije que estábamos investigando estas pistas. La investigación no ha terminado. Si le interesa le haré presenciar uno o dos experimentos en el laboratorio. No creo que pueda perjudicar la investigación. 

—Me encantaría.

—Vayamos primero al Equipo de identificación si quiere volver a verlo’… es decir, a la sección dedicada a impresiones digitales. 

Abrió un par de grandes puertas que daban a una enorme sala que estaba equipada con muebles ficheros de metal. 

—Por supuesto ya Habrá oído cómo se clasifican los millares de impresiones digitales que se reciben a diario. Ya que hablamos de eso, ¿ha pensado usar en su negocio un registro de impresiones digitales, con fines de identificación para casos de enfermedad, accidentes, amnesia y cosas semejantes? 

—Lo he estado pensando muy seriamente —dijo Manton Kent. 

—Y, desde luego, sus propias impresiones digitales están archivadas acá. 

—¿Se refiere a la ficha reservada a impresiones digitales para casos que estén fuera de la investigación policial? Lamento decirle que no están fichadas. 

—Bueno… claro…, nunca presionamos a nadie para que… 

—Pero, encantado, por supuesto. 

—Muy bien. Por aquí, por favor. 

Cuando estuvieron frente a una mesa donde había una almohadilla mojada y una tarjeta grande sujeta con un gancho, Jessup dijo: 

—Su mano derecha, primero… distiéndase. Le voy a pasar los dedos por esta almohadilla; luego, sobre el papel. No produce el menor dolor, a menos que se tengan antecedentes delictuosos… distiéndase, otra vez, Mr. Kent. Gracias. Ahora, la otra mano. Manton Kent se miró los dedos. 

—Había oído decir que se usaba negro de humo para ensuciarlos. 

—No. Ésta es una almohadilla especial y papel sensibilizado. No deja marcas en las manos. Ahora, hágame el favor de llenar esta tarjeta: su nombre, domicilio y a quién avisar en caso de accidente. 

Manton Kent se sentó frente a un escritorio. 

—Da cierto sentido de seguridad, ¿no? —comentó—. Luego mientras escribía dijo: Me llama la atención el hecho de que por medio de las impresiones digitales no hayan descubierto nada con respecto a este asesinato. 

—¿Se refiere al asunto Tilliver? No cabe duda de que el asesino usó guantes. 

—¡Ah! ¡Por supuesto! 

Manton Kent terminó de escribir sus datos y después de llenar la tarjeta la entregó al inspector. Jessup llamó a un agente que pasaba por allí. 

—Ingrese esto en el fichero a nombre de Mr. Kent. Impresiones digitales no-policiales. 

El agente tomó la tarjeta y se alejó presuroso. Jessup se volvió hacia donde estaban disertando sobre el Equipo de impresiones digitales. Por fin dijo: 

—¿Qué le parece si vamos al Departamento técnico?… el laboratorio del delito, como lo llamamos. 

La atención de Jessup fue reclamada por el chirrido de una máquina que estaba en un corredor de armarios ficheros. 

—Antes de que dejemos el Departamento de impresiones digitales — dijo con prontitud—, quiero mostrarle cómo ha contribuido el mundo de los negocios con ideas inspiradoras al cumplimiento de la ley. 

—¿Cómo es eso? 

—Utilizando un seleccionador mecánico de tarjetas para pescar bribones. 

Lo condujo hasta la máquina en la que un agente especial y un empleado de impresiones digitales estaban ocupados colocando pilas de tarjetas perforadas dentro de la máquina. 

—Es una máquina de índices —dijo Manton Kent—. Hay una docena en mi empresa. 

—Por supuesto. No hemos hecho sino adaptarla a los bribones. En lugar de nombres o de domicilios, las tenazas de la máquina se colocan hasta insertarse en los agujeros de la tarjeta que indican la clasificación de las impresiones digitales de un hombre dado. Ese gran montón de tarjetas que están introduciendo los hombres, representa la búsqueda de un delincuente dado. Son los registros de todo bribón que está clasificado por su semejanza en algún sentido con el hombre que se busca. Y si el bribón que buscamos está entre ellos, esta máquina lo descubre. 

Manton Kent observó el costado de la seleccionadora, donde había dos grandes ranuras. Una de las ranuras estaba vacía; la otra se iba llenando con las tarjetas rechazadas. Jessup dijo: 

—Quedémonos un rato para ver si encuentran al individuo. 

—Sí, por supuesto. 

Pasó un minuto. La máquina se detuvo: se habían terminado las pilas de tarjetas. Jessup se retiró sin esperar que el agente especial le hiciera una señal con los ojos para indicarle que la investigación que había hecho el equipo de identificación, con la esperanza de encontrar algún dato sobre delitos que se refirieran a Manton Kent no había dado resultado. 

—Me imagino que esa máquina no falla nunca —dijo Kent. 

—Siempre que haya algo registrado en la oficina —contestó el inspector—. Por desgracia, algunos de nuestros cuerpos de vigilancia y de las cárceles no tenían, hace diez años, ficheros completos. De modo que en los casos muy antiguos tenemos eso en contra nuestro. 

—Es de lamentar —contestó Kent. 

—Así es. ¿Quiere ver el laboratorio del delito? 

Lo condujo a otra puerta doble que mantuvo abierta para que su visitante pasara. Entraron a una sala de espera llena de armas, una máquina de rayos X para mirar el interior de los paquetes, sin desenvolverlos, historias ilustradas del descubrimiento científico de delitos en casos muy conocidos. 

—Todo esto usted ya lo ha visto en las visitas que ha hecho —dijo el inspector—. Vayamos a ver qué pasa en las bambalinas. 

—Magnífico.

El inspector no contestó. Se dirigió a una pieza grande, que hedía a sustancias químicas y se encaminó a una mesa de laboratorio donde un hombre de cara seria, con guardapolvo blanco, había terminado de hacer un estudio microscópico de una media de seda muy delgada. Cerca de ahí, sobre la mesa, había un zapato femenino de gamuza. 

—¿Qué experimento es éste? —preguntó el inspector. 

—El zapato es uno de los objetos que sirven de prueba en el caso Tilliver —contestó el laboratorista—. La media estaba en la pieza de Mr. Bradford Bowen en el Hotel Maytown. 

Kent dio un paso acercándose. 

—¡Oh! ¿Se sospecha de ella? 

El inspector se sonrió. 

—Tenga paciencia. Quiero que vea cómo funciona la investigación cuando se le encara científicamente. Como habrá adivinado, éste es el zapato de mujer que se encontró a la salida de la casa de Tilliver, después del asesinato. A la mañana siguiente, Mrs. Bradford informó a la gerencia del hotel que le habían sacado el zapato de su pieza, como también un par de guantes. Sospechaba que se los habían sacado en su ausencia. 

—Cosa nada difícil —dijo Kent. 

—Desde luego. Pero no podemos aceptar lo evidente sin comprobarlo; de modo que encaminamos nuestros experimentos a probar o a rechazar el relato de esta señora. Habrá notado que esta media que le pedimos con propósito de investigar es de un matiz muy particular. Hemos comprobado que ella no usa otra tonalidad. Por lo tanto se hicieron exámenes microscópicos de la media y del zapato. Pero el laboratorista no encontró otras fibras. ¿No es así, Mr. Moberton? 

—Así es, señor, e indica que el zapato no ha sido usado recientemente por nadie que no fuera esta señora. 

Manton Kent expresó interés en la explicación. 

—¿Entonces, sospechan de alguien? 

—Comienza a perfilarse algo. Este experimento encamina las sospechas hacia Mrs. Bowen o hacia alguna otra persona que haya podido robarle ese zapato de su pieza, con la intención de desviar las sospechas hacia ella. 

—Eso indica que se trata de un asunto de mujeres, ¿no? —preguntó Kent—. Ahora comprendo su inferencia. Dos mujeres que están enamoradas de este Tilliver. Una de ellas decide matarlo, para lo que roba a su rival un zapato y un par de guantes y los deja en el escenario del crimen. 

Jessup se rió y le dio una palmada en el hombro. 

—Cuando menos piense, le tomaremos examen para nombrarlo agente especial. Su deducción está muy bien hecha, salvo que el motivo parece haber sido chantaje… de parte de Tilliver, no del asesino. 

Los ojos de Kent estaban cada vez más grandes. 

—¿Han llegado a establecer ese hecho? 

—¿Tiene a mano la prueba, Mr. Moberton? —preguntó el inspector, y siguiendo la mirada del laboratorista, fue hacia donde había unos pedazos de papel chamuscado debajo de una tapa de cristal—. Esto se encontró en la chimenea. 

—No se ve más que cenizas negras. 

—Utilizando rayos ultravioletas se sacaron fotografías que revelaron lo que estaba escrito en estos papeles. Es evidente que Tilliver tenía dificultades económicas y tenía un amigo que era hombre rico. ¿Tiene a mano la copia fotostática del experimento que hizo con este documento chamuscado, Mr. Moberton? 

Sin decir palabra el laboratorista abrió un cajón y sacó la fotografía, mientras Kent miraba con incredulidad. 

—¡Parece imposible! 

—¡Ah! Hacemos muchas cosas imposibles —dijo Jessup. 

—¿Usted dice que esta carta fue mandada por Tilliver a otra persona? 

—Sí. Se ha podido determinar que la escritura era de Tilliver. Fíjese en este fragmento de la carta: “Necesito cien mil dólares y usted tiene que dármelos. Y si no me los da, compañero, el nombre de que usted goza desde hace años no valdrá ni cinco centavos”. 

Manton Kent se aclaró la voz. 

—¿Eso fue lo único que se recuperó de toda la carta? 

—Por desgracia sólo eso. Y el encabezamiento. 

—¿Es decir el nombre de la persona a quien iba dirigida? 

—Sólo decía: “Compañero”. 

—¡Qué lástima! —exclamó Manton Kent, y se puso a examinar el zapato. El inspector lo observó con atención; Kent daba la impresión de estar entusiastamente interesado, nada más. Jessup se volvió. 

—Le quiero mostrar los experimentos que se están haciendo con los guantes —dijo, poniendo una mano como una garra sobre el hombro del sospechoso, para mostrarle el camino. De nuevo intentó atravesar la coraza que parecía protegerlo. 

—Yo no debería restarle importancia a esa carta pues nos ha sido muy útil: nos demostró que el motivo de la pelea fue un chantaje. La persona a quien Tilliver había escrito era a todas luces un viejo amigo quien al recibirla se puso furioso, fue a casa de Tilliver y de paso robó el zapato y los guantes. Hubo una pelea o una discusión o una lucha… 

—Me imagino que encontraron sillas con las patas para arriba, ¿no? y cosas por el estilo… 

—No, nada de eso —contestó con suavidad el oficial sin más explicaciones—. Como digo, hubo lucha y el asesino sacó una pistola, mató a Tilliver, recordó que la carta podría convertirse en una prueba que lo inculpara, la arrojó a la chimenea, salió corriendo de la casa, dejó caer el zapato en la acera y tiró los guantes. 

—¿Y después de eso? —preguntó Kent. 

Jessup se encogió de hombros. 

—Sé tanto como usted —le contestó con una sonrisa—. Bueno, hemos llegado. 

Saludó a otro hombre que tenía guardapolvo puesto y que estaba atareado empapando un par de guantes en un agua apenas coloreada que había en una bandeja de laboratorio. Jessup le hizo la pregunta de rutina: 

—Se trata de un experimento con las pruebas testimoniales del caso Tilliver, ¿no es así, Mr. Graves? 

El laboratorista, alto, pecoso, de pelo color arena, se volvió en actitud muy tranquila. 

—Sí, señor. 

—¿Tendría inconveniente en explicarlo? 

—De ninguna manera, señor. Tiene por objeto determinar si el asesino dejó sus impresiones digitales en estos guantes. 

Con la mano protegida por una cubierta de goma levantó de la bandeja uno de los guantes. 

—Como ven, lo he sumergido en una solución de nitrato de plata al 3 %. Ahora lo coloco sobre este secante y lo pongo bajo esta lámpara… 

—¿Qué tipo de lámpara? 

—Rayos ultravioletas, señor. 

—Y en caso de haber impresiones digitales, ¿qué pasa? 

—Aparecerán en pocos minutos, de un color parduzco, pero bien perceptibles. Ah, de paso, un mensajero me pidió que le entregara este memorandum. 

El inspector lo tomó ahuecándolo en la mano. 

—Gracias —dijo con brevedad—. Luego, cuando el rayo ultravioleta derramó su luz misteriosa sobre el cuerpo mojado, Jessup volvió a leer en el memorandum: 

 

12 

25 

100 

17

 

aW 

101 

13 

 

Para Jessup estos números se convertían en estrías y líneas y espirales y deltas que, al juntarse, representaban en un cuadro imaginario las impresiones digitales de este hombre apuesto, fríamente calmo, que tenía a su lado. Si hubo un error en algún momento en este asesinato tan bien planeado, si, por ejemplo, los dedos de Manton Kent no hubieran estado cubiertos cuando se robaron los guantes… en ese caso contaríamos ahora esa historia. 

El inspector esperó segundo tras segundo. En dos oportunidades se inclinó al ver aparecer algo parduzco sobre el tejido blanco; luego, volvió a retirarse. 

—Son sólo tiznes —dijo el laboratorista— de grasa o algo semejante. 

—Así es —contestó Jessup—. Y ésa era nuestra gran oportunidad para pescarlo. 

Kent se volvió con rapidez. 

—¿Pescarlo? —preguntó—. ¿Entonces no cree que fuera una mujer? 

—Vayamos al microscopio de comparación —replicó el inspector—. Le quiero mostrar algo interesante. 

Otra vez un hombre de guardapolvo los esperaba. Jessup pidió que le trajeran el arma con que se había cometido el asesinato. La trajeron en seguida: era una pistola automática, de acero azulado, fea; el número de serie había sido limado para evitar ser descubiertos. Jessup se la alargó a Kent, quien la observó con mucha atención. 

—Esto se encontró en un cajón de basura a unas diez cuadras del escenario del crimen —dijo Jessup—. Fíjese que se trata de un calibre 45. Es demasiado pesada para que la pueda manejar una mujer. 

—Sí, así creo. Pero, ¿cómo sabe que sea el arma que se usó para cometer el asesinato? 

—Venga por acá. 

Se acercó a un aparato que tenía el aspecto de un microscopio de dos caños, con un solo ocular. 

—Éste es el aparato que le quería mostrar. Usted recordará mi teoría de que hubo una discusión, después de la cual. Tilliver fue baleado. Cuando encontramos el arma, disparamos, con ella una bala, dentro de una caja llena de algodón, para poderla recuperar. Luego se extrajo del cadáver la bala mortal. Se colocaron ambas balas en las tenazas que se proyectan debajo de la lente de este microscopio de comparación. Ahora, si usted mira por este ocular, verá que el rayado del caño del arma hizo marcas muy claras en cada una de las balas, de modo que concuerdan a la perfección. 

Kent se inclinó. 

—Lo va a poder observar mejor si se saca el sombrero —agregó el inspector. 

Manton Kent obedeció. 

—No me llego a dar cuenta de lo que quiere decir —dijo, mirando por el ocular. —Tal vez las balas no estén en línea. Mueva ese tornillo de presión hacia atrás o hacia adelante hasta que las balas se junten. 

—¡Ah! ¿Este pequeño adminículo? 

—Sí.

—Claro. Veo que las balas empiezan a moverse acercándose cada vez más. 

De pronto, con una exclamación, se enderezó y miró sorprendido en torno a sí. Se llevó la mano a la parte de arriba de la cabeza. 

—¿Habrá abejas por aquí? —preguntó en forma extraña. 

—¿Abejas? ¿Por qué? 

—Sentí un pinchazo doloroso de lo más extraño en la cabeza. 

Se frotó el cuero cabelludo. 

—Ya pasó. 

—¿Será alguna neuralgia? 

—Pudiera ser; pero no se me había manifestado antes. 

Kent volvió a inclinarse sobre el microscopio, moviendo las perillas hasta que, por fin, las dos balas parecían una. 

—¡Extraordinario! —exclamó. 

Jessup le tocó el brazo. 

—Este último experimento es más extraordinario todavía —dijo—. Recordará que había una prueba testimonial que indicaba que había habido lucha. Vamos a ver qué resultado arroja ese dato tratado de manera científica. 

Con la mano en el brazo de Manton Kent, lo condujo hasta encontrarse con otro miembro de la tribu de guardapolvos blancos que poblaban la gran pieza. En este caso, el laboratorista era un hombre pálido, rechoncho, de voz desafinada. Estaba rodeado de tubos de ensayo y de frascos con sustancias químicas; tenía un microscopio frente a él. Jessup repitió la acostumbrada pregunta con que iniciaba la conversación: 

—¿Podría decirme, Mr. Caruth, qué experimento es ése, y si está vinculado al caso Tilliver? 

—Pertenece al caso Tilliver —contestó el laboratorista, con su voz precisa, pero sin matices, mientras levantaba un recipiente de celofán—. Tengo aquí dos pelos humanos, similares en color, espesor, calidad, en los resultados de los análisis químicos y en otras características que se refieren tanto a la fibra como a los folículos y al epitelio que lo envuelve. Uno de estos pelos fue encontrado en la mano crispada del hombre que fue asesinado lo que indica que había sido arrancado de la cabeza del asesino durante la lucha. El otro (levantó la mirada) como usted lo sabe, inspector, fue arrancado de la cabeza de su invitado cuando estaba agachado mirando por el microscopio de comparación. 

A Manton Kent le costó poder hablar. Se dio vuelta con las manos extendidas. Buscó con desesperación la puerta de salida… pero había dos agentes parados delante de ella. Entonces se oyó la voz de Jessup, cortante con su cortesía helada: 

—¿Quiere hacerme el favor de completar la gira de Mr. Kent… llevándolo hasta el Departamento de detención? 

 

 

Traducción: Georgina Rojo de Rubens




 

 

***
Courtney Ryley Cooper (USA, 1886 - 1940), A la edad de 16 años, dejó su hogar para unirse a un circo itinerante y finalmente se convirtió en payaso de circo, abriéndose camino hasta llegar a gerente general del circo. Posteriormente, trabajó como reportero para The Kansas City Star, New York World, Chicago Tribune y Denver Post. En 1914, gracias a su trabajo en el Post, se convirtió en agente de prensa del Circo Sells-Floto, propiedad de los dueños del Post. El Sells-Floto había absorbido los activos del Espectáculo del Salvaje Oeste de William "Buffalo Bill" Cody, incluyendo al propio Buffalo Bill.

El 1 de agosto de 1918, Cooper se unió al Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Ascendió al rango de segundo teniente y fue enviado a Francia para realizar investigaciones históricas sobre los Marines.

En las décadas de 1920 y 1930, Cooper escribió guiones, incluyendo la narrativa de la película de Frank Buck Wild Cargo y la película de Art-O-Graf Riders of the Range, cuentos, novelas, artículos de revistas y libros populares de no ficción. Publicó 30 libros durante su carrera. La mayor parte de su trabajo de no ficción se centró en dos temas: el circo y el crimen. Fue el primer biógrafo de Annie Oakley. Sus libros Aquí está el crimen (1937), Diez mil enemigos públicos(1935) y Diseños en escarlata (1939) defendieron la causa de la joven Oficina Federal de Investigaciones (FBI) y argumentaron que los gobiernos locales corruptos y las fuerzas policiales permitieron que la anarquía floreciera en muchas partes de los Estados Unidos.

El trabajo de Cooper fue muy admirado por el director del FBI, J. Edgar F. Hoover, quien una vez se declaró "el hombre mejor informado sobre delincuencia en Estados Unidos".



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