Narrativa

Tachas 652 • Jumbee • Henry S. Whitehead

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Al señor Granville Lee, un virginiano de pro, recién salido de la Guerra Mundial con un pulmón echado a perder debido a las abrasiones provocadas por el gas mostaza, le había recomendado su médico que pasara un invierno en el especiado y balsámico clima de las Pequeñas Antillas… esas islas más al sur de cuantas forman el archipiélago de las Indias Occidentales.[1] Eligió una de las islas americanas, St. Croix, la antigua Santa Cruz, bautizada por el mismísimo Colón en su segundo viaje y en tiempos famosa por su ron.

Fue a Jaffray Da Silva a quien el señor Lee recurrió, al fin, en busca de información concreta sobre la magia local; información que, tras una estancia de dos meses que se había visto acompañada por una marcada mejoría en su estado de salud en general, había llegado a considerar imperativa, a raíz de los estimulantes destellos que había recibido de la persistencia de este fenómeno en la isla.

El contacto con las costumbres locales también había hecho mella en su sensibilidad heredada,[2] hasta el punto de permitirle sentirse casi cómodo mientras se sentaba, cierta tarde, junto al señor Da Silva, en la fresca galería de la bella casa de este caballero, a la sombra de cuarenta años de crecimiento de buganvillas. Era ese momento relajado y proclive a la charla que se extiende desde las cinco de la tarde hasta la hora de la cena. Una jarra de cristal repleta de espumeante cóctel de ron reposaba sobre la mesa que se alzaba entre ellos.

—Pero, dígame, señor Da Silva — urgió mientras apuraba su segundo vaso de la refrescante y ligera bebida —, ¿de verdad se ha encontrado usted alguna vez frente a frente con un «jumbee»? ¿Realmente ha llegado a ver alguno? ¡Afirma, con toda franqueza, creer en su existencia!

Aquélla no era la primera pregunta sobre jumbees que asomaba a los labios del señor Lee. Había consultado con los plantadores; había tratado el asunto con los amables e inteligentes tenderos de color de aquella ciudad, y lo había abordado incluso en Christiansted, la otra y mayor población de Santa Cruz, situada en la costa Norte de la isla. También se lo había mencionado a uno o dos recolectores de azúcar negros como el carbón, pues llevaba en la isla lo justo como para empezar a entender (a duras penas) la extraña jerga que Lafcadio Hearn[3] no había sido capaz de reconocer como «¡inglés!» cuando había visitado Santa Cruz muchos años antes.

Encontró notables diferencias entre lo que unos y otros le habían contado. Los plantadores y los tenderos habían sonreído, aunque con grados variables de intensidad, y replicaron que habían sido los daneses quienes inventaron la leyenda de los jumbees para mantener a los braceros en el interior de sus cabañas tras la caída de la noche, asegurándose de este modo de que disfrutaran de un sueño reparador y minimizando de paso sus depredaciones sobre los cultivos. Los braceros a los que él había preguntado habían puesto los ojos en blanco, pero, al ser pleno día el momento de las preguntas, rompieron su impasible gravedad con sonrisas e intentaron impresionar al señor Lee con su altivo desprecio por las creencias de sus compañeros negros, asegurando, mediante frases extrañamente formuladas, que el jumbee no era sino producto de la imaginación.

En todo caso, el señor Lee no se sentía satisfecho. Había algo allí que parecía escapársele… algo extremadamente interesante, además; algo muy diferente al «conejo Bre’r»[4] y demás cuentos similares que recordaba de su infancia en Virginia.

Por otra parte, en una ocasión había estado leyendo un libro sobre la Martinica y Guadalupe, aquellas antiguas joyas de la corona de Francia, y no había tenido que pasar muchas páginas antes de toparse con la palabra «Zombi». Después de aquello supo, al menos, que el jumbee no había sido una «invención» de los daneses. También había llegado hasta sus oídos, aunque vagamente, la creencia de los braceros de que tanto Sven Garrik, que hacía ya largo tiempo que había regresado a su hogar en Suecia, como Garrity, uno de los más humildes plantadores de la isla en aquellos días, eran… «¡lobos!». La licantropía, o metamorfosis animal, también parecía formar parte de aquella extraña textura de creencias locales.

El señor Jaffray Da Silva era un octorón. Por lo tanto, y según los usos de la isla, seguía siendo una persona «de color», lo que en las Pequeñas Antillas viene a ser tan diferente de ser «negro» como cualquier otra cosa que pueda imaginarse. El señor Da Silva había sido educado siguiendo las costumbres continentales europeas. En cada palabra y acción, reflejaba la intachable cortesía de sus antepasados. En virtud de todos los derechos y costumbres de la sociedad de las Pequeñas Antillas, el señor Da Silva era un caballero de color, cuyo estatus social se hallaba tan bien esculpido y definido como un camafeo.

Estas islas están habitadas mayoritariamente por personas como el señor Da Silva. A pesar de la diferencia entre este estatus y el que podrían tener en Norteamérica, en las islas tiene sus ventajas… entre ellas las que dicta la lógica. A los ojos de un antillano, un hombre cuya herencia derive en siete octavos de la nobleza, tenga o no un auténtico escudo de armas, se ha ganado el derecho a ser tratado en consecuencia. Por eso, el señor Da Silva era tratado con deferencia por muchos dependientes; y todos aquellos que le conocían se dirigían a él utilizando el tratamiento de «señor», y se alzaban los sombreros, siguiendo la moda continental, siempre que se lo encontraban; saludos que, por supuesto, el señor Da Silva devolvía invariablemente, incluso a los más humildes, mostrando así uno de los rasgos que revelan a un caballero en cualquier parte.

Jaffray Da Silva cruzó una delgada pierna envuelta en dril blanco e impoluto sobre la otra, y encendió un cigarrillo.

—Incluso mis amigos se ríen, señor Lee — respondió, con una sonrisa tolerante que iluminó momentáneamente su rostro melancólico y blanco como el mármol —. Se ríen de mí en mayor o menor medida porque admito que creo en la existencia de los jumbees. Es posible que todos aquéllos con una pequeña cantidad de sangre africana en sus venas posean esa veta de creencia en la magia y sus derivados. ¡Yo, sin embargo, parezco tener una especial aptitud para ello! Para mí se trata de un asunto de experiencia, caballero, y mis amigos son libres de reírse de mí, si así lo desean. La mayoría de ellos… bueno, quizás no admitan sus creencias con tanta libertad como yo.

El señor Lee tomó otro trago de cóctel frío. Había oído lo difícil que resultaba conseguir que Jaffray Da Silva hablase de sus «experiencias», y sospechaba que, a pesar de su sonrisa tolerante, bajo la inmutable cortesía de su huésped yacía ese orgullo austero que rechaza de plano cualquier cosa que pudiera parecer ridícula.

—Por favor, continúe, caballero — urgió el señor Lee, sin ser consciente de que acababa de utilizar una palabra que, en su Sur natal, quedaba reservada únicamente para los señores de pura sangre caucásica.

—Cuando yo era joven —empezó el señor Da Silva —, allá por 1894, tenía un amigo llamado Hilmar Iversen, un danés que vivía aquí, en la ciudad, cerca de la iglesia morava, en lo que la gente llama la colina Foun’-Out. Iversen tenía una posición en el gobierno, — un trabajo de oficinista —, y su despacho estaba en el Fuerte. De camino a casa, solía detenerse aquí casi cada tarde para disfrutar de un cóctel y charlar un poco. Éramos grandes amigos, amigos muy cercanos. Él era, por aquel entonces, un hombre de cincuenta y pocos años, muy corpulento, una auténtica mole, y, como tantos de esa complexión, proclive a los ataques de corazón.

»Una noche vino a buscarme un muchacho. Eran las once y yo ya estaba preparando la mosquitera de mi cama, dispuesto a acostarme. Los criados se habían ido a casa, de modo que acudí personalmente a abrir la puerta, vestido apenas con una camiseta y pantalones y llevando una lámpara, para ver qué sucedía… o, más bien, puesto que sabía perfectamente lo que sucedía, para recibir al mensajero que venía a comunicarme que Iversen había muerto.

El señor Lee, de repente se irguió en su silla hasta sentarse completamente derecho.

—¿Cómo podía saber eso? —preguntó con los ojos completamente abiertos.

El señor Da Silva arrojó los restos de su cigarrillo.

—A veces sé cosas de ese tipo — respondió, lentamente —. En este caso, Iversen y yo habíamos sido amigos íntimos durante años. Él y yo habíamos hablado mucho sobre la magia y ese tipo de cosas; poderes ocultos, manifestaciones… ese tipo de cosas. Como ya habrá podido ver, es un tema muy habitual por aquí. Oirá más aún si continúa viviendo aquí y se acostumbra a los usos de la isla. De hecho, señor Lee, Iversen y yo habíamos hecho un pacto. El primero de los dos que tuviera que «marcharse», debía avisar al otro. Verá, señor Lee, yo había recibido el aviso de Iversen hacía menos de una hora.

»Había estado aquí, sentado en la galería, hasta las diez en punto o así. Estaba en esa misma silla que ocupa usted ahora. Iversen había tenido un ataque al corazón. Yo había ido a visitarle precisamente aquella tarde. Tenía el mismo aspecto que había tenido en las otras ocasiones en las que se había estado recuperando de un ataque. De hecho, pretendía regresar a su despacho a la mañana siguiente. Estoy completamente seguro de que ninguno de los dos había contemplado ni remotamente la posibilidad de un empeoramiento. Ni siquiera habíamos hecho referencia a nuestro trato.

»Bueno, como le estaba contando, serían eso de las diez, cuando de repente oí a Iversen atravesando el jardín, acercándose a la casa siguiendo el sendero de gravilla. Aparentemente, había entrado por la puerta desde la Kongensgade (la calle King, tal y como la llaman ahora), y podía oír perfectamente sus pesados pasos sobre la gravilla. Tenía una ligera cojera: “crujido pesado-crujido ligero; plod-plod, plod-plod”; estaba claro que se trataba del viejo Iversen vivito y coleando, no había modo de confundir sus pisadas. Una hora y media más tarde debía aparecer la luna menguante, pero en aquel momento el jardín parecía la boca del lobo.

»Me levanté de la silla y me acerqué al rellano de la escalera. Para serle sincero, señor Lee, lo cierto es que sospechaba (tengo una especie de aptitud para esa clase de cosas) que no se trataba del mismo Iversen de siempre. ¿Cómo podría expresarlo? Algo en mi interior me decía que era Iversen intentando cumplir nuestro pacto. Mi instinto me aseguraba que acababa de morir. No puedo decirle cómo lo supe, pero así fue, señor Lee.

»De modo que esperé, ahí mismo, detrás de donde está usted, al final de la escalera. Las pisadas seguían avanzando con regularidad. Al pie de las escaleras, saliendo de la sombra de los hibiscos, había algo más de claridad que en el resto del sendero. Además, había una ligera iluminación proveniente de una lámpara del interior de la casa. Sabía que si se trataba de Iversen en persona debería ser capaz de verle en cuanto las pisadas superaran las espesas sombras de los árboles. No dije nada.

»Las pisadas llegaron hasta aquel punto… y lo superaron. Forcé los ojos a través de la oscuridad, pero no pude ver nada. Entonces supe, señor Lee, que Iversen había muerto, y que estaba cumpliendo nuestro acuerdo.

»Regresé aquí y me senté en mi silla, y esperé. Las pisadas empezaron a subir los escalones. Resonaron en el suelo de la galería, dirigiéndose directamente hacia mí. Se detuvieron aquí, señor Lee, justo a mi lado. Señor Lee: podía sentir a Iversen aquí, junto a mí.

El señor Da Silva señaló el suelo con su delgada y fina mano.

—De repente, en aquel silencio mortal, pude sentir cómo el pelo se me erizaba en la nuca, completamente tenso. Los escalofríos empezaron a recorrer mi cuerpo de arriba abajo, y arriba otra vez, señor Lee. Empecé a temblar como un hombre acosado por las fiebres palúdicas, aquí, sentado en mi silla.

»Dije: “¡Iversen, lo entiendo! ¡Iversen, tengo miedo!”. Mis dientes resonaban como si fueran castañuelas, señor Lee. Dije: “¡Iversen, por favor, márchate! Has cumplido tu parte del trato. Lo siento, pero tengo miedo, Iversen. ¡La carne es débil! No tengo miedo de ti, Iversen, viejo amigo. ¡Pero entiéndelo, hombre! No se trata de un miedo ordinario. Mi intelecto sigue intacto, Iversen, pero sufro un ataque de pánico, de modo que, por favor, márchate, amigo mío”.

»Como le he dicho, señor Lee, antes de que empezara a hablar con Iversen todo había estado en silencio, ya que las pisadas se habían detenido justo aquí, a mi lado. Pero cuando dije aquello, y le pedí a mi amigo que se fuese, pude sentir que se marchó en el acto, y supe que había entendido lo que quería decirle. De repente, señor Lee, fue como si nunca hubiera oído aquellas pisadas, si entiende lo que le digo. Es difícil expresarlo con palabras. Me atreveré a decir que, de haber sido yo uno de los braceros, ya me encontraría a mitad de camino de Christiansted, señor Lee, pero no estaba tan asustado como para no mantener el tipo.

»Cuando hube recobrado mínimamente mi estado de ánimo, y la nuca hubo dejado de cosquillearme, y los escalofríos cesaron de recorrerme la espina dorsal de arriba abajo, me levanté, y me sentí extremadamente agotado, señor Lee. La experiencia me había dejado exhausto. Entré en casa y bebí un trago largo de brandy francés; después me sentí mejor, más como yo mismo. Cogí mi farol, lo encendí y salí a recorrer el sendero que conduce hasta la puerta que da a la Kongensgade. Sólo había una cosa que deseaba comprobar allí, al final del jardín. Quería ver si la puerta estaba bien cerrada, señor Lee. Y lo estaba. Ese enorme cerrojo de hierro en el que usted bien se ha fijado se hallaba en su lugar correspondiente. Viene siendo usado para asegurar esa vieja puerta desde algún momento del siglo XVIII, creo yo. Había supuesto que nadie había abierto la puerta, señor Lee, pero ahora podía tener la certeza. No había huellas de pisadas en la gravilla, señor Lee. Miré atentamente. Las marcas de la escoba con la que el criado había barrido el camino hasta la puerta al marcharse no habían sido modificadas, señor Lee.

»Me sentía satisfecho, y ya no estaba asustado, ni siquiera un poco. Volví aquí y me senté, y pensé en mi larga amistad con el viejo Iversen. Me sentí muy triste al saber que ya no volvería a verle vivo de nuevo. Nunca volvería a pararse por las tardes para disfrutar de un cóctel y de la charla. A eso de las once entré en la casa y me estaba preparando para acostarme cuando alguien llamó a la puerta principal. Ya ve, señor Lee, que supe de inmediato lo que aquello significaba.

»Acudí a la puerta, en camiseta, pantalones y calcetines, llevando un candil. En aquellos tiempos todavía no teníamos luz eléctrica. En la puerta estaba el criado de Iversen, un joven de unos dieciocho años. Se le notaba medio dormido y muy alterado. Clavó sus ojos en mí sin decir nada. “¿Qué sucede, muchacho?”, le pregunté. “Señora Iversen me envía a decir: por favor, venga a casa. Señor Iversen muerto, señor”. “¿A qué hora murió el señor Iversen, muchacho? ¿Me oyes?”. “No puedo decirle qué hora, señor. La señora Iversen venir despertarme a cabaña donde duermo en el patio, señor, y me envía por favor a llamar a usted. Creo que morir hace una hora, señor”.

»Me puse de nuevo los zapatos y el resto de mis ropas, cogí un bastón de St. Kitts (así llamamos a esos flexibles bastones hechos con madera de vid, un objeto útil para las noches oscuras; le conseguiré uno) y partí junto al muchacho hacia la casa de Iversen.

»Cuando habíamos llegado casi a la altura de la iglesia morava, vi algo frente a nosotros, cerca del arcén. Eran para entonces las once y cuarto, y las calles estaban desiertas. Lo que vi despertó mi curiosidad, y me decidió a probar una cosa. Me detuve allí mismo y le dije al muchacho que se adelantara corriendo para avisar a la señora Iversen de que llegaría en breve. El chico salió trotando. Era negro al cien por cien, señor Lee, pero pasó junto a lo que yo veía sin ni siquiera notarlo. Se desvió un poco al acercarse, y creo que quizás aceleró ligeramente el ritmo justo al llegar a su altura, pero eso fue todo.

—¿Qué fue lo que vio? —preguntó el señor Lee interrumpiendo. Habló ligeramente sin aliento. Su pulmón izquierdo todavía estaba lejos de haberse curado.

—El «jumbee colgante» —contestó el señor Da Silva, con su tono habitual —. ¡Sí! Allí, junto a la carretera, había tres jumbees. Hay una referencia a eso en La historia de Stewart McCann. ¿Quizás se haya topado con ella, eh?

El señor Lee asintió y el señor Da Silva citó:

«Allí colgaban, aunque no había escalera que aguantase sus balanceantes pies».

—Y hay otra frase en La historia… — continuó sonriendo — que describe al típico grupo de jumbees colgantes:

«Doncella, muchacho, y arpía».

 

—Bien, allí estaban los tres jumbees habituales, aparentemente colgando del aire. No había demasiada luz, pero pude distinguir un muchacho de unos doce años, una joven y una vieja arrugada… a la que el autor de La historia de Stewart McCann había querido referirse con la palabra «arpía». Por cierto, señor Lee, que él mismo me dijo que les había puesto pies a los jumbees principalmente para lograr una rima conveniente… ¡Una licencia poética! Los jumbees colgantes no tienen pies. Es una de sus peculiaridades. Sus piernas acaban a la altura de los tobillos. Tienen unas piernas anormalmente largas y delgadas; piernas africanas. Siempre son negros, ya sabe. Sus pies, si es que los tienen, se hallan siempre ocultos en una especie de neblina que surge del suelo allá donde uno los vea. Se mueven y se «retuercen» como lo hacen los africanos de pura raza… apoyándose en un pie mientras descansan sobre el otro… usted ya lo habrá observado, por supuesto… o rascándose el tobillo del pie sobre el que se sostienen con los dedos del otro. No se balancean en el sentido de que parezcan balancearse de una soga, no es eso; no dan vueltas sobre sí mismos. Pero eso sí, siempre miran de frente a quien se les acerca…

»Seguí caminando, lentamente, hasta sobrepasarles; y en todo momento mantuvieron sus rostros en dirección a mí, como siempre hacen. Estoy acostumbrado a eso…

»Subí las escaleras de la casa hasta la galería frontal, y encontré a la señora Iversen esperándome. Le acompañaba su hermana. Permanecí sentado con ellas durante casi una hora. Después, llegaron dos viejas mujeres negras a las que habían mandado buscar al campo. Se trataba de dos viejas acostumbradas a preparar a los difuntos para el entierro. Persuadí entonces a las damas para que se retirasen, e inicié el camino de regreso a casa.

»Pasaba un rato de la medianoche, quizás fuesen las doce y cuarto. Recogí mi sombrero, que colgaba del perchero entre dos o tres de los del pobre y viejo Iversen, tomé mi bastón y salí por la puerta a la pequeña galería de piedra que hay frente a la escalera.

»Desde la galería hasta la calle hay unos doce o trece escalones. Mientras empezaba a bajarlos, observé la presencia de una tercera mujer negra, sentada, completamente acurrucada en el escalón más bajo, de espaldas a mí. Pensé de inmediato que debía de tratarse de otra vieja bruja que a buen seguro viviría con las otras dos… las preparadoras de los muertos. Imaginé que debía de haber tenido miedo de quedarse sola en su cabaña, por lo que las habría acompañado hasta la ciudad. En según qué cosas, son como niños, ¿sabe usted? Y por ello, sintiéndose demasiado humilde como para entrar en la casa, se había sentado en el escalón a esperarlas y se había quedado dormida. Ya habrá oído alguno de sus proverbios, ¿no? Hay uno, del que me acordé en aquel momento, y que se adapta perfectamente a esta situación: “Cucaracha no hace ruido cuando entra en el gallinero”. Quiere decir: “Sé discreto cuando te halles en presencia de tus superiores”. Bastante pintoresco, ¿verdad? ¡Pobres diablos!

»Empecé a bajar los escalones en dirección a la anciana. En el tiempo que había pasado en compañía de las damas, la media luna había aparecido en el cielo, y bajo su luz todo aparecía intensamente definido. Pude ver a la vieja con tanta claridad como le veo a usted ahora, señor Lee. De hecho, estaba mirando directamente a la pobre criatura mientras bajaba la escalera rebuscando en mi bolsillo un par de monedas para ella… ¡para tabaco y azúcar, como dicen ellos! De hecho, me estaba preguntando por qué no se había levantado para hacer una de sus extrañas reverencias: “cucaracha saluda a gallina”, como podrían decir ellos. Parecía que la anciana había caído profundamente dormida, pues no se había movido en absoluto, aunque lo normal sería que me hubiese oído, ya que la noche era mortalmente silenciosa, y su oído es extraordinariamente agudo, como el de un gato o un perro. Recuerdo que aquella noche la fragancia de los nardos de la señora Iversen, puestos en macetas sobre la barandilla de la galería, se derramaba torrencialmente “en comité de bienvenida a la luna”. Resultaba casi embriagador.

»Justo cuando estaba poniendo mi pie sobre el quinto escalón, llegó un pequeño soplo de brisa fresca desde alguna parte de las colinas situadas tras la casa de Iversen que hizo crujir las hojas de una palmera que crece tras la escalera. Volví un instante la cabeza en aquella dirección.

»Señor Lee, cuando miré de nuevo en dirección a los escalones, tras lo que debió de haber sido la quinta parte de un segundo sin prestar atención, aquella pequeña anciana negra que había estado acurrucada allí en el escalón más bajo, completamente dormida según parecía, ya no estaba. Había desaparecido por completo… y, señor Lee, un pequeño perro blanco, más o menos del tamaño de un caniche francés, subía los escalones a saltos directamente hacia mí. Con cada salto que daba, un escalón a cada salto, el perro aumentaba de tamaño. Parecía hincharse frente a mis ojos.

»En aquel momento estaba, ciertamente, asustado; completamente aterrorizado. Sabía que sólo con que el “animal” me tocase, podía darme por muerto. La vieja era un “sheen” (chien,[5] por supuesto). Ya habrá oído usted hablar de la licantropía, por supuesto: la metamorfosis de hombre a lobo. Bueno, pues ésta era una de sus variedades. No sé cómo debería llamarse. “Canicantropía”, quizás. No lo sé, pero desde luego se trataba de algo… algo relacionado, como un primo lejano de la licantropía, y en una escala inferior, señor Lee. ¡La vieja era una Mujer-Perro!

»Por supuesto, no tuve tiempo de pensar, sólo de actuar por instinto. Blandí el bastón con todas mis fuerzas y golpeé de lleno la cabeza de la bestia. Para entonces se encontraba ya a sólo un escalón de distancia, y pude ver la débil luz lunar destellando sobre la saliva que manaba de su boca. Entonces tenía, me pareció, las dimensiones de un perro de tamaño medio, casi el de un lobo, señor Lee… y un color blanco mortal. Estaba desesperado, y la fuerza con la que le golpeé me hizo perder el equilibrio. No me caí, pero necesité unos instantes para recuperar el equilibrio. Cuando volví a sentir que mis pies pisaban terreno firme, miré a mi alrededor frenéticamente, en todas direcciones, buscando al “perro”. Pero también él, señor Lee, al igual que la anciana, se había esfumado por completo. Miré por todas partes, como podrá usted imaginar, tras aquella experiencia, bajo la clara y magra luz de luna. En varios metros alrededor de las escaleras no había lugar alguno, ni siquiera un pequeño rincón, en el que hubieran podido esconderse ni el “perro” ni la mujer. Ni tampoco lo había en la galería, que apenas tenía un par de metros cuadrados; un simple rellano.

»Pero entonces, desde muy lejos entre las plantaciones que se extendían por detrás de la casa de Iversen, llegó a mis oídos, agudizados tras las experiencias de aquella noche, el soniquete de unos pies desnudos golpeando el suelo. Alguien… algo… se alejaba corriendo desesperadamente en dirección al centro de la isla, de regreso a las colinas, hacia lo más profundo de la selva.

»Entonces, a mis espaldas, las dos ancianas que habían estado preparando el cuerpo de Iversen para el entierro salieron apresuradamente de la casa. Estaban tremendamente alteradas y me gritaron algo ininteligible. Tendré que traducirle sus palabras de algún modo: “¡Oh!, que el Buen Dios le proteja, Amo Jaffray, señor… ¡el joombie, el joombie! ¡El ‘sheen’, Amo Jaffray! ¿Se ha marchado, señor?”.

»Les aseguré a aquellas pobres mujeres que así había sido y regresé a casa.

El señor Da Silva quedó abruptamente en silencio. Cambió lentamente de postura sobre la silla, agarró un cigarrillo y lo encendió.

El señor Lee estaba completamente en silencio. No se movió. El señor Da Silva reanudó su relato tras obtener fuego.

—Como verá, señor Lee, las Pequeñas Antillas son diferentes a cualquier otro lugar del mundo. Es algo que creo a pies juntillas, señor. Y así lo he dicho, en infinidad de ocasiones, a pesar de que nunca he salido de la isla excepto cuando, en una ocasión, siendo joven, fui a Copenhague. Le he contado exactamente lo que sucedió aquella noche.

El señor Lee dejó escapar un suspiro.

—Gracias, señor Da Silva. Muchas, muchas gracias, caballero — respondió pensativo, haciendo ademán de levantarse para marcharse. Su reloj de muñeca indicaba las seis en punto.

—Tomemos al menos otro cóctel fresco antes de que se vaya —sugirió el señor Da Silva —. En la isla tenemos un dicho: ¡que un hombre no puede caminar sobre una sola pierna! Quizás ya lo haya oído.

—Así es —dijo el señor Lee.

—¡Knud! ¡Knud! ¿Me oyes, muchacho? Knud: dile a Charlotte que machaque otra bola de hielo, ¿me oyes? Vamos, date prisa — ordenó el señor Da Silva.

 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Jumbee y otros relatos de terror y vudú. Henry S. Whitehead. 2001. Editorial Valdemar. Traducción: Óscar Palmer Yáñez.

 




 

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Henry S. Whitehead (EUA, 1882 – 1932). Escritor de terror y fantasía. Se graduó en Harvard en 1904, en la misma clase que Franklin D. Roosevelt. En 1909 ingresa en la escuela de teología de Connecticut, donde es ordenado diácono tres años después. Entre 1921 y 1929 Whitehead fue enviado como diácono a Santa Cruz, en las Islas Vírgenes. Pronto quedó fascinado por las costumbres primitivas, los ritos religiosos y las supersticiones tribales propias de la población nativa de aquellas islas, muy especialmente por los ritos de vudú, y comenzó a escribir una serie de historias sobrenaturales ambientadas en las Antillas. Estos relatos, que no superan el medio centenar, es todo cuanto escribió, o al menos publicó (casi todos en revistas para aficionados de la época, como Weird Tales o Adventure) el reverendo Whitehead.






 

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[1]     Nombre otorgado por los norteamericanos al conjunto de islas caribeñas formado por las Antillas holandesas y británicas. Cuando Estados Unidos compró algunas de estas islas (las Pequeñas Antillas danesas) en 1917, pasaron a ser conocidas como las Islas Vírgenes.

[2]     El señor Da Silva, como se revelará algo más adelante, tiene antepasados negros. Es de suponer que Granville Lee, al ser oriundo del sur de Estados Unidos, pueda albergar prejuicios contra él movido por su «herencia» cultural.

[3]     Lafcadio Hearn (1850-1904), escritor y viajero nacido en Grecia, de padre irlandés y madre griega. Se hizo famoso en Estados Unidos por sus trabajos periodísticos. En 1890 se trasladó a Yokohama para realizar un reportaje sobre Japón. Fascinado por la isla, se instaló en ella y en 1896 obtuvo la ciudadanía japonesa. Algunos libros suyos, como Glimpses of Unfamiliar Japan, A Japanese Miscellany, Kwaidan o Japan: An Attempt At Interpretation, fueron importantísimos en su época para dar a conocer la cultura japonesa en Occidente.

[4]     Personaje perteneciente al folklore del sur norteamericano, popularizado por la colección de relatos Uncle Remus Tales (Los cuentos del tío Remus), de Joel Chandler Harris. El conejo Bre’r aparece en muchos de ellos como la encarnación del ingenio y, en ocasiones, del engaño. Irónicamente, Harris escribió su libro con la intención de preservar la tradición oral de los esclavos negros. Las raíces del conejo Bre’r, por tanto, se encuentran en África, donde aún se conservan muchas leyendas prácticamente idénticas a los relatos del tío Remus.

[5]     En francés, perro.