Matemáticas

Tachas 651 • Alguien voló sobre el nido del cuco • Ken Kesey

Imagen IA generada con Adobe Firefly

Están ahí fuera.

Chicos negros con trajes blancos se me han adelantado para cometer actos sexuales en el pasillo y luego limpiarlo antes de que consiga atraparlos.

Están fregando cuando salgo del dormitorio, los tres enfurruñados y llenos de odio hacia todo: la hora que es, el lugar donde se encuentran, la gente con quien tienen que trabajar. Cuando están tan llenos de odio, más vale que no me deje ver. Me deslizo pegado a la pared, sin ruido, como el polvo sobre mis zapatillas de lona. Pero están equipados con un detector especialmente sensible que capta mi miedo y los tres levantan la vista, al mismo tiempo, con las caras negras de ojos relucientes, relucientes como las lámparas de una vieja radio vista por detrás.

—Ahí viene el Jefe. El Super Jefe, chicos. El Viejo Jefe Escoba. Qué tal, Jefe Escoba…

Me ponen una fregona en la mano y me indican el lugar que quieren que limpie hoy, y allá voy. Uno me golpea las pantorrillas con el mango de una escoba para darme prisa.

—¿Habéis visto cómo la agarra? Es tan grande que podría hacerme pedazos y me mira como un niño.

Se ríen y después les oigo murmurar a mis espaldas, las cabezas muy juntas. Zumbido de maquinaria negra, que va zumbando odio y muerte y secretos del hospital. No se toman la molestia de bajar la voz para intercambiar sus secretos de odio cuando estoy cerca porque me creen sordomudo. Todos lo creen. He tenido la astucia de hacérselo creer. Si de algo me ha servido ser mestizo en esta puerca vida, ha sido para enseñarme a actuar con astucia todos estos años.

Estoy fregando cerca de la puerta de la galería cuando del otro lado se oye una llave y sé que es la Gran Enfermera porque la cerradura cede rápida, suave y familiarmente. ¡Lleva tanto tiempo rondando cerraduras! Se desliza a través de la puerta con un chorro de aire frío y luego la cierra tras de sí y veo cómo pasa los dedos sobre el acero pulido; la punta de cada dedo tiene el mismo color que sus labios. Curioso naranja. Como el extremo de un soldador. Un color tan caliente o tan frío, que si ella te toca no puedes decir con cuál.

Lleva su bolso de mimbre trenzado como los que la tribu Umpqua vende junto a la carretera en el caluroso mes de agosto, un bolso en forma de caja de herramientas con un asa de cáñamo. La he visto con él todos los años que llevo aquí. El tejido es de malla grande y puedo ver lo que lleva dentro; no hay polvera ni lápiz de labios ni cosas de mujeres, su bolso está lleno de miles de piezas que piensa utilizar hoy en sus tareas: ruedecillas y engranajes, ruedas dentadas pulidas hasta dejarlas relucientes, pastillitas que brillan como porcelana, agujas, fórceps, pinzas de relojero, rollos de alambre de cobre…

Cuando pasa a mi lado hace una inclinación de cabeza. Con mi escoba, me aplasto contra la pared y sonrío y procuro escabullirme al máximo de sus artilugios y hurtarle la mirada… no pueden adivinar tantas cosas cuando uno tiene los ojos cerrados.

En mis tinieblas oigo el eco de sus tacones de goma sobre las baldosas y el roce de su bolso de mimbre contra sus piernas se aleja de mí por el pasillo. Camina muy tiesa. Cuando abro los ojos, está en el extremo del pasillo y se dispone a entrar en la encristalada Casilla de las Enfermeras donde pasará el resto del día sentada junto a su mesa, mirando por la ventana y tomando nota de lo que en las próximas ocho horas suceda ante sus ojos, en la sala de estar. Parece complacida y apaciguada con la idea.

Entonces… ve a los chicos negros. Todavía siguen allí, muy juntos, murmurándose cosas. Ahora advierten que los está mirando, pero ya es tarde. Ya deberían saber que no es muy buena idea formar grupos y murmurar cuando es su hora de llegar a la galería. Separan los rostros, confusos. Ella se agazapa y comienza a avanzar hacia el lugar donde los tres han quedado atrapados, apiñados en el extremo del pasillo. Sabe qué han estado diciendo y noto que está furiosa, que ha perdido completamente el control. Va a hacer pedazos a esos cochinos negros, tan furiosa está. Comienza a hincharse, se hincha y se hincha hasta desgarrar la espalda del blanco uniforme y despliega sus brazos y los extiende y alcanzan tal longitud que podrían dar cinco a seis vueltas en torno a los tres hombres. Mira a su alrededor con un rápido vaivén de la gran cabeza. Nadie a la vista, solo allí al fondo el pobre Bromden Escoba, el mestizo, escondido detrás de su escoba, y ese no puede gritar para pedir ayuda. Conque ya no se contiene más y su sonrisa pintada se transforma, se despliega en un gran bufido, y ella se agranda, más cada vez, hasta parecer un gran tractor, tan grande que puedo oler el motor que lleva dentro, tal como huelen los motores sometidos a un esfuerzo demasiado grande. Contengo el aliento y me digo: ¡Dios mío, esta vez va en serio! ¡Van a hincharse de odio hasta los topes y van a hacerse pedazos unos a otros antes de que se den cuenta de lo que están haciendo!

Pero cuando ya empieza a enlazar a los negros con aquellos brazos extensibles y ellos están a punto de desgarrarle el vientre con los mangos de las escobas, todos los pacientes comienzan a salir de los dormitorios para ver qué alboroto es aquel, y ella tiene que transformarse de nuevo para que no descubran su verdadera y espantosa apariencia. Cuando por fin los pacientes se han frotado los ojos y logran vislumbrar, a medias, en qué consiste el tumulto, solo ven a la enfermera jefe que, sonriente, serena y fría como de costumbre, les dice a los muchachos que no deberían formar grupos y murmurar, porque es lunes por la mañana y hay muchas cosas que hacer… la primera mañana de la semana.

—… ya sabéis cómo son los lunes, muchachos…

—Sí, señorita Ratched…

—… y esta mañana tendremos muchas visitas, conque a lo mejor, si lo que estaban haciendo aquí los tres juntos no es demasiado urgente…

—¿Sí?, señorita Ratched…

Se interrumpe y saluda con la cabeza a algunos de los pacientes que se han reunido a su alrededor y que miran con ojos enrojecidos e hinchados de sueño. Los va saludando uno a uno. Un gesto preciso y automático. Tiene un rostro regular, calculado y construido con precisión, como una muñeca de lujo, con la piel como esmalte color carne, una mezcla de blancos y cremas, y ojos azul cielo, nariz pequeña, con diminutas ventanillas sonrosadas, todo bien armonizado, excepto el color de sus labios y de sus uñas, y el tamaño de sus pechos. Fue todo un error de fabricación colocar esos grandes senos femeninos en la que, de otro modo hubiera resultado una obra perfecta, y salta a la vista lo mucho que eso le fastidia.

Los hombres siguen ahí a la espera de averiguar qué iba a hacerles a los negros y ella recuerda haberme visto y dice:

—Y ya que es lunes, chicos, ¿por qué no empezamos bien la semana y afeitamos lo primero esta mañana al pobre señor Bromden, antes de la aglomeración que se arma en la barbería después del desayuno?, y a ver si logran evitar que organice —ah— el alboroto de costumbre, ¿qué les parece?

Antes de que se vuelvan hacia mí, me zambullo en el armario de las escobas, cierro la puerta con cuidado, contengo el aliento. Afeitarse antes del desayuno es lo peor de todo. Con algo en el estómago uno se siente más fuerte y más despierto, y no es tan fácil que los cabrones que trabajan en la Sala de Máquinas te enchufen una de sus maquinitas en vez de la afeitadora eléctrica. Pero si hay que afeitarse antes del desayuno, como ella me manda hacerlo algunas mañanas —a las seis y media de la mañana, en un cuarto rodeado de paredes blancas y blancas jofainas y con largas luces de neón en el techo, para evitar cualquier sombra, y rodeado de rostros que chillan atrapados en los espejos—, ¿qué posibilidades de éxito tiene uno frente a sus máquinas?

Escondido en el armario de las escobas, escucho, mi corazón golpea en la oscuridad e intento no asustarme, intento pensar en otra cosa —pensar en otros tiempos y recordar cosas del pueblo y del gran río Columbia, pensar que una vez Papá y yo fuimos a cazar pájaros a un bosque de cedros junto a Los Rápidos…—. Pero, como siempre que intento llevar mis pensamientos al pasado y ocultarme allí, el miedo siempre a mano se filtra a través de la memoria. Noto que por el pasillo se aproxima ese raquítico muchacho negro, y cómo olfatea mi miedo. Abre las ventanas de la nariz como negras chimeneas, balancea a uno y otro lado su desmesurada cabeza y no para de olfatear, y va absorbiendo miedo por toda la galería. Ahora me huele a mí, puedo oír sus bufidos. No sabe dónde me escondo, pero me huele y me está buscando. Procuro no moverme…

(Papá me dice que no me mueva, me dice que el perro ha olfateado un pájaro muy cerca. Un hombre de Los Rápidos nos prestó un perro perdiguero. Todos los perros del pueblo son inútiles callejeros, dice Papá, devoradores de tripas de pescado, sin ninguna clase; ¡pero este perro tiene instinto! Yo no digo nada, pero ya he visto el pájaro, encaramado en un cedro mocho, hecho una bola de plumas grises. El perro corre en círculos bajo el árbol, el excesivo olor le impide señalar un punto concreto. El pájaro está a salvo mientras no se mueva. Resiste bastante bien, pero el perro sigue olfateando y dando vueltas, cada vez más alborotado y más cerca. Al fin, el pájaro no puede más, extiende las plumas, salta del cedro y cae bajo el disparo de la escopeta de Papá.)

El negro raquítico y uno de los más grandes me atrapan antes de que haya logrado alejarme ni diez pasos del armario de las escobas, y me arrastran hasta la barbería. No me resisto ni hago ruido. Gritar solo empeora las cosas. Contengo los gritos. Me contengo hasta que llegan a las sienes. Hasta que llegan a las sienes no puedo saber con certeza si han sustituido la máquina de afeitar por otra de esas máquinas; entonces ya no puedo continuar resistiendo. Cuando llegan a las sienes ya no es una cuestión de fuerza de voluntad. Es un… botón, al apretarlo (dice Bombardeo, Bombardeo) me disparo a tal volumen que desaparece todo ruido, todos me gritan tapándose los oídos, detrás de paredes de cristal, sus caras se mueven como si hablasen pero de las bocas no sale ni un sonido. Mi sonido absorbe todos los demás sonidos. Hacen funcionar de nuevo la máquina de hacer niebla y sobre mi cuerpo comienza a caer una nieve fría y blanca como crema de leche, tan espesa que incluso podría escabullirme en ella si no me tuvieran cogido. Con esa niebla no puedo ver ni a diez centímetros y lo único que consigo oír por encima de mi gran lamento son los alaridos de la Gran Enfermera que avanza por el pasillo y se abre paso entre los pacientes a golpes de ese cesto de mimbre. La oigo llegar pero no consigo acallar mis aullidos. Sigo aullando hasta que llega. Me sujetan mientras ella me tapa la boca con todo lo que tiene a mano, cesto de mimbre incluido, y me lo empuja garganta abajo con el mango de una escoba.

(Un perro de caza aúlla ahí afuera en la niebla, corretea temeroso y desconcertado porque no puede ver. Ningún rastro en el suelo excepto el suyo propio, y olfatea en todas direcciones con su fría nariz roja y elástica y no capta olor alguno sino el de su propio miedo, un miedo que le bulle y le abrasa por dentro como vapor caliente.) También me abrasará y me hará estallar a mí y acabaré contando todo lo del hospital, y lo de ella, y lo de los muchachos… y lo de McMurphy. Llevo tanto tiempo callado que va a salir a borbotones como la crecida de un río y pensarán que el tipo que está contando todo esto desvaría y delira, por Dios; ¡pensarán que es demasiado horrible para que haya ocurrido realmente!, ¡que es demasiado terrible para ser verdad! Pero, un momento, por favor. Cuando lo recuerdo, todavía me cuesta conservar la calma. Sin embargo, es cierto, aunque no hubiera ocurrido.

Cuando se disipa la niebla a mi alrededor, estoy sentado en la sala de estar. No me han llevado a la Sala de Shocks esta vez. Recuerdo que me sacaron de la barbería y me llevaron a Aislamiento. No recuerdo si desayuné o no. Probablemente no. Puedo recordar las mañanas que he estado encerrado en Aislamiento, los negros siempre traían un segundo plato de todo —aparentemente para mí, pero se lo comían ellos— y se quedaban allí hasta que los tres habían desayunado mientras yo seguía echado en el colchón hediondo de orines y veía cómo mojaban tostadas en el huevo. Me llegaba el olor a grasa y les oía masticar la tostada. Otras veces me traían una papilla fría y me obligaban a comerla aunque estuviera salada.

Esta mañana simplemente no recuerdo nada. Me hicieron tragar un buen número de esas cosas que llaman pastillas, conque no me he enterado de nada hasta que se ha abierto la puerta de la galería. Si se ha abierto la puerta de la galería, ello significa que son, al menos, las ocho, y que debo haber estado desmayado más o menos una hora y media en esa Sala de Aislamiento, una hora y media durante la cual los técnicos pueden haber venido a instalar cualquier cosa que les haya ordenado la Gran Enfermera sin que yo pueda tener la menor idea de lo que es.

Oigo un ruido junto a la puerta de la galería, en el otro extremo del pasillo, fuera del alcance de mi vista. Esa puerta empieza a abrirse a las ocho y se abre y se cierra unas mil veces al cabo del día, clash, click. Cada mañana nos sentamos en fila a ambos lados de la sala de estar, después del desayuno empezamos a montar rompecabezas, siempre atentos al ruido de la llave en la cerradura, y en espera de ver qué entra. No hay mucho más que hacer. A veces, un joven interno aparece, temprano, junto a la puerta para observar qué aspecto tenemos Antes del Tratamiento. AT, lo llaman. A veces, aparece una esposa que viene de visita, con sus altos tacones y su bolso muy apretado contra el vientre. A veces, nos visita un grupo de maestras acompañadas por ese estúpido de Relaciones Públicas que no para de restregarse las manos húmedas y de repetir cuánto se alegra de que los hospitales psiquiátricos hayan eliminado todas las anticuadas crueldades: «Un ambiente muy alegre, ¿no les parece?». Da vueltas alrededor de las profesoras, que se han apiñado para sentirse más seguras, y se frota las manos. «Oh, cuando pienso en los viejos tiempos, en la suciedad, en la mala alimentación, incluso, sí, en la brutalidad, ¡oh, señoras, es evidente que nuestra campaña ha supuesto un gran progreso!». Todo el que aparece junto a la puerta suele decepcionarnos, pero siempre cabe una posibilidad de que no sea así, y cuando se oye la llave en la cerradura todas las cabezas se levantan como si una cuerda tirara de ellas.

Esta mañana la cerradura chirría de un modo extraño; el que se encuentra junto a la puerta no es un visitante habitual. Un Escolta grita con voz cortante e impaciente:

—Ingreso, vengan a firmar su admisión —y los negros acuden.

Ingreso. Todo el mundo deja las cartas y el Monopoly, todas las miradas se vuelven hacia la puerta de la sala de estar. Generalmente estoy afuera barriendo el pasillo y puedo ver quién ha ingresado; pero esta mañana, como les he dicho, la Gran Enfermera me ha cargado bien cargado y no puedo moverme de la silla. En general, soy el primero que veo al Ingreso, observo cómo se desliza por la puerta, y se arrastra a lo largo de la pared, y se queda allí, asustado, hasta que los negros vienen a firmar la admisión, y lo llevan a las duchas, donde lo desnudan y lo dejan, temblando, con la puerta abierta, mientras los tres se ponen a recorrer los pasillos muy sonrientes, en busca de la Vaselina. «Necesitamos la Vaselina», le dicen a la Gran Enfermera, «para el termómetro». Ella los mira fijamente, uno a uno: «No lo dudo», y les tiende un frasco que contiene al menos 3 litros, «pero, por favor, muchachos, no se metan todos allí al mismo tiempo». Luego veo a dos de ellos, a veces a los tres, ahí dentro, en las duchas con el Ingreso, untando el termómetro de grasa hasta cubrirlo con una capa del grosor de un dedo, mientras canturrean, «Esto va bien, esto va bien», y luego cierran la puerta y hacen correr todas las duchas a chorro de modo que solo se oye el insidioso rumor del agua sobre las baldosas verdes. Casi siempre estoy ahí y lo veo todo.

 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Alguien voló sobre el nido del cuco. Ken Kesey. 2006. Editorial Anagrama.

 




 

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Ken Kesey (EUA, 1935 - 2001) fue un escritor y un conocido activista contracultural estadounidense que nació en Colorado en 1935 y falleció en Oregón en 2001, a los 66 años, debido a las complicaciones derivadas de una operación en el hígado.

Estudió Periodismo en las universidades de Oregón y Stanford mientras escribía el libro que le dio la fama, Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest). Este se publicó en 1962 y fue un éxito inmediato entre la crítica y el público. Un año después la historia se llevó al teatro y en 1975 Milos Forman se encargó de su adaptación al cine. La película consiguió cinco premios Oscar: a mejor película, mejor actor, mejor actriz, mejor director y mejor guion adaptado. La inspiración para la historia la cogió de sus experiencias con drogas en el ensayo clínico del hospital de veteranos de Menlo Park, que resultó ser un programa financiado por la CIA.

En 1964 se subió a un autobús para recorrer el país con un grupo de amigos, The Merry Pranksters (los alegres bromistas), para la experimentación lúdica y espiritual con drogas (LSD, marihuana). Estas vivencias, antesala del movimiento hippie, las recogió Tom Wolfe en Gaseosa de Ácido Eléctrico/Ponche de ácido lisérgico (The Electric Kool-Aid Acid Test), aunque Kensey nunca respaldó su visión de los hechos.

Otras obras suyas fueron Casta invencibleSometimes a Great Notion, Caverns o Sailor Song.






 

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