Narrativa

Tachas 649 • Diario del año de la peste (Fragmento) • Daniel Defoe

Esa noche fui a mi casa con el ánimo muy oprimido

Esa noche fui a mi casa con el ánimo muy oprimido, indeciso, sin saber qué hacer. Había dejado toda la tarde libre para poder pensar seriamente en ello y estaba totalmente solo; como si hubiese sido por decisión general, la gente ya había tomado la costumbre de no salir de sus casas después de la caída del sol; más adelante tendré ocasión de detallar las razones de ello.

Durante el retiro de esa tarde me esforcé por determinar, en primer lugar, lo que era mi deber hacer; y manifesté los argumentos con los que mi hermano me había presionado para que me marchase al campo, y los enfrenté a las fuertes impresiones que en mi mente abogaban por lo contrario; las obligaciones que suponía el ejercicio de mi profesión, y el cuidado que yo debía a la preservación de mis efectos, que eran todos mis bienes; también estaban las intimaciones que yo creía que había recibido del Cielo y que significaban para mí una especie de orientación a seguir; y se me ocurrió que si había tenido lo que podría llamar una orden de quedarme, debería pensar que ésta contenía una promesa de ser protegido si obedecía.

Esta idea fue tomando cuerpo; y en mi espíritu, estaba cada vez más decidido a quedarme, alentado por la complacencia íntima de saber que sería preservado. A esto se añadió que, mientras hojeaba la Biblia que tenía ante mí y mientras mis pensamientos giraban insistentemente alrededor de la cuestión, exclamé «¡no sé qué he de hacer, Señor, guíame!», y cosas análogas; y en ese momento crítico, dejé de revolver las páginas del libro justo en el Salmo 91; y dirigiendo la mirada al versículo segundo, comencé a leer; y continué hasta el versículo séptimo, incluyendo luego el décimo, como sigue: «Diré del Señor: Él es mi refugio y mi alcázar; mi Dios en quien confiaré. Pues Él te librará de las asechanzas de los cazadores; y de la peste maligna. Te cubrirá con sus plumas; y bajo sus alas te acogerás: tu escudo y broquel su fidelidad será. No temerás el terror nocturno, ni la flecha que vuela de día; ni la peste que vaga en las tinieblas, ni la destrucción que asola a mediodía. Caerán mil a tu lado, y diez mil a tu diestra, mas no se acercará a ti. Con tus ojos lo contemplarás, y verás el castigo de los pecadores. Porque has hecho del Señor tu refugio, del Altísimo tu morada; no te sucederá mal alguno, ni el azote se aproximará a tu hogar», etc.

No creo necesario tener que decir al lector que a partir de aquel momento decidí que me quedaría en la ciudad y que me encomendaría plenamente a la protección y a la bondad del Todopoderoso, sin buscar ningún otro refugio; y que, puesto que mis días estaban en Sus manos, Él podía preservarme en tiempo de azote al igual que en tiempo de salud; y que si Él no juzgaba oportuno liberarme, yo estaba igualmente en Sus manos; y estaba convenido que Él haría de mí lo que le pareciese bueno.

Me acosté habiendo resuelto de esta manera; mi decisión se confirmó el día siguiente, cuando enfermó la mujer a la que tenía pensado confiar mi casa y todos mis negocios. Además, se me presentó otro compromiso análogo, ya que al día siguiente me encontré yo mismo desequilibrado, de modo que si hubiera tenido que marcharme, no habría podido; y continué enfermo durante tres o cuatro días, lo que determinó definitivamente mi permanencia; así pues, me despedí de mi hermano, quien se marchó a Dorking, en Surrey, aunque luego fue más lejos, a Buckinghamshire o Bedfordshire, a un retiro que había encontrado allí para su familia.

Era una época muy mala para estar enfermo, ya que si uno se quejaba, inmediatamente decían que tenía la peste; y si bien yo no tenía ninguno de los síntomas de ese mal, aunque estaba muy enfermo tanto de la cabeza como del estómago, tenía una cierta aprensión de estar efectivamente contagiado; mas comencé a mejorar después de unos tres días; durante la tercera noche descansé bien, transpiré un poco y cobré nuevas fuerzas. Junto con mi enfermedad desaparecieron también mis temores de que hubiese contraído la peste; y retomé mi negocio del modo habitual.

Estas cosas, sin embargo, desecharon todos mis pensamientos referentes a marcharme al campo; y como mi hermano ya se había ido, no tenía más discusiones sobre este tema, ni con él ni conmigo mismo.

Estábamos a mediados de julio, y la peste, que había azotado principalmente el otro extremo de la ciudad y, como dije anteriormente, las parroquias de St. Giles, St. Andrew, Holborn y en dirección de Westminster, empezaba a venir hacia el este, hacia la zona en la que yo vivía. Ciertamente, se observó que no venía en línea recta hacia nosotros, puesto que la ciudad, es decir, dentro de las murallas, seguía estando sana; tampoco había entrado mucho en Southwark, pasando el agua, ya que si bien esa semana murieron allí 1268 de todas las enfermedades, entre los que se pueden suponer unos 600 muertos de peste, en toda la ciudad sólo hubo 28 dentro de las murallas; y sólo 19 en Southwark, incluida la parroquia de Lambeth; en cambio, nada más que en las parroquias de St. Giles y St. Martin-in-the-Fields murieron 421.

Pero advertíamos que el azote se mantenía principalmente en las parroquias de fuera de la ciudad, las que, por ser muy pobladas y estar llenas de pobres, constituían para la plaga una presa más fácil que la ciudad, como explicaré más adelante. Como decía, observábamos que el mal se aproximaba a nosotros, es decir a las parroquias Clarkenwell, Cripplegate, Shoreditch y Bishopsgate. Porque siendo las dos últimas parroquias limítrofes con Aldgate, Whitechapel y Stepney, la peste llegó por fin a estas zonas, esparciéndose con gran violencia, incluso cuando ya había menguado en las parroquias del oeste en las que se había iniciado.

Fue digno de observar que en esta semana particular, entre el 4 y el 11 de julio, durante la que, como ya dije, murieron de peste cerca de 400 personas únicamente en las dos parroquias de St. Martin y St. Giles-in-theFields, en la parroquia de Aldgate sólo murieron cuatro, tres en la de Whitechapel y sólo una en la parroquia de Stepney.

Similarmente, durante la semana siguiente, entre el 11 y el 18 de julio, cuando la lista semanal fue de 1761, sólo murieron 16 a causa de la peste en toda la orilla de Southwark.

Mas este estado de cosas cambió muy pronto; y empezó a complicarse especialmente en la parroquia de Cripplegate y en la de Clarkenwell; así, hacia la segunda semana de agosto, sólo la parroquia de Cripplegate enterró a 886, y 155 la de Clarkenwell. De los primeros, puede suponerse que bien pudieron ser 850 los muertos de peste; en cuanto a los últimos, la lista misma decía que 145 estaban apestados.

Durante el mes de julio, y mientras, como dije, nuestra parte de la ciudad parecía estar exenta del mal en comparación con la parte oeste, yo caminaba normalmente por las calles, en la medida en que lo requerían mis negocios; y en especial, iba generalmente una vez al día, o una vez cada dos días, a la ciudad, a la casa de mi hermano, que él me había confiado, para ver si estaba en orden; y puesto que tenía la llave en el bolsillo, solía entrar en la casa y recorrer casi todas las habitaciones, para ver si todo estaba bien; porque, aunque puede asombrar que se diga que en medio de tal calamidad puede haber personas con el corazón tan duro como para robar y saquear, lo cierto es que en la ciudad sucedían, más abiertamente que nunca, toda clase de villanías, e incluso casos de libertinaje y corrupción (no diré que con la frecuencia acostumbrada, porque el número de habitantes había mermado por diversos conceptos).

Pero entonces comenzó a infectarse la misma ciudad, quiero decir dentro de las murallas; aunque allí la cantidad de gente era, por cierto, muy reducida debido a la gran multitud que había marchado al campo; y continuaron huyendo aún durante todo este mes de julio, aunque no tan masivamente como antes. Ciertamente, en agosto escapaban de tal manera que comencé a pensar que en la ciudad no quedarían, de hecho, más que magistrados y sirvientes.

Tal como escapaban ahora todos de la ciudad, debo decir aquí que la Corte salió muy pronto, o sea en el mes de junio, y fue a Oxford, donde plugo a Dios preservarla; y según he oído, la enfermedad ni siquiera la rozó, cosa por la que no puedo decir que haya visto nunca muestra alguna de agradecimiento, ni señal de enmienda, bien que no querían que se les reprochase, con justicia, de que habían sido sus atroces vicios los que habían atraído sobre toda la nación tan terrible castigo.

El aspecto de Londres estaba ya extrañamente alterado. Me refiero a la totalidad de los edificios, el centro de la ciudad, los suburbios, Westminster, ya que en lo que respecta a la parte llamada la City, o sea, dentro de las murallas, no estaba muy infectada todavía. Pero el aspecto general, como digo, estaba muy alterado; todos los rostros exhibían aflicción y tristeza; y si bien algunas zonas todavía no estaban sumergidas en la desgracia, todos estaban preocupados; y cuando vimos que el mal se aproximaba sin lugar a dudas, cada uno de nosotros se vio a sí mismo y a su familia en el mayor de los peligros. Si fuese posible describir con exactitud lo que sucedió en esos días a aquellos que no los vieron y transmitir al lector las verdaderas imágenes del horror que por doquier se manifestaba, éste se vería hondamente impresionado y lleno de sorpresa. Bien puede decirse que todo Londres lloraba; ciertamente, no se veían dolientes por las calles, ya que nadie vestía de negro ni usaba vestidos formales de luto por sus amigos más íntimos; pero el clamor de los dolientes se dejaba oír en verdad por las calles. Era tan frecuente escuchar, desde la calle, los gritos agudos de las mujeres y los niños, lanzados desde las ventanas y las puertas de sus casas, en las que sus seres queridos estaban muriendo, o tal vez acababan de morir, que hubiesen podido traspasar el corazón más duro del mundo de haberlos escuchado. Lágrimas y lamentos se veían y oían en casi todas las casas, especialmente al comienzo de la epidemia; pues ya hacia el final, los corazones de los hombres estaban endurecidos y la muerte estaba ante sus ojos tan constantemente, que ya no se preocupaban mucho por la pérdida de sus amigos, ya que veían que ellos mismos podrían ser llamados a la hora siguiente.

Los negocios a veces me llevaban hasta el otro extremo de la ciudad, incluso cuando la enfermedad radicaba principalmente allí; y como la situación era nueva para mí, al igual que para todos los demás, era sorprendente ver aquellas calles, habitualmente atestadas de gente y que ahora estaban desoladas, tan vacías que, si yo hubiera sido un forastero que hubiese perdido su camino, algunas veces habría tenido que andar la longitud de toda una calle (me refiero a las calles laterales), sin ver a nadie que me pudiera orientar, salvo los vigilantes colocados a las puertas de las casas cerradas, de los que hablaré ahora.

Un día, estando en esa parte de la ciudad para resolver algún negocio especial, la curiosidad me llevó a observar las cosas con mayor detenimiento que de costumbre, tanto que caminé un buen trecho por donde no tenía nada que hacer. Subí por Holborn: la calle estaba allí llena de gente, pero caminaban en el centro de la ancha calle y no a uno u otro de los lados, porque, supongo, no querían mezclarse con cualquiera que saliese de las casas, o encontrarse con olores o pestilencias procedentes de casas posiblemente infectadas.

Las Posadas de la Corte estaban cerradas; tampoco podían verse muchos abogados en las hospederías del Temple o Lincoln, ni en la de Gray. Todos estaban en paz; no había lugar para abogados; además, era la época de vacaciones durante la cual, generalmente, iban al campo. En algunos lugares había filas de casas todas cerradas, sus moradores huidos, con sólo uno o dos guardianes.

Cuando hablo de filas de casas cerradas, no me refiero a casas cerradas por las autoridades, sino porque gran número de personas siguieron a la Corte por necesidad de sus empleos o por depender de ella en una u otra forma; otros se marcharon, atemorizados por la enfermedad, con lo que algunas de las calles quedaron totalmente despobladas. Pero el temor todavía no era tan grande en la ciudad misma especialmente porque, como ya he mencionado, la enfermedad a menudo remitió al principio, de manera que las gentes se alarmaron y se tranquilizaron nuevamente, repetidas veces, hasta que se familiarizaron con ella, si bien al principio estuvieron indeciblemente consternados: incluso cuando la peste adquirió violencia, al ver que no se expandía dentro de la ciudad o por las zonas este y sur, la gente comenzó a envalentonarse y a endurecerse. Es cierto que muchas personas huyeron, como ya dije, pero éstas eran principalmente del extremo oeste de la ciudad, y de lo que llamamos el corazón de la ciudad; es decir, las gentes más acomodadas, y los que no estaban ligados a comercios o negocios. Mas del resto, la mayoría permaneció, y parecía esperar lo peor; de modo que en el sitio que llamamos Liberties y en los suburbios, en Southwark y en la parte este, por ejemplo en Wapping, Ratcliff, Stepney, Rotherhithe y demás, la gente generalmente se quedó, excepto alguna que otra familia pudiente que no dependía de su negocio.

No se debe olvidar aquí que la ciudad y los suburbios estaban enormemente poblados en la época de esta epidemia, quiero decir cuando dio comienzo. Porque si bien he vivido para ver un nuevo aumento de población y grandes muchedumbres establecerse en Londres de manera nunca vista, sabíamos, sin embargo, que la cantidad de gente que, terminadas las guerras, disueltos los ejércitos, y restauradas la familia real y la monarquía, había afluido a Londres para establecer un negocio o para depender de la Corte y buscar allí recompensas por servicios prestados, ascensos u otras ventajas, era tan grande que se calculaba que la ciudad tenía más de cien mil habitantes más que en cualquier época anterior; más aún, algunos llegaron a decir que tenía el doble, porque todas las familias arruinadas del partido monárquico se congregaron aquí. Todos los antiguos soldados establecieron aquí algún comercio y se afincaron muchas familias. Nuevamente, la Corte trajo consigo gran aparato y nuevas modas. Todo el mundo se volvió alegre y ostentativo; y el regocijo de la restauración trajo a Londres a muchas familias.

 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Diario del año de la peste. Daniel Defoe. 1996, Editorial Impedimenta. Traducción: Pablo Grosschmid.

 




 

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Daniel Defoe (Londres, 1660? -  1731) Su padre era miembro del gremio de carniceros y además se dedicaba a fabricar velas con el sebo de los animales sacrificados. Defoe tuvo una educación desordenada, viajó por Europa y Escocia e intentó abrirse paso como empresario, sin éxito. Hacia 1700 se estableció en Londres, tratando de vivir como periodista y libelista. En 1703, debido a un panfleto que escribió, titulado «El Camino más corto con los Disidentes», fue condenado a ser expuesto en la picota. La publicación de su poema «Himno a la Picota» provocó, sin embargo, que el público congregado alrededor del propio poste le lanzara flores en lugar de objetos dañinos y nocivos, y que bebiera a su salud. Partidario en principio de los whig, se pasó al partido tory, al que más tarde traicionaría convirtiéndose en agente secreto al servicio del gobierno whig. En 1704 fundó y dirigió The Review, donde expresó sus excepcionales cualidades como periodista (se le considera uno de los fundadores del periodismo moderno). Poco después de cumplir sesenta años se alejó de la actividad pública para escribir, en poco tiempo, las novelas que le reportarían fama y reconocimiento. Su Robinson Crusoe (1719), novela basada en la historia real del naufragio del marinero escocés Alexander Selkirk, le acarreó un éxito tan inmediato que Defoe se apresuró a escribir su continuación, Últimas aventuras de Robinson Crusoe, muy inferior, sin embargo, al primer libro en inspiración y fuerza representativa. En 1720 aparecerían las Memorias de un caballero y El capitán Singleton, y en 1722 El coronel Jack. En 1722 llega la segunda de sus obras maestras, el Diario del año de la peste, en el que Defoe evoca, mediante el artificio del diario de un testigo de ese acontecimiento, el flagelo de la peste que sacudió a Londres entre 1664 y 1666. Otra de las novelas inmortales de Defoe, Moll Flanders (1722), constituye un gran retrato de una mujer de vida aventurera y la primera novela de costumbres de la historia de la literatura inglesa. Daniel Defoe falleció en 1731, probablemente mientras vivía en la clandestinidad, huyendo de sus acreedores. Recibió sepultura en Bunhill Fields, Londres. 


 

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