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NARRATIVA

Tachas 633 • El hombre que sabía javanés • Lima Barreto

Lima Barreto

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Tachas 633 • El hombre que sabía javanés • Lima Barreto

 

En una confitería, cierta vez, le contaba a mi amigo Castro de las trampas que tuve que jugarle a las convicciones y a las respetabilidades para poder vivir. Hubo incluso una ocasión, cuando estuve en Manaos, en que me vi obligado a esconder mi calidad de licenciado para obtener más confianza de los clientes que afluían a mi oficina de hechicero y adivino. Ése era el tipo de cosas que yo le contaba. 

Mi amigo me oía callado, embebido, gustando de aquel Gil Blas vivido, hasta que, en una pausa de la charla, al agotar nuestros vasos, observó vagamente: 

—¡Has llevado una vida muy divertida, Castelo! 

—Sólo así se puede vivir… Esto de una ocupación única, salir de casa a determinadas horas, volver a otras, aburre, ¿no te parece? ¡No sé cómo me he aguantado allá en el consulado! 

—Uno se cansa; mas no es eso lo que me admira. Lo que me admira es que hayas pasado tantas aventuras en este Brasil imbécil y burocrático. 

—¡Qué va! Aquí mismo, mi querido Castro, se pueden componer bellas páginas de vida. Imagínate que yo ya fui profesor de javanés. 

—¿Cuándo? ¿Aquí, después de que volviste del consulado? 

—No, antes. Y, de hecho, fui nombrado cónsul por eso. 

—Vamos, cuenta cómo fue. ¿Bebes más cerveza? 

—Sí.

Mandamos buscar otra botella, llenamos los vasos, y continué: 

—Yo había llegado hace poco a Río y estaba literalmente en la miseria. Vivía huyendo de pensión en pensión, sin saber ni cómo ni dónde ganar dinero, cuando leí en el Jornal do Comércio el siguiente anuncio: 

«Se busca profesor de lengua javanesa. Para cartas, etc.». 

Ahora, me dije a mí mismo, he ahí una posición que no tendrá muchos concurrentes; si yo chapucease cuatro palabras, me presentaría. Salí del café y anduve por las calles, siempre imaginándome como profesor de javanés, ganando dinero, andando en el tranvía y sin encuentros desagradables con los «cadáveres»[1]. Sin darme cuenta me dirigí a la Biblioteca Nacional. No sabía bien qué libro iba a pedir, pero entré, entregué el sombrero al portero, acepté un recibo y subí. 

En la escalera, me vino a la mente la idea de pedir la Grande Encyclopédie, letra J, con el fin de consultar el artículo relativo a Java y a la lengua javanesa. Dicho y hecho. Me enteré, luego de algunos minutos, de que Java era una gran isla del archipiélago de Sonda, colonia holandesa, y que el javanés, lengua aglutinante del grupo malayo-polinesio, poseía una literatura notable, al igual que una escritura en caracteres derivados del viejo alfabeto hindú. 

La enciclopedia me indicó algunos trabajos sobre la tal lengua malaya, y no dudé en consultar uno de ellos. Copié el alfabeto, su pronunciación figurada, y salí. Anduve por las calles, deambulando y rumiando aquellas letras. 

En mi cabeza bailaban jeroglíficos; de vez en cuando consultaba mis notas; entraba en los jardines y escribía esas musarañas en la arena para guardarlas bien en la memoria y habituar la mano a escribirlas. 

En la noche, cuando pude entrar en casa sin ser visto, para evitar indiscretas preguntas del casero, seguí en mi cuarto engullendo mi alfabeto malayo y con gran ahínco me impuse el propósito de que, por la mañana, lo conocería perfectamente. Me convencí de que aquélla era la lengua más fácil del mundo y salí; aunque no tan temprano como para evitar encontrarme con el encargado del alquiler de las habitaciones. 

—Señor Castelo, ¿cuándo saldamos su cuenta? 

Le respondí entonces, con la más encantadora esperanza: 

—En breve… Espere un poco… Tenga paciencia… Voy a ser nombrado profesor de javanés y… 

Pero ahí el hombre me interrumpió: 

—¿Qué diablos viene a ser eso, señor Castelo? 

Encontré esto divertido, y ataqué el patriotismo luso[2] de aquel hombre. 

—Es una lengua que se habla por allá por los lados de Timor. ¿Sabe dónde es? 

¡Oh! ¡Alma ingenua! El hombre se olvidó de mi deuda y me dijo con aquel hablar fuerte de los portugueses: 

—Yo, aquí, conmigo, la verdad, no sé bien; pero oí decir que son unas tierras que tenemos por allá por los lados de Macao. ¿Y usted sabe de eso, señor Castelo? 

Animado con esta salida feliz que me dio el javanés, volví a buscar el anuncio. Y allí estaba. Resolví lleno de ánimo postularme al profesorado de aquel idioma oceánico. Redacté la respuesta, pasé por el periódico y dejé allí la carta. Enseguida, volví a la biblioteca y continué con mis estudios de javanés. 

No hice grandes progresos ese día, no sé si por juzgar que el alfabeto javanés era el único saber necesario para un profesor de lengua malaya, o por haberme empeñado más que todo en la bibliografía y en la historia literaria del idioma que iba a enseñar. 

Al cabo de dos días, recibía yo una carta para ir a hablar con el doctor Manuel Feliciano Soares Albernaz, barón de Jacuecanga, en la calle Conde de Bonfim, no recuerdo bien qué número. Es preciso que recuerdes que entretanto continué estudiando mi malayo, esto es, el tal javanés. Además del alfabeto, me enteré del nombre de algunos autores, aprendí a preguntar «¿Cómo está usted, señor?», junto con dos o tres reglas de gramática; todo este saber, firmemente cimentado con unas veinte palabras del léxico. 

No imaginas todas las dificultades con las que luché para reunir los cuatrocientos reis del viaje. Es más fácil —puedes estar seguro— aprender javanés… Fui a pie. Llegué bañado en sudor; con maternal cariño, los añosos árboles de mango que se perfilaban en la alameda frente a la casa de aquel noble me recibieron, me acogieron y me reconfortaron. Fue el único momento en mi vida en que llegué a sentir simpatía por la naturaleza. 

Era una casa enorme que parecía estar desierta; estaba mal conservada, mas no sé por qué me dio por pensar que allí había más displicencia y desgano que pobreza propiamente dicha. Debía tener años de no ser pintada. Las paredes se descascaraban y los bordes del tejado, de aquellas tejas vidriadas de otros tiempos, estaban desguarnecidos aquí y allá, como dentaduras decadentes o mal cuidadas. 

Miré un poco el jardín y vi la pujanza vengativa con que la que el coquito, el amor seco y otras malezas habían expulsado a los corazones de Jesús y a las begonias. Los crotones sobrevivían, sin embargo, con su follaje de tonos mortecinos. Golpeé. Tardaron en abrirme. Vino, por fin, un antiguo negro africano, cuyas barbas y cabellos de algodón le daban a su fisonomía una aguda impresión de vejez, dulzura y sufrimiento. 

En la sala había una galería de retratos: arrogantes señores de patillas se perfilaban encuadrados en inmensos marcos dorados, y dulces perfiles de señoras, con peinados a la francesa y grandes abanicos, parecían querer subir por los aires, enfundadas en sus redondos vestidos de balón; pero de aquellas viejas cosas, sobre las cuales el polvo ponía más antigüedad y respeto, la que más me gustó ver fue un bello jarrón de porcelana de la China o de la India, como se suele decir. Aquella pureza de la loza, su fragilidad, la ingenuidad del diseño y su opaco brillo de luna, sugerían que aquel objeto había sido hecho por las manos de un niño en pleno sueño, para encanto de los ojos fatigados de hombres viejos y sin ilusiones… 

Esperé un instante al dueño de casa. Tardó un poco. Un tanto vacilante al andar, con el pañuelo de Alcobaça[3] en la mano, tomando venerablemente el rapé de antaño, lo vi llegar, lleno de respeto. Tuve el deseo de irme. Aun si no fuera él el discípulo, era en todo caso un crimen mistificar a aquel anciano, cuya vejez traía a mi pensamiento algo augusto, sagrado. Dudé, pero decidí quedarme. 

—Yo soy —adelanté— el profesor de javanés que el señor dice necesitar. 

—Siéntese —me respondió el anciano—. ¿Es usted de aquí, de Río? 

—No, soy de Canavieiras. 

—¿Cómo? —dijo él—. Hable un poco alto que soy sordo. 

—Soy de Canavieiras, en Bahía —insistí. 

—¿Dónde hizo sus estudios? 

—En San Salvador. 

—¿En dónde aprendió javanés? —indagó él, con aquella terquedad propia de los viejos.

No contaba con esa pregunta, pero inmediatamente edifiqué una mentira. Le conté que mi padre era javanés. Tripulante de un navío mercante, había terminado en Bahía, se había establecido en las proximidades de Canavieiras como pescador, se había casado, había prosperado, y fue con él que aprendí javanés. 

—¿Y él te creyó? ¿Y tu aspecto físico? —preguntó mi amigo, que hasta entonces me había oído, callado. 

—No soy —objeté— muy diferente de un javanés. Estos cabellos míos, recios, duros y gruesos, y mi piel bronceada pueden darme muy bien el aspecto de un mestizo malayo… Tú sabes bien que, entre nosotros, hay de todo: indios, malayos, tahitianos, malgaches, guanches, hasta godos. Es una comparsa de razas y tipos para darle envidia al mundo entero. 

—Bien —dijo mi amigo—, continúa. 

—El viejo —reinicié— me oyó atentamente y consideró detenidamente mi físico. 

Parecía que me juzgaba de hecho hijo de malayo, y me preguntó con dulzura: 

—Entonces, ¿está dispuesto a enseñarme javanés? 

La respuesta me salió sin querer: 

—Cómo no. 

—Usted estará admirado —adujo el barón de Jacuecanga— de que yo, a esta edad, todavía quiera aprender cualquier cosa, pero… 

—No tengo nada que admirar. Se han visto ejemplos, y muy fecundos… 

—Lo que yo quiero, mi estimado señor… —Castelo —contesté. 

—Lo que yo quiero, mi estimado señor Castelo, es cumplir un juramento de familia. No sé si usted sabe que soy nieto del consejero Albernaz, aquel que acompañó a don Pedro I, cuando abdicó. Al volver de Londres, él trajo un libro en una lengua extraña, por el cual sentía una grande estima. Un hindú o un siamés se lo había dado en Londres, en agradecimiento a no sé qué servicio prestado por mi abuelo. Al morir, llamó a mi padre y le dijo: «Hijo, tengo este libro, escrito en javanés. Me ha dicho quien me lo dio que evita desgracias y trae alegrías para quien lo tiene. Yo no sé nada con certeza. En todo caso, guárdalo; sin embargo, si quieres que el hado que me legó el sabio oriental se cumpla, asegúrate de que tu hijo lo entienda, para que nuestra raza sea siempre feliz». Mi padre —continuó el viejo barón— no creyó mucho en la historia; con todo, guardó el libro. A las puertas de la muerte, él me lo dio, y me dijo lo que le había prometido a su padre. Al comienzo, poco caso le hice a la historia del tal libro. Lo dejé en algún rincón y fabriqué mi vida. Llegué hasta olvidarme de él; mas, de un tiempo para acá, he pasado por tanto disgusto, tantas desgracias han caído sobre mi vejez, que me acordé del talismán familiar. Tengo que leerlo, comprenderlo, y no quiero que mis últimos días anuncien el desastre de mi posteridad; y, para entenderlo, es claro que necesito entender javanés. Ahí tiene usted. 

Guardó silencio y noté que los ojos del anciano se habían humedecido, cargados de un suave rocío. Se los enjugó discretamente, y me preguntó si quería ver el libro. Le respondí que sí. Llamó a su criado, le dio las instrucciones necesarias, y me explicó que había perdido a todos sus hijos y sobrinos, y que sólo le quedaba una hija casada cuya prole, desgraciadamente, se reducía a un hijo débil de cuerpo, de salud frágil y oscilante. 

Vino el libro. Era un viejo mamotreto, un in-quarto antiguo, encuadernado en cuero, impreso en grandes letras, en un papel amarillento y grueso. Faltaba la primera página, y por eso no se podía leer la fecha de impresión. Tenía todavía unas páginas del prefacio, escritas en inglés, donde leí que se trataba de las historias del príncipe Kulanga, escritor javanés de mucho mérito. 

Inmediatamente le informé esto al barón que, sin darse cuenta de que yo había llegado ahí por el inglés, acabó teniendo en alta estima mi saber malayo. Estuve un rato más hojeando el cartapacio, a guisa de quien sabe magistralmente aquella especie de vascuence, hasta que al final acordamos las condiciones de precio y de hora, con lo cual me comprometí a lograr que él leyese aquel armatoste antes de un año. 

Poco después daba yo mi primera lección, pero el viejo no fue tan diligente como yo. No conseguía aprender a distinguir o a escribir ni siquiera cuatro letras. En fin, con la mitad del alfabeto nos demoramos un mes, y el barón de Jacuecanga no lograba ser amo y señor de la materia: aprendía y desaprendía. 

La hija y el yerno (pienso que hasta entonces nada sabían de la historia del libro) llegaron a tener noticias del estudio del anciano; no se incomodaron. Lo encontraron divertido y juzgaron que era una buena empresa para distraerlo. 

Pero con lo que vas a quedar asombrado, mi estimado Castro, es con la admiración que el yerno acabó teniendo por el profesor de javanés. ¡Qué cosa única! No se cansaba de repetir: «¡Es un asombro! ¡Y tan joven! Si yo supiese eso, ¡ah, dónde estaría!». 

El marido de doña María Gloria (así se llamaba la hija del barón), era juez de las cortes, hombre bien relacionado y poderoso; sin embargo, no se cansaba de mostrar frente a todo el mundo su admiración por mi javanés. Por otro lado, el barón estaba contentísimo. Luego de dos meses, había desistido del aprendizaje, y me había pedido que le tradujese, un día sí y otro no, algún trecho del libro encantado. Bastaba entenderlo, me decía; nada se oponía a que otro tradujera y él oyera. Así evitaba la fatiga del estudio y cumplía con el encargo. 

Sabes bien que hasta hoy nada sé de javanés, mas urdí unas historias bastante disparatadas, y se las vendí al viejo como si fuesen todo un cronicón. ¡Cómo oía aquellas tonterías!… Quedaba extático, como si estuviese oyendo las palabras de un ángel. ¡Y yo era cada día más grande ante sus ojos! Me invitó a vivir en su casa, me llenaba de presentes, me aumentaba el salario. Pasaba, en fin, una vida regalada. 

Contribuyó mucho a eso el hecho de que él terminó recibiendo una herencia de un olvidado pariente suyo que vivía en Portugal. El buen viejo atribuyó la cosa a mi javanés; y yo estuve casi por creerlo también. 

Fui perdiendo el remordimiento; en todo caso, siempre tuve miedo de que se me cruzase alguien que supiese el tal «patois» malayo. Y ese temor mío se hizo aún más grande cuando el dulce barón me mandó con una carta a donde el vizconde de Carurú, para que me hiciera entrar en la diplomacia. Le hice todo tipo de objeciones: mi fealdad, la falta de elegancia, mi aspecto de tagalo. «¡Cuál! —replicaba él—. Vaya, muchacho; ¡usted sabe javanés!». Fui. Me mandó el vizconde para la Secretaría de Asuntos Extranjeros con diversas recomendaciones. Fue un éxito. 

El director llamó a los jefes de sección: «Miren nada más, un hombre que sabe javanés. ¡Qué portento!». 

Los jefes de sección me llevaron donde los oficiales y amanuenses y hubo uno de ellos que me miró con más odio que envidia o admiración. Y todos decían: «Entonces, ¿sabe javanés? ¿Es difícil? ¡No hay quien lo sepa hablar aquí!». 

El tal amanuense que me miró con odio y acudió entonces diciendo: «Es verdad, aunque yo sé canaco. ¿Usted lo habla?». Le dije que no y fui a presentarme ante el ministro. 

La alta autoridad se levantó, puso las manos en las caderas, se arregló los anteojos en la nariz y preguntó: «Entonces, ¿sabe javanés?». Le respondí que sí; y ante la pregunta de dónde lo había aprendido, le conté la historia del tal padre javanés. «Bien —me dijo el ministro—, usted no debe ir a la diplomacia: su físico no se presta… Lo mejor sería un consulado en Asia o en Oceanía. Por ahora no hay plazas, pero voy a hacer una reforma y usted entrará. De hoy en adelante, sin embargo, queda agregado a mi ministerio y quiero que, para este año, parta para Basilea, donde va a representar al Brasil en un congreso de lingüística. ¡Estudie, lea a Hovelacque, a Max Müller y a otros!»[4].

Imagínate que yo, hasta ahí, nada sabía de javanés; pero estaba empleado e iría a representar al Brasil en un congreso de sabios. El viejo barón murió, le pasó el libro a su yerno para que se lo hiciese llegar a su nieto cuando tuviese edad conveniente, y alguna cosa me dejó en su testamento. Me consagré, con afán, a estudiar las lenguas malayo-polinesias; ¡pero no había forma! 

Bien comido, bien vestido, bien dormido, no tenía la energía necesaria para hacer entrar en la mollera aquellas cosas raras. Compré libros, me suscribí a revistas: Revue Anthropologique et Linguistique, Proceedings of the English-Oceanic Association, Archivo Glottologico Italiano, el diablo, ¡y nada! Y mi fama crecía. En la calle, los informados me señalaban, diciéndole a los otros: «Allá va el sujeto que sabe javanés». En las librerías, los gramáticos me consultaban sobre la colocación de los pronombres en la tal jerga de las islas de Sonda. Recibía cartas de los eruditos del interior, los periódicos citaban mi hondo saber, y me rehusé a aceptar a un grupo de alumnos sedientos de entender el tal javanés. Por invitación de la redacción escribí, en el Jornal do Comércio, un artículo de cuatro columnas sobre la literatura javanesa antigua y moderna. 

—¿Cómo, si tú nada sabías? —me interrumpió el atento Castro. 

—De manera muy simple: primero, describí la isla de Java, con el auxilio de un diccionario y un tanto de geografía, y después cité a más no poder. 

—¿Y nunca dudaron? —me preguntó aún mi amigo. 

—Nunca. Es decir, una vez casi me vi perdido. La policía prendió a un sujeto, un marinero, un tipo bronceado que sólo hablaba una lengua rarísima. Llamaron a diversos intérpretes, nadie le entendía. También fui llamado, con todo el respeto que mi sabiduría merecía, naturalmente. Me demoré en ir, pero fui al final. El hombre ya estaba libre, gracias a la intervención del cónsul holandés con quien se hizo entender a punta de media docena de palabras holandesas. El tal marinero era javanés… ¡uf! 

Llegó, en fin, la época del congreso, y me fui para Europa. ¡Qué delicia! Asistí a la inauguración y a las sesiones preparatorias. Me inscribieron en la sección del tupí-guaraní, y luego me fugué a París. Antes, sin embargo, hice publicar en el Mensajero de Basilea mi retrato, y algunas notas biográficas y bibliográficas. Cuando volví, el presidente me pidió disculpas por haberme dado aquella sección; no conocía mis trabajos y había juzgado que, por ser americano-brasileño, me estaba naturalmente indicada la sección de tupí-guaraní. Acepté las explicaciones y hasta hoy no he podido escribir mis obras sobre el javanés, para mandárselas, conforme se lo prometí. 

Acabado el congreso, hice publicar extractos del artículo del Mensajero de Basilea en Berlín, en Turín y en París, donde los lectores de mis obras me ofrecieron un banquete, presidido por el senador Gorot. Toda esa jugarreta me costó, incluyendo el banquete que me fue ofrecido, cerca de diez mil francos, casi toda la herencia del crédulo y buen barón de Jacuecanga. 

No perdí ni mi tiempo ni mi dinero. Pasé a ser una gloria nacional y, al bajar en el muelle Pharoux[5], a mi regreso, recibí una ovación de todas las clases sociales y el presidente de la República, días después, me convidaba para almorzar en su compañía. 

Seis meses después fui nombrado cónsul en La Habana[6], donde estuve seis años y a donde volveré, con el fin de perfeccionar mis estudios de las lenguas malaya, melanesia y polinesia. 

—Es fantástico —observó Castro, agarrando el vaso de cerveza. 

—Pero mira: si no me sintiera contento, ¿sabes lo que sería? 

—¿Qué?

—Bacteriólogo eminente. ¿Vamos? 

—Vamos.

 

 

Traducción de Norman Valencia

 




 

***
Lima Barreto (Rio de Jaineiro, 1881 - 1922) Afonso Henriques de Lima Barreto, conocido como Lima Barreto, autor de Triste fin de Policarpo Quaresma, entre otras obras.


 

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[1]      En jerga brasileña, acreedor. (N. del T.) 

[2]      En el imaginario brasileño, los portugueses son objeto de burlas, como los gallegos en España. Aquí, el narrador se ríe de su interlocutor portugués. (N. del T.) 

[3]      Municipalidad de Portugal, famosa por un importante monasterio y por sus tejidos. A lo largo del siglo XIX, estos pañuelos eran usados en ambos lados del Atlántico, especialmente para el consumo del rapé. (N. del T.) 

[4]      Importantes lingüistas del s. XIX. (N. del T.) 

[5]      Muelle de Río de Janeiro, usado por la familia real en el s. XIX. La llegada del narrador a este importante puerto reafirma la idea de que se ha convertido en una figura nacional. (N. del T.) 

[6]      La alusión a la capital cubana aquí es otro elemento irónico en el texto: el cuerpo diplomático parece creer que existe una relación entre el javanés y La Habana, algo que el narrador no desmiente. (N. del T.)