Tachas 647 • Vamos respetándonos • Jorge Ibargüengoitia
El derecho ajeno
19 de agosto de 1969
Cuando cruzo una calle, tengo especial cuidado en respetar el derecho de paso que, según una ley no escrita, pero por todos aceptada en nuestra sociedad, tienen la multitud de prógnatas chimuelos que circulan a ochenta kilómetros por hora en cochecitos que están al borde de la descompostura. Llevan la siguiente frase en mente:
—¡Ábranse bueyes, que lleva bala!
Cuando subo en un camión, tengo especial cuidado en respetar el derecho que tiene un empulcado a encender un radio portátil a todo volumen y quedarse dormido inmediatamente. Esto lo hago, no porque exista una ley al respecto, ni escrita ni aceptada, sino porque no quiero entrar en una discusión en donde el enemigo va a esgrimir un argumento tan contundente como el derecho que el pobre tiene a divertirse.
Hace poco, y muy a mi pesar, tuve que intervenir en el caso de un vecino paracaidista que estaba matando a un perro a palos.
—Mire amigo —le expliqué— está usted viviendo entre gente decente. Esto quiere decir que tiene usted derecho a matar a su mujer, a su hijo y a su perro, siempre y cuando los vecinos no oigamos nada.
Ya antes había golpeado a su mujer y a su hijo, pero el perro hizo mucho más ruido.
Estos ejemplos los he puesto para fundamentar lo siguiente que voy a decir: no es por accidente que la frase célebre: «el respeto al derecho ajeno es la paz» haya sido inventada por un mexicano ilustre. Nuestra sociedad estaba destinada, desde tiempo inmemorial, a producir semejante joya del sentido común. No porque seamos un pueblo especialmente respetuoso del derecho ajeno, sino porque somos extraordinariamente conscientes del propio.
Pero aunque subjetivamente todos sepamos que tenemos los mismos derechos que el más pintado, en el plan objetivo la cosa cambia. Y aquí vuelvo a referirme al primer ejemplo que puse: aunque yo sepa, en mi fuero interno, que tengo tanto derecho a pasar como el prógnata chimuelo, le cedo el paso, porque él va en coche y si cruzo, me atropella. Esta es una de las diez millones de pequeñas humillaciones que sufrimos a diario todos los mexicanos. Sabemos que todos tenemos los mismos derechos, pero muchas veces no estamos en condiciones de exigir que se nos respeten.
Un albañil borracho y un licenciado borracho, serán iguales a los ojos de Dios, pero no a los de la policía.
Todos los habitantes de la ciudad de México tenemos derecho a construir nuestras casas como nos dé la gana, pero el Departamento del DF tiene derecho, en muchos casos (o cuando menos, actúa como si lo tuviera), de decirnos de qué tamaño hemos de hacer las ventanas y cuál es la altura máxima que debe tener el último piso. De tal manera, que el futuro propietario se encuentra ante la disyuntiva de hacer la casa según la voluntad de los técnicos del Departamento del DF o de no hacer nada. Al resignarse y aceptar la primera alternativa, explica a sus amistades:
—No me voy a poner a las patadas con el Departamento…
Este es otro caso de respeto al derecho ajeno, según lo entendemos los mexicanos.
Hemos llegado a una conclusión: todos los mexicanos somos iguales y tenemos los mismos derechos, pero al mismo tiempo, vivimos en una sociedad de castas. La adaptación al medio consiste en dejar que se nos sequen derechos, como ramas en un árbol viejo, de acuerdo con la casta a la que pertenecemos. El último derecho que se nos seca es el de quedarnos dormidos en vía pública.
Mientras esto ocurre en los estratos inferiores de la sociedad, en el otro extremo, en los superiores, los derechos son infinitos, inviolables y llegan a extremos heroicos.
El presidente municipal de San Miguel de Allende, por ejemplo, cree que tiene derecho a no ver barbones y melenudos sentados en la plaza que queda frente a palacio, y pasando del pensamiento a la acción, cierra la plaza con la policía, copa a los melenudos, manda traer dos peluqueros y en cuestión de horas se acabaron los melenudos. Ahora hay rapados. Y si hay alguien que crea que tiene derecho a dejarse crecer el pelo tan largo como le dé la gana, que se lo vaya a decir al presidente municipal, que para eso tiene sus policías y sus peluqueros.
Pero esto, que ocurrió hace unas semanas, no es más que la primera parte de la historia. Porque no todos los rapados eran parias. Había varios hijos de sanmiguelenses importantes y un siquiatra, que lo único que tenía de paria era lo extranjero y el no hablar español.
El caso es que, después de ejercer sus derechos, el presidente municipal ha dado un paso atrás y ya empieza a dar explicaciones. Ahora dice que rapó a los barbones por ser todos ellos vagos y malvivientes. Se le olvida que las barbas son cuestión de moda, y que a través de los años, la rapada les hubiera tocado a Einstein, a Stanley y Livingstone, a Lincoln, a Cervantes y Lope de Vega, a Cortés no digo, porque a ése lo hubieran linchado, a Colón, a Carlos V, y si nos vamos muy lejos, a Cristo con sus Apóstoles. En el supuesto de que hubieran ido a San Miguel, claro está.
Texto cedido para promoción por los editores del libro Instrucciones para vivir en México. Jorge Ibargüengoitia. 2018, Joaquín Mortiz.
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Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983) Escritor y periodista mexicano, considerado uno de los más agudos e irónicos de la literatura hispanoamericana y un crítico mordaz de la realidad social y política de su país. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y fue becario del Centro Mexicano de Escritores y de las fundaciones Rockefeller, Fairfield y Guggenheim. Su obra abarca novelas, cuentos, piezas teatrales, artículos periodísticos y relatos infantiles. Su primera novela, Los relámpagos de agosto (1965), una demoledora sátira de la Revolución mexicana, lo hizo merecedor del Premio Casa de las Américas. A ésta seguirían Maten al león (1969), Estas ruinas que ves (1974), Las muertas (1977), Dos crímenes (1979) y Los pasos de López (1982; editada en España un año antes bajo el título Los conspiradores), en las que echó mano del costumbrismo para convertirlo en la base de historias irónicas y sarcásticas. En el terreno del cuento publicó La ley de Herodes (1976). Entre sus piezas teatrales destacan Susana y los jóvenes (1954), Clotilde en su casa (1955) y El atentado (1963). Murió trágicamente en un accidente aéreo.
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