Narrativa

Tachas 634 • El Paraíso De Los Gatos • Émile Zola

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Émile Zola

 

He heredado de una de mis tías un gato de Angora que es, a no dudar, el bicho más necio que conozco. Esto fue lo que me contó mi gato una velada de invierno, al amor de un fuego de brasas. 

 

Tenía yo por aquel entonces dos años y era, sin lugar a dudas, el gato más orondo y candoroso que darse pueda. Poseía aún, a tan tierna edad, toda la ufanía de un animal desdeñoso de las comodidades del hogar. ¡Y, no obstante, cuán agradecido debía estarle a la Providencia por haberme procurado cobijo en casa de la tía de usted! Aquella excelente mujer sentía adoración por mí. Disfrutaba, en lo hondo de un armario, de un auténtico dormitorio, con cojín de plumas y triple cobertor. Comía tan bien como dormía: nada de pan ni de sopas, únicamente carne, carne buena y roja. 

Pues bien, rodeado de tantas comodidades, sólo tenía un deseo, un sueño, escabullirme por la ventana abierta e irme a correr los tejados. Las caricias me resultaban desabridas, la blandura de mi lecho me asqueaba, estaba tan obeso que me repugnaba a mí mismo. Y tanta felicidad me aburría de sol a sol. 

Debo decirle que, estirando el pescuezo, había divisado desde la ventana el tejado de la casa de enfrente. El día en cuestión, cuatro gatos mantenían una pelea en él, con el pelo erizado y el rabo enhiesto, revolcándose a pleno sol en las tejas de azulada pizarra sin dejar de soltar regocijadas maldiciones. Nunca había presenciado espectáculo más extraordinario. A partir de ese momento, quedé firmemente convencido de que la auténtica felicidad se hallaba en aquel tejado, tras aquella ventana que tan meticulosamente cerraban. Y tal creencia se basaba en que así era también como cerraban las puertas de los armarios tras las que guardaban la carne. 

Concebí el proyecto de huir. Por fuerza tenía que haber en la vida algo más que la carne roja. En ello residía lo desconocido, el ideal. Un día, olvidaron encajar la ventana de la cocina. Salté a un tejadillo que se hallaba debajo. 

 

II 

¡Qué hermosos eran los tejados! Los rodeaban anchos canalones de los que brotaban deliciosos aromas. Fui siguiendo voluptuosamente dichos canalones, en cuyo barro fino, tibio y suave a más no poder se me hundían las patas. Me parecía que iba pisando terciopelo. Y el sol tenía una grata tibieza, una tibieza que me derretía el sebo. 

No le ocultaré que me temblaba todo el cuerpo. En mi alegría había parte de espanto. Recuerdo sobre todo un tremendo susto que casi me hizo caer de espaldas al adoquinado. Dando horrorosos maullidos, se me acercaron tres gatos que llegaron rodando desde la cresta de un tejado. Al verme desfallecer, me llamaron tonto y me dijeron que maullaban en broma. Me puse a maullar con ellos. Era algo delicioso. Aquellos barbianes no estaban estúpidamente sebosos como yo y se reían de mí cuando me resbalaba como una pelota por las chapas de zinc recalentadas por el sol. Un gatazo viejo que formaba parte de la banda se encariñó conmigo. Se brindó a educarme y yo acepté agradecido. 

¡Ay, qué lejos estaba el bofe que me daba su tía de usted! Bebí en los canalones, y nunca me había sabido tan dulce ningún tazón de leche con azúcar. Todo me parecía bueno y hermoso. Pasó una gata, una gata arrebatadora, y, al verla, me invadió una desconocida emoción. Hasta entonces, sólo en sueños había visto yo a esas exquisitas criaturas cuyo espinazo es tan deliciosamente sinuoso. Me abalancé, junto con mis tres acompañantes, al encuentro de la recién llegada. Tomé la delantera y ya iba a presentarle mis respetos a la encantadora gata cuando uno de mis compañeros me dio un cruel mordisco en el pescuezo. Lancé un grito de dolor. 

—¡Bah! —me dijo el gatazo viejo, llevándome consigo —. ¡Otras vendrán! 

 

III 

Llevábamos una hora de paseo cuando sentí un apetito feroz. 

—¿Qué se come en los tejados? — le pregunté a mi amigo el gatazo. 

—Lo que haya —fue la sabia respuesta. 

Me causó cierto embarazo, ya que, por más que buscaba, no veía nada. Divisé al fin, en un sotabanco, a una joven operaria que estaba preparándose el almuerzo. Encima de la mesa, bajo la ventana, había una hermosa chuleta de un apetitoso color rojo. 

—Ésta es la mía —me dije cándidamente. 

Y salté a la mesa, apoderándome de la chuleta. Pero la operaria me había visto y me descargó en el lomo un tremebundo escobazo. Solté la carne y salí huyendo, lanzando una maldición redonda. 

—¿Es que acaba usted de llegar de su pueblo? — me dijo el gatazo. 

La carne que hay encima de las mesas está para apetecerla de lejos. Donde hay que buscar es en los canalones. 

No fui capaz de entender que la carne de las cocinas no es, en ningún caso, para los gatos. El estómago empezaba a demostrarme un serio enojo. El gatazo acabó de consternarme cuando me dijo que había que esperar a que se hiciera de noche. Entonces bajaríamos a la calle y rebuscaríamos en los montones de basura. ¡Esperar a que se hiciera de noche! Y lo decía tan tranquilo, como un avezado filósofo. Yo me sentía desfallecer sólo con pensar en tan prolongado ayuno. 

 

IV 

Poco a poco, vino la noche, una noche de niebla que me dejó aterido. No tardó en caer una lluvia fina y persistente que azotaban súbitas ráfagas de viento. Bajamos por la claraboya de una escalera. ¡Qué fea me pareció la calle! Nada quedaba del grato calor, del sol de par en par, de los tejados blancos de luz en los que tanto gusto daba revolcarse. Me resbalaban las patas por los grasientos adoquines. Me acordé con amargura de mi triple cobertor y mi cojín de plumas. 

Nada más pisar la calle, mi amigo el gatazo se echó a temblar. Se encogió cuanto pudo y se escabulló disimuladamente, pegado a las fachadas, diciéndome que lo siguiese lo más velozmente que pudiera. En cuanto dio con una entrada de carruajes, se apresuró a buscar refugio en ella, lanzando un ronroneo de satisfacción. Al preguntarle yo por aquella forma de huir, me dijo: 

—¿Se ha fijado en ese hombre que llevaba un cuévano y un gancho? 

—Sí.

—¡Pues, si nos hubiera visto, nos habría dejado tiesos de un golpe y nos habría asado al espetón! 

—¡Asado al espetón! —exclamé—. ¡Así que la calle no nos pertenece! ¡No podemos comer y nos comen a nosotros! 

 

Entretanto, habían arrojado las basuras delante de los portales. Rebusqué en los montones con desesperación. Encontré dos o tres huesos canijos que habían andado rodando por la ceniza. Entonces comprendí cuán suculento es el bofe tierno. Mi amigo el gatazo era ducho en el arte de hurgar en la basura. Me tuvo de un lado para otro hasta que amaneció, de adoquín en adoquín, sin apresurarse. Estuve casi diez horas aguantando la lluvia y dando diente con diente. ¡Maldita calle, maldita libertad y cuánto echaba de menos mi cárcel! 

Cuando se hizo de día, el gatazo, al ver que me tambaleaba, me preguntó con una cara muy rara: 

—¿Está harto de todo esto? 

—Ya lo creo —le respondí. 

—¿Quiere regresar a su casa? 

—Desde luego. Pero ¿cómo voy a dar con ella? 

—Venga conmigo. Esta mañana, al verlo salir, comprendí que un gato tan orondo como usted no estaba hecho para los rudos goces de la libertad. Sé dónde vive y voy a dejarlo en su propia puerta. 

El buen gatazo hablaba con toda sencillez. Cuando hubimos llegado, me dijo sin mostrar emoción alguna: 

—Adiós.

—¡No! —exclamé—. No hemos de separarnos así. Venga conmigo. Compartiremos el mismo lecho y la misma carne. Mi ama es una mujer bondadosa… 

No me dejó concluir. 

—Cállese —dijo con brusquedad—. Es usted un necio. ¡Me moriría entre tanta molicie! Esa regalada vida está bien para gatos bastardos. Los gatos libres no pagarán nunca el precio de vivir en una cárcel a cambio de su bofe y su cojín de plumas… Adiós. 

Y se volvió a sus tejados. Vi su silueta alta y flaca estremecerse de gusto bajo las caricias del sol naciente. 

Cuando volví a casa, su tía de usted cogió los zorros y me dio una tunda que recibí con honda satisfacción. Saboreé a fondo la voluptuosidad de notar el calor y los golpes. Mientras me pegaba, me recreaba yo con el gratísimo pensamiento de la carne que iba a darme acto seguido. 

—Ya lo ve —dijo mi gato, a modo de conclusión, estirándose ante las brasas —, la felicidad auténtica, el paraíso, mi querido amo, reside en que lo encierren y lo golpeen a uno en un aposento en que haya carne. 

En lo que a los gatos se refiere, quiero decir. 

 

 

Traducción de Elisa Lucena

 




 

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Émile Zola (París, 1840 - 1902) Novelista francés, teórico y máximo representante del naturalismo. Émile Zola fue el impulsor de la «novela experimental», es decir, de una narrativa planteada como un experimento sociológico destinado no a reflejar la realidad contemporánea (como la novela realista), sino a explicar las causas de los males sociales desde postulados positivistas (la herencia, el medio) con el fin de contribuir a su reforma y progreso. De ahí que la novela naturalista se centrase a menudo en el examen de las lacras sociales (alcoholismo, prostitución, delincuencia) sin rehuir la sordidez, con el consiguiente escándalo para la sociedad biempensante. La influencia de sus ideas y de su praxis narrativa marcó la literatura europea durante al menos las dos décadas de auge del naturalismo (1880-1900).


 

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