NARRATIVA
Tachas 634 • La Mayor Presa De Ming • Patricia Highsmith
Patricia Highsmith
Ming estaba reposando plácidamente en la litera de su ama cuando el hombre lo agarró por el cogote, lo sacó a cubierta y cerró la puerta del camarote. El susto y la ira desorbitaron los ojos azules de Ming, pero volvió a entornarlos cegado por el resplandor del sol. No era la primera vez que lo echaban con malos modos del camarote, ni tampoco le había pasado inadvertido que el hombre aprovechaba para expulsarlo los momentos en que Elaine, su ama, miraba hacia otro lado.
En el velero no había donde guarecerse del sol, pero Ming todavía no sentía demasiado calor. Saltó ágilmente al techo del camarote y se metió en un rollo de cuerda que había bajo el mástil. Le gustaba tumbarse en aquel cabo enroscado porque desde ahí arriba dominaba una panorámica muy amplia y, a la vez, quedaba al resguardo de las brisas fuertes gracias a la forma ahuecada del rollo; tenía además la ventaja de estar casi en el centro del Alondra blanca, donde menos se notaban el balanceo y los bandazos. Ahora Elaine y el hombre acababan de arriar la vela para echar la siesta después de comer, como era su costumbre; en esos momentos Ming sabía que el hombre no quería verlo en el camarote. La hora del almuerzo era otra cosa. De hecho, había almorzado hacía un instante un delicioso pescado a la plancha y un poquito de langosta. Acomodándose en una curva suave del rollo, Ming dio un enorme bostezo y, después, con los ojos entornados para protegerse de la fuerte luz del sol, se quedó contemplando las montañas ocres y las casas y hoteles blancos y rosados que rodeaban la bahía de Acapulco. Entre el Alondra blanca y la orilla, donde la gente chapoteaba inaudiblemente, el sol centelleaba sobre la superficie del agua como millares de minúsculas lucecitas eléctricas que se encendieran y apagaran. Un hombre pasó de largo sobre sus esquís acuáticos, levantando tras de sí una estela de espuma blanca. ¡Cuánta actividad! Ming se adormiló sintiendo el calor del sol que penetraba en su pelaje. Era un gato neoyorquino y consideraba que Acapulco era una notable mejora con respecto al entorno donde habían transcurrido sus primeras semanas de vida. Recordaba una caja con el fondo cubierto de paja y donde nunca daba el sol, a tres o cuatro gatitos que la compartían con él y un escaparate detrás del cual se detenían unos instantes siluetas gigantescas que trataban de atraer su atención tamborileando sobre el cristal y luego seguían su camino. De su madre no guardaba el menor recuerdo. Un día entró en aquel lugar una joven que desprendía un aroma agradable y se lo llevó de allí… lejos del molesto e inquietante olor a perro, a medicinas y a excrementos de loro. Montaron en lo que ahora Ming sabía que era un avión. Había llegado a acostumbrarse a los aviones e incluso a aficionarse a ellos. Durante los vuelos, se sentaba en el regazo de Elaine o descabezaba un sueñecito sobre sus rodillas, y nunca le faltaba algún bocado delicioso si tenía hambre.
Elaine pasaba buena parte del día en una tienda de Acapulco, de cuyas paredes colgaban vestidos, pantalones y bañadores. Allí el olor era limpio y fresco, había flores en tiestos y en maceteros colocados ante la fachada principal y el suelo estaba cubierto de frías baldosas azules y blancas. Ming gozaba de absoluta libertad para pasearse por el patio trasero o dormir en su cesta, situada en un rincón. Aunque la fachada de la tienda estaba más soleada, nunca podía sentarse allí tranquilamente sin que algún muchacho travieso tratara de echarle la mano encima.
Como más disfrutaba era tumbado al sol con su ama en una de las largas sillas de lona que tenían en la terraza de casa. Y lo que no le gustaba nada eran las personas a las que Elaine invitaba a casa de vez en cuando, gente que pasaba allí la noche, montones de personas que se quedaban levantadas hasta muy tarde comiendo y bebiendo, poniendo discos en el gramófono o tocando el piano… personas que lo separaban de Elaine. Gente que le pegaba pisotones, que a veces lo agarraba por el lomo sin darle tiempo a reaccionar, obligándolo a retorcerse y a luchar para liberarse, personas que lo acariciaban con brusquedad, que cerraban la puerta de alguna habitación dejándolo a él dentro. ¡Personas! Ming odiaba a los seres humanos. La única persona del mundo que le gustaba era Elaine; ella lo quería y lo comprendía.
Y ahora Ming detestaba más que a nadie a aquel tipo llamado Teddie. En los últimos tiempos Teddie no los dejaba ni a sol ni a sombra. Al gato no le gustaban las miradas que le dirigía a espaldas de Elaine. Y algunas veces, cuando su dueña no estaba cerca, Teddie mascullaba algo que Ming reconocía como una amenaza. O bien como una orden de que saliera de la habitación. El gato sobrellevaba la situación con calma. Había que conservar la dignidad. Además ¿acaso no tenía a su ama de su parte? Allí el intruso era el hombre. Delante de Elaine, el hombre a veces le daba falsas muestras de cariño, pero Ming siempre se alejaba de él elegante y desdeñosamente.
El ruido de la puerta del camarote al abrirse lo despertó de su siesta. Oyó las voces de Elaine y del hombre, que hablaban y se reían. Un sol enorme de color rojo anaranjado se aproximaba ya al horizonte.
—¡Ming! —Elaine fue hacia él—. ¿No te estás asando, cielo? ¡Creía que estabas dentro!
—¡Yo también! —exclamó Teddie.
Ming ronroneó como siempre que se despertaba. Elaine lo levantó con delicadeza, lo acunó en sus brazos y se lo llevó al sombreado camarote, donde sintió un frío repentino. Su ama le dijo algo al hombre en tono brusco. Dejó a Ming en el suelo, delante de su cacharro de agua, y aunque el gato no tenía sed, bebió un poco sólo por complacerla. Estaba mareado por el calor y se tambaleaba ligeramente al andar.
Elaine cogió una toalla húmeda y se la pasó por la cara, las orejas y las cuatro patas. Después lo colocó suavemente sobre la litera que desprendía aromas del perfume de su ama, pero también del hombre a quien detestaba.
Su ama y el hombre se habían enzarzado en una pelea: Ming lo supo por su tono de voz. Elaine se había quedado a su lado, sentada en el borde de la litera. Al cabo de un rato, al fin se oyó un chapuzón que significaba que Teddie se había tirado al agua. «¡Ojalá se quede ahí, ojalá se ahogue y no vuelva nunca más!», pensó el gato. Elaine mojó una toalla de baño en la pila de aluminio, la escurrió, la extendió sobre la litera y lo colocó encima. Trajo agua y Ming, que ahora sí sentía sed, bebió. Su ama dejó que se volviera a dormir mientras ella fregaba y recogía los platos. Eran sonidos agradables, reconfortantes.
Pero en seguida se oyó un splash-splosh, los pies húmedos de Teddie andando por la cubierta, y Ming volvió a despertarse.
Una vez más resonaron voces enfadadas. Elaine remontó el breve tramo de escalones que conducía a la cubierta. Con la barbilla todavía apoyada en la toalla húmeda, Ming se puso alerta y no retiró la vista de la puerta del camarote. Eran los pies de Teddie los que oyó descender por la escalerilla. Alzó un poco la cabeza, pensando que no había ninguna vía de escape a sus espaldas, que estaba atrapado en el camarote. El hombre se detuvo con la toalla en las manos y la mirada clavada en él.
Ming relajó todos sus músculos, como si fuera a bostezar, y sus ojos bizquearon. Luego sacó la punta de la lengua. El hombre comenzó a decir algo, parecía tener la intención de arrojar la toalla de felpa contra él, pero, tras un breve titubeo, la tiró a la pila y se inclinó para lavarse la cara. No era la primera vez que Ming le sacaba la lengua a Teddie. La mayoría de la gente se reía cuando enseñaba la lengua, por ejemplo, durante una fiesta, y eso le agradaba mucho. Pero como había advertido que, por alguna razón, Teddie lo interpretaba como un gesto hostil, a él le sacaba la lengua a propósito, aunque en general lo hiciera inconscientemente.
La disputa prosiguió. Elaine preparó café. Ming empezaba a sentirse mejor y, como el sol ya se había puesto, volvió a salir a cubierta. Su ama encendió el motor y se deslizaron lentamente hacia la orilla. Ming oyó el canto de los pájaros, los extraños chirridos de ciertos pájaros que parecían hablar a gritos y a los que sólo se oía a la hora del crepúsculo. Anhelaba regresar a la casa de adobe de lo alto del acantilado que era su hogar y el de su ama. Sabía que el motivo de que ésta no lo dejara cómodamente instalado en casa cuando salía a navegar era el miedo a que lo robaran o incluso lo mataran. Un miedo muy comprensible. Más de una vez habían tratado de echarle el guante casi bajo las mismas narices de su dueña. Y en cierta ocasión un chaval lo metió en un saco del que probablemente no habría logrado escapar pese a sus desesperados esfuerzos si Elaine no hubiera propinado un bofetón al chico para arrebatárselo.
Aunque Ming había pensado encaramarse de nuevo al techo del camarote, después de echarle una ojeada prefirió reservar sus fuerzas y se acomodó en la cubierta cálida y ligeramente inclinada, con las patas recogidas bajo el cuerpo, para contemplar el litoral cada vez más próximo. Ya alcanzaba a oír la música de guitarra que sonaba en la playa. Las voces de su ama y del hombre se habían acallado. Durante un instante el sonido más fuerte fue el chuc-chuc-chuc del motor del barco. Luego Ming oyó los pies desnudos del hombre ascendiendo por la escalerilla del camarote. Aunque no volvió la cabeza para mirarlo, instintivamente giró las orejas hacia atrás. Siguió contemplando las aguas que se extendían ante él, tan sólo a un salto de distancia. Pero le extrañó que el hombre no hiciera ningún ruido. El pelo del cogote se le erizó cuando se volvió a echar un vistazo.
En ese preciso instante, el hombre se inclinó hacia delante y se abalanzó hacia él con los brazos extendidos.
Levantándose de un salto, Ming echó a correr hacia el hombre, pues sólo en esa dirección podría ponerse a salvo en aquella cubierta sin barandilla. Teddie extendió el brazo izquierdo y le pegó un manotazo en el pecho que lo despidió hacia atrás; y aunque trató de agarrarse a la cubierta con las uñas, sus patas traseras resbalaron hasta quedar colgando por la borda. Se aferró con las garras a la lisa superficie de madera, que le ofrecía escaso asidero, mientras movía las patas traseras para impulsarse hacia arriba, aunque la curvatura del costado del velero le dificultaba las cosas.
El hombre avanzó dispuesto a tirarlo al agua de un puntapié, pero justo en ese momento Elaine remontaba la escalerilla del camarote.
—¿Qué está pasando? ¡Ming!
Poco a poco, el gato se había ido impulsando hacia cubierta con sus poderosas extremidades traseras. El hombre se había arrodillado como si quisiera echarle una mano. Y su dueña, que también había caído de rodillas, consiguió agarrarlo por el cuello.
Ming se relajó y se acurrucó en la cubierta. Tenía el rabo mojado.
—¡Se ha caído por la borda! — dijo Teddie —. Es verdad que está mareado. Se tambaleó y se cayó cuando el barco pegó un bandazo.
—Es el sol. ¡Pobre Ming! — Elaine abrazó a Ming contra su pecho y se lo llevó al camarote —. Teddie… ¿puedes hacerte cargo del timón? y le
El hombre bajó al camarote. Elaine había colocado a Ming sobre la litera hablaba con dulzura. El corazón seguía latiéndole aceleradamente. Aunque tenía al lado a su ama, se puso en guardia contra el hombre, que ahora empuñaba el timón. Advirtió que habían entrado en la pequeña ensenada adonde siempre se dirigían antes de bajar del velero.
Allí estaban los amigos y aliados de Teddie, a quienes Ming aborrecía porque los asociaba con él, aunque no eran más que chicos mexicanos. Dos o tres muchachos vestidos con pantalón corto gritaron «¡Señor Teddie!», le dieron la mano a Elaine para ayudarla a saltar al muelle, asieron el cabo que estaba atado a la proa del barco y se ofrecieron a coger a ¡Ming!… ¡Ming! Pero el gato bajó al muelle de un brinco y se agazapó a la espera de Elaine, dispuesto a escabullirse de cualquier otra mano que pretendiera agarrarlo. Varias manos morenas se adelantaron hacia él, obligándolo a esquivarlas dando saltos de un lado a otro. Hubo risas, gañidos, golpetazos de pies descalzos sobre las planchas de madera. Pero allí estaba la tranquilizadora voz de Elaine espantando a los chicos. Ming sabía que su ama estaba ocupada recogiendo las bolsas de plástico, cerrando con llave el camarote. Después, con ayuda de uno de los muchachos mexicanos, Teddie cubrió el camarote con una lona. Y los pies calzados con sandalias de Elaine llegaron junto a Ming. El gato la siguió cuando se alejó. Un chaval le quitó de las manos los bultos con los que iba cargada y ella pudo coger a Ming en brazos.
Montaron en el gran coche descapotable de Teddie y enfilaron la serpenteante carretera que conducía a la casa de Elaine y de Ming. Uno de los chicos iba al volante. Ahora su ama y el hombre hablaban en un tono más relajado, más suave. Teddie se rió. Sentado en el regazo de su dueña, Ming se mantenía alerta. Por la manera en que Elaine lo acariciaba y le tocaba el cogote supo que estaba preocupada por él. El hombre alargó el brazo queriendo posar sus dedos en el lomo del gato y éste lanzó un gruñido sordo que subió y bajó de tono y retumbó en las profundidades de su garganta.
—Bueno, bueno —dijo el hombre, fingiendo que le divertía su reacción, y retiró la mano.
La voz de Elaine se había detenido en mitad de una frase. Ming se sentía cansado y su mayor deseo era echar una siestecita en la gran cama de su casa, cubierta por una manta de lana fina con rayas rojas y blancas.
Cuando apenas acababa de formular ese deseo con el pensamiento, Ming se encontró en el ambiente fresco y fragante de su hogar, mientras unas manos lo colocaban delicadamente sobre la cama con el suave cobertor de lana. Su ama lo besó en la mejilla y pronunció una frase que incluía la palabra «hambre». Esa sola palabra le bastó para comprenderla. Le había dicho que cuando sintiera hambre, se lo hiciera saber.
Ming se adormiló y despertó al oír voces en la terraza, a un par de metros de distancia, al otro lado de las puertas de cristal abiertas. Se había hecho de noche. Desde la cama divisaba un extremo de la mesa y, por la calidad de la luz que allí brillaba, supo que había velas encendidas sobre ella. Concha, la criada que dormía en casa, estaba retirando los platos. El gato oyó su voz, y después las voces de Elaine y del hombre. Olía a humo de puro. Saltó al suelo y se quedó un instante observando la terraza desde la puerta. Bostezó, después arqueó el lomo, se estiró y se calentó los músculos clavando las uñas en la espesa esterilla del suelo. A continuación salió sigilosamente a la parte derecha de la terraza y se escabulló en silencio hacia el jardín, descendiendo la larga escalera de anchas losas de piedra. El jardín parecía una jungla o un bosque. Los aguacates y los mangos crecían hasta la altura de la terraza, y había buganvillas cubriendo la tapia, orquídeas en los árboles y magnolias y camelias de diversos tipos plantadas por Elaine. Ming oyó el piar de los pájaros, que se revolvían en sus nidos. A veces trepaba hasta ellos para saquearlos, pero esa noche no estaba de humor para cacerías pese a que ya no sentía cansancio. Las voces de su dueña y del hombre lo tenían inquieto. Era evidente que su ama no estaba contenta con el hombre.
Pensando que Concha aún estaría en la cocina, decidió ir allí a pedirle algo de comer. A Concha le gustaba Ming. Otra doncella que no se había encariñado con él había sido despedida por Elaine. Le apetecía un poco de cochinillo a la brasa. Eso era lo que su ama y el hombre habían cenado. La brisa fresca que soplaba desde el mar le mecía el pelaje. Se sentía plenamente recuperado de la horrible experiencia de haber estado a punto de caerse al mar.
Ya no quedaba nadie en la terraza. Ming giró a la izquierda y entró en el dormitorio, donde de inmediato sintió la presencia del hombre pese a que la luz estaba apagada y no lo veía. Estaba de pie junto al tocador, abriendo una caja. Una vez más, al gato se le escapó un gruñido sordo que subió y bajó de tono; al advertir que no estaba solo se había quedado paralizado, con la pata derecha extendida para dar el siguiente paso. Ahora tenía las orejas echadas hacia atrás y, aunque el hombre todavía no lo había visto, se preparó para salir corriendo en cualquier dirección.
—¡Shhh…! ¡Maldito gato! — siseó el hombre, y pegó un zapatazo no muy fuerte para espantarlo.
Ming permaneció inmóvil. Oyó el leve repiqueteo del collar blanco de su ama. El hombre se lo guardó en el bolsillo y, después, pasando por la derecha de Ming, se dirigió al espacioso cuarto de estar. Entonces el gato oyó el tintineo de una botella entrechocando con un vaso y el fluir de un líquido. Cruzó la misma puerta por donde había salido el hombre y giró a la izquierda, encaminándose a la cocina.
Una vez allí, maulló, y Elaine y Concha lo saludaron. Concha había puesto música en la radio.
—¿Pescado?… Cochinillo. Quiere cochinillo — dijo Elaine, hablando en el extraño lenguaje que utilizaba con Concha.
Sin mucha dificultad, Ming había transmitido su preferencia por el cochinillo, y cochinillo le habían dado. Se lanzó sobre él con mucho apetito. Concha exclamaba «¡Aaay!» mientras su dueña le hablaba largo y tendido. Después la criada se agachó para acariciarlo y Ming soportó las caricias, sin retirar la vista de su plato, hasta que Concha lo dejó en paz y pudo terminar la comida. Luego Elaine se fue de la cocina. Concha vertió un poco de aquella leche de bote que tanto le gustaba en su platillo vacío y él se la tomó a lametazos. A continuación se frotó contra la pierna desnuda de la criada para expresarle su agradecimiento y salió de la cocina, atravesando el cuarto de estar con mucha cautela de camino hacia el dormitorio. Pero Elaine y el hombre habían salido a la terraza. Acababa de entrar en el dormitorio cuando oyó que Elaine lo llamaba:
—¿Ming? ¿Dónde estás?
Ming se acercó a la puerta de la terraza, donde se detuvo, y tomó asiento en el umbral.
Elaine estaba sentada de medio lado en un extremo de la mesa y la luz de las velas relumbraba sobre su larga melena rubia, sobre el blanco de sus pantalones. Se dio una palmada en la pierna y Ming se encaramó a su regazo.
El hombre hizo un comentario en voz baja, un comentario desagradable.
Elaine le replicó en el mismo tono. Pero acompañó sus palabras con algunas risas. Luego se oyó el timbre del teléfono.
Dejando a Ming en el suelo, su ama entró en el cuarto de estar y se dirigió al aparato.
El hombre apuró la bebida que había en su vaso y lo posó en la mesa mientras mascullaba unas palabras dirigidas a Ming. Luego se levantó y trató de cercarlo, de obligarlo a avanzar hacia el borde de la terraza, pero Ming se percató de sus intenciones y también de que estaba borracho… por eso se movía despacio y con cierta torpeza. La terraza estaba circundada por un parapeto que le llegaba al hombre por la cadera; pero en tres zonas tenía vanos con barrotes lo bastante distanciados entre sí como para que Ming pasara entre ellos, aunque él sólo usaba aquellos huecos para contemplar el jardín de vez en cuando. Ahora comprendió que el hombre pretendía empujarlo a través de los barrotes o agarrarlo y tirarlo por encima del parapeto. Pero nada podía ser más fácil que esquivarlo. De pronto, el hombre levantó en alto una silla y la arrojó contra Ming, pegándole en la cadera. Le había pillado desprevenido y le había hecho daño. Ming se dirigió a la salida más próxima: los escalones que conducían al jardín.
El hombre lo siguió escaleras abajo. Sin pararse a pensar, Ming remontó a la carrera los escasos peldaños que ya había descendido, bien arrimado a la pared, que estaba en sombras. El hombre no lo había visto y Ming lo sabía. Subió de un salto al parapeto de la terraza, donde se sentó y se lamió una pata para recuperarse y recobrar el dominio de sí mismo. El corazón le latía tan deprisa como si estuviera en plena refriega. Y el odio le corría por las venas. El odio le ardía en los ojos mientras se agazapaba para escuchar cómo el hombre descendía los escalones con paso vacilante. Luego lo tuvo a la vista.
Tensó los músculos, saltó con todas sus fuerzas y aterrizó con las cuatro patas sobre el brazo derecho de su enemigo, cerca de su hombro. Se aferró a la tela de la chaqueta blanca del hombre, pero ambos estaban cayéndose. El hombre lanzó un quejido. Ming se mantuvo firme en su puesto. Hubo un crujido de ramas. El gato pegó un brinco y, advirtiendo demasiado tarde en qué dirección estaba el suelo, cayó de costado. Casi al mismo tiempo oyó que el hombre se desplomaba sobre el suelo y salía rodando; luego se hizo el silencio. Ming resolló por la boca abierta hasta que el dolor que sentía en el pecho se aplacó. De la dirección en que estaba el hombre le llegaba un olor a alcohol y a puro, y también el aroma acre del miedo. Pero su enemigo estaba inmóvil.
Para entonces sus ojos ya se habían adaptado a la oscuridad. E incluso había salido un rayo de luna. Se encaminó hacia la escalera, atravesando un largo trecho de maleza, piedras y arena antes de llegar a donde arrancaban los peldaños. Subió por ellos sigilosamente y, una vez más, se halló en la terraza, justo en el momento en que Elaine salía por la puerta.
—¿Teddie? —dijo con voz fuerte.
Luego regresó al dormitorio y encendió una lámpara. A continuación se dirigió a la cocina y Ming la siguió. Concha había dejado la luz encendida pero ya estaba en su dormitorio, con la radio puesta.
Elaine abrió la puerta principal.
El coche del hombre continuaba aparcado en el camino de acceso, según pudo ver Ming. Le dolía la cadera y empezó a resentirse del dolor, que le hacía cojear levemente. Elaine se dio cuenta, le pasó la mano por el lomo y le preguntó si se encontraba bien. Él se limitó a ronronear.
—¿Teddie?… ¿Dónde estás? —gritó Elaine.
Luego empuñó una linterna y la enfocó hacia el jardín, hacia los grandes troncos de los aguacates, las orquídeas y la lavanda y las flores rosas de las buganvillas. A salvo junto a ella sobre el parapeto de la terraza, Ming siguió con la vista el movimiento del haz de luz mientras ronroneaba satisfecho. El hombre no estaba justo debajo de su ama, sino un poco a la derecha. Elaine se dirigió a la escalera y, precavidamente, ya que los anchos peldaños no estaban protegidos por una barandilla, apuntó hacia abajo el foco de luz. Ming no se molestó en mirar. Se quedó sentado en la terraza, junto al escalón superior.
—¡Teddie! —llamó su ama—. ¡Teddie!
Después echó a correr escaleras abajo.
Ming tampoco la siguió en ese momento. La oyó contener el aliento y, a continuación, decir a voz en cuello:
—¡Concha!
Corrió después escaleras arriba.
La criada había salido de su habitación. Su ama le dijo algo que la puso muy nerviosa. Elaine se dirigió al teléfono y estuvo hablando un momento; después, ama y criada bajaron juntas al jardín. Con las patas recogidas bajo el cuerpo, Ming se acomodó en la terraza, que aún conservaba una leve tibieza después de haber sido caldeada por el sol durante todo el día. Llegó un coche. Elaine subió por los escalones y fue a abrir la puerta principal. Ming se refugió en un rincón en sombras de la terraza mientras tres o cuatro desconocidos salían a ella y bajaban al jardín con paso pesado. Abajo hubo largas charlas, sonidos de pisadas, de arbustos que se tronchaban, y después el olor de todos ellos se elevó por las escaleras, un olor a tabaco, a sudor, y el conocido aroma de la sangre. De la sangre del hombre. Ming se sintió satisfecho, tan satisfecho como cuando mataba un pájaro y creaba esa fragancia bajo sus propios dientes. Aquélla era una presa grande. Sin que nadie lo viera, Ming se incorporó cuan alto era cuando el grupo pasó de largo con el cadáver e inspiró el aroma de su victoria levantando el morro.
Luego la casa se vació de pronto. Se habían marchado todos, incluida Concha. Ming bebió un poco de agua en su cacharro de la cocina, se dirigió a la cama de su ama, se enroscó sobre la pendiente que formaban las almohadas y se quedó profundamente dormido. Lo despertó el run-run de un coche desconocido. La puerta principal se abrió y el gato reconoció los pasos de Elaine, seguidos por los de Concha. No se movió de donde estaba. Su ama y Concha charlaron en voz baja durante un rato. Luego Elaine entró en el dormitorio. La lámpara seguía encendida. Ming la observó mientras abría despacio la caja que guardaba en su tocador y dejaba caer dentro el blanco collar, que emitió un leve tintineo. Después Elaine cerró la caja. Comenzó a desabotonarse la blusa, pero, antes de terminar, se tendió en la cama y acarició la cabeza de Ming, le levantó la pata izquierda y la presionó suavemente para que sus uñas asomaran.
—Ay, Ming… Ming —musitó.
Ming reconoció en la voz de su ama el tono del amor.
Traducción de María Teresa Gallego
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Patricia Highsmith (EUA, 1921-1995) es una de las escritoras más originales y perturbadoras de la narrativa contemporánea. Se han publicado las novelas Extraños en un tren, El cuchillo, Carol, El talento de Mr. Ripley (Premio Edgar Allan Poe y Gran Premio de la Literatura Policíaca), Mar de fondo, Un juego para los vivos, Ese dulce mal, El grito de la lechuza, Las dos caras de enero, La celda de cristal, Crímenes imaginarios, El temblor de la falsificación, El juego del escondite, Rescate por un perro, El amigo americano, El diario de Edith, Tras los pasos de Ripley, Gente que llama a la puerta, El hechizo de Elsie, Ripley en peligro y Small G: un idilio de verano, los libros de relatos Pequeños cuentos misóginos, Crímenes bestiales, Sirenas en el campo de golf, Catástrofes, Los cadáveres exquisitos, Pájaros a punto de volar, Una afición peligrosa y Relatos y el libro de ensayos Suspense.