Narrativa

Tachas 633 • La teoría del manatí • Diana Alejandra Aboytes Martínez

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Diana Alejandra Aboytes Martínez

 

Teníamos veintidós años, si bien, yo andaba más cerca de los veintitrés. La primavera me vio nacer, mientras que a ti te recibió el invierno. Terminamos la universidad y el autobús que te llevó de mi vida lo abordaste en verano. Subiste al camión, soltaste la maleta en el asiento y asomada en la ventana me dijiste “adiós”. Los días donde estuvimos muy cerca uno del otro quedaron suspendidos en el aire, disueltos entre las páginas de algo que no quisimos escribir.

Entonces éramos muy jóvenes, los enfoques profesionales eran más importantes. Eso no quitaba que nos quisiéramos mucho. Tuvimos una amistad sólida, aunque a veces rebasamos los límites de lo que esto significa. Como aquella vez en el baile, la noche helaba cuando salimos y solo traía un poncho. Te ofrecí quitármelo para arroparte a ti, preferiste colarte por debajo, anidaste entre mi cuerpo y las lanas del gabán. Me gustó la sensación, no obstante, te miré sorprendido cuando dijiste: “nos hubiéramos abrazado de todos modos”. Era cierto, nuestras proximidades venían dotadas de la atracción. Fue la primera vez que amanecimos juntos, enlazados… cruzamos la línea del fuego.

Sin embargo, después nuestra amistad permaneció sin aspaviento. Los desvelos por estudios nos ocupaban el tiempo, lo más íntimo que teníamos era beber grandes tazas de café juntos y reírnos por algunas choradas. En una de esas tantas madrugadas, juramos regalarnos una llamada telefónica por cada cumpleaños cuando estuviéramos lejos. Además, prometimos que si alguna vez alguno de los dos dejaba de recibirla, se resignaría sin ningún intento de buscar, quedando sobrentendida la llegada de un tercero.

Esta es la primera vez en tres años que no me despertó el ring del móvil contigo del otro lado de la línea. Es la única vez que he salido al trabajo con el celular guardado en el bolsillo de la camisa, por temor a no escucharlo desde el portafolio. Son las cinco de la tarde y no has llamado. Estoy sentado frente a la computadora intentando redactar el informe de gastos para el jefe, pero mis múltiples errores no me dejan terminar. Enciendo y apago la pantalla del inalámbrico, como quien le abre los ojos a alguien para que despierte y por fin aparezca tu nombre en la llamada entrante y yo conteste antes de que cuelgues y me digas que disculpe la demora que saliste de expedición a un lugar agreste y no tenías señal pero que ya estabas de vuelta en la ciudad y te daba gusto escucharme y por fin desearme un cumpleaños feliz como lo has hecho en estos últimos años… Suerte que los compañeros no escuchan mi atropellada conversación interna.

No pensé echarte en falta tan pronto, apenas hubiéramos cumplido cuatro años manteniendo el juramento. En el fondo ambos sabíamos que la llegada de alguien más en la vida de cualquiera de los dos era inminente, de mediana edad y buenos mozos. Debí ser valiente y lanzarte la propuesta a tiempo para hacer que esto valiera. Me hubiera ahorrado experimentar el dolor, no en el cuerpo, más adentro, en el lugar más oscuro. Mira que la costumbre de escuchar tu voz dos veces por año, me hizo pensarte siempre dispuesta para mí. Ahora cumplir la promesa de no indagar para saber de ti, me está costando uno y la mitad del otro. 

Me hice la cena pero no la he comido, la dejé sobre la mesa y me he tirado en el sofá a ver televisión sin volumen. El reloj en la sala anuncia las diez de la noche. Restan dos horas para que mi cumpleaños termine y las esperanzas de que me marques se agotan. Y es que si tan solo hablaras, aprovecharía contarte sobre la teoría del manatí. Se dice que de ese animal, en la mayoría de los zoológicos tienen un cartel con la prohibición de abrazarlo, porque si una vez lo abrazas, después él se pone triste, ya que te extraña para el resto de su vida. Sí, ya sé, seguramente me dirías que a qué voy con eso… ¡¡a que yo debería estar en cautiverio, Eliza!! Yo debería estar en el ecoparque, debo haber escapado de mi rebaño y tú por momentos me abrazaste y ahora ya te estoy extrañando. Si no quieres que yo me extinga, presérvame ahí muy cerca de ti, tres comidas por día, te pido; un baño y es todo. ¡¡No dejes que perezca, Eliza…!! 

Espera, el teléfono suena; creo que me estás llamando.



 

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Diana Alejandra Aboytes Martínez
. Mujer de aire y fuego. Poeta y narradora nacida en Celaya, Guanajuato, México. Miembro activo del Taller Literario Diezmo de Palabras. Gusta en desarrollar temas donde las pasiones se desborden hasta delimitar entre los deseos de la carne, el amor y su contraparte, inclusive la muerte.

En 2017 fue seleccionada para participar en el Seminario de Letras Guanajuatenses, coordinado por el Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato. Su trabajo se puede encontrar en antologías, por mencionar algunos: Cuentos del Sótano V.(Endora ediciones) Nostalgia (Editorial Los otros Libros) Escritura desde el Encierro (Editorial Los Otros Libros) En el Planeta de tu Cuerpo (Editorial Gato Blanco). Sumado a ellos el más reciente: Cuenta Cuántos Gatos (Editorial Mini Libros de Sonora). En 2022 publicó su primer libro titulado: Pasiones Textuales de editorial Los Otros Libros.
 

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