Tachas 651 • Los Límites Del Mundo Clásico Hacia El 200 D. C. • Peter Brown
«Vivimos alrededor de un mar como ranas en torno a una charca», había dicho Sócrates a sus amigos atenienses. Setecientos años más tarde, en el 200 d. C., el mundo clásico permanecía arracimado alrededor de su «charca»: todavía se aferraba a las riberas del mar Mediterráneo. Los centros de la Europa moderna se hallan situados muy lejos, hacia el norte y el oeste del mundo de los hombres antiguos. Para estos, viajar a las riberas del Rin era casi como adentrarse a mitad de camino en tierras de bárbaros: un sureño típico llegó a transportar a su mujer, ya fallecida, desde Tréveris hasta Pavía, de donde era oriunda, para enterrarla con toda seguridad junto a sus antepasados. Un senador griego de Asia Menor, nombrado gobernador en tierras del Danubio, sentía lástima de sí mismo: «Los habitantes de esta región […] viven la existencia más miserable del género humano —escribía —, puesto que no cultivan olivos y no beben vino».
El Imperio romano se había extendido tanto cuanto pareció necesario a las épocas de la República y del Bajo Imperio para proteger y enriquecer al mundo clásico, que vivía ya una existencia de siglos en torno a las riberas del Mare Nostrum. El extraordinario flujo de la vida mediterránea es lo que nos llama poderosamente la atención en el apogeo de este Imperio en el siglo II de nuestra era. Esta impetuosa marea había penetrado tierra adentro como nunca antes previamente; en el norte de África y en el Próximo Oriente nunca alcanzaría la altura de entonces. Durante un breve tiempo los grampios de Escocia tomaron asiento ante una comida para oficiales condimentada al estilo de las casas de campo italianas. Una ciudad de trazado hipodámico, con anfiteatro, biblioteca y estatuas de filósofos clásicos, contemplaba los montes del Hodna, en Timgad, en lo que ahora son los yermos territorios del sur de Argelia. En Dura-Europos, en las riberas del Éufrates, una guarnición militar tenía el mismo calendario de festividades públicas que Roma. El mundo de la Antigüedad tardía había heredado este sorprendente legado: uno de los problemas principales del período comprendido entre los años 200 al 700 era cómo mantener a través de un vasto imperio un estilo de vida y una cultura basados originalmente en los hábitos de una delgada franja tachonada de ciudades-estado de la época clásica.
En primer lugar, el Mediterráneo clásico había sido siempre un mundo que rozaba los límites de la inanición. El Mediterráneo es un mar rodeado por cadenas de montañas: sus fértiles llanuras y los valles de sus ríos son como encajes de blonda zurcidos a una estameña. Muchas de las grandes ciudades de la época clásica se hallaban emplazadas en alturas imposibles. Cada año sus habitantes pillaban los territorios de alrededor para poder alimentarse. Al describir los síntomas de una malnutrición ampliamente extendida en las zonas rurales a mediados del siglo II, Galeno observaba: «Los habitantes de la ciudad, según su costumbre, reunían y almacenaban suficiente grano para todo el año siguiente inmediatamente después de la cosecha. Se llevaban todo el trigo, la cebada, las vainas y lentejas, y dejaban solo un resto para las gentes del campo». Contemplada a esta luz, la historia del Imperio romano es el relato de cómo un diez por ciento de la población, que vivía en las ciudades y había dejado su marca en el curso de la civilización europea, se alimentaba —expresándolo brevemente al modo de Galeno— gracias al trabajo del restante noventa por ciento que laboraba en el campo.
La comida era el bien más precioso en el antiguo Mediterráneo. El alimento significaba transporte. Pocas de las grandes ciudades del Imperio romano albergaban la esperanza de satisfacer sus propias necesidades gracias a los terrenos de su entorno inmediato. Roma había dependido durante largo tiempo de la navegación anual de la flota cerealista procedente de África. Hacia el siglo VI d. C. Constantinopla importaba 175 200 toneladas de trigo por año de Egipto.
Para todos los primitivos sistemas de transporte, el agua es lo que el ferrocarril ha sido en la época moderna: la única arteria indispensable para el cargamento pesado. Tan pronto como una mercadería dejaba las aguas del Mediterráneo o las de un río caudaloso, su marcha ágil y barata se trocaba en un movimiento lento y ruinoso. Costaba menos transportar un cargamento de trigo de un extremo a otro del Mediterráneo que acarrearlo ciento cincuenta kilómetros tierra adentro.
De este modo el Imperio romano consistió siempre en dos mundos que se solapaban entre sí. Hasta el año 700 de nuestra era las grandes ciudades costeras permanecieron cerca unas de otras: veinte días de tranquila navegación es lo que hubiera necesitado un viajero desde un extremo del Mediterráneo, centro medular del mundo romano, hasta el otro. Tierra adentro, sin embargo, la vida romana había tendido siempre a condensarse en pequeños oasis, como gotas de agua sobre una superficie árida. Los romanos gozan de renombre por las carreteras que circulaban a lo largo de todo el Imperio, pero tales caminos pasaban a través de ciudades cuyos habitantes conseguían la totalidad de sus alimentos y la mayoría de lo que empleaban para vivir en un radio de solo cincuenta kilómetros.
Era, por lo tanto, en los territorios interiores, a lo largo de los márgenes de las grandes vías, donde los pesados costos del Imperio se hacían más evidentes. La faz más terrible y brutal del Imperio romano aparece en los esfuerzos incesantes para mantenerse continuamente unido. Soldados, administradores, correos y suministros debían estar perennemente en movimiento de provincia en provincia. Visto por los emperadores en el año 200, el mundo romano se había transformado en una enmarañada retícula de caminos, marcada por los almacenes de postas en los que cada pequeña comunidad debía reunir comida, prendas, animales y hombres en cantidades siempre en aumento para sustentar a la corte y el ejército.
Para los que subvenían a las necesidades de esta severa maquinaria tales obligaciones no eran, al menos, nada nuevo. En algunos lugares eran tan antiguas como la civilización misma. En Palestina, por ejemplo, Cristo había indicado a sus oyentes cómo comportarse cuando un funcionario les obligara a caminar con él (es decir, a llevarle su equipaje) durante un par de kilómetros. Incluso el vocablo que el Evangelista utilizó para «obligar» no era una palabra originariamente griega: derivaba del persa y procedía de un mundo quinientos años anterior, de aquellos días en los que los aqueménidas habían abastecido los famosos caminos de su vasto imperio con los mismos métodos brutales.
El Imperio romano, sin embargo, que se había extendido peligrosamente lejos del Mediterráneo hacia el año 200 de nuestra era, se mantenía unido por la ilusión de ser aún un mundo muy pequeño. Rara vez un estado ha sido tan dependiente de un juego de manos tan delicado. Hacia el año 200, el Imperio estaba gobernado por una aristocracia de cultura, gusto y lenguaje sorprendentemente uniformes. En Occidente, la clase senatorial se había mantenido como una élite tenaz y absorbente que dominaba Italia, África, el mediodía de Francia y los valles del Ebro y del Guadalquivir; en Oriente, toda la cultura y el poder locales habían permanecido concentrados en las manos de las orgullosas oligarquías de las ciudades griegas. A lo ancho del mundo helénico ninguna diferencia de vocabulario o pronunciación podría traicionar el lugar de nacimiento de cualquier hablante bien educado. En Occidente, los aristócratas bilingües pasaban inconscientemente del latín al griego; un terrateniente africano, por ejemplo, podía encontrarse totalmente a gusto en un salón literario de acomodados griegos en Esmirna.
Sin embargo, esta sorprendente uniformidad era mantenida por hombres que percibían oscuramente que su cultura clásica existía solo para excluir las posibles alternativas a su propio mundo. Como muchas aristocracias cosmopolitas —como los dinastas de la Europa feudal tardía o los aristócratas del Imperio austro-húngaro— hombres de la misma clase y cultura en cualquier parte del mundo romano se sentían más cercanos unos de otros que de la vasta mayoría de sus vecinos, ese paisanaje «subdesarrollado» que pululaba en los umbrales de sus puertas. La existencia de los «bárbaros» ejercía una presión silenciosa, pero sin pausa, sobre la cultura del Imperio romano. Los «bárbaros» no eran solo los primitivos guerreros de allende las fronteras; hacia el año 200, a los «bárbaros» se habían agregado también los que no participaban de la vida del Imperio mismo. Un aristócrata podía trasladarse de un foro a otro —que conservaban entre sí una similitud tranquilizadora— hablando un lenguaje uniforme y observando ritos y códigos de comportamiento compartidos por todos los hombres educados; pero su camino se abría paso a través de territorios poblados de lugareños que eran para él tan ajenos como un germano o un persa. En las Galias los campesinos hablaban aún celta; en el norte de África, púnico y libio; en Asia Menor, antiguos dialectos como el licaonio, el frigio y el capadocio; y en Siria, el arameo y el siríaco.
Pero aunque vivían codo con codo con este mundo bárbaro, inmenso y no asimilado, las clases gobernantes del Imperio romano se habían mantenido libres en gran medida de algunos de los exclusivismos más virulentos de los modernos regímenes coloniales: eran notoriamente tolerantes en materia de razas y religiones locales. Pero el precio que exigían para la inclusión en su propio mundo era la uniformidad, la adopción de su estilo de vida, sus tradiciones y su educación, e igualmente el uso de sus dos lenguas clásicas, el latín en Occidente y el griego en Oriente. Aquellos que no se encontraban dispuestos a participar eran excluidos; se les despreciaba soberanamente como «patanes» y «bárbaros». Los que podrían haber participado y no lo hicieron —especialmente los judíos— eran tratados con diversos grados de odio y desprecio, solo ocasionalmente temperado por la curiosidad respetuosa hacia representantes de una antigua civilización del Próximo Oriente. Aquellos que habían participado alguna vez, y se habían «descolgado» ostentosamente —a saber, los cristianos— eran reos de una ejecución sumaria. Hacia el año 200 de nuestra era muchos gobernadores provinciales y masas populares habían tenido la ocasión de delimitar las fronteras del mundo clásico con histérica certidumbre respecto a los disidentes cristianos de su interior; como dijo un magistrado sobre los adoradores de Cristo: «No puedo ni siquiera decidirme a escuchar a gente que habla mal de la religión romana».
La sociedad clásica hacia el 200 d. C. poseía unos límites muy precisos. Estaba muy lejos, sin embargo, de ser una sociedad estancada. En el mundo griego, la tradición clásica había existido durante setecientos años. Su primera explosión de creatividad, en Atenas, no debería cegarnos hasta el punto de no percibir la asombrosa manera en la que, desde las conquistas de Alejandro Magno, la cultura griega se había acomodado a un ritmo de supervivencia… como algo que va distendiéndose con lentitud, capaz de matices exquisitos, cual melodía pacientemente repetida como un canto llano. Durante el siglo II tuvo lugar un renacimiento estimulante. Coincidió con una revitalización de la vida económica y de la iniciativa política de las clases superiores de las ciudades griegas. La edad de los Antoninos constituyó el apogeo de la segunda sofística griega. Estos hombres —conocidos por su devoción a la retórica— eran al mismo tiempo monstruos literarios y grandes ricachones urbanos. Gozaban de una vasta influencia y popularidad. Uno de ellos, Polemón de Esmirna, «trataba a todas las ciudades como inferiores, a los emperadores como no superiores, y a los dioses… como iguales». Pero detrás de ellos estaban los prósperos asentamientos del Egeo. Los impresionantes restos clásicos de Éfeso y Esmirna (e igualmente las ciudades y templos contemporáneos similares desde Lepcis Magna, en Túnez, hasta Baalbek, en el Líbano) nos parecen hoy resumir un mundo antiguo e intemporal. Pero tales monumentos fueron, de hecho, la creación de una magnificencia barroca que duró pocas generaciones, entre Adriano (117-138) y Septimio Severo (193-211).
Precisamente al final del siglo II y a comienzos del III la cultura griega fue recopilada cuidadosamente para formar ese lastre de tradición clásica que perduró a través de la Edad Media. Las enciclopedias, los manuales de medicina, de ciencias naturales y de astronomía, a los que orientaron sus ojos todos los hombres cultivados —latinos, bizantinos, árabes— durante los siguientes mil quinientos años, fueron compilados en aquellos momentos. Los gustos literarios y las actitudes políticas que continuaron en el mundo griego hasta el final de la Edad Media se fueron conformando por vez primera en la época de los Antoninos. Los caballeros bizantinos del siglo XV utilizaban todavía un ático recóndito creado por los sofistas de la época de Adriano.
En aquella época el mundo griego había hecho suyo al Imperio romano. Podemos apreciar esta identificación con el Estado romano, y los sutiles cambios de acento que comportaba, contemplando a un griego de Bitinia incorporado a la clase gobernante romana como senador: Dion Casio, quien escribió una Historia romana hasta el año 229 de nuestra era. Aunque este personaje había aceptado entusiasmado el punto de vista del Senado romano, su obra nos recuerda constantemente que el Imperio había llegado a unos griegos habituados ya a siglos de despotismo ilustrado. Dion sabía que el emperador era un autócrata. La aceptación de una honestidad común y los intereses compartidos con las clases superiores educadas eran las únicas barreras a su comportamiento, y no precisamente la delicada obra de relojería de la constitución de Augusto. Y Dion sabía cuán frágiles podían ser semejantes frenos: había estado presente en una reunión del Senado en la que un astrólogo había denunciado a ciertos «hombres de calva coronilla» por conspirar contra el emperador… e instintivamente su mano se disparó hasta el vértice de su cabeza. Pero Dion aceptaba la dura dominación de un hombre en tanto en cuanto le proporcionara un mundo ordenado: solo el emperador podía impedir la guerra civil; solo él era capaz de ejercer una vigilancia eficaz sobre las ciudades griegas absortas en facciones rivales; solo él podía conseguir que la clase a la que Dion pertenecía fuera segura y respetada. Los eruditos bizantinos, que se dirigieron a la obra de Dion varios siglos más tarde para conocer la historia de Roma, se sentían irremediablemente confusos ante los relatos de héroes de la República romana, pero eran capaces de comprender a la perfección a los emperadores fuertes y plenamente conscientes de la propia época de Dion: la historia romana de un griego de finales del siglo II y comienzos del III era ya su historia.
Un cambio del centro de gravedad del Imperio romano hacia las ciudades griegas de Asia Menor, un reflorecimiento del mandarinato griego que tuvo lugar en los prósperos días de los Antoninos apunta ya en dirección a Bizancio. Pero los hombres de la época de Dion Casio emprendieron con entera decisión otro camino: eran decididos conservadores; su gran éxito se había expresado en una reacción cultural; para ellos los límites del mundo clásico eran aún claros y rígidos… Bizancio como tal —una civilización que podía engendrar, basándose en esta antigua tradición siempre orientada hacia el pasado, tales novedades revolucionarias como el establecimiento del cristianismo y la fundación de Constantinopla como la «nueva Roma»— era inconcebible para un hombre como Dion. (Este personaje, por ejemplo, jamás menciona la existencia del cristianismo, aunque los cristianos habían preocupado a las autoridades de su país de origen durante más de ciento cincuenta años). Tal civilización solo podía emerger en la revolución romana tardía de los siglos III y IV de nuestra era.
El tema que reaparecerá una y otra vez a lo largo de este libro es la mutación y la redefinición de los límites del mundo clásico después del año 200. Pero esta cuestión tiene poco que ver con el problema convencional de la «decadencia y caída del Imperio romano». Este «declive y caída» afectó solamente a la estructura política de las provincias occidentales del Imperio, mas dejó incólume la central energética cultural de la Antigüedad tardía, el Mediterráneo oriental y el Próximo Oriente. Incluso en los estados bárbaros del occidente de Europa durante los siglos VI y VII, el Imperio romano, tal y como sobrevivió en Constantinopla, era aún considerado como el estado civilizado más importante del mundo, y era denominado por su antiguo nombre: la Respublica. El problema que preocupaba con urgencia a los hombres de la Antigüedad tardía era más bien la dolorosa modificación de las antiguas fronteras.
Geográficamente, el dominio sobre el Mediterráneo iba cediendo. Bretaña fue abandonada después del 410; tras el 480 las Galias fueron gobernadas con firmeza desde el norte. Paradójicamente, en Oriente el continuo retroceso del Mediterráneo había tenido lugar con anterioridad y más imperceptiblemente; pero resultó decisivo. Hasta el siglo I de nuestra era, una capa superficial de civilización griega cubría aún enormes áreas de la meseta irania. Un arte greco-budista había florecido en Afganistán, y se han encontrado en las afueras de Kabul los decretos de un monarca budista traducidos a un griego filosófico impecable. En el 224, sin embargo, una familia de Fars, del «rancio sur» del chovinismo iranio, se hizo con el control del Imperio persa. La dinastía rectora de este nuevo imperio redivivo, la sasánida, despojó rápidamente sus hombros de esta elegante vestidura griega. Un imperio eficiente y agresivo, cuyas clases dominantes eran notablemente poco receptivas a la influencia occidental, se encontraba firmemente asentado en los límites de las fronteras orientales del Imperio romano. En los años 252, 257 y de nuevo en el 260, el gran sha, el rey de reyes, Sapor I, dio muestras de cuán terribles daños podían infligir sus caballeros tocados de cota de malla: «El césar Valeriano vino contra nosotros con setenta mil hombres […] peleamos contra él en una gran batalla, y prendimos al césar Valeriano con nuestras propias manos […] abrasamos las provincias de Siria, Cilicia y Capadocia, las devastamos y conquistamos, llevándonos a sus pueblos como cautivos». El temor a repetir una experiencia semejante inclinó el péndulo de los intereses imperiales alejándolo del Rin y acercándolo cada vez más hacia el Éufrates. Y lo que es más importante, la confrontación con la Persia sasánida abrió una brecha en las barreras del mundo clásico en el Próximo Oriente: dio la preeminencia a Mesopotamia, y expuso así al mundo romano a la constante influencia de esa región que albergaba una creatividad inmensa y exótica en el arte y la religión.
No siempre las fechas convencionales son las más decisivas. Todo el mundo sabe que los godos saquearon Roma en el año 410, pero las provincias occidentales del Imperio, entonces perdidas, permanecieron durante siglos como un reducto fácilmente reconocible de una civilización «subromana». Por el contrario, cuando las provincias orientales del Imperio fueron ganadas por el islam después del 640, no permanecieron durante largo tiempo como sociedades «subbizantinas», sino que se «orientalizaron» rápidamente. El islam mismo fue empujado mucho más allá de los límites orientales de sus conquistas originarias por las grandes masas de población del Imperio persa caído bajo su dominio. En el siglo VIII el litoral mediterráneo cayó bajo el poder de Bagdad; el antiguo Mare Nostrum se transformó en un remanso de paz para hombres acostumbrados a navegar desde el golfo Pérsico; la corte de Harun al-Rashid (788-809), con sus pesados aderezos de cultura «subpersa», era un recordatorio perenne de que la irreversible victoria del Próximo Oriente sobre los griegos había comenzado, lenta pero segura, con la revuelta de Fars en el año 224 de nuestra era.
Mientras el Mediterráneo perdía terreno, un mundo más antiguo aún volvía a ver la luz. Los artesanos en Bretaña retornaban a las formas artísticas de la época de La Tène. Los siervos de la Galia romana tardía recuperaban de nuevo su nombre celta: Vassus. Los árbitros de la piedad del mundo romano, los eremitas coptos de Egipto, revivían la lengua de los faraones; y los poetas hímnicos de Siria acumulaban sobre Cristo apelativos de la realeza divina que hundían sus raíces en época sumeria. Alrededor del Mediterráneo mismo las barreras interiores se derrumbaban. Otro aspecto del mundo romano, preparado hacía largo tiempo en la oscuridad, aparecía ahora en la superficie como una marga diferentemente coloreada impelida por el arado. Tres generaciones después de que Dion Casio lo ignorase, el cristianismo se transformó en la religión de los emperadores. Las cosas pequeñas dejan traslucir a veces los cambios con mayor fidelidad porque son inconscientes. Cerca de Roma, el taller de un escultor del siglo IV tallaba todavía estatuas impecablemente tocadas con la antigua toga romana (¡provistas de una zapata para encastar en ella cabezas portátiles de retratos diversos!); pero los aristócratas que encargaban tales obras se cubrían de hecho con vestiduras que traicionaban una exposición prolongada a la atmósfera «bárbara» del mundo no mediterráneo: un jubón de lana del Danubio, una capa del norte de las Galias, bien sujeta a los hombros por un broche afiligranado de Germania, y, para protegerse del frío, unos pantalones de Sajonia. A nivel más profundo aún, en el verdadero núcleo del Mediterráneo, la tradición de la filosofía griega había encontrado el camino para abrirse a muy distintas perspectivas religiosas.
Cambios como estos son los cauces principales de la evolución del mundo de la Antigüedad tardía. En los dos apartados siguientes debemos considerar el contexto político y social de la revolución con el que comenzaron esos cambios hacia finales del siglo III y comienzos del IV.
Texto cedido para promoción por los editores del libro El mundo en la Antigüedad tardía: de Marco Aurelio a Mahoma. Peter Brown. 2012. Editorial Taurus. Traducción: Antonio Piñero.
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Peter Brown (Dublín, 1935) es profesor de Historia en la Universidad de Princeton. Su obra abarca desde el análisis del culto a los santos, pasando por su célebre biografía de Agustín de Hipona (que escribió a los 32 años, y actualmente sigue siendo un texto de referencia), hasta una nueva interpretación de la Antigüedad tardía que subvierte la difundida tesis de la decadencia del Imperio Romano acuñada por el historiador Edward Gibbon. Su erudición, su rigor y su sensibilidad le han convertido en uno de los historiadores más sobresalientes y singulares.
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