Autobiografía

Tachas 645 • Historia de mi vida • Giacomo Casanova

Historia de mi vida - Imagen generada con IA Adobe Firefly


CAPÍTULO I
 

Don Jacobo Casanova, nacido en Zaragoza, capital de Aragón, hijo natural de don Francisco, raptó en el año 1428 del convento a doña Ana Palafox, al día siguiente de haber pronunciado ella sus votos. Era secretario del rey don Alfonso.[1] Escapó con ella a Roma, donde, después de un año de prisión, el papa Martín III[2] otorgó a doña Ana dispensa de sus votos y la bendición nupcial gracias a la intercesión de don Juan Casanova[3] maestro del sacro palacio y tío de don Jacobo. Todos los hijos nacidos de este matrimonio murieron a temprana edad salvo don Juan, quien en 1475 casó con doña Eleonora Albini, de la que tuvo un hijo que se llamó Marcantonio.[4]

En el año 1481 don Juan hubo de abandonar Roma por haber matado a un oficial del rey de Nápoles.[5] Huyó a Como con su mujer y su hijo; luego se fue en busca de fortuna. Murió cuando viajaba con Cristóbal Colon en el año 1493.[6]

Marcantonio llego a ser buen poeta en el estilo de Marcial[7], y fue secretario del cardenal Pompeo Colonna.[8] Cuando la sátira contra Julio de Medici,[9] que podemos leer en sus poesías, le obligó a dejar Roma, regreso a Como, donde casó con Abondia Rezzonica.

El propio Julio de Medici, convertido en papa Clemente VII, le perdono y le hizo volver con su mujer a Roma, donde, después de que fuera tomada y saqueada por los imperiales[10] en 1526, murió de peste. De no haber sido así, habría muerto de miseria, porque los soldados de Carlos V[11] le habían arrebatado cuánto poseía. Pietro Valeriano[12] habla bastante de él en su libro De infelicitate litteratorum.

Tres meses después de su muerte, su viuda dio a luz a Jacques Casanova, que murió viejísimo en Francia después de haber sido coronel en el ejército que mandaba Farnesio[13] contra Enrique, rey de Navarra, luego rey de Francia.[14] Había dejado en Parma un hijo que casó con Teresa Conti, de la cual tuvo a Giacomo, que el año 1680 casó con Anna Roli. Giacomo tuvo dos hijos, el primogénito, Giovan Battista se marchó de Parma en 1712, y no se sabe que fue de él. El menor, Gaetano Giuseppe Giacomo también abandono a su familia en 1715, a la edad de diecinueve años.

Esto es cuanto he encontrado en un capitulario de mi padre. De boca de mi madre he sabido lo que sigue:

Gaetano Giuseppe Giacomo abandonó a su familia prendado de los encantos de una actriz llamada Fragoletta,[15] que hacía los papeles de doncella. Enamorado, y sin tener de que vivir, decidió ganarse la vida sacando partido de sus dotes personales. Se dedicó a la danza, y, cinco años después, se hizo comediante, distinguiéndose por sus costumbres más aún que por su talento.

Fuera por inconstancia, fuera por celos, abandonó a Fragoletta y entró en una compañía de cómicos que representaba en el teatro San Samuele de Venecia,[16] enfrente de la casa donde vivía un zapatero llamado Gerolamo Farussi con su mujer Marzia[17] y su única hija, Zanetta, que a sus dieciséis años ya era una auténtica belleza. El joven cómico se prendó de la muchacha, supo enamorarla y convencerla para que se dejara raptar. Dado que era cómico, no podía alimentar la esperanza de obtener el consentimiento de Marzia, la madre, y menos aún de Gerolamo, el padre, a cuyos ojos un cómico era un personaje abominable. Provistos de los certificados necesarios y acompañados por dos testigos, los jóvenes enamorados fueron a presentarse al patriarca de Venecia,[18] que los unió en matrimonio. Marzia, la madre de la joven, puso el grito en el cielo y el padre murió de pena.[19] De este matrimonio[20] nací yo al cabo de nueve meses, el 2 de abril del año 1725.

Al año siguiente, mi madre me dejó en manos de la suya, que la había perdonado cuando supo que mi padre le había prometido no obligarla nunca a dedicarse al teatro. Es una promesa que todos los cómicos hacen a las hijas de los burgueses cuando se casan, y que jamás cumplen porque ellas no se preocupan de obligarles a cumplirla. Por otra parte, mi madre fue muy afortunada de haber aprendido a interpretar, porque de otro modo, viuda tras nueve años de matrimonio, no habría tenido medios para criar a sus seis hijos.

Así pues, tenía yo un año cuando mi padre me dejo en Venecia para ir a hacer teatro en Londres. Fue en esa gran ciudad donde mi madre subió al escenario por primera vez, y fue en ella donde dio a luz en 1727 a mi hermano Francesco,[21] célebre pintor de batallas que desde 1783 vive en Viena ejerciendo su oficio.

Mi madre volvió a Venecia con su marido hacia finales del año 1728, y como se había hecho actriz siguió siéndolo. En 1730 dio a luz a mi hermano Giovanni, que murió en Dresde a finales del año 1795 al servicio del Elector[22] en calidad de director de la Academia de pintura. En los tres años siguientes dio a luz a dos niñas,[23] una de las cuales murió a tierna edad, y la otra se casó en Dresde, donde sigue viviendo en este año de 1798. Tuve otro hermano nacido póstumo,[24] que se hizo sacerdote y murió en Roma hace quince años.

Vengamos ahora al inicio de mi existencia como ser pensante. El órgano de mi memoria se desarrolló a comienzos de agosto del año 1733. Así que tenía ocho años y cuatro meses. De lo que pueda haberme pasado antes de esa época no tengo ningún recuerdo. Y ocurrió como sigue:

Me hallaba de pie en el rincón de un cuarto, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos fijos en la sangre que me brotaba copiosamente de la nariz y corría por el suelo. Marzia, mi abuela, de la que era el nieto preferido, vino a mí, me lavó la cara con agua fresca y, a escondidas de toda la casa, me hizo subir con ella en una góndola y me llevó a Murano,[25] isla muy poblada que dista una media hora de Venecia.

Descendimos de la góndola y entramos en un chamizo donde encontramos a una vieja sentada en un catre, con un gato negro en brazos y cinco o seis más a su alrededor. Era una bruja. Las dos viejas mantuvieron un largo conciliábulo cuyo tema fui yo probablemente. Al final de su dialogo en lengua friulana,[26] la bruja, tras haber recibido de mi abuela un ducado de plata,[27] abrió un baúl, me tomó en brazos, me metió dentro y me encerró allí diciéndome que no tuviera miedo. Aquélla era la manera de hacérmelo tener, si yo hubiera tenido una pizca de inteligencia; pero estaba aturdido. Me quedé quieto, con el pañuelo en la nariz porque aún sangraba, totalmente indiferente al barullo que me llegaba de fuera. Oía sucesivamente reír, llorar, gritar, cantar y golpear sobre el baúl. Todo aquello me daba igual. Por fin me sacaron, la sangre había dejado de manar. Después de hacerme mil caricias, aquella extraordinaria mujer me desnuda, me mete en la cama, quema varias drogas, recoge el humo en una sábana, me faja con ella, recita conjuros, luego me retira la sabana y me da a comer cinco peladillas de un gusto muy agradable. Acto seguido me frota las sienes y la nuca con un ungüento que exhalaba un olor suave, y vuelve a vestirme. Me dice que la hemorragia irá desapareciendo poco a poco, siempre que no cuente a nadie lo que ella me había hecho para curarme, amenazándome con la perdida de toda mi sangre y la muerte si me atrevía a revelar sus misterios a quienquiera que fuese. Tras haberme aleccionado así, me anuncia que una dama encantadora iría a visitarme a la noche siguiente, dama de la que dependía mi felicidad si era capaz de no decir a nadie que había recibido aquella visita. Luego, mi abuela y yo nos fuimos, y regresamos a casa.

Me dormí nada más acostarme, sin acordarme siquiera de la hermosa visita que debía recibir; pero, al despertarme unas horas después, vi, o creí ver, bajar por la chimenea a una mujer deslumbrante, con un gran miriñaque y ricamente vestida, que llevaba en la cabeza una corona constelada de pedrerías que me parecían resplandecientes de fuego. Con pasos lentos y aire dulce y majestuoso vino a sentarse en mi cama. Sacó de su bolsillo unas cajitas, que vació sobre mi cabeza murmurando algunas palabras. Después de haberme dirigido un largo discurso del que no comprendí nada, y de haberme besado, se marchó por donde había venido; yo volví a dormirme.

A la mañana siguiente, mi abuela me impuso silencio en cuanto se acercó a mi cama para vestirme. Me amenazo de muerte si me atrevía a contar lo que me había ocurrido por la noche. Aquella amenaza, lanzada por la única mujer que tenía sobre mí un ascendiente absoluto, y que me había acostumbrado a obedecer ciegamente todas sus órdenes, fue la causa de que me haya acordado de la visión y de que, sellándola, la haya guardado en el rincón más recóndito de mi naciente memoria. Por otra parte, no sentía la menor tentación de contar aquel suceso a nadie. No sabía que nadie pudiera considerarlo interesante, ni a quién contárselo. Mi enfermedad me había vuelto taciturno y nada divertido; todos me compadecían y me dejaban tranquilo, convencidos de que no viviría mucho. Mi padre y mi madre nunca me hablaban de ello.

Después del viaje a Murano y de la visita nocturna del hada, seguí sangrando, pero cada vez menos; y mi memoria seguía desarrollándose: en menos de un mes aprendí a leer. Sería ridículo atribuir mi curación a esas dos extravagancias, pero también sería un error afirmar que no pudieron contribuir a ella. En cuanto a la aparición de la hermosa reina, siempre la he creído un sueño, a menos que fuera una mascarada que me hicieron adrede; pero no siempre se encuentran en la farmacia los remedios para las más graves enfermedades. Todos los días nos demuestra nuestra ignorancia algún fenómeno. Creo que por esta razón no hay nada tan raro como un sabio dotado de un espíritu totalmente libre de superstición. Nunca ha habido brujos en el mundo, pero su poder siempre ha existido para aquéllos a quienes les han hecho creer hábilmente en ellos.

Somnio, nocturnos, lemures, portentaque Thessala rides,[28] Varias cosas que antes solo existían en la imaginación se vuelven reales, y, por consiguiente, efectos que se atribuyen a la fe pueden no ser siempre milagros. Lo son para aquellos que prestan a la fe un poder sin límites.

El segundo hecho que recuerdo, y que me afecta, ocurrió tres meses después de mi viaje a Murano, seis meses antes de la muerte de mi padre. Se lo comunicó al lector para darle una idea de la forma en que iba desarrollándose mi carácter.

Un día, hacia mediados de noviembre, me encontré con mi hermano Francesco, dos años menor que yo, en el cuarto de mi padre, al que contemplaba atentamente mientras trabajaba en cuestiones de óptica.

Había llamado mi atención un grueso cristal redondo tallado en facetas, y, tras ponérmelo delante de los ojos, quedé encantado al ver multiplicados todos los objetos. Al darme cuenta de que nadie se fijaba en mí, aproveche el momento para metérmelo en el bolsillo.

Tres o cuatro minutos después se levantó mi padre para ir a coger el cristal, y, al no encontrarlo, nos dijo que uno de los dos debía haberlo cogido. Mi hermano le aseguró que no lo había tocado, y, aunque culpable, yo dije lo mismo. Nos amenazó con registrarnos, y prometió zurrarle la badana al mentiroso. Después de fingir que lo buscaba por todos los rincones del cuarto, metí hábilmente el cristal en el bolsillo del traje de mi hermano. Me arrepentí enseguida, porque habría podido fingir que lo encontraba en algún sitio; pero la mala acción ya estaba hecha. Mi padre, irritado por nuestras inútiles búsquedas, nos registra, encuentra el cristal en el bolsillo del inocente y le inflige el prometido castigo. Tres o cuatro años después cometí la tontería de jactarme ante él de haberle jugado aquella mala pasada. Nunca me la ha perdonado, ni ha desaprovechado todas las ocasiones de vengarse.

En una confesión general, tras haberme acusado ante el confesor de este pecado con todas sus circunstancias, aprendí algo que me agradó. Era jesuita. Me dijo que, llamándome Giacomo, había confirmado con aquella acción el significado de mi nombre, porque Jacob en lengua hebrea quería decir suplantador.[29] Por esa razón Dios había cambiado el nombre del antiguo patriarca Jacob por el de Israel, que quiere decir vidente: había engañado a su hermano Esaú.

Seis semanas después de esta aventura, mi padre sufrió un absceso en la región interna de la oreja que lo llevó a la tumba en ocho días. El médico Zambelli, después de haber administrado al paciente remedios opilativos, creyó reparar su error recurriendo al castoreum,[30] que le hizo morir entre convulsiones. El postema le reventó en la oreja un minuto después de su muerte; desapareció después de haberlo matado, como si ya no tuviera nada que hacer con él. A sus treinta y seis años, mi padre estaba en la flor de la vida. Su muerte fue lamentada por el público, y sobre todo por la nobleza, que lo consideraba superior a su condición, tanto por sus costumbres como por sus conocimientos de mecánica. Dos días antes de su muerte quiso vernos a todos alrededor de su lecho, en presencia de su mujer y de los señores Grimani,[31] nobles venecianos, para hacerles prometer que nos tomarían bajo su protección.

Después de habernos dado su bendición, obligó a nuestra madre, deshecha en lágrimas, a jurarle que no educaría a ninguno de sus hijos para el teatro, profesión a la que nunca se habría dedicado de no haberle forzado a ello una desdichada pasión. Ella se lo juró, y los tres patricios le garantizaron su inviolabilidad. Las circunstancias la ayudaron a mantener su promesa.[32]

Mi madre estaba en el sexto mes de embarazo y por ello se la dispensó de salir a escena hasta después de Pascua. Bella y joven como era, negó su mano a cuantos se presentaron. Llena de valor, se creyó capaz de criarnos ella sola. Pensó que debía ocuparse primero de mí, no tanto por predilección como por mi enfermedad, que me había reducido a tal estado que no sabían que hacer conmigo. Estaba muy débil, no tenía apetito, era incapaz de aplicarme a nada y tenía aire de estúpido. Los médicos discutían entre sí sobre la causa de mi mal. Pierde, decían, dos libras de sangre a la semana, y no puede tener más que dieciséis o dieciocho. ¿De dónde viene entonces una sanguificación tan abundante? Uno decía que todo mi quilo[33] se transformaba en sangre; otro sostenía que el aire que yo respiraba debía de aumentar en cada respiración una porción dentro de mis pulmones, y que por ese motivo siempre tenía la boca abierta. Todo esto lo supe seis años después por el señor Baffo,[34] gran amigo de mi padre.

Fue él quien consulto en Padua al famoso médico Macop, que le dio su parecer por escrito. Ese escrito, que conservo, dice que nuestra sangre es un fluido elástico, que puede disminuir y aumentar en espesor, nunca en cantidad, y que mi hemorragia solo podía derivar de la densidad de la masa, la cual se aligeraba de forma natural para facilitar la circulación. Decía que ya estaría muerto si la naturaleza, que quiere vivir, no se hubiera ayudado a si misma. Terminaba diciendo que, como la causa de esa densidad solo podía encontrarse en el aire que yo respiraba, tenían que hacerme cambiar de aire, o resignarse a perderme. En su opinión la densidad de mi sangre era la causa de la estupidez que se reflejaba en mi cara.

Así es que, gracias al señor Baffo, genio sublime, poeta en el más lubrico de todos los géneros, pero grande y único, decidieron meterme a pensión en Padua, y por tanto es a él a quien debo la vida. Murió veinte años después, último vástago de su antigua familia patricia; más sus poemas, por sucios que sean, siempre mantendrán vivo su nombre. Los Inquisidores de Estado[35] venecianos habrán contribuido a su fama con su piadoso espíritu. Al perseguir sus obras manuscritas, las convirtieron en algo precioso: hubieran debido saber que spreta exolescunt.[36]

Una vez aceptado el oráculo del profesor Macop, fue el señor abate Grimani quién se encargo de encontrarme una buena pensión en Padua por medio de un químico conocido suyo que vivía en esa ciudad. Se llamaba Ottaviani, y también era anticuario. No tardo mucho en encontrar la pensión, y el 2 de abril de 1734, día en que cumplía yo los nueve años, me llevaron a Padua en un burchiello[37] por el Brenta. Embarcamos dos horas antes de medianoche después de haber cenado.

El burchiello puede considerarse como una pequeña casa flotante. Dispone de dos salas que tienen un gabinete en cada ex tremo, y de literas para los criados a proa y a popa; en el centro hay una especie de cuadrado alargado de dos pisos, rodeado por ventanas acristaladas y con postigos. El breve viaje se hace en ocho horas. Los que me acompañaban fueron, además de mi madre, el señor abate Grimani y el señor Baffo. Mi madre me hizo dormir con ella en la sala, y los dos amigos se acostaron en el camerino.

En cuanto se hizo de día, mi madre se levantó, y, tras abrir una ventana que estaba frente al lecho, los rayos del sol naciente, golpeándome en la cara, me hicieron abrir los ojos. La cama estaba demasiado baja para que yo pudiera ver la orilla. Solo veía, por aquella misma ventana, las copas de los árboles que continuamente adornan las orillas del río. La barca bogaba, pero con un movimiento tan uniforme que ni siquiera podía darme cuenta; por eso los árboles que rápidamente se ocultaban de mi vista provocaron mi estupor. «¡Ay!», exclamé, «¡Querida madre! ¿Qué pasa? Los árboles andan.»

En ese momento entraron los dos señores, y al verme estupefacto me preguntaron la causa. «¿Cómo es que los árboles andan?», les respondí.

Se echaron a reír; pero mi madre, después de haber lanzado un suspiro, me dijo en tono compasivo: «Es la barca la que anda, y no los árboles. Vístete».

Capté al instante la causa del fenómeno con ayuda de mi razón, que empezaba a desarrollarse y no estaba nada preocupada. Entonces le dije: «Puede que tampoco ande el sol, y seamos nosotros los que nos movemos de Occidente a Oriente». Mi buena madre comenta que eso es una tontería, el señor Grimani deplora mi imbecilidad, y yo me quedó consternado, afligido y a punto de llorar. Es el señor Baffo quien viene a devolverme el ánimo. Se echa sobre mí y me abraza tiernamente diciéndome: «Tienes razón, hijo mío. El Sol no se mueve, ten ánimo, razona siempre de forma consecuente, y deja que se rían».

Mi madre le preguntó si estaba loco para darme enseñanzas de ese tipo; mas el filósofo, sin responderle siquiera, continuó esbozando una teoría adecuada a mi razón pura y sencilla. Ése fue el primer placer auténtico del que disfruté en mi vida. De no ser por el señor Baffo, ese momento hubiera bastado para envilecer mi entendimiento: la cobardía de la credulidad se hubiera introducido en él. La estupidez de los otros dos habría mellado en mí, a buen seguro, el filo de una facultad con la que no se si he llegado muy lejos, sólo sé que a ella debo toda la felicidad que siento cuando me encuentro frente a mí mismo.

Llegamos temprano a Padua, a casa de Ottaviani, cuya mujer me cubrió de caricias. Vi a cinco o seis niños,[38] entre ellos una niña de ocho años que se llamaba María, y otra de siete, que se llamaba Rosa, bonita como un ángel. Diez años después, María se convirtió en esposa del corredor de comercio Colonda; y Rosa llego a serlo años después del patricio Pietro Marcello, que tuvo de ella un hijo y dos hijas, una de las cuales se casó con el señor Pietro Mocenigo, y la otra con un noble de la familia Corraro, matrimonio que luego fue declarado nulo. Ya hablaré de todas estas personas. Ottaviani nos llevó enseguida a la casa donde yo debía quedarme a pensión.

Estaba a cincuenta pasos de la suya, en Santa María in Vanzo,[39] en la parroquia de San Michele, en el domicilio de una vieja esclavona que alquilaba su primer piso a una tal señora Mida, mujer de un coronel de los esclavonios.[40] Abrieron en su presencia mi pequeño baúl, y le hicieron inventario de cuánto contenía. Tras esto le pagaron por adelantado seis cequíes[41] por seis meses de mi pensión. A cambio de esta pequeña cantidad de dinero debía darme de comer, tenerme limpio y mandarme a la escuela. Dijo, sin ningún resultado, que no era suficiente. Luego me abrazaron, me dijeron que obedeciera siempre las órdenes de aquella mujer y me dejaron en la casa. Así fue como se desembarazaron de mí.

 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Historia de mi vida - Tomo I. Giacomo Casanova. 2012, Atalanta. Traducción: Mauro Armiño.




 

 

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Giacomo Casanova (Venecia, 1725-1798). fue un aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violonchelista, filósofo, matemático, bibliotecario y agente secreto italiano, hermano de los pintores Giovanni Battista Casanova (1730-1795) y Francesco Casanova (1727- 1802). Se le conoce sobre todo como arquetipo del libertino seductor, del que se han contado 132 conquistas amorosas. Su obra principal fue una vasta autobiografía, la Histoire de ma vie, conocida también como Memorias de Casanova, escrita en francés porque entonces era el idioma más conocido y hablado en Europa, como acontece en el siglo XX con el inglés. En cambio para las que juzgaba obras menores lo hizo en italiano Sus memorias, aparte de su intrínseco valor literario, posee un importante valor documental para la historia de las costumbres y en ese sentido es acaso una de las obras literarias más importantes para conocer la vida cotidiana del siglo XVIII, aunque en virtud del mundo frecuentado por el autor se refiere de modo primordial a las clases dominantes de la época: nobleza y burguesía. Empero esto no es en modo alguno un obstáculo para mantener vivo el interés en cuanto a los personajes menos encumbrados de su entorno: todos son representados de manera vivísima, porque Casanova describe con igual interés lo alto que lo bajo. Sea como fuere, entre cortes y salones Casanova fue el notario cotidiano —casi sin darse cuenta— de unos momentos cruciales de la transición entre el Antiguo Régimen y el Mundo moderno en la historia de Occidente. Se halló entre los personajes más destacados de su tiempo y dejó reseña de tales encuentros. Son así dignas de mención las páginas que tratan de Rousseau, de Voltaire, de Madame de Pompadour, de Mozart, de Catalina II de Rusia y de Federico II de Prusia, entre otros afamados personajes.






 

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[1]      Alfonso V el Magnánimo (1396-1458), rey de Aragón (1416-1458) y rey de Nápoles como Alfonso I (1442-1458).

[2]      No fue Martín III (942-946), sino Martín V (Oddone Colonna, 1368- 1431), papa desde 1417.

[3]      Juan Casanova (ca. la segunda mitad del siglo XIV-1436), dominico y teólogo español, profesor de gramática, lector de lógica y director del Sacro Colegio, obispo de Cerdona y de Elna, y cardenal en 1430

[4]      Marco Antonio Casanova (1476-1526 o 1527), poeta italiano cuyas composiciones aparecieron en distintas antologías; en su mayoría se recogieron en Deliciæ poetarum italorum (tomo III).

[5]      Fernando I (1423-1494), hijo natural de Alfonso V, rey de Nápoles desde 1458.

[6]      Ese año indica que don Juan Casanova habría muerto al regreso del primer viaje (3-8-1482 a 15-3-1493) de Cristóbal Colon (1446 o 1447 o 1451-1506).

[7]      Marco Valerio Marcial (ca. 40-103 o 104), poeta latino nacido en Bilbilis (Hispania), autor de 1500 Epigramas (recogidos en 12 libros publicados a partir del año 86); en cada uno de ellos expresaba una idea de forma concisa y aguda. Marcó ese genero lírico con rasgos realistas, agresivos y burlones, en un estilo muy puro.

[8]      Pompeo Colonna (1479-1532) fue nombrado cardenal en 1517 y, por su apoyo a los imperiales de Carlos V, virrey de Nápoles en 1519.

[9]      Miembro de la poderosa familia Medici (1478-1534), fue papa de 1523 a 1534 con el nombre de Clemente VII.

[10]   Las tropas de Carlos V que, formadas por mercenarios españoles y alemanes, y luchando en la segunda guerra (1526-1529) contra Francisco I de Francia, invadieron Roma y perpetraron en agosto de 1527 el saco, o saqueo, de la ciudad.

[11]   Carlos V (1500-1558), rey de España en 1516 y emperador de Alemania de 15 19 a 1555, año en el que abdico y traspaso el poder a su hijo Felipe II.

[12]   Pierio Valeriano, nombre latinizado de Giovan Pietro Bolzani (1477- 1560), fue un erudito, humanista y poeta italiano, autor de numerosas obras. Casanova cita su texto más conocido, cuyo titulo exacto es Contarenus sen de litteratorum infelicitate, donde sostiene que los hombres de letras no pueden alcanzar la serenidad en la vida. Casanova abrevia en este y otros muchos casos el titulo

[13]   Alessandro Farnese (Alejandro Farnesio), gran capitán al servicio de Felipe II de España, fue nombrado en 1578 estatúder de los Países Bajos y en 1586 duque de Parma. Durante la guerra de la Liga contra Enrique IV de Francia (1589-1598), dirigió el ejercito español de los Países Bajos contra París.

[14]   Enrique de Borbón, rey de Navarra (Enrique III) en 1575, y rey de Francia (Enrique IV) desde 1589, autor de la frase histórica de «París bien vale una misa», con la que expreso su conversión a la religión católica que se le exigía para reinar en el trono de Francia.

Navarre (en francés), o Navarra (en castellano), fue un Estado medieval que se extendía a uno y otro lado de los Pirineos y estuvo formado por parte de la actual Navarra española y de la Gascuña francesa. Las dinastías francesas empezaron a reinar en él a partir de Teobaldo I. En 1512, Fernando el Católico arrebato a Jean d’Albret, rey entonces de ese Estado, la parte española del reino. En cuanto a la parte francesa, controlada por los condes de Bearn, fue unida por Enrique IV a la corona francesa en 1607. Con capital en Saint-Jean de Pie-de-Port, en la actualidad esta comprendido en el departamento de los Basses-Pyrenees.

[15]   Sobrenombre de la «confidente», la criada graciosa de la commedia dell’arte en el siglo XVIII. Es un diminutivo del termino italiano fragola (=fresa).

[16]   Teatro de Venecia, construido en 1655, destruido por un incendio en 1747 y reconstruido en 1748. Fue demolido a finales del siglo XIX.

[17]   Marzia Farusso, o Farussi, murió en 1743, a los setenta y cuatro años. Para pasar de incógnito, Casanova utilizo ese apellido de Farussi (a veces antecedido por el titulo de conde) en alguna etapa de su vida, por ejemplo durante su viaje a Rusia.

[18]   Ese título de patriarca, honorario al principio para los obispos residentes en Roma, fue otorgado por el concilio de Calcedonia (451) a los obispos de Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquia y Jerusalén. En 1451, ese titulo, que ya utilizaba el obispo de Grado, paso al de Venecia. Fue el patriarca (1706-1725) Pietro Barbarigo quien casó a los padres de Casanova en febrero de 1724.

[19]   En esa fecha, Gerolamo Farussi ya había muerto según el registro de la parroquia de San Samuele.

[20]   El propio Casanova se declararía fruto de las relaciones ilegítimas de su madre con Michele Grimani (1697-1775) en su obra Ne amori ne donne (Venecia, 1782). De cualquier modo, nació trece meses después —y no nueve— del matrimonio de sus padres, que se casaron el 17 de febrero de 1724

[21]   Durante esa estancia en Londres, Zanetta fue amante del príncipe de Gales, futuro Jorge II, y de esa relación habría nacido Francesco.

[22]   Federico Augusto III (1750-1827), Elector en 1763 —un año más tarde se fundaba la Academia de pintura— y rey de Sajonia (1806-1827).

[23]   Faustina Maddalena (1721-1736) y Maria Maddalena Antonia Stella, nacida en 1732, que se casó con el músico de corte Peter August y tuvo por yerno a Cario Angiolini; el hijo de éste vendería en 1820 a Brockhaus el manuscrito de las Memorias de Casanova

[24]   Gaetano Alvise (1734-1783), subdiácono, que, tras una accidentada vida, terminó convertido en famoso predicador en Roma.

[25]   Famosa ya en el siglo XVIII por sus «cristales de Venecia», Murano era en la época un lugar de recreo, con palacios y quintas de placer muy conocidos, pero también con un elevado numero de monasterios e iglesias famosos por su magnificencia y riqueza.

[26]   El dialecto del Friul —el gentilicio de sus habitantes era forlanse diferenciaba mucho del resto de los dialectos del norte de Italia.

[27]   160 sueldos, equivalentes a 8 liras; también el ducatone, con un valor de 11 liras.

[28]   «Te burlas en sueños de los fantasmas nocturnos y de los prodigios tesalios», cita inexacta de Horacio: «Somnia terrores magicos, mirácula, sagas, nocturnos lemures portentaque Thessala rides?» (Epístolas, II, 2, 209).

[29]   Jacob, Jacobo, Giacomo, Jaime y Santiago (en francés Saint-Jacques) son distintas formas del mismo nombre en diferentes idiomas.

[30]   Secreción sebácea del castor, que se empleaba como antiespasmódico.

[31]   Michele, Zuane y Alvise Grimani; al apellido de este último, abate, Casanova le añadirá la partícula francesa de, para indicar nobleza; también se la adjudica a otros patricios venecianos, aunque en Venecia solo llevaban los títulos «Nobil Uomo» o «Nobil Donna», o el apelativo ser para indicarla.

[32]   Sin embargo, durante un tiempo, en 1752, María Maddalena subió a los escenarios de Dresde.

[33]   «Líquido de aspecto lechoso con gran contenido en grasas que resulta de la digestión de los alimentos en el intestino delgado» (Dicc. Acad.).

[34]   Las obras del escritor Giorgio Baffo (1694-1768) se publicaron póstumas: tras La poesie di G. Baffo (1771), sus obras completas aparecieron en 1789. Ligeros y licenciosos, sus poemas, escritos en dialecto veneciano, contrastaron con su personalidad, de costumbres muy severas.

[35]   El Consejo veneciano de los Diez elegía cada año entre los seis consejeros del dux a tres Inquisitori di Stato (un consejero del dux y dos senadores). Independientes de la ley, solo tenían que estar en perfecto acuerdo entre ellos; su autoridad era superior incluso a la del dux desde el siglo XV.

[36]   «Lo que se desprecia se olvida con el tiempo», Tácito, Annales, IV, 34.

[37]   Gran góndola cubierta que transportaba pasajeros todos los días de Venecia a Padua por el canal del Brenta

[38]   En 1734 eran cuatro los hijos de los Ottaviani: María, Rosa, Marina (nacida en 1730) y Giuseppe (nacido en 1733). La familia aumento a la vista de Casanova: Elena (nacida en 1735), Teresa (en 1737) y Francesca (en 1740).

[39]   En 1734, los Ottaviani Vivian cerca del puente de Santa María in Vanzo, en la parroquia de San Michele.

[40]   Los habitantes eslavos de los territorios venecianos de Dalmacia y de Istria recibieron en dialecto veneciano el nombre de schiavorti, terminó abolido oficialmente en 1797 por humillante. Formaban, en buena parte, la milicia de la República de Venecia. En Padua, cerca de la casa de la señora Mida, en la piazza di Castello, había acuartelada una guarnición de milicias esclavonias.

[41]   El cequí, en italiano zecchino, recibió su nombre de la Zecca («casa de la moneda» en árabe). Esta moneda de oro empezó a acuñarse en Venecia a finales del siglo XIII con el nombre de ducado de oro. Su valor era de 22 libras venecianas.