Filosofía

Tachas 644 • El Instituto de Investigación Social • Mario Farina

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Mario Farina

Adorno se licenció por la Universidad Wolfgang Goethe de Fráncfort en 1924. El relator de su tesis, así como tutor de su doctorado de investigación, fue el mismo Hans Cornelius que le denegara el título a Walter Benjamin. Cornelius era un exponente del neokantismo, si bien de signo poco ortodoxo y centrado en intereses artísticos y sociológicos. Para comprobar su influencia sobre Adorno no es necesario acudir a sus escritos, o, más en general, a su pensamiento. Resulta más útil atender al ambiente que lo rodeaba. Ayudante de Cornelius e impulsor de su círculo intelectual, Max Horkheimer, estudioso de la filosofía con marcada tendencia hacia la sociología, ocho años mayor que Adorno. Horkheimer era de familia acomodada y aparece descrito en las crónicas como un pensador más bien alejado de ciertos vicios académicos, como el de tomar el objeto de estudio por la realidad entera. Juicioso y destacado, vivía en Fráncfort en una casa comprada a medias con Friedrich Pollock, amigo y compañero de estudios. En una carta a Leo Löwenthal, Adorno cuenta que les ha visitado a los dos y los define como «comunistas»[1], si bien ninguno de los dos perteneció oficialmente al Partido Comunista Alemán. Aunque es cierto que el marxismo y la economía política ocupaban un lugar central en su ideario. 

Como Adorno, Horkheimer vivió una escisión entre vida académica y vida privada. Si el joven Wiesengrund estaba fascinado por los escritos candentes de Bloch y Lukács, pero tenía que replegarse a los estudios de temática más acorde con la universidad, también era el caso de Horkheimer, cuyo interés por el materialismo histórico no se manifestaba después en textos discursivos académicos. Ambos trabajaban temas propios de estudiosos canónicos. 

Las tesis de licenciatura y doctoral de Adorno, centradas en problemas de filosofía de la conciencia, se redactaron al mismo tiempo que los trabajos serios y minuciosos de Horkheimer sobre la Crítica del juicio de Kant. Dicho sea de paso, Walter Benjamin permaneció indiscutiblemente más fiel a su propio pensamiento, pagando el precio del alejamiento del mundo académico por esta elección, a pesar de que su tesis de doctorado titulada El concepto de crítica de arte en el romanticismo alemán siga siendo, todavía hoy, un estudio válido y brillante sobre el tema. 

Horkheimer se había acercado al marxismo a través de la experiencia biográfica. Hijo de un rico comerciante judío, había renunciado a seguir los pasos del padre e interrumpió por un tiempo sus estudios. Además, de joven había sido detenido tras ser confundido con otra persona. El acceso al marxismo, además, provenía de la experiencia vital de la Primera Guerra Mundial, algo que Adorno era demasiado joven para comprender. Este, por el contrario, veía con claridad el desfase del orden social burgués y estaba convencido de que la decadencia de su época se debía al conflicto presente en la sociedad capitalista. Por eso el marxismo le parecía la única posibilidad de mirar al futuro sin derrotismo. Ambos jóvenes pensadores estaban influidos por la idea de una praxis que podía y debía cambiar las cosas. Así nació, para los dos, el proyecto de un pensamiento crítico encaminado a oponerse resueltamente al mundo que se estaba desarrollando ante sus ojos. 

Adorno no entró repentinamente en la vida académica propiamente dicha, y en 1925 se trasladó a Viena, donde pudo frecuentar el ambiente musical de la capital austríaca, animado en aquel momento por las figuras de Arnold Schönberg y Alban Berg, a los que acudió Adorno para estudiar composición. En los meses que pasó en Viena pudo perfeccionar sus conocimientos musicales y participar en la vida de una auténtica capital cultural. En realidad se trataba de los restos de la Gran Viena, donde todavía vivían y estaban activos autores como Sigmund Freud y Karl Kraus. Del primero Adorno asumiría el enfoque de análisis dubitativo respecto al modo en que se manifiestan los fenómenos, mientras que del segundo aprendió una crítica aguda y decididamente moralista del orden burgués. 

De nuevo en Fráncfort después de un viaje al sur de Italia, donde se reunió con Kracauer y Benjamin y conoció al marxista Alfred Sohn-Rethel, trabajó en la redacción de los textos para la obtención del doctorado. La experiencia no llegó a ser tan traumática como la de Benjamin, pero Cornelius le invitó a retirar la solicitud. Demasiado pedante, el escrito, que no anunciaba a un joven especialmente brillante, dejaba entrever ya una relación clara con el psicoanálisis de Freud. Después de la jubilación de Cornelius y el breve paréntesis de Max Scheler en su cátedra, Adorno pudo trabajar en un ambiente transformado. 

Decidió pues emprender un nuevo proyecto de habilitación con un escrito sobre un filósofo poco ortodoxo, pero muy ligado a sus pasiones estéticas: Søren Kierkegaard. De este estudio surgió el primer escrito adorniano publicado, Kierkegaard: construcción de lo estético, que le valió la habilitación para el doctorado en 1931. 

En la Universidad de Fráncfort había, sin embargo, otro elemento distintivo: el Instituto de Investigación Social, fundado en 1923 por Felix Weil, quien, provisto de un enorme patrimonio familiar, creó un instituto autónomo, pero afiliado a la universidad de Fráncfort, El primer núcleo del Instituto era de clara inspiración marxista. Contribuyeron a poner sus bases, además de Pollock y Weil. Lukács y Karl Korsch. El objetivo inicial de los jóvenes intelectuales marxistas era refutar tanto el reformismo de la socialdemocracia alemana inspirada en Bernstein como la ortodoxia marxista de signo soviético. El primer director fue Carl Grünberg, profesor de economía política llegado de Viena, que confería al marxismo del Instituto legitimidad académica. En 1931 la dirección pasó a Horkheimer, que el año anterior había publicado un ensayo sobre algunas ideas largamente compartidas entre los impulsores del Instituto: 

que la historia había realizado una sociedad mejor a partir de una menos buena, que su evolución puede realizar una todavía mejor, es un dato de hecho; que la vía de la historia avanza a través del sufrimiento y la miseria de los hombres es, sin embargo, también un dato de hecho. Entre estos dos datos de hecho hay toda una serie de conexiones explicativas, pero no un sentido que constituya una justificación[2].

 

La impronta que dio Horkheimer al Instituto de Investigación Social aspiraba a aunar un riguroso análisis marxista de la sociedad y la exigencia de interpretar un tejido político y económico extremadamente abigarrado como el del capitalismo industrial y financiero de entre los años veinte y treinta del siglo pasado. No olvidemos que en la lenta recuperación postbélica se añadió en 1929 la que en aquel tiempo fue la mayor crisis financiera de la historia, el Jueves Negro de la Bolsa de Nueva York. La economía europea, aún dependiente del Plan Dawes (precursor del más conocido Plan Marshall), sufrió un fuerte golpe. Mientras que los Estados Unidos, tierra de la libertad democrática, padecían la depresión económica, la Unión Soviética experimentaba los efectos positivos del Plan Quinquenal, pero a costa de un régimen de supresión de la libertad individual: la esperanza del Instituto era ofrecer una crítica del modelo capitalista de producción sin, no obstante, aceptar la ortodoxia estalinista. 

En este contexto, el grupo ya dirigido por Horkheimer empezó a proveerse de nuevos colaboradores, con el objetivo de ampliar la visión disciplinaria de la investigación. Esta idea de un «marxismo interdisciplinar» llevó al Instituto dos figuras nuevas: Erich Fromm y Herbert Marcuse. 

Fromm, nacido en Fráncfort, donde había vivido siempre, era un psicoanalista de la escuela freudiana. Su relación con los francfortianos consistía en el proyecto de analizar los vínculos, que para algunos resultaban evidentes, entre las ideas de Freud y el pensamiento de Marx. Marcuse, por su parte, era más marcadamente filósofo. Alumno de Edmund Husserl, había pasado a seguir las enseñanzas de quien era ya considerado el nuevo astro de la filosofía alemana, Martin Heidegger, que con el tiempo se convertiría en enemigo jurado de Adorno. Sin embargo, Marcuse no tardaría demasiado en distanciarse de Heidegger a raíz de fuertes desacuerdos políticos debidos a la adhesión de este último al nacionalsocialismo. También él de origen judío. Marcuse tenía como proyecto fusionar el existencialismo de Heidegger con la filosofía de la historia de Marx, y su primer intento fue el tratado La ontología de Hegel y la teoría de la historicidad, que Adorno reseñaría en las páginas de la revista del Instituto. La posición de Marcuse era, en conjunto, próxima a la considerada filosofía de la vida y al historicismo, corrientes nacidas en la estela de una relectura del pensamiento de Nietzsche. Aquellos a quienes Paul Ricoeur llamaría, con expresión tan afortunada como infeliz, los «maestros de la sospecha»[3] —esto es, Marx, Nietzsche y Freud— empezaban a estar realmente en el centro del estudio social del Instituto. 

Desde 1932 el Instituto francfortiano tuvo como órgano privilegiado la Zeitschrift für Sozialforschung (Revista de Investigación Social), dirigida también por Horkheimer. Con una ojeada al índice del primer número de la publicación, se aprecia enseguida la presencia de casi todos los nombres destacados del Instituto. Horkheimer firma un texto sobre la relación entre ciencia y crisis, Pollock escribe sobre la condición del capitalismo y sobre la posibilidad de un nuevo orden de planificación económica, Fromm acerca de las tareas de la psicología social y finalmente Adorno sobre la condición social de la música. El vistazo a este índice hace pensar una vez más en la imagen de la constelación. El problema para todos estos autores puede resumirse en la situación social del capitalismo avanzado, y cada uno de ellos examina la cuestión desde su perspectiva particular. Surge así un mosaico, un conjunto de horizontes, que tiene como objetivo indagar en un problema común. El estatuto del saber científico frente a la crisis económica, la posibilidad de pensar un nuevo modo de entender la economía, el individuo y su psique en el interior de la masa social y, por último pero no menos importante, la relación entre el arte y la sociedad: tales son los principales temas que tratan los francfortianos. 

El trabajo de Adorno sobre la sociología de la música merece nuestra atención, por lo menos en su tesis de fondo. Análogamente a lo que ocurriría enseguida en una enorme producción musicológica y de sociología musical, Adorno parte de un presupuesto: igual que todos los otros fenómenos de la vida, también la música participa del desarrollo de las estructuras fundamentales de la sociedad y está enormemente condicionada por ellas. Por consiguiente, la música se observa como un producto de la sociedad capitalista y, como todos sus productos, es analizada a la luz de su sumisión a la ley social fundamental: la relación capitalista entre producción y consumo. La música puede reaccionar de dos modos a esta situación: adecuarse a estas leyes, o bien oponerse. Si se adecua, su único destino es convertirse en un objeto de consumo: si se opone, paga esta oposición con un violento aislamiento social. Todo el mundo ha presenciado la escena, por otra parte bastante ridícula, de una persona con escasa formación musical que se encuentra en la situación de escuchar un concierto de música contemporánea sin ni siquiera entender qué está sucediendo. Así, la dinámica que ya se manifestaba entonces en relación con la vanguardia musical dodecafónica, de la que Adorno era exponente, es una prueba del aislamiento social de la música culta. Tal como veremos mejor más adelante, en esta dinámica se sumerge no solo la música popular, sino también el jazz, que declina hasta convertirse en un instrumento que distrae de las contradicciones y de la conflictividad reales entre las clases sociales. 

Para entender mejor los objetivos del Instituto francfortiano resulta sin duda útil referirse a una polémica mantenida por sus impulsores a principios de los años treinta. En 1930 fue llamado a Fráncfort como profesor ordinario un joven y prometedor doctor de la Universidad de Heidelberg: Karl Mannheim. Hoy este nombre no dice mucho a un público no especializado, pero su obra tuvo un gran impacto en la ciencia social alemana. Para quien conozca un poco la historia de la sociología, la plaza fuerte de Heidelberg trae a la mente algunos nombres. Sin duda Max Weber, pero también, a su lado. Wilhelm Windelband y Heinrich Kickert, exponentes de la fase llamada Methodenstreit (‘disputa sobre el método’), que se centraba en el estatuto metodológico de las ciencias históricas y sociales. En este debate ocupó un lugar central la disputa sobre los valores, en la que se preguntó si, y hasta qué punto, los juicios de valor debían reingresar en el estudio de las ciencias histórico-sociales. En suma: ¿debían las ciencias sociales analizar y valorar la sociedad, o por el contrario debían excluir los juicios de valor y limitarse a describirla? Mannheim descendía de esta disputa. 

Su idea de la sociología partía del presupuesto del hundimiento de las grandes ideologías. Si alguien experimenta una sensación de déjà vu en esta definición, conviene recordar que el debate está todavía hoy vivo en las páginas de los periódicos. A menudo nuestra época cree haber descubierto nuevos conceptos y nuevos problemas que en realidad la historia trata desde hace siglos. Así pues, el presupuesto es el derrumbe de las ideologías, o mejor dicho, la ausencia de grandes ideologías de referencia. Al entender de Mannheim, la sociología moderna debe tomar en consideración las ideologías rivales, pero prescindiendo de los juicios de valor, esto es, sin implicarse en la disputa. Cuando Mannheim, provisto de estas ideas, creó un instituto de sociología sito en las mismas dependencias que el que dirigía Horkheimer, la reacción no tardó en producirse. 

La idea de una ciencia social aséptica y privada de juicios de valor parecía, a ojos de los marxistas Horkheimer y Adorno, una suerte de aberración. Es más, la propia teoría marxista les llevaba a considerarla como máximamente ideológica. A Adorno le molestaba sobre todo el uso del término «ideología», que en aquel tiempo pertenecía, en rigor, al léxico marxista. En realidad, una ideología no es simplemente —como suele creerse hoy— un punto de vista acerca del mundo, sino que es un punto de vista hipócrita sobre la realidad. Las libertades civiles, los derechos civiles, por ejemplo, son ideológicos —según un marxista— porque tienen la función hipócrita de ocultar las verdaderas diferencias, que son las que tienen lugar en la vida concreta: en la producción y en el consumo. ¿De qué sirve afirmar que los hombres son iguales ante la ley, o bien insistir en la igualdad de todos los votos individuales, si después la desigualdad real y objetiva deja a unos en la miseria y regala palacios a otros? Por supuesto, esta perspectiva no implica excluir los derechos civiles de la agenda de un programa marxista, como pretenden ciertas interpretaciones miopes y cómplices hoy de moda: implica más bien recordar que el objetivo de la igualdad no consiste en la mera extensión de los derechos liberales, sino en la abolición de las actuales estructuras productivas. 

Por tanto, una posición como la de Mannheim, que conduce a un relativismo extremo en el análisis social, debía ser combatida, y lo fue a todos los efectos, tanto por Adorno como por Horkheimer en diversos ensayos. 

Como es de suponer, un instituto de este género y con esta finalidad no tuvo una vida fácil en la Alemania de aquellos años. La esperanza en una sociedad más justa y finalmente humana no podía más que chocar, ya en 1933 (es decir, en el segundo año de publicación de la revista y el tercero de la dirección de Horkheimer), con el precipitado devenir de los acontecimientos históricos. Un grupo de marxistas, muchos de los cuales afiliados a los partidos socialdemócrata y comunista, la mayoría judíos, se encontraron frente al ascenso al poder de Hitler. La revista y el Instituto cambiaron de sede, y los pensadores que los habían creado iniciaron un largo peregrinaje por Europa hasta situarse finalmente en los Estados Unidos. 

 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Adorno: teoría crítica y pensamiento negativo. Mario Farina. 2016, Editorial Emse.

 




 

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Mario Farina. Profesor adjunto de Estética en la Universidad IUAV de Venecia. Es especialista en filosofía clásica alemana, estética, teoría crítica (especialmente Adorno) y filosofía de la literatura. Actualmente trabaja en una monografía sobre las teorías estéticas de Kant y Hegel. El profesor Farina ha sido profesor visitante en la Universidad de Frankfurt (2016) y en la Universidad de Dublín (2019). Es autor de numerosos artículos y de cuatro libros:

Crítica, símbolo e historia. La determinazione hegeliana dell'estetica [Crítica, Símbolo e Historia. La determinación del arte de Hegel], Ets, Pisa. La disolución de la estética. Adorno e la teoria letteraria dell'arte [La disolución de lo estético. Adorno y la teoría literaria del arte], Quodlibet, Macerata. Ontología natural e historia. La genesi della Dialettica negativa di Adorno, Orthotes, Napoli-Salerno. La estética de Adorno como teoría literaria del arte, Palgrave Macmillan.



 

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[1]      Th. W. Adorno, carta a Löwenthal, 16 de julio de 1924, en L. Löwenthal, Mitmachen wollte ich nie. Fráncfort, 1980. 

[2]      M. Horkheimer, «Los comienzos de la filosofía burguesa de la historia», en Historia, metafísica y escepticismo. Alianza, Madrid, 1982. 

[3]      P. Ricoeur, Freud: una interpretación de la cultura. Siglo Veintiuno, 1990.