Tachas 637 • ¿Tiene sentido una etnografía sobre la experiencia de convertirse en madre? • Elixabete Imaz Martínez
Elixabete Imaz Martínez
Este libro habla de la maternidad, de las madres y, más específicamente, de las mujeres que están en el proceso de convertirse en madre. Es decir, trata de mujeres gestantes que van a tener su primer hijo o hija y que al hacerlo devienen ellas en madres. Son, pues, madres en gestación. La investigación surge de la curiosidad que me suscita el complejo proceso a la vez social, personal y, también, fisiológico que conlleva el tránsito a la maternidad, y de la convicción de que es posible y oportuno un análisis desde la antropología que desentrañe una transformación que por común y cotidiana, por normal en definitiva, parece no tener necesidad de más observación: una madre es una madre, todo el mundo tiene una y la mayoría de las mujeres lo son.
A pesar de que para algunos pueda parecer un objeto vano, la maternidad se me antojaba un campo extraño y desbordante de naturalización. Ser madre, más allá de un rol, una posición o una categoría, aparece como una figura plena de significados, contradictorios a veces, pero profundamente enraizados. La maternidad se define como una parte sustancial de ser mujer, una dimensión vital que a menudo emerge como aquella que domina y anula cualquier otra. Es además un campo en pleno proceso de cambio, en el que se lidian aspectos importantes para la igualdad entre los hombres y mujeres y un lugar preferente de la construcción de la subjetividad individual de muchas mujeres. En el contexto actual, en el que la fecundidad de las mujeres y el futuro de la familia se están planteando como problemas políticos —con tasas de natalidad que compiten entre las más bajas del mundo— y jurídicos —con la aceptación social de nuevas formas familiares y de convivencia y, también, el recurso a nuevas leyes y tecnologías reproductivas para lograrlas—, la maternidad se convierte en objeto de debate social en el que se sienten involucrados los más diversos sectores sociales.
Es evidente que la maternidad no tiene un sentido único, sino que encierra en sí diversas acepciones: se formula a veces como una latencia o un instinto en busca de realización en el fondo de las mujeres. En otras es reproducción, el proceso biológico de generar un ser humano. Es también una de las representaciones más fuertes de la cultura occidental, más aún en el caso de la tradición católica donde la figura de María, virgen y madre, ha tenido un protagonismo absoluto en la definición de lo femenino normativo (Warner, 1991). Pero también es una posición social, un rol que, en ocasiones, ha adquirido dimensiones políticas en diferentes contextos históricos. Y, cómo no, es la asunción de un protagonismo fundamental en la formación de nuevos seres humanos; es socialización, crianza y cuidado.
Hablar de maternidad es, en consecuencia, penetrar en una maraña de símbolos y modelos de feminidad que trasciende el ámbito de lo procreativo y es usada como metáfora recurrente. Es también litigar con fuertes estereotipos de género que se apoyan en supuestas evidencias de lo biológico —la atribución genérica de capacidad gestante— como referente último de la construcción del concepto mujer. Todo lo relacionado con la maternidad contiene una densa carga emocional, todos y todas tenemos algún tipo de experiencia respecto a ella y, por ello, nos sentimos concernidos por ella. Los estudios de género desde la antropología, la historia social y la sociología han desentrañado el ideal de madre o, lo que es lo mismo, la ideología de la maternidad, como un constructo arraigado, resistente y fundamental de nuestra cultura.
En este trabajo, a través de la etnografía del periodo del embarazo, se trata de ahondar en cómo se realizan las fuertes imágenes y valores vinculados a la madre en las maternidades únicas y singulares de las mujeres concretas; cómo enfrentan y gestionan las mujeres contemporáneas esas representaciones que ellas mismas tienen incorporadas, constituyentes de su propia identidad y socialización, pero que hoy entran en disputa y conflicto con otras definiciones de las que también participan de ser mujer y de «ser persona» (Thurén, 1993). Considero que la forma más interesante de aprehenderlo, el lugar donde de forma más rica puede emerger todo ello, es el periodo en el que «se adquiere» la consideración de madre por primera vez y para siempre, es decir, durante la gestación y el nacimiento del primer hijo o hija. El tiempo que abarca el embarazo, parto y primeros meses del bebé es un periodo de transformación en el que las mujeres cambian su situación social tanto respecto a la sociedad general, como respecto a su identidad subjetiva. Hay en todo ello además una dimensión física que no puede ser soslayada, pues los cambios fisiológicos de la gestación se impregnan de sentido, de forma que el proceso físico adquiere, simultáneamente, el carácter de un cambio social.
No existen dudas para mí de que hay diversas formas tanto de convertirse en madre como de ejercer la maternidad. Tenemos que recurrir a neologismos —como maternaje o co-madre— o a la adjetivación —madre social, madre portadora, madre biológica, madre adoptiva…— para intentar dar cuenta de las múltiples dimensiones que el propio lenguaje subsume y, a la vez, instituye como una única entidad. Por ello, mostrar la historicidad y, en consecuencia, la contingencia del modelo hegemónico de maternidad que se presenta a sí mismo como único es uno de los objetivos de este estudio. A pesar de ello, he optado por dedicar esta investigación precisamente a esa maternidad que resulta del parto, en la que convergen lo fisiológico, lo genético, lo social y lo jurídico y que, por ello, consideramos que no precisa de más adjetivos; es la maternidad normal, en la doble acepción de estadísticamente mayoritaria y más cercana a lo normativo.
Es así que el objeto de este libro se aleja de la etnografía del heroico antropólogo que se adentra en tierras desconocidas, en comunidades remotas y exóticas (Sontag, 1996: 11). Realizar esta investigación no ha requerido ni de visados, ni de vacunas, ni de interminables viajes. No ha supuesto la necesidad de aprender complicados idiomas, ni de enfrentarse a universos simbólicos indescifrables. Su objetivo, por el contrario, ha sido desentrañar los procesos sociales propios de la sociedad de pertenencia desde la posición de extrañamiento que requiere toda antropología, en la que las situaciones cotidianas y cercanas de las que somos testigos aparecen desde el ángulo nuevo que procura el distanciamiento.
La necesidad de que la antropología realice investigaciones sobre las culturas occidentales es una cuestión en la que se detiene, entre otras, Emily Martin (1987: 3-14). En sus trabajos sobre las metáforas e imágenes a través de las que se interpreta la procreación en Occidente, parte de la convicción de que considerar la necesidad de traducir los elementos culturales exóticos mientras que los propios permanecen sin analizar, se debe a que los consideramos autoevidentes o a que, en definitiva, los calificamos como verdaderos o científicos. También Sally Macintyre (1978: 64), refiriéndose a las conductas reproductivas en las sociedades contemporáneas, recuerda que fijarse exclusivamente en los comportamientos desviados o marginales, tal y como habitualmente hacen las ciencias sociales, y no aplicarse igualmente en las construcciones sociales que sustentan y alimentan el comportamiento normal es consecuencia de considerar que las conductas habituales son fruto de un orden natural que no requiere de explicación ni análisis. Ambas autoras recalcan además que pretender analizar lo que se considera conocimiento o conductas habituales despierta a menudo recelo. Cuando el objeto de investigación no es el otro exótico y lejano, ni el propio rural en vías de extinción, ni el cercano marginal y extraño, es decir, cuando las actitudes y acciones del objeto de investigación se alojan en el centro mismo de la cultura occidental, la labor antropológica implica penetrar en el entramado de «las creencias inquebrantables que se llaman de sentido común» (Cournot, 1851, citado en Bourdieu, 1991: 97) y es una labor ímproba convencer de que «lo que hacen los agentes tiene más sentido que el que saben» (Bourdieu, 1991: 118). En esas ocasiones, ese yo autorial del antropólogo, que se arroga la capacidad de interpretar las culturas lejanas (Geertz, 1989), encuentra difícil reconocimiento.
Abordar la maternidad como objeto de investigación no es oportuno ni es pertinente de por sí: responde a un momento de cuestionamiento social en el que la reflexión sobre la maternidad cobra sentido. De hecho, la omisión de la maternidad como objeto de investigación es una constante en la historia de la antropología. Si bien se ha hablado de maternidad y de madres, estas aparecen como dato secundario, una anécdota periférica a otras cuestiones consideradas nucleares como la familia, el parentesco o la organización de la vida social, económica o política. Tal y como destaca Thurén (1993), las mujeres han estado siempre presentes en la investigación antropológica pero como alguien circunstancial, que no despierta interés en sí, sino de forma subsidiaria a otra cuestión que se considere central.
Si hoy es posible considerar la maternidad como objeto de investigación es a consecuencia del largo proceso de replanteamiento que, fundamentalmente desde el pensamiento feminista, cuestiona la construcción de género en Occidente. Sandra Harding (1996) evidencia la importancia de la crítica feminista en la denuncia del androcentrismo científico y se refiere a algunas omisiones e indiferencias constantes en la investigación social relativas a cómo se definen los campos de acción social, es decir, los campos que se consideran dignos de atención por parte de la ciencia y a la falta de desarrollo de metodologías y situaciones de investigación que permita el afloramiento de determinadas informaciones (ibíd., 79-81). La maternidad, como otros ámbitos localizados en el ámbito de «las cosas de mujeres» (Del Valle, 1995a: 16), con su importante elemento emocional, definida como privada y sin interés colectivo, puede ser paradigmática en cuanto que tema excluido tradicionalmente de lo que interesa a la ciencia. Ha sido necesaria la introducción de la crítica feminista en la disciplina para que la maternidad haya adquirido el carácter de campo de investigación, en un momento en el que las mujeres, las familias y las relaciones de pareja, familiares y de género se encuentran en Occidente en claro cuestionamiento. La maternidad hoy se ha convertido en campo de batalla de representaciones, de ideologías, de redefiniciones, de prácticas. El aparataje del modelo de maternidad se resquebraja, poniendo en evidencia la naturalización y la esencialización de la que había sido objeto eso que denominamos ser madre. Emerge así la maternidad como objeto de estudio y pasa de ser considerada el destino natural femenino a un campo social en el que, en términos de Harding, pasan cosas.
Para aprehender la maternidad en su dimensión contemporánea, me he valido de instrumentos clásicos, tanto en el trabajo de campo, apoyándome en referentes tan presentes en la antropología como son la perspectiva biográfica y la observación participante, como en las referencias teóricas, acudiendo a las elaboraciones derivadas de la teoría del don y de los ritos de paso y al corpus más reciente de la antropología de género con su atención a las representaciones, a los modelos y su énfasis en la noción de agente que busca superar la noción de sujeto esencializado y acorpóreo. Por otra parte me pareció imprescindible acercarme a los planteamientos que problematizan la reproducción y la sitúan íntimamente vinculada a la subordinación de las mujeres. A través del análisis e interpretación de las diferentes dimensiones corporales, afectivas, de relaciones, laborales o emocionales que componen este periodo, se ha buscado acceder al complejo, contradictorio y, por momentos, conflictivo lugar en el que se constituye el ser madre y el ejercicio de la maternidad para las mujeres contemporáneas[1].
Mi planteamiento es que si bien la maternidad es una construcción cultural de la que participan representaciones fuertes y arraigadas que configuran en buena parte lo que entendemos por lo femenino, hay que destacar también el cambio que se está produciendo en la concepción que las mujeres y que la sociedad tienen de la maternidad y, en ese camino, las mujeres, con su ejercicio cotidiano de la maternidad, con sus aportaciones, sus resistencias y sus propuestas, adquieren protagonismo. Es por eso que las mujeres que se convierten en madres no pueden ser consideradas como pasivas y sumisas ante unos modelos y estructuras sociales que se les imponen, sino como actores sociales que despliegan tácticas desde sus circunstancias personales y sociales. Así, se propone una vía para abordar la maternidad, que ahonda en las prácticas, atendiendo a los aspectos estratégicos y experienciales, acercándose tanto a lo que las madres dicen como a lo que hacen (Stolcke, 2003).
La maternidad aparece entonces constituida en objeto central, no una cuestión adyacente de la reflexión más general sobre la posición de las mujeres, las familias o la reproducción, sino entendiéndola como una construcción social y, en cuanto tal, un elemento que está en la historia y, que a la vez, hace historia. La imagen de las mujeres como personas siempre absorbidas por sus continuas maternidades, sin otras funciones ni responsabilidades que los partos y la crianza, con iguales atributos y atribuciones en las diversas latitudes, no se sostiene cuando se echa una mirada a la historia social, que descubre el carácter construido de la institución de la maternidad. Al parecer, todavía existe la necesidad de desterrar la idea de que las mujeres, todas las mujeres, fueron madres y se dedicaron de forma exclusiva a la crianza de su numerosa prole hasta el descubrimiento de la anticoncepción química. Uno de los puntos de partida al investigar el tránsito a la maternidad ha sido desterrar la idea de que la maternidad es un dato de la feminidad (Mathieu, 1991a), es decir, que lo natural a no ser que algo lo evite es que las mujeres gesten y den a luz bebés, un presupuesto presente en la mayor parte de los estudios sobre reproducción que se hacen desde las ciencias sociales.
La vivencia del embarazo, en primer lugar como periodo previo a la efectiva maternidad pero también como proceso fisiológico que compromete la corporalidad de la mujer, toma especial protagonismo: el tránsito a la maternidad se acompaña de una transformación física temporal que es exteriormente perceptible y socialmente significada. La centralidad que el cuerpo adquiere al reducirse el tránsito de la maternidad al exclusivo plano fisiológico del embarazo provoca, probablemente, que el potencial del cuerpo como superficie de representaciones culturales se incremente y, también, que sea a través de referencias a lo corporal que las mujeres reflexionen sobre los modelos de maternidad y hagan propuestas de cambio. Por ello, en el análisis de su tratamiento social, todo lo vinculado a los procesos fisiológicos de gestación, parto y amamantamiento se descubren plenos de sentido y procuran acceso a dimensiones de la maternidad que quedan ocultas bajo aquello que es considerado como solo corporal.
Esto no contradice, sin embargo, que desde el comienzo de la investigación uno de los objetivos haya sido mostrar que la maternidad, la autoadscripción de una misma a la nueva posición de madre, la conversión en madre, es un tránsito social que no puede atribuirse al simple acontecer fisiológico del parto sino que es, fundamentalmente, un proceso que debe comprenderse en el entramado de deseo, de necesidad de agregación, de pertenencia, de identidad que tiene toda persona; transformarse en madre no es, pues, la actualización de una esencia oculta pero latente, sino un proceso de aprendizaje y socialización. En definitiva, y a ello remite el título de este libro, la gestación no es solo la formación de un bebé que se convertirá en hijo o hija, sino también la conversión de una mujer en madre, la gestación de una madre en un complejo proceso social.
Para adentrarme en el tema, en los dos primeros capítulos he recogido contribuciones provenientes tanto de la historiografía como de la crítica feminista que ayudan a comprender la maternidad y las formas que esta toma en la sociedad contemporánea. Pero sobre todo me he basado en las experiencias referidas por mujeres que han protagonizado ese tránsito a la maternidad. Basándome en sus aportaciones, a través de sendos capítulos me detengo en el significado que las mujeres dan a los hijos e hijas, en cómo se comienza a percibir una misma como madre, la complejidad de la experiencia corporal que se produce durante este periodo y el trastocamiento y la reorganización de la vida cotidiana que impone la maternidad. El trabajo de campo, organizado a través de observación participante y, sobre todo, a través de entrevistas de orientación biográfica (De Miguel, 1996), en sesiones distribuidas durante y después del embarazo, permite que a través de la anécdota se engarce con cuestiones de importante calado teórico[2]. La experiencia personal se convierte en este caso en una vía de acceso original a la estructura social (Borderías, 1997) que puede en gran medida superar el encorsetamiento y la estereotipación en los que se encuentra encerrado el discurso sobre la maternidad, y que permite acceder a niveles de discurso más profundos a través de la narración de la vivencia de las mujeres individuales. La reflexividad e introspección que exige la perspectiva biográfica rompe con los clichés de la maternidad como experiencia no comunicable, íntima, individual y, en último término, perecedera. Procura, en consecuencia, contribuir a sacar la maternidad del silencio y de la privacidad y convertirla en tema de debate y reflexión social, de incorporarla a la memoria y conocimiento colectivos.
El libro concluye deteniéndose en la progresiva divergencia entre el modelo de maternidad y las expectativas vitales que las mujeres se plantean para sí, lo que lleva a las madres a situaciones de conflicto y de culpabilidad que, aunque en ocasiones adquieren la dimensión de debate público, casi siempre son interpretadas como problemas individuales, es decir, que tienen que ver exclusivamente con las condiciones concretas y únicas de la persona afectada: compatibilización de vida personal y trabajo, disponibilidad, prioridades… La ambivalencia, las diferentes estrategias que adoptan, las sensaciones contradictorias que describen las participantes de la investigación, son muestra de los debates en los que las madres actuales se encuentran insertas, pero también prueba del cambio profundo que se está produciendo en el seno de la maternidad y del protagonismo que las mujeres que se convierten en madres tienen en ese cambio.
Texto cedido para promoción por los editores del libro Convertirse en madre: etnografía del tiempo de gestación. Elixabete Imaz Martínez. Editorial Cátedra. 2010, Madrid.
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Elixabete Imaz Martínez (España, 1969). licenciada en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y Doctora en Antropología Social por la Universidad del País Vasco. Es profesora del Departamento de Filosofía de los Valores y Antropología Social de la Universidad del País Vasco. En 1997, obtuvo una beca por la que trabajó en el Instituto de la Mujer (Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales), institución con la que ha colaborado en otras ocasiones. Desde 1998 ha trabajado como profesora en la Universidad del País Vasco, compaginando este trabajo con breves estancias como investigadora en el extranjero (Basque Studies Center, University of Nevada, 2002; Université de Toulouse-Le Mirail, 2003 y Universidad de Buenos Aires, 2005). Próximamente, tiene previsto viajar a Porto Alegre, en Brasil, como investigadora visitante en la Universidade Federal do Rio Grande do Sul.Actualmente, sus ámbitos de investigación prioritarios son las relaciones de género y la evolución de las formas familiares, en especial las transformaciones en las representaciones, los modelos y el ejercicio de la maternidad. Ha participado también en numerosos proyectos de investigación sociológica sobre euskaldunización, género e identidad para AEK, la UPV, Gobierno Vasco, Eusko Ikaskuntza, la Iniciativa Daphne de la Comisión Europea e Instituto de la Mujer, entre otros. Ha presentado diversas comunicaciones y ponencias en diferentes congresos celebrados en diferentes comunidades autónomas y universidades de Andalucía, Cataluña, Galicia, Valencia y Madrid, así como en países como Australia, Francia, Estados Unidos y Argentina.
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[1] Un desarrollo teórico exhaustivo de estas cuestiones puede consultarse en Imaz (2009).
[2] Todas las entrevistas y observaciones se realizaron en el País Vasco entre los años 2004 y 2007. La selección de entrevistadas se realizó considerando las variables de edad, estatus socioeconómico, situación laboral, tipo de relación de pareja, contexto geográfico y adscripción ideológica. Los perfiles de entrevistadas junto con el guión de entrevista se incluyen en el Apéndice metodológico. Los nombres de pila de las entrevistadas se han alterado para preservar la identidad. Las observaciones se realizaron en diversos cursos de preparación a la maternidad y se completamentaron con varias entrevistas a matronas y otros especialistas. Más detalles sobre las características técnicas y metodológicas del trabajo de campo de la investigación en la que se apoya este texto pueden consultarse en Elixabete Imaz, Mujeres gestantes, madres en gestación, 2009.