Cine

Tachas 639 • El pensamiento naif • Victor Amat

Imagen generada con IA

Victor Amat

 

 ¿Eres consciente de tu fragilidad?

Para todos los nacidos
bajo una estrella enfadada
No olvidemos lo frágiles que somos
STING, Fragile

 

Hace algún tiempo, tuve una pesadilla en la que, frente a una pandemia mundial, los gobernantes le decían a la gente: «No se preocupen, ¡todo irá bien!». Espero que se quede ahí, en un sueño, y que algo así nunca suceda en realidad. Y es que toparnos con la vida es una de las cosas que más duele. Es como un rayo que te atraviesa sin que puedas hacer nada para remediarlo. Cuando lo hace de manera fluida es una suerte, pero a veces se nos atasca y acaba por achicharrarnos. 

Quizá no te guste lo que ahora voy a decirte: a lo largo de tu vida te tocará enfrentarte a situaciones desagradables, como por ejemplo un duelo o una pérdida. Más vale que aceptes que la realidad es así, porque cuando antes lo asimiles menos energía vas a gastar. 

Vivimos en unos tiempos en los que parece que lo normal sea que todo vaya bien y que nada malo te puede suceder. El hecho de que vivas en el primer mundo te ha hecho creer que lo tienes todo bajo control. Te has acostumbrado a que, si te encuentras mal, puedes ir al médico y este resolverá tu malestar. Si abres el grifo vas a tener agua caliente, mantienes la comida en buen estado en tu nevera y tienes un montón de aplicaciones en el teléfono que parece que te solucionan la vida. 

En algún lugar, alguien está encantado de que pienses que estás a salvo en sus manos. Es una voz amiga que te susurra: «No te preocupes de nada, nosotros nos ocupamos». Si te hacen pensar que todo irá bien, estarás más tranquilo y relajado, ¿verdad? 

Como ser humano, estaría bien que reconocieras que la incertidumbre te provoca un cierto miedo. Es cierto que ya no vivimos en la Edad de Piedra y no tenemos que preocuparnos por la lluvia o los truenos, pero estamos mucho más a merced del azar de los que nos gustaría. Ese componente de la vida que escapa a tu control te acaba poniendo nervioso y hace que te sientas inseguro. 

¿Quién quiere sentirse vulnerable, inseguro y frágil? Nadie. Vas a tratar de encontrar en el mercado de la felicidad la forma de sentirte seguro, porque ese cóctel emocional te pone en disposición de comprar lo que sea. 

Puede que te parezca un conspiranoico, pero el asunto tiene algo de perverso. Por un lado, sentirse vulnerable es humano y, por el otro, a alguien le puede interesar la idea de que creas que puedes tener superpoderes si dispones de una tarjeta de crédito. 

Ándate con cuidado, porque el lado oscuro de esta propuesta es que dependes cada vez más de esa superestructura que te provee y recibir tanta «ayuda» va a acabar incapacitándote. Cada vez estarás menos acostumbrado a hacerlo tú, pues el hecho de que otros se ocupen de tus preocupaciones te conduce, de manera casi imperceptible, a ir perdiendo confianza en tus propias capacidades. 

Es un buen truco por parte del sistema para tenerte bien cazado. 

 

Una sociedad de sobreprotegidos 

El mundo te preguntará quién eres,
y si no lo sabes te lo dirá. 
C. G. JUNG

Si has creído que otras manos son más fiables que las tuyas, debes recordar que el sistema puede tener intereses. De hecho los tiene, como puedes intuir. No es extraño que los algoritmos acaben decidiendo de qué te debes preocupar. Como si fueras un niño, alguien en algún lugar acaba marcando qué cosas has de hacer para que todo siga igual y sientas que todo está bien. No te quiero dar mal rollo, pero si te dejas hacer, acabas en cualquier lugar menos donde te gustaría estar. Las grandes corporaciones diseñan muy bien las ideas que te conviene tener para mantener la maquinaria bien engrasada. Imagina a unos padres que quisieran educar a sus hijos en su propio beneficio, dándoles y haciéndoles creer aquello que les interesa. Protegiendo y aislando a sus hijos, mientras les anulan la capacidad de pensar de manera crítica, estarían criando a personas a su disposición. Seres que funcionarían de la forma esperada, creyendo que aquello que piensan y desean es resultado de su libre albedrío. 

Tal vez la sociedad en la que estás inmerso se comporta como esos padres. Te está protegiendo interesadamente y te está diciendo lo que debes pensar. ¿Te crees libre? Ni lo sueñes. Mira a tu alrededor y te sobrecogerá como todos repetimos mantras absurdos, como recitamos frases que nos han hecho leer en Pinterest una y otra vez. 

 

Vienen curvas

Hace pocos meses, iba con mi familia en coche a descansar a los Pirineos. En una de las curvas de la autopista, perdí la adherencia de la rueda trasera. Con la humedad y el hielo, el coche se descontroló y, a pesar de mis años como conductor, no pude mantener la dirección, dimos un par de vueltas sobre el asfalto y acabamos bocabajo en la cuneta de la carretera. Por fortuna, no nos hicimos casi nada, tan sólo alguna magulladura, aunque he de decir que el vehículo quedó para el arrastre. Durante los segundos en los que aterrizamos, me dio tiempo a preguntar a todos «¿Estáis bien?». Todos gritaron que sí y salimos con bastante esfuerzo del coche mientras otros conductores venían a asistirnos. Fue una experiencia de shock. Vinieron la policía, la ambulancia y los bomberos, todos nos cuidaron. Sin embargo, escribo esto y aún tiemblo al darme cuenta de lo cerca que estuvimos de vivir un desastre, en el que la vida pendió de un frágil hilo. A la mañana siguiente, rememoramos el accidente mientras desayunábamos. Pregunté a mi familia: «¿Habéis tenido flashbacks (recuerdos o imágenes vividas que producen malestar) del accidente esta noche?». Mi sobrina, que viajaba con nosotros, me dijo que sí. Que las imágenes le venían una y otra vez, e incluso que había soñado con eso. Veía la escena y no podía dejar de pensar en que el coche estaba destrozado. 

 

No te sientas mal 

Dame cinco minutos para proponerte un pequeño juego. Si estuvieras en mi lugar y hubieses sobrevivido a esa experiencia traumática, ¿qué es lo que le habrías dicho a mi sobrina de haber estado en nuestro desayuno? 

  • No pienses en eso, ya pasó.
  • Hemos sido afortunados, no nos ha pasado nada, estamos a salvo. 
  • No te preocupes por el coche, afortunadamente el seguro se hará cargo. 
  • Puedes estar tranquila, no tiene por qué volver a pasar algo así. 

 

He puesto cuatro posibles respuestas tranquilizadoras, pero podría haber muchísimas más. Sin embargo, ¿cuál es el nexo común en todas ellas? 

Las afirmaciones anteriores contienen un mensaje aparentemente tranquilizador, «no te sientas mal», y cuando te sientes mal es muy chungo conseguir sentirte bien en un instante. 

 

El pensamiento naif

Dice la Real Academia de la Lengua que la palabra «naif» hace referencia a un tipo de arte o artista que se expresa con «ingenuidad deliberada, imitando la sensibilidad infantil», aunque coloquialmente lo usamos para definir a alguien como ingenuo o inocente. Así pues, ser naif es ser una especie de persona ingenua y bobalicona. 

El pensamiento naif es un tipo de esquema mental que, a pesar de ser bienintencionado, es banal. Y no sólo es banal, además puede hacer mucho daño. Cuando un tratamiento médico causa daño en lugar de curar, lo llamamos «iatrogenia». El pensamiento naif es iatrogénico. 

¿No te parece ingenuo pensar que si estás mal te vas a poner bien sólo con desearlo? 

¿No es absurdo que si sientes miedo pretendas no sentirlo? 

Cuando te he hablado de nuestro accidente, te he propuesto posibles frases tranquilizadoras que parecen lógicas dada esa situación y que, con toda probabilidad, cualquier persona bienintencionada diría. Esas frases pretendían cumplir un propósito básico: ayudar a mi sobrina a estar más tranquila con el hecho de recordar el episodio traumático que nos había sucedido. 

La presuposición que se halla detrás de eso es que un pensamiento tranquilizador nos lleva a tranquilizarnos. 

¿Sabes qué ocurre? Que no funciona así. 

Eso es exactamente el pensamiento naif: pretender que el monstruo no te va a comer porque te tapas con la sábana. 

 

Diseñado para sobrevivir

Imagina que estás en medio de una pandemia mundial. ¿Qué van a decirte los dirigentes? «No te preocupes, todo irá bien». 

Nuestra neurología está diseñada para la supervivencia, lo único que deseamos es seguir viviendo para poder reproducirnos y preservar la especie. Tu sistema nervioso está preparado para prevenir dificultades, ataques, problemas. De esa capacidad de prevenir depende que tú y tus seres queridos podáis seguir existiendo. 

Es por eso que nuestro cerebro tiene mucha memoria cuando se trata de malos rollos y experiencias negativas. Lo recuerda de manera fija, aprende rápido. Así es como funcionas realmente. Si te quemas al tocar el fuego, ¿cuánto tiempo tarda tu cerebro en aprenderlo? Es un aprendizaje instantáneo. 

¿Cuánto tiempo dura ese aprendizaje? Dura toda la vida. Frente a situaciones de peligro, tu aprendizaje es rápido e indeleble. Es como si el cerebro dijera: ¡Ay, esto no puede pasarte nunca más! 

Tienes una buena noticia y una mala: la buena es que aprender a entender cómo funcionas te va a resultar muy útil; la mala es que, cuando el cerebro toma el mando, puede ser una pesadilla. 

Cualquier acontecimiento peligroso o potencialmente dañino va a activar tus sistemas de alarma, y todas esas informaciones son atractores poderosos orientados a poner tu culo a salvo. Cuando esta alarma se dispara, no creas que hay muchas cosas que puedas hacer. Cuando el sistema se pone en marcha, toma el control y sientes que todo se escapa de tus manos y de tu voluntad. 

Pretender entonces tranquilizar a un cerebro disparado y alerta suele ser una estrategia poco útil, es como si queremos decirle a un niño que se ha hecho daño: «Oh, cariño, no duele». Si hacemos eso, probablemente el niño nos mirará con desconfianza y, lo que es peor, seguirá sintiendo dolor. 

 

El engaño del pensamiento naif

 Esperar que la vida te trate bien por ser buena gente es como pretender que un tigre no te coma porque eres vegetariano.
Frase atribuida a BRUCE LEE

 

Una vez que has aprendido que algo es arriesgado para ti, tus mecanismos de alarma toman el control. Estos circuitos no están diseñados para realizar una reflexión razonada acerca de lo que sucede, están ahí para activarte y dar con la respuesta a las situaciones complicadas. Los acontecimientos potencialmente desagradables generan excitación y tu organismo propone dos tipos de respuesta. Los psicólogos nos referimos a estas respuestas como las dos F del inglés: Fight or flight

Es importante que sepas que tu cuerpo se activa, o bien para pelear en contra de la amenaza o bien para huir de ella. (Fight significa «pelear» y Flight puede traducirse como «poner pies en polvorosa»). Tu cuerpo pasa completamente de responder razonando o tratando de contener el problema. El cuerpo tiene sus respuestas automatizadas, y te va a estresar. Imagina que caminas por la calle y, al doblar la esquina, te encuentras un perro amenazador. ¿Cómo responde tu organismo? ¿Te da tiempo a pensar si el perro es bueno o no? ¿Si esa potencial amenaza es una interpretación equivocada? La respuesta de tu cuerpo es inmediata, y lo será mucho más si tienes experiencias previas con perros amenazadores. Si tu cerebro controla, pasas a un segundo plano. Si te quemas con un fuego, no vas a ir probando otros fuegos. Debes saber que un perro al que ha mordido una serpiente huye hasta de una longaniza. 

La base del pensamiento naif se sostiene sobre la idea, apoyada por muchas escuelas de psicología, de que un pensamiento negativo o de miedo puede ser neutralizado por otro opuesto. Nos sugiere que podemos sustituir una emoción poderosa por otro tipo de sentimiento. 

No es así ni de coña. De hecho, decir eso es no tener idea de cómo funciona nuestro sistema nervioso. Reaccionar de forma reflexiva en una situación de estrés requeriría de mucho entrenamiento y de algunos perfiles muy estrictos de personalidad (por ejemplo, atletas de élite o personal de fuerzas especiales, cuerpos de seguridad, militares, bomberos o gente muy especializada y entrenada). Simplemente no va a ocurrir. Cuando pase algo chungo, tu sistema nervioso se va a poner a hacer palomitas en tu mente. Vas a empezar a sentir cosas raras, aparecerán imágenes aterradoras en tu cabeza y te encontrarás muy extraña o extraño. Por tanto, tratar de sumarle a ese momento un pensamiento «neutralizador» va a ser una acción fracasada que te va a llevar, además, a pensar muy mal de ti mismo al ver que, a pesar de tus intentos de manejar la dificultad de modo razonable, el problema se mantiene. 

La baja autoestima tiene que ver con eso. Estás tratando de resolver un problema con unas recomendaciones que, sencillamente, no funcionan para nada. ¿Qué va a pasar cuando te sientas fracasado después de tratar durante años de resolver una dificultad? Tu autoestima se va a ir al carajo. 

Lo que te digo es fácil de entender: si tus intentos voluntarios de dominar la situación no funcionan, te vas a sentir inadecuado o torpe. 

Es como si tratas de bajar el ritmo de los latidos de tu corazón voluntariamente cuando has subido corriendo las escaleras del metro, diciéndote «ralentiza los latidos, anda». Después del esfuerzo, tu corazón necesita tiempo para normalizar su frecuencia y, por más que le sugieras un cambio, tu activación está siguiendo un circuito diferente. Va a su bola. 

Al intentar imponer en vano una sensación, un pensamiento o un intento de control de esa reacción, tu autoimagen se verá afectada y creerás que eres patético por no ser capaz de controlar la situación. 

 

Soy feo 

Hace unos meses, atendí a un joven en mi consulta. Era un chaval de unos veinte años, alto y delgado. Se presentó con aspecto desaliñado, vestido con un chándal negro y un gorro de lana encasquetado en la cabeza. Me contó, casi sin mirarme, cuan desgraciada era su vida y me habló de la desconfianza que sentía al ser tratado por psicólogos. «Mi caso —dijo— no tiene solución». 

Había hecho un tratamiento psicoterapéutico con una buena psicóloga, a la que conozco de oídas. Él le había contado que apenas salía de casa, que se sentía muy poco agraciado y que pensaba que no tenía ningún interés para las mujeres. Ello le causaba mucho dolor y muchos sentimientos de inadecuación. «Soy feo», repetía entre sollozos. 

Cuando atiendo a una persona, siempre trato de investigar qué cosas ha hecho hasta el momento para resolver su problema, y de ahí salió la información de que había realizado algunas sesiones con la mencionada psicóloga. Como soy un cotilla, le pregunté también qué le había propuesto la psicóloga para ayudarlo a él a ayudarse a sí mismo. La doctora le había dicho: 

  • Tu pensamiento no es real, en realidad la belleza es subjetiva y bien podrías gustarle a alguien. 
  • El hecho de pensar que eres feo tal vez te lleva a no arreglarte, y eso lo empeora todo. 
  • Podrías salir a la calle pensando que tampoco eres tan feo, arreglarte y sonreír; al sonreír generas hormonas que te hacen sentir mejor. 
  • Puedes pedir a tus amigos y amigas que te escriban una nota diciéndote las cosas buenas que tienes y si te encuentran tan feo como crees. 
  • Dúchate y vístete mirándote al espejo, y trata de decirte a ti mismo que tu cuerpo es perfecto durante unos minutos al día. Agradece estar sano y, sobre todo, quiérete a ti mismo. 

 

Desde un punto de vista técnico, la intervención de la psicóloga no es del todo desacertada, si partimos de la premisa de que, con paciencia, si contrapongo un sentimiento a otro, lograré vencerlo. La consecuencia lógica de eso es que, si me autoimpongo pensar bonito, eso disolverá mi malestar. Recuerda que la idea naif que hay debajo de la propuesta de la psicóloga es que puedes obligarte a ti mismo a sentir algo que no sientes o neutralizar pensamientos de temor/negativos con otros aparentemente más positivos. 

El joven estaba abatido y me contó, desanimado, los resultados de estas intervenciones. Como has empezado a suponer, esas propuestas no sólo no funcionaron, sino que empeoraron claramente el problema: 

  • No logró pensar que podía resultar atractivo para nadie, por más que se esforzaba. Eso le hizo sentir muy desgraciado. 
  • No pudo arreglarse porque no tenía otra ropa, y además no se atrevía a ir a comprarla. Pensó que no poder hacer esa petición en apariencia tan sencilla significaba que realmente estaba muy deprimido. 
  • Al tratar de sonreír en la calle, se sentía avergonzado porque notaba que su labio temblaba, y no pudo mantener esa petición. La consecuencia de ese fracaso fue que se vio a sí mismo como un ser indigno. 
  • No se atrevió a pedir esa nota a sus amigos, en parte porque no sentía confianza para expresar su problema y en parte porque pensaba que sus amigos no le dirían la verdad y tratarían de endulzarla con mentiras piadosas. 
  • Cuando se obligó a recitar su mantra de perfección y agradecimiento a su cuerpo, sollozaba y se sentía desgraciado por estar tan en desacuerdo con esas afirmaciones. Al recitar todo eso, simplemente no lo creía y se sintió ridículo. 

 

Seguramente te has dado cuenta de que las intervenciones de la psicóloga eran bienintencionadas y, de acuerdo con las teorías imperantes entre los psicólogos, eran orientaciones atinadas, pero le causaron daño al chaval. El chico dejó de asistir a la terapia al pensar que, o bien estaba muy enfermo, o bien nadie le entendía ni podía ayudarlo. En este caso el pensamiento naif estaba causando más problemas de los que estaba resolviendo. No me extraña que el chaval desconfiara de cualquier idea propuesta por un psicoterapeuta. 

Decirle a alguien que expresa que es feo, o lo que sea, que es otra cosa, o que intente tener otro punto de vista, puede parecer una idea racional, pero si la examinamos detenidamente, caemos en la cuenta de su inutilidad. 

Si te detienes a pensar un momento: 

  • ¿Cuántas veces has intentado eso con personas cercanas? 
  • ¿Cuántas veces le has pedido a alguien que deje de pensar en tal o cual cosa y que, en lugar de eso, piense otras cosas? 
  • ¿En cuántas ocasiones eso resultó útil? 

Es sencillo. Para meter la pata, lo único que tienes que hacer es usar el pensamiento naif de manera indiscriminada. Si actúas así, no te quepa duda de que puedes destrozar a las personas: 

  • «¿Te sientes mal? No hay motivo, siéntete mejor». 
  • «¿Tienes miedo? Tranquilízate, nada malo va a pasarte». 
  • «¿Temes algo que ocurrió en el pasado? Eso es pasado, tal vez ahora no te ocurra». 

 

Esa es la maldición del pensamiento naif. 

 

Be smart, be punk

  • Detecta todo el pensamiento naif que puedas a tu alrededor. Evalúa qué parte de eso te resulta útil y qué parte te está afectando. No es fácil darse cuenta de que ese tipo de pensamiento ingenuo imperante te está dañando. Es algo sutil, que vas tragando como un bebé que engulle un biberón cuando está cansado y casi dormido. 
  • Sé consciente de cómo intentar imponer una emoción por encima de otra produce más problemas que simplemente reconocer lo que sientes. Si tienes miedo, probablemente sufres más por esforzarte en ser valiente sin éxito que por el hecho de sentir temor. Decía Tolstoi que «El coraje es la capacidad de hacer algo aun sintiendo y reconociendo cierto miedo». 
  • ¿Qué beneficio obtiene alguien cuando te alienta a pensar bonito? Posiblemente, pretende liberarse de tu malestar, de tu queja. Te carga con la responsabilidad de tu estado, eso seguro. Es muy probable que algunas de las cosas que te pasan en la vida tengan que ver con decisiones tuyas, pero no hay que olvidar los contextos a los que pertenecemos. No toma las mismas decisiones frente a una situación dada una persona con muchos recursos económicos que una que no los tenga. Por ejemplo, si tienes un conflicto en el trabajo, puede ocurrir que no dispongas de muchas alternativas profesionales y que dependas de esos ingresos para vivir. Si tu amigo millonario te dice que él mandaría a la mierda el trabajo, no podrás hacerle caso. «¡Reinvéntate!» es el consejo de un pijo. 

 

Tienes derecho a la queja, igual que los demás tienen derecho a no hacerte demasiado caso. Cuando estás mal, puedes atender a eso y expresar tu malestar, por descontado. Pero siempre has de pensar que los demás no tienen por qué hacer nada en esa situación. 

 

 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Psicología punk. Victor Amat, Editorial Vergara. 2022, España.

 




 

***
Victor Amat (España). Licenciado en Psicología por la Universidad Ramon Llull y actualmente ejerce como terapeuta, formador y colaborador en varios medios. En su juventud, fue campeón europeo de kick boxing, y su experiencia como luchador y entrenador le ha servido para moldearse como psicólogo especializado en estrategia y persuasión. Es profesor colaborador en destacadas instituciones públicas como el Institut Català de la Salut, la Generalitat de Catalunya, la Universidad de Barcelona, la Universidad Autónoma de Barcelona o la Universidad Ramon Llull. Actualmente dirige el posgrado en Intervención Breve y ha creado la Escuela Palo Bajo, donde imparte sus enseñanzas a profesionales de la salud de habla hispana. Es padre de tres hijos y piensa que las dificultades de la vida siempre tienen solución.

 

[Ir a la portada de Tachas 639]