Crónica

Tachas 639 • El Proceso De Chicago • Jean Genet

Chicago

Jean Genet

 

El viejo credo de que el derecho a disentir es fundamental en democracia se puso en entredicho durante la convención del Partido Demócrata que tuvo lugar en Chicago del 25 al 29 de agosto de 1968. Cuando el 18 de ese mismo mes llegaron los primeros manifestantes y se instalaron en el parque Lincoln con la intención de protestar contra la convención, la «ciudad», el Gobierno (federal, estatal y local) se defendió movilizando a todas sus fuerzas, desde el cuerpo de bomberos hasta el Servicio Secreto. El lunes 26 de agosto 6000 soldados del ejército regular pertrechados con fusiles, lanzallamas y bazucas fueron trasladados en helicóptero hasta Chicago; por otro lado, ya se habían movilizado a otros 6000 soldados de la Guardia Nacional de Illinois como refuerzo a los 12 000 agentes de la Policía de Chicago, que trabajaron en turnos de doce horas, siempre equipados con cascos con pantalla protectora, porras, revólveres, espráis, bombas de gas lacrimógeno, walkie-talkies y, en muchos casos, máscaras de gas; prestaron servicio 170 detectives, también con turnos de doce horas; el Servicio Secreto ocupó a 530 hombres durante las horas de la convención y a 130 durante las horas de descanso; se distribuyeron 500 máscaras de gas, llegadas una semana antes de la convención. Mientras, la brigada de Narcóticos trabajó día y noche para descubrir los imaginarios campos de marihuana que, según contaban, se habían plantado para la ocasión. 

Esta extraordinaria movilización pretendía defender la ciudad de la coalición de grupos disidentes que ya el 15 de abril de 1967 habían celebrado su primera actividad colectiva en ocasión de una manifestación en Nueva York, contra la guerra de Vietnam y organizada por el Comité de Movilización de la Primavera, que había sido fundado a finales del año 1966 por David Dellinger y A. J. Muste y estaba constituido por 150 organizaciones distintas (en torno a 100 000 personas). Poco después de la marcha del 15 de abril el comité pasó a llamarse «Comité de Movilización Nacional por el Fin de la Guerra de Vietnam», y su acción más importante fue la Marcha al Pentágono, que el 21 de octubre de 1967 congregó en Washington a 50 000 manifestantes. 

Dicha organización, a menudo abreviada como Movilización Nacional, empezó a planear las protestas contra la convención en el otoño de 1967, y ya en febrero de 1968 abrió una oficina en Chicago, de cuya gestión se encargaron Rennie Davis y Tom Hayden, dos activistas de los SDS [la asociación estudiantil Students for a Democratic Society]. La Movilización Nacional organizó varios encuentros (el primero en Lake Villa, del 22 al 24 de marzo), con el fin principal de aliarse con los grupos de la Liberación Negra, una alianza que nunca llegó a materializarse (y lo cierto es que durante los días de la convención los líderes negros, salvo Bobby Seale y sus Panteras Negras, organizaron un retiro en una granja del sur de Illinois). La candidatura de Eugene McCarthy a las primarias demócratas, las revueltas que siguieron al asesinato de Martin Luther King y el asesinato del senador Kennedy fueron duros reveses para la Movilización Nacional, que, sin embargo, se reunió el 20 de julio en Cleveland y logró congregar, al parecer con una financiación de 20 000 dólares, a una coalición de diez grupos, cada uno con sus subgrupos: los grupos religiosos, los de los objetores de conciencia (The Chicago Peace Council), los de abogados (el National Lawyers Guild y el Legal Defence Committee), los de médicos (Medical Committee on Human Rights y Students Health Organization), los grupos regionales contra la guerra, los grupos de estudiantes radicales (en especial los SDS, quienes por aquel entonces, con la publicación de su periódico, el New Left Notes, estaban en su momento álgido), los grupos feministas, los grupos extremistas militantes, el Frente Comunista (con el Partido Comunista, el Progressive Labour Party y el Young Socialist Party) y, por último, pese al recelo de la Movilización Nacional, el Youth International Party de los yippies, a cuyos propósitos no daba mucho crédito la Movilización. 

Dicho partido se había constituido la noche de fin de año de 1967 en una reunión de Abbie Hoffman, Jerry Rubin y Paul Krassner, y ya en enero de 1968 tenían muy avanzado el programa para un Festival de la Vida que habría de celebrarse en Chicago: la idea era imprimir creatividad a las manifestaciones de protesta y congregar a las masas —un poco como en el Human Be-In de San Francisco del 14 de enero de 1967, inspirado tanto por Allen Ginsberg como por los Flower Children— para ofrecer un ejemplo de «estilo de vida alternativo», del renacimiento de la juventud y, como se decía por entonces con cierta esperanza aún, de la cultura underground. 

El activismo de los yippies, dinamizadores de las masas anárquicomístico-comunitarias de los hippies, había nacido durante la Marcha al Pentágono del 21 de octubre de 1967; y, al menos en un primer momento, su activismo parecía encaminado esencialmente a defenderse de la represión perpetrada por el establishment contra su modo de vida. La idea que tenían para Chicago era hacer una macro-fiesta, con música, un nude-in en la playa del lago, talleres de todo tipo, LSD, prensa underground, sesiones de poesía, intercambio de información, foros de discusión política, etcétera. El partido ni siquiera se adhirió a la marcha de protesta que organizó la Movilización: cada participante quedaba así libre de «do his own thing».

Cuando los delegados yippies (Hoffman, Rubin y Krassner) acudieron el 22 de marzo al primer encuentro de la Movilización Nacional, el partido ya había dado muestras de su poder de convocatoria en dos manifestaciones: en febrero, cuando ocuparon el campus de Stony Brook, y el 21 de marzo en la estación Grand Central de Nueva York (5000 asistentes, 50 arrestados y muchos heridos). En el encuentro, mientras la «Izquierda» discutía si hacer o no una manifestación en Chicago, los yippies se decidieron sin más a hacerla y se aliaron con el grupo del Seed, un periódico underground de Chicago; alianza esta de corta vida puesto que el grupo del diario (que se definía como cultural) y el de los activistas políticos (a los que se denominó heavies) no tardaron en escindirse ante la insistencia de Rubin de hacer una manifestación, cuando, en realidad, el grupo del periódico no quería tener nada que ver con la Convención Demócrata. Hasta tal punto llegó el desencuentro que el Seed, convencido de que las Autoridades no permitirían ocupar el parque Lincoln, decidió publicar la siguiente advertencia: «No vengáis a Chicago si lo que esperáis es un festival de Vida, Música y Amor. Chicago puede convertirse en un festival de sangre». 

Llevados tal vez por las palabras de Marx cuando dijo que las revoluciones son las fiestas de los oprimidos, los yippiesno renunciaron a la idea de celebrar su Festival de la Vida, definido por Hoffman como «cinco días de intercambio de energía». En qué consistió ese intercambio de energía es algo que todo el mundo sabe en nuestros días, sobre todo gracias a la crónica de Norman Mailer[1]; y quien haya leído los programas de la Movilización Nacional y del Partido de la Juventud conoce asimismo en qué se diferenciaron de su plasmación en la realidad. Fueron relativamente pocos los que acudieron a la cita de finales de un caluroso agosto en un Chicago caldeado por el bochorno y la «rabia» reconcentrada: unos 5000 de los 10 000 previstos, entre anarquistas, comunistas, pacifistas, revolucionarios, nuevos izquierdistas, Flower Children, objetores al reclutamiento obligatorio, radicales militantes, negros militantes, agitadores profesionales… Las organizaciones que enviaron delegaciones llegaron a la veintena: los SDS, el Partido Comunista y el Socialista, el Progressive Labour Party, las Women for Peace, etcétera. Conforme fueron llegando, los manifestantes se personaron en las oficinas de la Movilización Nacional, en los centros del Movimiento o en el parque Lincoln. Los hippies estaban desorganizados; había incluso un grupo de moteros, precisamente donde consiguió infiltrarse el agente encubierto Robert Pierson, quien, al parecer, lograría más tarde ganarse asimismo la confianza de Jerry Rubin (aunque este siempre lo negó). 

En realidad todo acabó en el baño de sangre que tan proféticamente había anunciado el Seed. Del domingo por la noche a la madrugada del martes, la violencia estalló en la ciudad como no lo había hecho jamás; y no tardó en hacerse evidente, tanto si la violencia comenzó en el momento en que la Policía desalojó por la fuerza el parque Lincoln, como si dicha demostración de fuerza, que simbolizaba la oposición del municipio a los manifestantes, condujo a estos últimos a reaccionar frente a la Policía. 

Para examinar la responsabilidad de tal violencia, la National Commission on the Causes and Prevention of Violence encargó a Daniel Walker, personaje destacado de Chicago, presidente de la Chicago Crime Commission y exayudante de Adlai Stevenson, que llevara a cabo una investigación. Walker formó un grupo de entrevistadores —90 a jornada completa y 131 a media—, que reunió 1410 declaraciones de testigos oculares, examinó las otras 2000 recogidas por el Federal Bureau of Investigation y estudió 180 horas de metraje y 12 000 fotografías. El grupo empezó a trabajar el 27 de septiembre de 1968 y no terminó su informe (de 20 000 páginas) hasta 53 días después, el 18 de noviembre de 1968. 

La tesis de que la violencia de Chicago fue originada por la Policía se derivó de ese mismo informe de Daniel Walker: de él se desprendieron innumerables ejemplos sangrientos y datos poco reconfortantes, como por ejemplo que de los 300 periodistas acreditados para cubrir los parques y las calles durante la convención más de sesenta (en torno a un veinte por ciento) resultaron heridos, 63 fueron atacados físicamente por agentes, mientras que a 13 de ellos la Policía les destrozó adrede los equipos. 

Una de las víctimas de esta violencia fue Rennie Davis, al que le rompieron el cráneo; Tom Hayden, enfurecido porque nadie parecía darse por enterado, incitó al gentío a que invadiera el barrio del Loop. La principal labor de los agentes del FBI consistió en intentar arrestar a los cabecillas, que respondieron al desafío cambiándose de disfraz a cada tanto para que no los reconocieran. De los líderes negros solo acudió Bobby Seale con algunos de sus Panteras Negras, que reclamaron la excarcelación de Huey Newton delante de 700 personas y sugirieron pintar de negro la Casa Blanca, prenderle fuego a la ciudad y arrasarla. 

Entre los manifestantes se encontraba gran parte de la llamada Nueva Cultura estadounidense, como Allen Ginsberg, Norman Mailer o William Burroughs y, llegado de Francia, Jean Genet. La Policía lo prohibió todo, hasta la marcha por la paz. Arrestó a 668 personas, la mayoría menores de 26 años: el 52% de los arrestados vivía en un radio de 60 kilómetros de Chicago; el 43% eran trabajadores; el 32%, estudiantes y el 19%, parados. De los 668 detenidos, 118 ya habían sido arrestados con anterioridad (39 de ellos por manifestarse de un modo u otro). En el momento del arresto 52 personas llevaban armas: en su mayoría blandían piedras y ladrillos, mientras que nueve personas portaban cuchillos, pistolas otras dos, y una persona una bayoneta. No pudo establecerse el número de heridos entre los manifestantes (solo en una carga en el hotel Hilton los hospitalizados por huesos rotos o cráneos abiertos superaron los 300): entre los agentes de policía se contaron 192 heridos (13 por quemaduras causadas por sustancias lanzadas por los manifestantes, 12 por golpes recibidos mientras conducían los arrestos y 10 por patadas propinadas por los manifestantes). 

El estallido de esta ola de violencia llegó a oídos de muchos gracias a la decisión de las televisiones de grabar los enfrentamientos y emitirlos en antena: la televisión italiana, por ejemplo, mostró al candidato Humphrey entrando en la sala de convenciones escoltado por policías, como un criminal, y al senador McCarthy rodeándose sonriente, sin protección alguna, de un grupo de protestantes que cantaban y bailaban. 

Trece meses después empezó el juicio contra los líderes de la coalición disidente. 

 

El llamado «proceso de los 8/7 de Chicago», que el periodista William Barry Furlong definió en Life como «una comedia de los hermanos Marx con guión de Salvador Dalí» y el Liberation News Service tildó de «proceso obsceno», duró unos cinco meses (del 26 de septiembre de 1969 al 8 de febrero de 1970) ante el Tribunal de Distrito de Chicago, encarnado en el juez de 74 años Julius J. Hoffman (apodado Julio el Justo por los abogados de Chicago y señor Magoo por los imputados) y por un jurado popular: a lo largo de esos cinco meses se escucharon 200 testimonios, se presentaron 254 documentos de la defensa y se acumularon 22 000 folios de actas. Los abogados de la defensa fueron Leonard Weinglass y William Kunstler, mientras que la acusación estuvo representada por el fiscal general Thomas A. Foran y sus asistentes Richard G. Schultz y Roger Cubbage; los imputados fueron David T. Dellinger, Rennard C. Davis, Thomas E. Hayden, Abbott H. Hoffman, Jerry C. Rubin, Lee Weiner, John R. Froines y Bobby G. Seale. En el tras-curso del proceso el juez condenó a Bobby Seale a cuatro años por desacato al Tribunal y se le destinó a otra sede para su juicio, de ahí que el «proceso de los Ocho de Chicago» se quedase en el «proceso de los Siete». 

Una declaración de los abogados de la defensa —William Kunstler, Charles Garry y Leonard Weinglass— afirmaba que seis de los ocho acusados fueron procesados según los artículos 2101 y 2102 del Código de los Estados Unidos, es decir, según la por entonces reciente Anti-Riot Act (la ley contra los disturbios, emanada en 1968 tras las revueltas raciales que siguieron al asesinato de Martin Luther King y, en consecuencia, también llamada «Ley de Rap Brown», por el nombre del líder negro que sucedió a Stokely Carmichael). Dicha ley consideraba delito penado con cinco años de cárcel y 10 000 dólares de multa viajar entre estados de Estados Unidos con intención de incitar, organizar, alentar o participar en una revuelta; donde por revuelta se entiende cualquier «reunión» de tres o más personas en la que una de ellas amenaza o daña al resto. A los otros dos imputados se les procesó según el apartado a.1 del artículo 231 del Código, por haber instruido en el uso y la fabricación de dispositivos incendiarios. A los ocho imputados se les procesó por conspiración entre ellos y otros conspiradores (basándose en una ley creada antes de 1640) por haber conspirado para cometer tres delitos, los dos ya citados (definidos por la ley contra los disturbios y la ley contra el uso de dispositivos incendiarios) y un tercero (basado en el apartado a.3 del artículo 231 del Código): interferir en la labor de los bomberos o los agentes de la ley. Sobre la base de la acusación, todo imputado debía responder por una acusación individual y una acusación de conspiración, que podían resultar en una condena de diez años en una penitenciaría federal y en 20 000 dólares de multa. 

Los imputados eran personas destacadas de la Nueva Izquierda en general y del Movimiento Revolucionario de Liberación de América en particular. Rennie Davis (29 años), proveniente de los SDS, era el coordinador en Chicago (junto a Tom Hayden) del Comité de Movilización por el Fin de la Guerra de Vietnam, fundado en abril de 1967 y presidido por Dellinger; durante los días de la convención, un policía le partió el cráneo. David Dellinger (53 años) era uno de los líderes del movimiento pacifista estadounidense y había sido conductor de ambulancias cuáquero durante la Guerra Civil española, condenado en su tiempo a tres años de prisión por negarse a prestar el servicio militar, director de la revista Liberation desde que la fundara con A. J. Muste en 1956 y creador en 1966, con ese mismo compañero, del Comité de Movilización de la Primavera, del que al año siguiente nacería el Comité de Movilización por el Fin de la Guerra de Vietnam. John R. Froines (30 años) era profesor de química en la Universidad de Oregón. Tom Hayden (29 años) era uno de los fundadores de los SDS (y, además, quien redactó en 1962 la «Declaración de Port Huron») y autor de los libros Rebellion in Newark y The Other Side. Abbie Hoffman (33 años) era uno de los fundadores del Youth International Party, que reunía al grupo anárquico radical de los yippies, exactivista del Civil Rights Movement, líder de un grupo de rock y autor de Revolution for the Hell of It, Woods-tock Nation y Steal this Book[2]. Jerry Rubin (30 años) — con una década de experiencia en el activismo político tradicional y más tarde militante del maoísta Progressive Labour Party de California— había fundado junto con Hoffman el Youth International Party, era ya un veterano del Free Speech Movement de Berkeley, muy activo en las protestas californianas contra la guerra. Lee Weiner (30 años) era licenciado en filosofía y ayudante del departamento de sociología de la Universidad North-Western. Bobby Seale (32 años) había fundado junto con Huey Newton el partido de los Panteras Negras y más tarde escribiría Seize the Time

El jurado, constituido por diez mujeres (dos de ellas de color) y dos hombres, más cuatro suplentes (una de color), vivió prácticamente secuestrado en el Palmer House Hilton durante el transcurso del proceso — desde que a las dos semanas de empezar el juicio dos miembros del jurado recibieran cartas amenazadoras—, con una compensación de 55 dólares al día por cabeza (al parecer, fue el proceso más costoso de la historia judicial de Estados Unidos). Solo el día de Navidad se les permitió ir veinticuatro horas a sus casas, aunque, eso sí, cada uno escoltado por un alguacil. Por lo demás, permanecieron aislados incluso los fines de semana, sin radio, televisión ni prensa. La más joven tenía veintitrés años (Kay Richards, de quien más tarde se descubrió que estaba prometida con un funcionario del Ayuntamiento y abogaba por la culpabilidad de los acusados): un hecho que la defensa intentó impugnar sobre la base de que un movimiento de jóvenes solo podía ser entendido por jóvenes. Tiempo después, cuatro de los miembros del jurado declararon haber estado siempre convencidos de la inocencia de los imputados: la más obstinada en la absolución fue la señora Jean Fritz, a la que prácticamente la Fiscalía dedicó su discurso final. Los cuatro miembros del jurado que creían en la inocencia se sentaban a un lado; el resto, los convencidos de la culpabilidad, en otro. 

A pesar de las presiones de Kay Richards, el jurado tardó cuatro días en emitir un veredicto, hasta el punto de que se estuvo muy cerca de solicitar una moción de aplazamiento ante la indecisión del jurado. En el momento en que se emitió el veredicto, quienes habían luchado por la inocencia sufrieron crisis de llantos y desesperación: el veredicto declaraba inocentes de todos los cargos a Weiner y Froines; inocentes respecto a la acusación de conspiración a los siete imputados; y culpables de «haber traspasado las fronteras de los estados para incitar a la revuelta» a los acusados Dellinger, Hayden, Davis, Rubin y Hoffman. 

Tan solo se acreditó a 75 periodistas, mientras que de las familias de los imputados únicamente se permitió el acceso a 15 personas. Los alguaciles blancos se sustituyeron en la tercera semana por alguaciles negros, en un más que posible acto de demagogia. 

El comportamiento del juez en la sala fue calificado por Dwight Macdonald de «arrogante e indigno, una bufonada sin ninguna gracia»; apoyaba todas las protestas de la acusación al tiempo que rechazaba todas las de la defensa, con una media que alguien cifró en 98 a 2. Escogió él mismo por su cuenta el jurado en medio día, ignorando las protestas de la defensa y permitiendo a la prensa y a la televisión que comentasen el juicio en ciernes; se cerró en banda a aplazar el juicio para esperar que Charles Garry, el abogado defensor de Bobby Seale, se recuperase de una operación quirúrgica y se negó a que Bobby Seale se defendiese a sí mismo, con lo que propició que este acabase amordazado y atado en la sala y condenado a cuatro años de prisión por desacato al Tribunal (y, en consecuencia, que se le pasase del proceso colectivo a uno individual); no aceptó ni documentos fundamentales ni testimonios acreditados de la defensa, como el de Ramsey Clark, quien por las fechas de la convención del Partido Demócrata era fiscal general de Chicago, había intentado negociar con el alcalde Daley para mantener la calma durante las sesiones del congreso y ya en septiembre de 1969 había declarado que la responsable de la «violencia de Chicago» no había sido otra que la Policía. 

La sentencia del juez Hoffman condenó a todos los imputados y a sus dos letrados a varias penas de prisión solo por desacato al Tribunal, a pesar de que el jurado había absuelto a dos de los siete imputados de dos acusaciones fundamentales, la de conspiración para incitar a la revuelta y la de organizar una revuelta: 5 años, 5000 dólares de multa y las costas a cinco imputados y, para los abogados defensores, 4 años y 13 días a William Kunstler y 8 meses y 5 días a Leonard Weinglass por haber «intentado sabotear el sistema judicial estadounidense». 

El absurdo de la situación hizo pensar a más de uno que en realidad el juez actuó con una injusticia tan descarada para ofrecerles a los imputados revolucionarios un arma con la que apelar: una opinión suscitada también por el hecho de que unos años antes el mismo juez había dado muestras de una mentalidad bastante abierta al absolver a la revista Big Table —acusada de obscenidad por haber publicado un fragmento de El almuerzo desnudo de William Burroughs—, y de cierta magnanimidad al sentenciar el primer caso de antidiscriminación en las escuelas del Norte. Si bien la paranoia del juez pudo sugerir una hipótesis igual de paranoica, también es cierto que los acusados no pararon de brindar oportunidades para que los condenasen por desacato: Abbie Hoffman, por ejemplo, no dejó escapar una sola ocasión para representar su tan querido «teatro callejero», al aparecer en la sala con pantalones rojos, trajes de indio o incluso togas de abogado, así como al desnudarse, tirarle besos al jurado o insultar en yiddish al juez; y cuando se le exigió que se identificase respondió: «Me llamo Abbie. Soy un huérfano americano […]. No tengo apellido, señor juez, lo he perdido» (la gracia le costó un mes por desacato), para insistir más tarde: «Vivo en la nación Woodstock […] una nación de jóvenes alienados, […] consagrada a la cooperación en lugar de a la competición […], que existe en mi mente y en la mente de mis hermanos y hermanas». 

Dado el número de condenas por desacato, 175, se me hace imposible enumerar aquí todas las razones (y más teniendo en cuenta que se pueden encontrar en monografías especializadas); pero, por poner otros ejemplos, Tom Hayden enrareció el ambiente al saludar con el puño cerrado cuando la acusación lo presentó a la sala (en el mismo momento también en que Abbie Hoffman saludó al jurado, que estaba saliendo por orden del juez, lanzándole besos y sonrisas); y, al menos el primer día, de los ocho imputados solo Bobby Seale se levantó cuando entró el juez. El amago de escándalo que motivó el poeta, cantante, narrador y editor Ed Sanders al subirse al estrado y negarse a prestar juramento si no era en nombre de una sustancia cósmica halló su contrapeso en el de Ann Kerr, quien se negó a testificar si antes no juraba sobre la Biblia, al enterarse de que no había un solo ejemplar en la sala. La idea de Rennie Davis de llevar a la sala una tarta para celebrar el cumpleaños de Bobby Seale fue, cuando menos, un hito insólito en la historia judicial de Estados Unidos, aunque el comentario del acusado cuando el alguacil se llevó la tarta estuvo a la par: «¡Han arrestado a la tarta!». 

En cuanto a los abogados de la defensa, sus cargos por desacato se basaron en hechos como no sentarse o no callarse cuando se les ordenó hacerlo, o discutir sobre el derecho de los imputados a ir al baño y otras cuestiones procedimentales concretas. Las penas, por ejemplo, contra el segundo abogado de la defensa, William Kunstler, tuvieron los siguientes motivos: 14 días por hacer propaganda en la sala a favor del Moratorium Day, tres meses por protestar contra el trato que había recibido Bobby Seale, 14 días por negarse a zanjar una discusión, 14 días por acusar al Tribunal de interferir en la labor de la defensa, 22 días por intentar sabotear el sistema judicial federal, más un largo etcétera. Una severidad que resulta más apabullante aún cuando se recuerda que hasta la fecha nunca se había condenado a un abogado a más de seis meses por ese tipo de infracciones (la estrategia que permitió al juez llegar a los cuatro años fue enumerar 24 causas distintas), y vengativa por igual, cuando se constata que desde el primer día del juicio Kunstler sostuvo la tesis de que la auténtica conspiración no había sido la de los revolucionarios sino la de los políticos y la Policía, que, al suprimir la manifestación, habían incurrido en una clara amenaza al derecho de libertad de expresión. Hubo quien dijo (el imputado Rennie Davis) que el proceso era una conspiración para impedir que los acusados siguiesen organizando manifestaciones y obligarles a trabajar de noche, puesto que durante el día tenían que ocuparse del juicio[3].

Más allá de las motivaciones prorrevolucionarias no cabe duda de que el proceso al que Jay A. Miller, director de la American Civil Liberties Union, denominó el juicio político más importante de la historia de Estados Unidos (pues versaba sobre el problema de la libertad de expresión, de reunión y de viaje y sobre el problema de la defensa contra la persecución, el registro y el arresto arbitrarios por parte de la Policía) fue en realidad una venganza/válvula de escape de la burguesía por el robo imperdonable que había perpetrado el Movimiento Revolucionario de Liberación: el de la serenidad conformista. Baste recordar que el juez empleó dos jornadas enteras en leer todos los cargos y sus respectivas penas por los desacatos al Tribunal: Harry Kalven Jr. declaró que el proceso había sido la afirmación y el espaldarazo definitivo del «Desacato Power». 

Las noticias que he ido recabando aquí y allá (en periódicos del establishment como Life Time, y underground como el East Village Other o el Win, de distintos estudios sobre el tema y, en parte, de la introducción de Dwight Macdonald a una recopilación de fragmentos del proceso verbal[4]) constituyen un acervo bastante voluminoso para quien quiera formarse su propio juicio. Si bien por suerte no es esta la intención, por muy objetivo que se quiera ser o por muy poco versado que se esté en los procedimientos legales, cuesta no sorprenderse ante la idea de que condenen a un abogado por desacato por haber pedido un minuto de silencio en memoria de Martin Luther King, o de que un juez sea tan insolente con un abogado de la defensa como para llegar al punto de preguntarle si usaba Chanel N.º 5 —una penosa alusión a cierta fama (infundada) de homosexual del letrado en cuestión—, por no hablar de su descortesía con el otro abogado de la defensa —culpable, más que nada, de tener el pelo largo—, presumiendo de no acordarse de su nombre y llamándolo cada vez por uno distinto (la defensa acabó escribiendo el nombre en un cartelito que levantaba cada vez que hablaba, mientras que el juez acabó dejando bien claro que quería castigar al letrado por no formar parte de sus círculos de amigos abogados). Las ocurrencias del juez se sucedieron sin fin, con la soltura propia de un actor consumado, y llegaron a poner fuera de sí a los propios acusados, decididos a epatar al Tribunal y al jurado con la insolencia y la agresividad de quien se cree el único capaz; muy al contrario, se vieron en la obligación de porfiar con el competidor más imprevisible, quien dio muestras, escudado tras su cargo, de un extraordinario don para la ofensa pública. Cuando Kunstler invocó la nulidad del proceso y solicitó un cambio de juez, dijo entre otras cosas: «Este Tribunal ha atormentado, humillado, maltratado y degradado sistemática y penosamente a todos nuestros abogados, incluso en presencia de los jurados actuales y de los potenciales». 

Más allá de lo extraño de la conducta del juez, nunca se había visto semejante severidad en Estados Unidos desde que se celebró en 1918 el proceso contra los wobblies, los Industrial Workers of the World (una organización sindical de corte radical fundada en Chicago en 1905 en oposición a los sindicatos de la federación laboral de Eugene V. Debs y otros): tras organizar 150 huelgas, en 1918 los wobblies fueron acusados de espionaje por haberse opuesto a la Primera Guerra Mundial y tuvieron que enfrentarse a un juicio que duró cinco meses, con un centenar de imputados y 17 000 cargos distintos, lo que llevó al fin del sindicato (el único grupo anarquista que se había ganado a la opinión pública) o, al menos, lo aceleró. 

Con todo, pese a semejante severidad, el proceso de Chicago señaló el inicio de un nuevo estilo judicial: fue la primera vez que en Estados Unidos se modernizó el procedimiento en la sala, bien por la conducta de la defensa, bien por el comportamiento del juez. No pasó nada parecido en los otros dos «grandes» procesos políticos que se desarrollaron más o menos durante los mismos meses: el de los Panteras Negras en Nueva York, que habían sido acusados de conspiración para bombardear la ciudad y llevaban un año en prisión porque la fianza para su libertad provisional se había fijado en 100 000 dólares (el juez Murtagh amenazó al público asistente con penas de cárcel si seguían respondiendo «Right on!» al saludo matutino de los imputados «Power to the People!», dos expresiones ya familiares en los ambientes revolucionarios estadounidenses; incluso, para que le tomasen en serio, llegó a condenar a dos personas a 30 días de prisión); y el de los «14 de Milwaukee», en su mayoría sacerdotes y profesores acusados de haber destruido documentos que habrían permitido enviar a jóvenes estadounidenses a morir en la que muchos consideraban una guerra injusta. Aparte del hecho, repito, de que fuese el primer juicio que se condujo al amparo de la nueva «Ley H. Rap Brown», emanada en 1968, y más allá del comportamiento del juez, la conducta de los acusados tras el fallo fue de lo más inusitada. Sería demasiado largo recoger aquí todos los alegatos finales del juicio —permitidos por ley a los condenados después de la lectura de la sentencia—, pero intentaré rememorar unas cuantas frases que podrían servir incluso de examen psicológico. 

A Dave Dellinger, considerado «el artífice de la revolución» y condenado a cinco años de cárcel y a 5000 dólares de multa, se le imputaron 34 cargos por desacato (penados con 29 meses y 16 días de cárcel): por haber alentado a gritos a Bobby Seale cuando amordazaron a este último; por haber hecho comentarios sarcásticos; por no levantarse a la entrada del juez; por haber utilizado la palabra «bullshit» en la sala; por haber protestado para ir al baño, etcétera. Cuando el juez le dio la palabra, entre otras cosas dijo: «Primero quisísteis que fuésemos bravos alemanes y que no hablásemos de los males de esta década. Ahora queréis que nos comportemos como bravos judíos y nos encaminemos al matadero en silencio. Este proceso es una acusación contra vosotros, no contra nosotros. Todo aquel con un mínimo de sensatez es consciente de que este proceso será el punto de partida de la nueva generación». Mientras el público gritaba «Right on!», la hija de Dellinger, Natasha, aplaudió a su padre y el juez ordenó que se la llevasen a rastras de la sala, lo que suscitó entre el público la reacción que cabe imaginar. 

Rennie Davis fue también condenado a cinco años de cárcel y a 5000 dólares y se le imputaron 23 cargos por desacato (penados con 25 meses y 14 días de prisión). Cuando le dieron la palabra, se dirigió al juez, con quien había mantenido una penosa discusión por su solidaridad con Bobby Seale, para decirle: «Este proceso es la encarnación de todo lo feo, viejo, represivo y mojigato de este país y el espíritu de nuestra defensa os destruirá». 

A Tom Hayden lo condenaron a cinco años de cárcel y 5000 dólares de multa y le imputaron 11 cargos por desacato (penados con 14 meses y 14 días de prisión). Concluyó su discurso diciendo: «El sistema federal no podrá impedir que nazca un nuevo mundo». 

A Abbie Hoffman lo condenaron a cinco años de cárcel y 5000 dólares de multa y le imputaron 24 cargos por desacato (penados con ocho meses de prisión). En su defensa dijo: «La única forma de vencer este caso, Julio, es metiéndonos en prisión por desacato e injurias. Tienes razón. Despreciamos el sistema, este Tribunal y a ti, Schultz. Así habéis logrado ganar este fucking[5] caso de mierda […] cuando el decoro se convierte en represión, la única dignidad posible para los hombres libres es la palabra». Antes de abandonar la sala besó a su mujer Anita y le dijo: «No te olvides de regar las plantas». 

A Jerry Rubin lo condenaron a cinco años de prisión y 5000 dólares de multa y le imputaron 16 cargos por desacato (penados con 25 meses y 23 días de prisión). Cuando le dieron la palabra, espetó al juez: «Todo lo que ocurrió en la Alemania nazi fue legal. Todo sucedió en tribunales como este, a través de jueces que hacían respetar la ley. Esto ha sido lo más parecido a la Alemania nazi que he visto en mi vida». 

Al resto de acusados, Lee Weiner y John Froines, a quienes el veredicto del jurado había considerado inocentes de todos los cargos, se les imputó respectivamente siete y diez cargos por desacato, penados con dos meses y 18 días y con cinco meses y 15 días de prisión. 

Cuando le tocó al abogado de la defensa William Kunstler escuchar la lista de sus 24 cargos por desacato (penados con 48 meses y 13 días de prisión), ordenaron entrar en la sala a diez alguaciles de refuerzo para rellenar todo el espacio entre público y prensa, al tiempo que hacían salir a los miembros de la «Conspiración» y unos agentes de policía vestidos de paisano, que se sonreían entre sí, ocupaban la última fila de asientos mientras el juez, a su vez, detallaba los cargos. El abogado Kunstler, quien había defendido en otros casos a Martin Luther King, H. Rap Brown, David Mitchell o al SNCC (el Student Nonviolent Coordination Committee), le dijo al juez: «Ha violado usted en esta sala todo sentido de ecuanimidad. No ha sido un proceso ecuánime. Si me tienen que quitar la licencia y debo ir a prisión no me imagino una causa mejor. Estos hombres van a ir a prisión como resultado de un linchamiento judicial del que usted es responsable… Quizá yo no sea el mejor abogado del mundo, pero me siento muy privilegiado al recibir un castigo por algo en lo que creo». Las palabras enardecidas de Kunstler —quien poco antes había ido, entre llantos, a acusar al juez de estar destrozándole la vida y la carrera— suscitaron el aplauso del público en un levantamiento general de puños cerrados. 

Al otro abogado de la defensa, Leonard Weinglass, se le imputaron 14 cargos por desacato (penados con 20 meses y 16 días de prisión). El colofón más conocido fue tal vez el que escribió Abbie Hoffman y firmaron Hayden, Davis y Dellinger, mientras esperaban que los trasladasen del Tribunal a la cárcel: «No pasa nada. No pueden hacernos daño, no importa lo que hagan. Porque lo que han encarcelado en este infame día de San Valentín no ha sido a un grupo de hombres sino a una idea. El sueño de libertad se encuentra ahora en prisión, pero en la Tierra no hay cárceles lo bastante fuertes para retenerlo […] porque ha llegado su momento». 

 

El desfile de testigos trajo consigo a muchos nombres famosos de la Nueva Cultura: de Allen Ginsberg a Norman Mailer, de Paul Krassner a Timothy Leary, de Mark Lane a Nick Gregory, de Arlo Guthrie a Phil Ochs, de Ed Sanders a Pete Seeger, o de William Styron a James Wright. 

El noveno en testificar fue Allen Ginsberg, quien fue citado el 11 de diciembre de 1969, a los pocos días de que un grupo de policías asesinara mientras dormía a Fred Hampton, de 29 años, presidente de los Panteras Negras de Illinois, y poco antes de que mataran también a Mark Clark, otro pantera negra: un testimonio que llegaba, por tanto, en un momento en que el público presente estaba especialmente exasperado. 

 

A los perros de los que habla Burroughs les resultaba natural actuar movidos no por la inteligencia, sino según el instinto de los perros rabiosos. No me resulta sorprendente que esos perros quisieran morder, y hasta comerse, a hippies, estudiantes y periodistas, y no me causa el menor disgusto que los americanos blancos se sientan amenazados por esos cánidos que llevan ciento cincuenta años haciéndoles lo mismo, e incluso con una brutalidad aún mayor, a los negros. Así que es bueno que los sabuesos americanos estén tratando de devorar a los blancos americanos. 

Permitidme que sea bien claro: siempre estaré de parte de los blancos a los que muerdan los perros. Pero la gente debería darse cuenta de que los perros han llegado finalmente al punto en el que son capaces hasta de atacar al presidente de la General Motors, que por fin es vulnerable. 

Hippies, habéis respondido ante esa payasada de convención —que, de hecho, es de lo más convencional—, la Convención Demócrata, mediante vuestras manifestaciones en el parque, cargadas de poesía. ¿Es suficiente con eso? 

 

JEAN GENET 

DECLARACIÓN PÚBLICA. CHICAGO COLISEUM, 27 DE AGOSTO DE 1968[6]

 

Traducción: Julia Osuna Aguilar

 




 

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Jean Genet (Francia, 1910 - 1986). Narrador, ensayista y dramaturgo francés. Como novelista consiguió que escenas eróticas y a menudo obscenas devinieran una visión poética del universo, y como dramaturgo fue un precursor del teatro de vanguardia, en especial de la corriente del absurdo.


 

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[1]La autora ha de referirse al ensayo de Mailer Miami and the Siege of Chicago: An Informal History of the Republican and Democratic Conventions of 1968 (World Publishing Company, Nueva York, 1968) [Miami y el sitio de Chicago, Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1970]. 

[2]Si bien no se ha traducido ninguna de las obras de Hoffman, sí se pudo ver en España el biopic Steal this movie (2001), donde se dramatizan fragmentos del juicio. 

[3]En el documental Chicago 10. Speak Your Peace (2007) se muestra cómo realmente los acusados se pasaron todo el juicio trabajando por las noches, sobre todo dando charlas multitudinarias por universidades de todo el país. 

[4]La autora alude a la introducción de The Tales of Hoffman: From the Trial of the Chicago 8/7, Bantam Extra Books, Nueva York, 1970. 

[5]En inglés en el original italiano. 

[6]Publicado originariamente en “Testimonianza in Chicago”. Il Saggiatore, 1994.