Tachas 644 • Capitalismo: Una conversacióndesde la Teoría Crítica • Nancy FRASER y Rahel JAEGGI
Nancy FRASER y Rahel JAEGGI
¿Qué es el capitalismo? El problema de la pluralidad y de la unidad
Jaeggi: ¿Qué es el capitalismo? La pregunta exige algún tipo de definición fundamental, una serie de características esenciales que distinguen a las sociedades capitalistas de las no capitalistas. Creo que las dos convenimos en que el capitalismo presenta dimensiones sociales, económicas y políticas que se han de considerar situadas en algún tipo de relación mutua interconectada. Sin embargo, el escéptico podría decir que no es fácil especificar los elementos básicos del capitalismo. Al fin y al cabo, ¿no hemos aprendido del debate sobre las “variedades del capitalismo” que este no tiene el mismo aspecto en todas las partes del mundo?1 ¿No podríamos concluir que las sociedades capitalistas parecen tan distintas unas de otras que no existe un denominador común? Si así es, tenemos un auténtico problema. Si no podemos especificar los elementos fundamentales que componen una sociedad capitalista, ¿cómo podemos hablar de crisis del capitalismo? Sin estos elementos nucleares, no habría forma de determinar que la crisis actual es realmente una crisis del capitalismo y no una crisis de otra cosa. Lo mismo se puede decir de nuestros recursos para criticar el capitalismo: ¿cómo podemos afirmar que los ejemplos de sufrimiento social que queremos abordar están de verdad relacionados con el capitalismo, si ni siquiera tenemos un concepto claro y coherente del capitalismo que nos permita identificar sus elementos básicos?
Fraser: Buena observación. Yo misma parto del supuesto de que la crisis actual se puede entender como una crisis del capitalismo. Pero es un supuesto que hay que demostrar. Y el primer paso es responder al escéptico del capitalismo, por así decirlo, demostrando que realmente se puede hablar de “capitalismo” como tal, pese a sus muchas variedades. Para ello hay que explicar qué entendemos por capitalismo, definirlo en términos de determinados elementos fundamentales que prevalecen en la amplia diversidad de sociedades que llamamos “capitalistas”. Después de todo, no tiene sentido hablar de variedades del capitalismo si no comparten algunos elementos subyacentes en virtud de los cuales todas son variedades del capitalismo. De modo que el reto al que nos enfrentamos es determinar qué es lo que convierte a una sociedad en capitalista sin homogeneizar las muchísimas formas en que las sociedades capitalistas pueden diferir y difieren unas de otras. Por tanto, tendremos que aclarar la relación entre las características esenciales que identifiquemos y la diversidad de formas en que se pueden ejemplificar en el espacio y el tiempo.
Jaeggi: El tema tiene al menos dos dimensiones: una vertical y la otra horizontal. No está solo la cuestión de las variedades del capitalismo respecto a la tesis de que hoy estamos ante capitalismos en plural, que coexisten al mismo tiempo en diferentes sociedades. Estamos también ante el desarrollo histórico de diferentes fases del capitalismo. Hay grandísimas diferencias entre las primeras configuraciones del capitalismo y el capitalismo actual, y podríamos preguntar si seguir llamando “capitalismo” a todas sigue siendo una buena aproximación teórica. ¿Cómo podemos equiparar o relacionar las primeras fases del capitalismo industrial con el actual capitalismo neoliberal y global? ¿Es siquiera adecuado usar el mismo marco conceptual para analizar el capitalismo competitivo del siglo XIX y el “capitalismo monopolista” del siglo XX, al que la primera Escuela de Fráncfort llamaba “capitalismo de Estado”? Creo que lo primero que hemos de hacer es determinar qué elementos básicos debe tener una formación social para que pueda ser considerada un ejemplo de capitalismo.
Fraser: La cuestión histórica es importante. Me inclino por la idea de que el capitalismo, con todo lo que pueda ser, es intrínsecamente histórico. No aparece de súbito en su totalidad, sino que sus propiedades surgen a lo largo del tiempo. Si es así, tenemos que proceder con cautela, tomando toda propuesta de definición con cierta reserva y como susceptible de modificación dentro de la trayectoria que siga el capitalismo. Es posible que características que al inicio pueden parecer fundamentales pierdan relevancia después, y características que al principio parecen marginales y hasta ausentes podrían después adquirir mayor importancia.
Como señalabas, la competencia intercapitalista fue un mecanismo impulsor del avance capitalista en el siglo XIX, un mecanismo, sin embargo, que fue desbancado progresivamente en el siglo XX, al menos en los sectores más avanzados de lo que se conoce ampliamente como “capitalismo monopolista”. Y, al revés, el capitalismo financiero parecía desempeñar un papel auxiliar en la era fordista, en cambio hoy se ha convertido en una importante fuerza impulsora del neoliberalismo. Por último, los regímenes de gobernanza que afianzan y organizan el capitalismo en cada fase se han transformado una y otra vez en el transcurso de los últimos 300 años, desde el mercantilismo al liberalismo de la no intervención, el dirigismo capitaneado por el Estado y la globalización neoliberal.
Estos ejemplos apuntan a la historicidad inherente del capitalismo. De lo que se trata aquí no es simplemente de distintas “variedades del capitalismo”, que pueden existir una al lado de la otra, sino de momentos históricos, unos momentos que están unidos uno al otro en una trayectoria secuencial. En esta secuencia, cualquier transformación está impulsada políticamente y, sin ninguna duda, se puede rastrear en las luchas entre los proponentes de diferentes proyectos. Pero esta secuencia también se puede reconstruir como un proceso direccional o dialéctico en el que una primera forma se enfrenta a dificultades o límites, que su sucesor supera o sortea, hasta que también esta nueva forma se encuentra en un punto muerto y también es superada.
Las consideraciones de este tipo complican la búsqueda de una definición básica. No creo que hagan imposible esa definición, pero indican que debemos proceder con cuidado. Sobre todo, debemos evitar mezclar formas históricas pasajeras con la lógica más duradera que se oculta en ellas.
Características fundamentales del capitalismo: un punto de partida ortodoxo
Jaeggi: Una propuesta para empezar. Partamos de la propuesta de tres elementos definitorios del capitalismo: (1) la propiedad privada de los medios de producción y la división de clase entre propietarios y productores; (2) la institución de un mercado laboral libre; (3) la dinámica de la acumulación de capital basada en una orientación hacia la expansión del capital en oposición al consumo, unido a una orientación hacia la obtención de beneficios en lugar de la satisfacción de necesidades.
Fraser: Se parece mucho a MARX. Si partimos de aquí, llegaremos a una concepción del capitalismo que, a primera vista al menos, parecerá completamente ortodoxa. Pero podemos desortodoxizarla más adelante, mostrando cómo estas características básicas están relacionadas con otras cosas y cómo se manifiestan en circunstancias históricas reales.
Empecemos por tu primer punto: la división social entre quienes poseen los medios de producción como propiedad privada y quienes no poseen nada salvo su “fuerza de trabajo”. No quiero decir con ello que en el capitalismo no haya ninguna otra división constitutiva; tengo intención de hablar de algunas de ellas muy pronto. Pero no hay duda de que esta es fundamental: una característica definitoria del capitalismo y un “logro” histórico, si es que tal palabra es la adecuada. Esta división de clases supone la ruptura de formaciones sociales anteriores en las que la mayoría de las personas, por distinta que fuera su situación, tenían cierto acceso a los medios de subsistencia y a los medios de producción —acceso a los alimentos, el cobijo, el vestido, y las herramientas, la tierra y el trabajo— sin tener que pasar por los mercados laborales. El capitalismo acabó con esa situación, alejando a la inmensa mayoría de las personas de los medios de subsistencia y de producción y excluyéndolas de los que habían sido recursos sociales comunes. Cercó los comunes, abolió los derechos de uso consuetudinarios y transformó los recursos compartidos en propiedad privada de una pequeña minoría. Como consecuencia de esta división de clase entre propietarios y productores, hoy la mayoría de las personas han de bailar al son de una melodía muy concreta (la del mercado laboral) para poder trabajar y conseguir lo que necesitan para seguir viviendo y criar a sus hijos. En este sentido, lo importante es lo extraño, lo “antinatural”, lo históricamente anómalo y específico de tal realidad.
Jaeggi: Así es, y esto nos lleva al segundo punto: el capitalismo depende de la existencia de mercados laborales libres. Las sociedades capitalistas, tal como las conocemos, han tendido a abolir el trabajo no libre como el de las sociedades feudales. Institucionalizan el trabajo libre partiendo del supuesto de que los trabajadores son libres e iguales. Esta es, al menos, la versión oficial, una versión, sin embargo, a la que en la realidad contradice la coexistencia del capitalismo con la esclavitud en el Nuevo Mundo durante más de dos siglos. Sin embargo, dejando esto aparte, la fuerza de trabajo de los “trabajadores libres” es tratada como un bien que una parte de un contrato legal (el obrero) posee y vende a la otra parte (el empleador-capitalista).
Desde una perspectiva histórica, es un cambio gigantesco con enormes implicaciones, un cambio que altera la vida cotidiana y la estructura económica de las sociedades implicadas. Incluso si adoptamos una visión reduccionista y no consideramos que las sociedades estén divididas entre la base económica y la superestructura ideológica, podemos afirmar que su forma cambia en conjunto una vez que está establecida. Además, dado que el mercado laboral libre es constitutivo del capitalismo, los ideales normativos de libertad e igualdad encuentran su sitio en una auténtica institución. No son un simple decorado: en cierta medida están realmente objetivizados y presentes. El mercado laboral capitalista no funcionaría sin contratantes legalmente libres e independientes. Así es aunque al mismo tiempo esos ideales se corrompan por igual, dentro y a través del mercado del trabajo. Lo cual nos lleva al hecho que MARX señalaba con tanta viveza: en el capitalismo el trabajo es libre en doble sentido[1]. El obrero es libre para trabajar pero también “libre para pasar hambre” si no participa en el contrato laboral.
Fraser: Exactamente. Los considerados “obreros” son libres, en primer lugar, en el sentido de estatus legal. No son esclavos ni siervos ni están sometidos de cualquier otro modo a un determinado amo. Pueden moverse y participar en el contrato de trabajo. Pero los “obreros” también son libres en un segundo sentido. Son libres, o se libran, como acabamos de decir, del acceso a los medios de subsistencia y los medios de producción, incluidos los derechos consuetudinarios de uso de la tierra y las herramientas. En otras palabras, no disponen de los recursos ni los títulos que podrían permitirles abstenerse del mercado laboral. Su libertad en el primer sentido va acompañada de su vulnerabilidad a las obligaciones inherentes al segundo sentido.
Dicho esto, quiero subrayar tu observación de que la idea del trabajador como individuo libre no lo es todo. Como decías, el capitalismo siempre ha coexistido con —ha dependido de, diría yo— una gran cantidad de mano de obra dependiente y carente de libertad. Y, como voy a explicar en breve, no todo el que trabaja o produce ha sido considerado trabajador, o se le ha reconocido el estatus de individuo libre, por esto pongo la palabra “trabajador” entre comillas. Así pues, la cuestión es que cuando hablamos de la doble libertad del trabajador, solo hablamos de una parte de la realidad social capitalista, aunque sea una parte muy importante e incluso definitoria.
Jaeggi: Bien. Tendremos que volver a este punto más adelante. Pero de momento quiero insistir en que la idea de libertad en un “doble sentido” no significa que en el capitalismo la libertad y la igualdad sean ficticias o palabras vacías. Son conceptos ideológicos en el sentido profundo que invocaba ADORNO, cuando decía que las ideologías son al mismo tiempo verdaderas y falsas[2]. La cuestión es que la libertad y la igualdad se hacen realidad en el capitalismo y así debe ser para que el sistema funcione. Pero, al mismo tiempo, no se hacen realidad: la realidad de las relaciones de trabajo del capitalismo parece socavar y contradecir estas normas, y no precisamente de forma accidental.
Fraser: Podría decirse que el capitalismo interpreta la libertad y la igualdad de modo laxo y reducido, al tiempo que niega sistemáticamente los prerrequisitos sociales para hacer realidad interpretaciones más profundas y adecuadas, unas interpretaciones que a la vez propicia y frustra sin piedad.
Jaeggi: Hablemos de nuestra tercera categoría: la dinámica de la acumulación del capital. Parece que es una de las características definitorias del capitalismo.
Fraser: Sí, desde luego. Observamos aquí esa misma explicación extraña y engañosa del valor que se autoexpande. El capitalismo se distingue por su direccionalidad o empuje sistémico objetivo: la acumulación de capital. No expandirse es morir, caer presa de la competencia. De modo que no es un tipo de sociedad en la que los propietarios simplemente se divierten y se lo pasan estupendamente. Como los productores, también ellos están sometidos a una peculiar tensión. Y los esfuerzos de todos por satisfacer sus necesidades son indirectos, sometidos a algo distinto que tiene prioridad: el imperativo primordial esculpido en un sistema impersonal, la propia tendencia del capital a una expansión sin fin. En este sentido, MARX es brillante. En una sociedad capitalista, dice, el propio Capital se convierte en el Sujeto. Los seres humanos son sus peones, reducidos a imaginar cómo pueden obtener lo que necesitan en los intersticios que les deja su trabajo de alimentar a la bestia.
Jaeggi: Max WEBER y Werner SOMBART también explican con todo detalle lo estrafalario de esta forma de vida. A WEBER pertenecen las famosas observaciones que demuestran que la Erwerbsstreben (“persecución de la riqueza”) capitalista se convierte en un fin en sí misa, un objetivo no dirigido precisamente a satisfacer las necesidades y los deseos ni mucho menos a alcanzar la felicidad[3]. Y, pese a su tono nostálgico y premoderno, el libro de Sombart sobre el capitalismo moderno es especialmente interesante en este tema porque está repleto de anécdotas que reflejan lo difícil que es mantener en funcionamiento la dinámica capitalista, mantenerla viva. Por ejemplo, en Francia unos cuantos empresarios de éxito en un determinado momento vendieron sus fábricas para comprarse unas mansiones enormes y disfrutar de la vida: para salirse de la rutina y abandonar la carrera de locos. A este fenómeno SOMBART lo llama “engorde degenerativo del capitalismo” (die Verfettung des Kapitalismus), un proceso por el cual el capitalista pierde la iniciativa de acumular[4]. También podemos observar las muchas novelas, como Norte y Sur de GASKELL, que tratan de la transición de un modo precapitalista de vida a otro capitalista[5].
La lección que podemos aprender de ambos es que estas actitudes y el “espíritu del capitalismo” distan mucho de ser evidentes por sí mismos. De modo que, cuando decimos con MARX que el capital pasa a ser el auténtico sujeto, con ello siguen aún abiertas cuestiones filosóficas fundamentales sobre si realmente estamos ante una autoperpetuación puramente sistémica, o si esta forma de hablar difumina algunos prerrequisitos más sutiles, incluidas las actitudes sociales que sostienen la perpetuación de la busqueda de beneficios. Las prácticas sociales siempre están ya incrustadas en las formas de vida, y tenerlo en cuenta complica el esfuerzo por definir el capitalismo como un sistema que se pudiera especificar con independencia de ellas —en especial si queremos evitar la rigurosa distinción, que tú ya has criticado, entre un “mundo de la vida” y un sistema “que se deja llevar” de la dinámica económica—[6]. Esta división trata el capitalismo como una “máquina” que se autoperpetúa y se alimenta del pueblo pero, en modo alguno está dirigida por él. Pero quizás de momento deberíamos mantener abierta la pregunta de qué “alimenta” al capitalismo.
Los mercados: ¿una característica definitoria del capitalismo?
Jaeggi: Bien, tal vez deberíamos añadir una cuarta categoría a nuestra lista para una definición aún muy ortodoxa del capitalismo: la importancia crucial de los mercados en la sociedad capitalista. Aparte del mercado laboral, los mercados más en general parecen ser las principales instituciones para la organización de la provisión material en una sociedad capitalista. En el capitalismo, lo habitual es que los bienes se suministren a través de mecanismos de mercado.
Pero la relación entre el capitalismo y los mercados es compleja: los dos están entretejidos, pero no son lo mismo, ni mucho menos. El capitalismo es algo más que una “sociedad de mercado”. Los mercados han existido en sociedades no capitalistas o precapitalistas, y, al revés, podemos imaginar una sociedad socialista que incluya mecanismos de mercado. De modo que es importante investigar la relación entre ellos.
Fraser: Estoy de acuerdo. La relación entre el capitalismo y los mercados es muy compleja, creo, y hay que desentrañarla con cuidado. En este sentido, partiría también de MARX. Para MARX, el mercado está estrechamente relacionado con la forma de la mercancía. Y la forma de la mercancía es solo el punto de partida para teorizar el capitalismo, no el punto final. En los primeros capítulos de El capital se presenta como el reino de las apariencias, el aspecto que presentan inicialmente las cosas, cuando adoptamos el punto de vista del sentido común de la sociedad burguesa, la perspectiva del mercado de intercambio. Desde esta perspectiva inicial, MARX nos lleva enseguida a otra más profunda, que es la de la producción y explotación. En este caso, la implicación es que en el capitalismo hay algo más fundamental que el mercado: concretamente, la organización de la producción mediante la explotación del trabajo como el motor que genera plusvalía. Así es al menos como yo interpretaba a MARX, la necesidad de sustituir el foco de la economía política burguesa en el mercado de valores por una atención más profunda y crítica a la producción. En este nivel profundo es donde descubrimos un secreto obsceno: el de que la acumulación se produce por medio de la explotación. En otras palabras, el capital no se expande a través del intercambio de equivalentes sino exactamente de todo lo contrario: mediante la nocompensación de una parte del tiempo de trabajo del obrero. Esto ya revela que el mercado de intercambio no es el quid de la cuestión.
Jaeggi: ¿Pero no crees que las tres primeras características básicas del capitalismo que acabamos de señalar ya incorporan una tendencia a la mercantilización? Al fin y al cabo, si imaginamos esos tres elementos que se juntan para formar un sistema dinámico, lo que obtenemos es la imagen de un mundo en el que cada vez se compran, venden y comercializan más cosas en los mercados.
Fraser: Es posible. Pero en mi opinión la pregunta fundamental es: ¿qué tipo de mercados? Como tú decías, los mercados existen en muchas sociedades no capitalistas, y adoptan una diversidad de formas increíble, un aspecto que Karl POLANYI considera esencial[7]. Por lo tanto, lo que deberíamos preguntarnos es: ¿qué tienen de particular los mercados de las sociedades capitalistas?
Jaeggi: Sí, estoy de acuerdo, sobre todo porque es una cuestión que se presta fácilmente a la mistificación ideológica. ¿Te das cuenta de que, en Alemania, el término “capitalismo” tiene más connotaciones peyorativas que en el mundo de habla inglesa y, como consecuencia de ellos, los economistas alemanes prefieren no hablar de capitalismo? En su opinión, si empleas la palabra “capitalismo” ya estás siendo demasiado crítica. En los libros de texto normalmente se emplea el eufemismo “sociedad de mercado”. Una actitud parecida (en tu país) es la del Consejo de Educación de Texas, que ha ordenado que los libros de historia no sigan hablando de “capitalismo” y que, en su lugar, empleen la expresión “sociedad de empresa libre”[8].
Es una expresión ideológica, no en menor grado porque oculta una cuestión importante: ¿cuál es realmente la relación entre los mercados y el capitalismo? ¿Podría haber mercados sin capitalismo? ¿Por ejemplo, sociedades con mercados pero sin propiedad privada de los medios de producción, como defiende el socialismo de mercado? Y al revés: ¿una sociedad sigue siendo capitalista si su economía se caracteriza por tan alto grado de monopolización que cierta cantidad de bienes no se intercambian a través del mercado? En pocas palabras: ¿puede haber capitalismo sin mercados y mercados sin capitalismo?
Fraser: Es una buena manera de formular el problema. Para resolverlo, me gustaría distinguir algunos tipos diferentes de mercado y algunos distintos papeles que los mercados pueden desempeñar. Pensemos, en primer lugar, en los mercados de bienes de consumo, que distribuyen los medios de subsistencia a las personas en forma, primero, de salario o ingresos y, después, de mercancías. ¿Es este tipo de mercado definitorio del capitalismo? No lo creo. Es verdad que parece que deriva lógicamente del trabajo “libre”. Como ya hemos observado, una característica de la lógica económica del capitalismo es que el trabajador sin propiedad no tenga acceso directo a los medios de subsistencia. Para satisfacer las necesidades de la vida solo puede vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario, que después utiliza para comprar alimentos, cobijo y otras cosas imprescindibles. La otra cara de esta moneda es una tendencia a, con el tiempo, transformar los medios de subsistencia en mercancías, de las que solo se puede disponer comprándolas con dinero.
De todos modos, no es un elemento decisivo. La expresión fundamental aquí es “con el tiempo”, porque el proceso es irregular. Por un lado, puede avanzar muy deprisa, como sabemos por el “capitalismo consumista” del siglo XX, que construyó toda una estrategia de acumulación en torno a la venta de bienes de consumo a las clases trabajadoras de los países industrializados. Por otro lado, en este tipo de consumismo no fueron incluidas del todo muchas personas de la periferia (ni lo están todavía), por razones que no son accidentales sino estructurales. E incluso para quienes se convirtieron en consumidores, el proceso se puede invertir al menos en parte, como demuestra la experiencia actual de la crisis neoliberal, cuando, hasta en el corazón del capitalismo, muchas personas han de recurrir a diversos tipos de transacciones en especie, entre ellos, el trueque, la reciprocidad informal y la ayuda mutua —pensemos hoy en Atenas y Detroit—[9].
Jaeggi: ¿Pero cómo lo hemos de interpretar? ¿Es una regresión o una situación precapitalista o lo que queda de la sociedad precapitalista? ¿O estos fenómenos indican algo sistémico del propio capitalismo, en la línea de la tesis de que la mercantilización completa, la conversión de todo en mercancía, no sería siquiera posible?
Fraser: En mi opinión, no tiene nada de precapitalista. Immanuel WALLERSTEIN insiste a menudo en que el capitalismo en general basa su funcionamiento en las familias “semiproletarizadas”[10]. En esa estructura, donde los propietarios pueden pagar menos a los trabajadores, muchas familias se mantienen en una medida considerable con recursos distintos de los salarios, por ejemplo, con el autoaprovisionamiento (por ejemplo, el huerto urbano, los trabajos de costura, etc.), la reciprocidad informal (ayuda mutua, transacciones en especie) y transferencias del Estado (prestaciones, servicios sociales, bienes públicos). Son arreglos cuyas actividades y bienes están en muy buena parte fuera de la supervisión del mercado. No son meros vestigios residuales de los tiempos precapitalistas, ni están hoy en proceso de desaparición. Eran un elemento intrínseco del fordismo, que supo fomentar el consumismo de la clase trabajadora en los países industrializados combinando el trabajo masculino y el cuidado femenino de la casa —además de inhibir el desarrollo del consumismo en la periferia—. Y, como decía, la semiproletarización es aún más pronunciada en el neoliberalismo, que ha construido toda una estrategia de acumulación expulsando a miles de millones de personas de la economía oficial a zonas grises informales, de las que el capital extrae valor. Esta especie de “acumulación primitiva” es un proceso activo del que el capital depende y obtiene beneficios.
Jaeggi: Pero insisto: ¿es una contingencia histórica o algo sistémico: una necesidad funcional del capitalismo de no depender de recursos no-mercantilizados o no-comodificados?
Fraser: Creo que es sistémico. La mercantilización no es ubicua en las sociedades capitalistas, y las razones de que no lo sea no son accidentales. Las zonas o los aspectos mercantilizados de la vida coexisten con otros no mercantilizados. En mi opinión, no es casualidad ni una contingencia empírica, sino una característica integrada en el ADN del capitalismo. De hecho, “coexistencia” no expresa la relación entre los aspectos mercantilizados y no mercantilizados de una sociedad capitalista. Es mejor hablar de “imbricación funcional” o, mejor aún, y mucho más simple, “dependencia”. Karl POLANYI nos ayuda a entender por qué: la sociedad, dice, “no puede ser mercancía de arriba a abajo” —es mi paráfrasis—[11]. La idea de POLANYI es que los mercados dependen, para su propia existencia, de relaciones no mercantilizadas, que aportan sus condiciones de posibilidad de fondo. Creo que así es.
Jaeggi: Es una afirmación llamativa e importante, que sin duda merece la pena analizar. Para empezar a esclarecer más la idea: ¿qué significa que las sociedades “no pueden” ser mercantilizadas de arriba abajo? ¿Cuál es aquí el “de lo contrario...”? ¿Podemos decir que es una cuestión de necesidad “funcional”, que la sociedad dejará de “funcionar” bien si la mercantilización es completa? Tal idea apunta a la existencia de algún límite objetivo que la mercantilización no se puede permitir traspasar. Pero también podríamos plantear el problema de manera más subjetiva o normativa, y decir que la mercantilización excesiva está “mal” o es “mala”, que los miembros de estas sociedades sencillamente no quieren que las cosas sean mercancías de arriba abajo porque con ello se perturba y socava un determinado “ethos” que la sociedad pueda tener y valorar. Es importante ser claros sobre estos términos y aclaran cómo estos aspectos funcionalistas y normativos de la crítica social encajan y se necesitan mutuamente. Creo que para expresar las crisis, los fracasos y los falsos avances a los que nos enfrentamos necesitamos un vocabulario normativo-funcionalista. Pero no basta solo con una argumentación normativa sola. No se trata de que no sea “posible” mercantilizar o comodificar de arriba abajo, sino de que se puede hacer sin generar graves contradicciones inmanentes, que pueden seguir latentes durante un tiempo pero que también pueden provocar auténticos conflictos sociales[12].
Fraser: No estoy segura de que coincidamos en este sentido. Cuando digo que “la sociedad no puede ser mercancía de arriba a abajo”, me refiero a que los esfuerzos por totalizar la mercantilización son autodesestabilizadores: ponen en peligro las propias condiciones de posibilidad de fondo del mercado, unas condiciones que no están mercantilizadas. Es una interpretación (la mejor, creo) de lo que POLANYI entendía por “mercantilización ficticia”[13]. Y se acerca a la tesis que Hegel formula en Fundamentos de la filosofía del derecho de que la sociedad no puede ser un contrato de arriba abajo: si una esfera de relaciones contractuales solo es posible sobre la base de unas relaciones sociales no contractuales de fondo, entonces los esfuerzos por universalizar el contrato socavan ese esfera necesariamente, porque destruyen la base no contractual de la que depende[14]. Es sin duda un argumento estructural “objetivo”, pero cabe objetar que sea “funcionalista”. No pretende decir nada sobre la otra mitad “subjetiva” fundamental de la ecuación: ¿cómo experimentan los efectos secundarios quienes viven en la sociedad? En este punto, estoy de acuerdo contigo: necesitamos un análisis de otro tipo, que se centre en el “sentido común”, los marcos interpretativos cargados normativamente, a través de los cuales los actores sociales viven el distanciamiento societal.
Jaeggi: Tengo la impresión de que, para afianzar esta tesis, este entrelazamiento de las dimensiones normativa y funcional ha de ser aún más profundo. No es que las “normas” estén en el lado subjetivo y la “función” en el objetivo. El tema requiere una explicación más exhaustiva, pero vamos a dejarla para más adelante, en el Capítulo 3, cuando hablemos de cuál es la mejor forma de criticar al comunismo. De momento, quiero resumir lo que hemos dicho sobre el papel que los mercados desempeñan realmente en la sociedad capitalista. Lo que hemos dicho hasta ahora es que el capitalismo contiene una tendencia a extender los mercados de bienes de consumo, pero la materialización de esta tendencia varía mucho en el espacio y el tiempo. Señalábamos, asimismo, que las sociedades no capitalistas también tienen mercados de bienes de consumo, lo cual indica que esos mercados no son estrictamente distintivos del capitalismo ni le son consustanciales a él. ¿Pero qué pasa con los mercados de otras cosas, como los factores de producción, recursos o insumos, que no se distribuyen a los individuos ni son consumidos por estos? ¿Es posible que los mercados de este tipo de cosas sean distintivos del capitalismo?
Fraser: Sí, esto es exactamente lo que quiero señalar. Yo distinguiría entre el uso de los mercados para la distribución y su uso para la asignación. Los mercados de distribución reparten bienes divisibles tangibles para el consumo personal, mientras que los de asignación dirigen el uso de los recursos societales generales en proyectos que son intrínsecamente transindividuales o colectivos, como la producción, la acumulación de la plusvalía, la investigación y el desarrollo, y/o la inversión en infraestructuras. Partiendo de esta distinción, podemos diferenciar entre el socialismo de mercado y la sociedad capitalista. El socialismo de mercado usaría los mercados distributivamente, para repartir bienes de consumo, mediante mecanismos que no son de mercado (por ejemplo, la planificación democrática) con fines de asignación, como la adjudicación del crédito, los bienes de equipo, las “materias primas” y la plusvalía social. El capitalismo también utiliza los mercados en sentido distributivo, como hemos dicho. Pero lo que realmente lo distingue es el uso de los mercados con fines de asignación: para dirigir el uso por parte de la sociedad de su riqueza acumulada y sus energías colectivas. Esta es, en mi opinión, la función distintiva de los mercados en la sociedad capitalista: su uso para asignar los principales inputs a la producción de mercancías y para dirigir la inversión de la plusvalía social.
Jaeggi: Veo en lo que dices dos funciones “asignativas” distintas del mercado que son específicas del capitalismo: la asignación de los inputs de la producción y la asignación de la plusvalía.
Fraser: Así es. Hay una frase de Piero SRAFFA que expresa nítidamente la primera idea: el capitalismo es un sistema para “producir mercancías por medio de mercancías”[15]. Este sistema destina los principales inputs directos a la producción de mercancías, incluidos el crédito, la propiedad inmobiliaria, las materias primas, la energía y los bienes de equipo, por ejemplo, la maquinaria, las plantas de producción, el equipamiento, la tecnología, etc. Es un tema fundamental para MARX. En su exposición de la lógica del sistema capitalista asigna un lugar destacado a los mercados de bienes de equipo, unos mercados de los que dice que integran uno de los dos principales “Departamentos” de la producción capitalista (el otro son los bienes para consumo individual)[16]. Y para POLANYI los mercados de “la tierra” y “el dinero” son tan fundamentales como los de la fuerza del trabajo para distinguir el capitalismo de otras formaciones sociales donde también existen los mercados[17]. Para ambos pensadores, esta es la peculiaridad del capitalismo. Las sociedades no capitalistas mercantilizan los bienes de lujo y algunos otros bienes corrientes, pero solo el capitalismo se propone mercantilizar todos los principales inputs directos de la producción, incluida, pero no exclusivamente, la fuerza del trabajo humano.
Jaeggi: El segundo punto también parece ser esencial para MARX: el capitalismo usa los mecanismos del mercado para determinar cómo se va a invertir la plusvalía de la sociedad. No sé de ninguna otra sociedad donde se deje a las “fuerzas del mercado” la decisión sobre estas cuestiones fundamentales relativas a cómo quieren vivir las personas. Lo cual también significa un cambio en la relación entre lo político y lo económico, y, a la vez, una transformación de ambos.
Fraser: En mi opinión, esta es la característica más relevante y perversa del capitalismo, esta entrega a las fuerzas del mercado de los asuntos humanos de mayor importancia —por ejemplo, dónde quieren invertir sus fuerzas las personas, cómo quieren equilibrar el “trabajo productivo” y la vida familiar, el ocio y otras actividades, cuánto y qué quieren dejar a las generaciones futuras—. En lugar de tratarlos como asuntos para el debate y la toma de decisión colectivos, se entregan a un aparato para calcular el valor monetario. Lo cual está estrechamente relacionado con nuestro tercer punto: el del impulso autoexpansivo del capitalismo, el proceso a través del cual se constituye como el sujeto de la historia, desplazando a los seres humanos que la han hecho y convirtiéndoles en sus sirvientes. La eliminación de cuestiones fundamentales del ámbito de la determinación humana, su cesión a un mecanismo impersonal destinado a la máxima autoexpansión del capital es algo realmente perverso. Y realmente distintivo del capitalismo. Cualquier otra cosa que pueda significar el socialismo, debe conllevar la determinación colectiva democrática de la asignación de la plusvalía social.
Jaeggi: Totalmente de acuerdo. Aquí exactamente es donde ubicaría la alienación, a la que considero un determinado tipo de carencia de poder y libertad resultante de este “desplazamiento” y sometimiento de los propios seres humanos que la crearon y la pusieron en marcha.
Pero también hemos de hablar de la “fuerza estructurante” que ejercen los mercados en las sociedades capitalistas. Puede ser otra característica distintiva del capitalismo que lo distinga de las sociedades no capitalistas. Pienso en especial en la tesis de que, en el capitalismo, la estructura del intercambio de bienes está profundamente integrada en la vida social. La tesis tiene diferentes versiones, pero la idea básica es que tratar algo como producto destinado a ser vendido significa alterar nuestra relación con ese algo y con nosotros mismos. Implica despersonalización o indiferencia, y orienta las relaciones con el mundo en términos de valores instrumentales, en oposición a valores intrínsecos. De esta forma, el mercado ejerce una fuerza estructurante cualitativa: configura la “visión del mundo”, la “gramática” de nuestras vidas. Podremos desear evitar una imagen totalizadora de una sociedad controlada y determinada por esta lógica, pero sigue dando pie a una percepción importante.
Fraser: Es una buena formulación de la Escuela de Fráncfort. Y se puede decir, sin duda, que el mercado del trabajo (y toda la institución del trabajo “libre” que lo rodea) es una importante fuerza estructurante en la sociedad capitalista, una fuerza que estampa su sello profundamente en la vida social. Con el paso del tiempo —y, una vez más, la expresión señala la historicidad inherente del capitalismo— los mercados de la fuerza de trabajo asumen no solo una función de asignación, sino también una función más profunda y formativa. Cambian el carácter interno de lo que se comercie en ellos y la forma de vida circundante en la que están ubicados. Es un punto importante tanto para MARX como para POLANYI. Los mercados existen desde hace mucho tiempo, pero en muchas sociedades son periféricos, contenidos, confinados en los márgenes de la vida social. No estructuran internamente la forma de vida. Pero con el capitalismo empiezan a hacerlo.
Jaeggi: ¿POLANYI o MARX? Porque si preguntas a POLANYI: “¿Qué es el capitalismo?”, dirá que es la totalización del mercado. Es evidente que asigna esta función estructural a los mercados. ¿En qué sentido se puede decir lo mismo de MARX?
Fraser: Basta con recordar la explicación de MARX de la subsunción “real” del trabajo frente a la “formal”. Al principio, un mercado del trabajo solo significa que las personas realizan básicamente el mismo trabajo que realizaban antes, salvo que ahora lo realizan en una fábrica en vez de en su cuartucho. En lugar de hacerlo a destajo se les paga por horas, pero siguen confeccionado toda la camisa, como siempre han hecho. A esto lo llama MARX la “sunsunción formal del trabajo”, donde la fuerza del mercado del trabajo no va aún “de arriba abajo”. Sin embargo, la mezcla de un mercado de trabajo “libre” y el impulso autoexpansivo inherente del capital presiona pronto para que el proceso del trabajo se reestructure internamente. El trabajo se divide en pequeños segmentos, que se reparten a diferentes trabajadores, a cada uno de los cuales ahora se le exige que realice la misma operación pequeña y parcial una y otra vez —por ejemplo, hilvanar cientos y cientos de cuellos, que no es lo mismo que hacer una camisa—. Es un ejemplo (muy llamativo), de MARX, de cómo el mercado tiene una función no solo de asignación o distributiva, sino también de fuerza constitutiva y estructurante[18]. Hay otros ejemplos. Creo que MARX y POLANYI se parecen mucho en este punto.
Jaeggi: Sí, estoy de acuerdo, aunque yo diría que solo POLANYI considera un oprobio la fragmentación per se, porque rompe cierta unidad orgánica de la persona. Creo que MARX es mucho menos romántico. Para él, lo absurdo es que podamos organizar un proceso tan eficaz y sigamos dejándolo tan fundamentalmente irracional en sus efectos. La división del trabajo en partes muy pequeñas puede ser algo bueno si llegamos a ella a través de un proceso de autodeterminación colectiva y además hemos controlado la asignación de la plusvalía que hemos generado. En cambio, la división del trabajo se institucionaliza de forma disfrazada y sin ninguna transparencia.
Pero sigamos con los mercados. Además de sus funciones de las que hemos hablado —distributiva, de asignación, formativa— también podemos hablar de la particular forma que adoptan en el capitalismo. Por ejemplo, también podríamos distinguir los mercados capitalistas por su carácter “desincrustado”, por usar una palabra de POLANYI. POLANYI distingue entre mercados “incrustados”, que están enmarañados en instituciones no económicas y sometidos a normas no económicas (como el “precio justo” y el “salario justo”), y “desincrustados”, que están libres de los controles extraeconómicos y se rigen internamente por la oferta y la demanda. Según POLANYI, los mercados incrustados eran la norma histórica: durante la mayor parte de la historia los mercados han estado sometidos a controles externos (políticos, éticos, religiosos), que limitan lo que se puede comprar y vender, quién puede hacerlo y en qué términos. En cambio, el mercado desincrustado es anómalo desde un punto de vista histórico y específico del capitalismo. En teoría al menos, los mercados desincrustados se “autorregulan”: establecen los precios y los objetos con los que se comercializa en ellos a través de la oferta y la demanda, un mecanismo interno del mercado, que supera o sortea las normas externas[19].
Fraser: Sí, esta es la teoría, pero la realidad es muy distinta. Los mercados nunca se han “autorregulado” de verdad. Ni, según POLANYI, nunca podrían hacerlo. En este sentido, lo mismo se puede decir de MARX, que rechaza, en la historia, la realidad de los “mercados que se autorregulan”. En su famoso capítulo sobre la lucha por la jornada laboral, por ejemplo, demuestra que los niveles salariales dependen del poder político y del resultado de la lucha de clases, no de la oferta y la demanda[20]. De modo que en este punto la realidad histórica contradice la teoría económica.
Jaeggi: Estoy de acuerdo. Creo que ni los mercados ni ninguna otra forma de práctica social económica pueden estar nunca completamente “desincrustados” de las formas de vida en que están ubicados. Más aún, diría incluso que el propio hecho de hablar de mercados “desincrustados” en las sociedades va demasiado lejos al postular algún tipo de “separación” normativa o funcional entre las prácticas económicas y otras prácticas sociales. Hace que parezca que la economía es algo que existe o funciona independientemente del resto de la sociedad, y por ello está “incrustada” en ella o “desincrustada” de ella. Esto no quiere decir que no se pueda institucionalizar la economía de forma que parezca o “se manifieste” como uno o lo otro, sin embargo, creo que la relación entre las prácticas sociales económicas y las de otro tipo es mucho más dinámica de lo que el confuso lenguaje de lo “incrustado” y “desincrustado” puede expresar[21].
Fraser: Yo insistiría en el carácter paradójico de la diferenciación institucionalizada del capitalismo entre su economía y la “sociedad”. Es una distinción a la vez real e imposible, lo cual puede explicar por qué la sociedad capitalista es tan perversa y autodesestabilizadora, por qué está tan sometida a crisis periódicas.
Jaeggi: Recapitulemos lo que hasta aquí hemos dicho de los mercados. Lo específico del capitalismo no son los mercados en general sino solo determinados tipos o usos de los mercados. No se trata del uso de los mercados para distribuir bienes de consumo, sino de su uso para asignar los principales inputs a la producción (incluida, pero no exclusivamente, la fuerza del trabajo) y la disposición de la plusvalía social.
Tenemos, pues, cuatro características que distinguen a las sociedades capitalistas: (1) una división de clase entre propietarios y productores, (2) la comercialización y mercantilización institucionalizadas del trabajo asalariado, (3) la dinámica de acumulación del capital, y (4) la asignación por parte del mercado de los inputs de la producción y la plusvalía social.
Texto cedido para promoción por los editores del libro Capitalismo: Una conversación desde la Teoría Crítica. Nancy FRASER y Rahel JAEGGI. 2019, Ediciones Morata. Traducido por: Roc Filella. Revisado por: Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría
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Nancy FRASER (EUA, 1947). Profesora de Filosofía y Política Henry y Louise A. Loeb en la New School for Social Research y miembro del Comité Editorial de New Left Review. Filosófa de formación, se especializa en teoría social crítica y filosofía política. Ampliamente conocida por su trabajo sobre la relación entre la redistribución y el reconocimiento en la teoría de la justicia, actualmente trabaja en la relación del capitalismo con la opresión racial, la reproducción social, la crisis ecológica, los movimientos feministas y el auge del populismo de derecha.
El libro más reciente de Fraser es Capitalismo caníbal: cómo nuestro sistema está devorando la democracia, el cuidado y el planeta, y qué podemos hacer al respecto (Verso, 2022). Otros libros recientes incluyen Feminismo para el 99%: Un manifiesto , en coautoría con Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya (Verso, 2019); Lo viejo está muriendo(Verso, 2019); y Capitalismo: una conversación en teoría crítica, en coautoría con Rahel Jaeggi (Polity Press, 2018).
La obra de Fraser ha sido traducida a más de veinte idiomas y citada tres veces por los jueces del Tribunal Supremo de Brasil, en dictámenes que defienden la igualdad matrimonial, la acción afirmativa y los derechos territoriales colectivos de los afrodescendientes. Caballero de la Legión de Honor francesa, miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias y expresidenta de la División Este de la Asociación Filosófica Estadounidense, ha recibido seis títulos honoríficos, el Premio Alfred Schutz de Filosofía Social, el Premio Mundial Nessim Habif y el Premio Nonino 2022 "Maestro de nuestro tiempo"..
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Rahel JAEGGI (Suiza, 1966). Catedrática de filosofía práctica y directora del Centro de Humanidades y Social Change Berlin de la Humboldt-Universität zu Berlin. Es una de las principales voces de la nueva generación de teóricos críticos que trabajan para actualizar el legado de la Escuela de Frankfurt. Su investigación se centra en la filosofía social, la filosofía política, la ética, la antropología filosófica, la ontología social y la teoría crítica. Entre sus publicaciones destacan Capitalismo. Una conversación desde la teoría crítica (con Nancy Fraser, Morata, 2019), Critique of Forms of Life (Harvard University Press, 2018) o Alienation (Columbia University Press, 2014). En su último libro Fortschritt und Regression (Progrés i regressió, Suhrkamp, 2022), Jaeggi plantea que para salir de la actual parálisis es fundamental impulsar la discusión filosófica sobre la idea de progreso.
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[1] Karl MARX, Capital, vol. I [1867], trads. Samuel MOORE y Edward Aveling, en Karl Marx and Frederick Engels: Collected Works, vol. XXXV (Londres: Lawrence & Wishart, 2010), p. 179.
[2] Theodor ADORNO, “Beitrag zur Ideologienlehre” [1954], en Soziologische Schriften I, Gesammelte Schriften, vol. VIII (Fráncfort: Suhrkamp, 1997), p. 465.
[3] Max WEBER, The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism, trad. Talcott Parsons (Nueva York: Routledge, 2005 [1930]), por ejemplo, p. 124. (Trad. cast.: La ética protestante y el “espíritu” del capitalismo, Alianza Editorial, 2011).
[4] Werner SOMBART, Der modern Kapitalismus. Historich-systematische Darstellung des gesamteuropäischen Wirtschaftslebens von seinen Anfängen bis zur Gegenwart, 3 vols. (Múnich: Duncker & Humblot, pp. 1902-1928).
[5] Elizabeth GASKELL, North and South (Ware: Wordsworth Editions, 1994 [1855]). (Trad. cast.: Norte y Sur, Alba Editorial, 2005).
[6] Nancy FRASER, “What’s Critical About Critical Theory? The Case of Habermas and Gender”, New German Critique, 35 (primavera/verano 1985): pp. 97-131. Reimpreso en FRASER, Fortunes of Feminism (Londres: Verso, 2013). (Trad. cast.: Fortunas del feminismo, Traficantes de sueños, 2015)
[7] Legitimation Crisis, The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time (Boston: Beacon Press, 2001 [1944]), pp. 45-70. (Trad. cast.: La gran transformación, Ediciones Endymion, 1989).
[8] Véase, por ejemplo, James C. MCKINLEY, Jr., “Conservatives on Texas Panel Carry the Day on Curriculum Change”, New York Times, 13 de marzo de 2010, A10.
[9] Véase, por ejemplo, Valerie VANDE PANNE, “Life without Money in Detroit’s Survival Economy”, Bloomberg, 12 de enero de 2017, en https://www.bloomberg.com/news/features/2017-01-12/life-without-money-in-detroitsurvival-economy; Liz Alderman, “Paying in Olive Oil”, New York Times, 24 de septiembre de 2015, B1.
[10] Véase, por ejemplo, Immanuel WALLERSTEIN, Historical Capitalism, with Capitalist Civilization (Londres: Verso, 1996), esp. pp. 26-43.
[11] POLANYI, The Great Transformation, esp. pp. 71-80, 136-140, 201-206; Nancy FRASER, “Can Society Be Commodities All the Way Down? Post-Polanyian Reflections on Capitalist Crisis”, Economy and Society, 43, no. 4 (2014): pp. 541-558.
[12] Véase Rahel JAEGGI, Critique of Forms of Life, trads. Ciaran Cronin (Cambridge, MA: Harvard University Press, pendiente de publicación); JAEGGI, “What (If Anything) Is Wrong with Capitalism? Dysfunctionality, Exploitation, and Alienation: Three Approaches to the Critique of Capitalism”, Southern Journal of Philosophy, 54, Spindel Supplement (2016): pp. 44-65.
[13] POLANYI, The Great Transformation, esp. pp. 71-80. (Trad. cast.: La gran transformación, Ediciones Endymion, 1989). Para este texto de POLANYI véase, FRASER, “Can Society Be Commodities All the Way Down?”.
[14] G. W. F. HEGEL, Elements of the Philosophy of Right, trad. H. B. Nisbet y ed. Allen W. Wood (Cambridge University Press, 1991 [1821]). (Trad. cast.: Fundamentos de la filosofía del derecho, Editorial Tecnos, 2017). Mi interpretación [FRASER] de esta obra es que, en contra de la teoría del contrato, esa sociedad no puede ser un contrato de arriba abajo, y que invoca este argumento para establecer la necesidad de incrustar el “Derecho Abstracto” en el contexto más amplio de la “Vida Ética”. Para una interpretación detallada en este sentido, véase Michel ROSENFELD, “Hegel and the Dialectics of Contract,” Cardozo Law Review, 10 (1989): pp. 1199-1269.
[15] Piero SRAFFA, The Production of Commodities by Means of Commodities: Prelude to a Critique of Economic Theory (Londres: Cambridge University Press, 1975).
[16] Karl MARX, Capital, vol. II [1893], ed. Frederick ENGELS, en Karl Marx and Frederick Engels: Collected Works, vol. XXXVI (Londres: Lawrence & Wishart, 2010), p. 394.
[17] POLANYI, The Great Transformation, pp. 71-80.
[18] Véase, por ejemplo, Karl MARX, Capital, vol. I [1867], trads. Samuel Moore y Edward Aveling, en Karl Marx and Frederick Engels: Collected Works, vol. XXXV (Londres: Lawrence & Wishart, 2010), pp. 510-12; MARX, “Chapter Six. Results of the Direct Production Process” [c.1864], en Karl Marx and Frederick Engels: Collected Works, vol. XXXIV (Londres: Lawrence & Wishart, 2010), pp. 339-471, esp. pp. 424-442.
[19] POLANYI, The Great Transformation, pp. 59-80.
[20] Véase MARX, Capital, vol. I, pp. 270-307
[21] Rahel JAEGGI, “A Wide Concept of Economy: Economy as a Social Practice and the Critique of Capitalism”, en Critical Theory in Critical Times, ed. Penelope Deutscher y Cristina Lafont (Nueva York: Columbia University Press, 2017), pp. 160-179, 173-175.