Tachas 654 • Capítulo 1 • Kirsten Weiss
San Francisco, Territorio de California. 1848.
Sensibilidad Grey se sujetó de la baranda de metal, con las manos enguantadas. Crujiendo, el barco a vapor tiraba contra la cadena del ancla, sujetándose al muelle.
Todo estaba mal.
La flota de barcos con casco de madera estaba deshabitada, sus mástiles perforando el cielo crepuscular. Algo estaba mal. El pueblo de San Francisco, yacía sin vida, ¿sin siquiera un perro que ladre para terminar con su silencio? Mal. Y lo peor de todo, su apariencia de duelo. Sensibilidad era demasiado joven para estar triste.
Su vestido, negro como las plumas de un cuervo, se alborotaba sobre sus extremidades en la brisa salada. Se inclinaba hacia delante, sus delgadas caderas empujaban hacia la baranda, y protegía sus ojos contra el sol que se escondía atrás de la bahía.
Apareció niebla que andaba sin rumbo por los cerros verdes. Sus tentáculos se alargaban, extendiéndose, como si estuviese consumiendo al pueblo, los barcos. La inquietud se extendía a lo largo de su columna. ¿Podría ser una plaga? El solo hecho de pensarlo se sintió como un golpe. Plaga. Había reducido la población europea como una guadaña. Pero eso había ocurrido siglos atrás, y ésta era la era moderna, 1848.
Ella frotó su pulgar por el reloj de bolsillo de cobre. Colgaba de su chaleco de cuero café, la única prenda que no había teñido para recordar la muerte de su padre. Su color chocolate suave iluminaba su aspecto de rosa inglesa.
Su tío la esperaba en algún lugar de la costa, en San Francisco. Este lugar infértil sería su nuevo hogar, y un sentimiento depresivo pesaba en su corazón y en sus hombros.
Un mechón de cabello negro revoloteaba de su moño, dando latigazos en su piel. Ella puso el mechón suelto detrás de su oreja, sus ojos verdebotella se esforzaban por encontrar una pista del capitán del barco. Su pequeño bote de remo permanecía encallado en la costa, y él y sus hombres habían desaparecido por más de media hora. ¿Habrían sido atrapados? ¿Pillados en la misma trampa que había capturado a los hombres de todos esos barcos abandonados?
Desplazando su peso, Sensibilidad inconscientemente equilibró su movimiento con el de las olas. Observó los barcos, y se forzó a pensar en el misterio inminente en vez de su dolor. Montones de ellos ocupaban el puerto—demasiados para un lugar tan pequeño. San Francisco no podía albergar más de cinco mil almas. La presencia de tantos barcos causando un desastre en la bahía no era natural.
No, no era paranoica.
Todo estaba mal.
Como no podia hacer nada sobre lo que estaba mal, no era de gran sentido imaginarse a sí misma en ese estado. Haciendo un ruido inesperado, Sensibilidad se dio vuelta y se reclinó contra la baranda.
Miró fijamente la chimenea, arrepintiéndose del fin de su vida a bordo. La velocidad del barco la había sorprendido. El tamaño de su gran motor a vapor la había asombrado. Y estaba segura de que el motor podría ser mucho más eficiente con sólo unos pequeños arreglos.
Su ceño se frunció, tenía preocupaciones más grandes en su cabeza. Su tío—su nuevo guardián – debía encontrarla en el muelle. ¿Sabría él que había llegado doce horas antes? Y si no, ¿cómo iba a encontrarlo?
¿Por qué su tío había tenido que venir al territorio de California? Él era un hombre inglés, como su padre, y había nacido en la capital del nuevo mundo, Londres. ¿Por qué venir acá? Quizás era un hombre solitario, un científico como su padre. O un explorador por naturaleza.
Incapaz de resistir más, volvió a mirar fijamente el pueblo, quieto y silencioso.
¿Un ataque de indios? No, eso no provocaría que los barcos estuviesen vacíos. A menos que estuviesen esperando en la costa que los pasajeros y la tripulación desembarquen…
Apareció una delgada línea de humo gris desde la chimenea, y los músculos entre sus hombros se relajaron. Había imaginado demasiado, San Francisco no estaba abandonado, y no quedaba duda que había una explicación lógica sobre las calles vacías que no tenían nada que ver con la plaga ni con invasores indios.
Ataques indios. ¿En serio? Dijo resoplando.
¿Había ataques de indios en el territorio de California?
Al cabo de unos interminables treinta minutos, aparecieron pequeñas figuras en la costa. Los hombres del barco habían regresado, y dejó escapar un suave suspiro.
Treparon hacia el bote a remos, dejando que el capitán del barco lo hiciera primero. Dos marinos empujaron el bote desde la costa, las olas chocaban contra sus muslos y luego saltaron dentro del bote. Remando suave y de forma regular, se dirigieron hacia el barco a vapor.
Los pasajeros masculinos empujaban hacia las barandas del barco. La tripulación los empujó hacia atrás, despejando el camino para el capitán.
El subió por la escalera de cuerdas hacia la cubierta. Quitándose el sombrero, pasó sus dedos por su cabeza, peinando su pelo enredado. “Desembarcaremos usando los botes como planeamos. Los pasajeros deben alistar su equipaje” Lanzó una mirada hacia Sensibilidad. “Por supuesto que usted no, señorita. Uno de mis hombres la ayudará”
Ella asintió en modo de agradecimiento. Como era la única mujer a bordo, y joven, el capitán del barco la tenía bajo su protección. Durante las semanas que estuvo a bordo del barco, se acostumbró a la atención, quizás porque había recibido muy poca por parte de su padre distraído. Su garganta se apretó al recordar la pérdida, pero luego la aclaró.
Antes de que pudiese preguntar qué era lo que encontraron en San Francisco, el capitán del barco y su primer oficial desaparecieron dentro del cuarto del capitán. El resto de la tripulación comenzó la tarea de organizar a los pasajeros, pero rápidamente un extraño zumbido vibró a lo largo del barco. Comenzó como un susurro, una palabra que hizo que los hombres formaran grupos de dos o tres personas.
Sensibilidad caminó hacia un grupo de pasajeros. Los hombres abrieron paso mientras ella se acercaba, con los ojos abiertos, rostros rojizos y músculos tensos.
“¡Oro!”
Sensibilidad dirigió su cabeza en dirección al grito.
Uno de los marineros abofeteó la oreja de otro, y la víctima refunfuñó. El capitán del barco salió de su cabina, con una expresión atronadora.
Un pasajero de pelo rojizo se dirigió hacia él y preguntó “¿Es verdad, señor? ¿Oro?”
El capitán del barco los miró con furia y dijo “¿Cuál de ustedes estúpidos les dijo?”
Uno de los marineros que había ido hacia la orilla agachó su cabeza y se esforzó por atar una cuerda energéticamente.
“¡Entonces es cierto!” El colorín se hizo paso entre la multitud, golpeando el gorro torcido de un hombre viejo alegre. Lanzó su maleta de viaje a un lado del barco, y un grito de dolor resonó del bote a remo, apagándose en el agua. El hombre saltó sobre la baranda, se sintió un chapoteo y luego un clamor de la multitud.
Los pasajeros avanzaron, gritando. Sensibilidad sujetó su reloj de bolsillo, su estómago se agitaba.
Una mano agarró el hombro de Sensibilidad, era el capitán del barco.
“Lo siento, señorita” dijo. “Esperaba que descendiera primero, pero puede que haya sido mejor esperar que grupo se baje de mi ¡BARCO!”
Paralizada, Sensibilidad retrocedió en dirección opuesta al grupo de hombres. Se golpeaban unos a otros con sus bolsos, gritando y empujándose. Luego el dique explotó y varios hombres saltaron hacia el agua, produciéndose un chapoteo.
Sensibilidad presionó sus manos contra su pecho. “Dios mío.” Estaba acostumbrada a hacerse cargo del caos en el laboratorio de su padre, pero esta anarquía humana la perturbó, poniendo sus nervios de punta. Huyó hacia la cabina sin ventanas bajo la cubierta, cerrando de un golpe la puerta tras ella, escapándose del escándalo que había sobre su cabeza.
El aire en el interior se sentía cerrado y llevaba una débil capa de humo de carbón. Buscando torpemente un fósforo, encendió la lámpara a aceite que estaba al lado de la puerta. La habitación se iluminó gracias a la vida parpadeante de la madera pulida que brillaba. Un catre yacía en una esquina junto a varios cajones grandes. Su bufanda estampada se encontraba sobre una caja de madera, en un improvisado velador.
Un robot miniatura, de seis pulgadas de altura, se revolcaba sobre el suelo sobre sus ruedas de metal. Sensibilidad se quitó los guantes y lo recogió. Sonrió a la pequeña mujer, formada de piezas de repuesto encontradas en el cuarto de motores y otros lugares extraños. Suavemente, limpió su palma contra su falda suave hecha de escoba, disfrutando la sensación sobre su piel.
Sensibilidad la había diseñado para sacudir el polvo del carbón y formar un montón en una esquina, la detenía y alertaba cuando la tarea se había completado. Su padre a menudo la molestaba sobre sus creaciones de naturaleza práctica. Pero si el robot no completaba una tarea casera, entonces lo tendría que hacer ella misma. Y después de todo, prefería que los objetos mecánicos se encargaran de barrer. Sensibilidad golpeó la cabeza de la sirvienta de latón “Llegamos a San Francisco en un estado de caos”. “Muy amable”, dijo el robot.
La sonrisa de Sensibilidad se hizo más amplia. “Estoy de acuerdo”. Observó al pequeño objeto por unos minutos, y su expresión se volvió seria. “¿He cometido un error al venir aquí?”
Pero el robot no dijo nada, sonando como un reloj.
“Pero tú nunca te equivocas, ¿cierto?” Y las cejas de Sensibilidad se juntaron.
Sacudiendo su cabeza por su estupidez, desenganchó la parte de atrás del robot y apretó la palanca, desconectando los mecanismos. La pequeña figura se quedó inmóvil. Sensibilidad la guardó en su maletero.
Gritos masculinos continuaban escuchándose desde arriba. Con poco que hacer, se hundió bajo el angosto catre, con las piernas por debajo, concentrándose en su respiración.
“Aprende a meditar”, le había dicho su padre, “podrías ir a la prisión de los deudores, y nunca te quedarías sin trabajo”
Ella sospechaba que había dicho eso sólo bromeando, ya que a menudo su padre era perseguido por los acreedores. Pero su consejo había sido sensato. Hoy, sin embargo, la tranquilidad la condujo en una búsqueda feliz, su cabeza se llenaba de preocupación y curiosidad.
Finalmente, el primer oficial golpeó la puerta y guió a Sensibilidad hacia la cubierta. Para su sorpresa, el cielo estaba completamente oscuro, la Vía Láctea era un camino plateado en el cielo. A través de la bahía, varias ventanas en el pueblo resplandecían.
Los hombres llevaron su maleta al bote de remo, dos hombres la ayudaron a bajar por la escalera de cuerdas, con las fibras heladas y resbaladizas bajo sus manos enguantadas. Alcanzando el borde del bote a remo, buscó torpemente el camino hacia una de los bancos. Se volvió para tomar asiento, y el bote se sacudió al ser golpeado por una ola. Ella cayó sobre el banco, chirriando por dentro como un robot con mecanismo de relojería con sus engranajes sueltos. Avergonzada, levantó la bastilla de sus faldas que topaban el charco de agua bajo sus pies.
Su taco se movió sobre el piso del bote, dando golpecitos nerviosos. Miró la hora. “¿Cómo sería su tío? ¿La aprobaría?”
Tirando de los remos, los marineros empujaban el bote a través de las olas. El bote a remo encalló y un marinero brincó hacia afuera del bote y llevó a Sensibilidad por el agua. La dejó en la costa de forma no tan cuidadosa, brillando a la luz de la luna creciente. Otro marinero colgó su maleta sobre su espalda y la dejó caer sobre la costa.
Sensibilidad chilló debido a su rudeza, y se tambaleó por la arena hacia sus pocas pero valiosas pertenencias.
Él arrastró su maleta desde la playa hasta un camino de tierra que se ubicaba de forma paralela al agua. Escalando por la ladera atrás de él, sus botas se resbalaban en la arena. Jadeando, llegó al suelo sólido, al camino y se apresuró para alcanzar al marinero.
Con pasos largos hacia el muelle, dejó caer la maleta junto a un débil saco de madera que permanecía en un soporte junto al muelle. Había un cartel de madera pintado de forma tosca que decía: “privad” .
Frunciendo el ceño debido a la falta de ortografía, se volvió hacia el marinero para agradecerle, “Gra...” el marinero se apresuró por regresar al barco.
“…cias” Terminó de decir, desanimada.
Barcos vacíos se golpeteaban y tiraban del muelle de madera. Se sentó sobre su maleta y abrió la tapa de su reloj de bolsillo. Planetas coloridos circulaban en la parte superior, marcando las horas planetarias. El reloj era una de las creaciones de su padre, pero ante la insistencia de Sensibilidad, él agregó el horario y minutero para registrar más que el tiempo mundano. Su padre le había explicado la magia de las horas planetarias – no quería decir que ella creyera en magia, pero él nunca explicó cómo había logrado crear un reloj que nunca necesitase cuerda.
Su mano alcanzó el último diario de su padre, que estaba metido entre su corsé y la pretina de su falda. Había logrado tomarlo y luego escondió la brújula rota antes de que los acreedores se precipitaran. Su padre al parecer había estado usando la brújula como un marca páginas. Sensibilidad no había tenido el coraje de deshacerse de él.
De pronto, la madera crujió atrás de ella, se giró, y el cabello se erizó en la parte de atrás de su cuello.
Se encontraba sola, los marineros y pasajeros se habían internado en las profundidades de San Francisco.
Una brisa helada se metió a través de su vestido. Temblando, se levantó y abotonó su chaqueta de montar gastada.
Tal vez su tío no se había enterado de su llegada. Quizás le dio la fiebre del oro y se olvidó de ella.
La calle oscura estaba vacía, su silencio desconcertante se extendía por el litoral. Invadiendo las construcciones de madera, que se habían convertido en formas grises en la noche, se doblaba de vez en cuando sobre el camino de tierra.
Ella tragó, ¿debería ir a buscarlo? El pueblo era pequeño, seguramente podría encontrar a alguien que lo conociera. Pero Sensibilidad debía lidiar con la maleta. Era demasiado pesada para moverla sola, y la mantenía en ese lugar.
Sintió calor entre sus escápulas, ese cosquilleo e insidiosa sensación de estar siendo observada.
Cerró sus manos. No era nada más que su imaginación. California estaba en medio de la fiebre del oro. Los barcos yacían abandonados en el puerto. San Francisco era muy parecido a una ciudad fantasma.
Con oro a la vista, ¿por qué alguien querría espiarla?
Texto cedido para promoción por los editores del libro Vapor y Sensibilidad. Kirsten Weiss. 2016. Red Empress Publishing. Edición de aniversario. Traducción de Carolina Araya.
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Kirsten Weiss (EUA) ha vivido gran parte de su vida en el extranjero, pasando casi catorce años en la periferia de la antigua URSS y el sudeste asiático. Actualmente reside en San Mateo, California. Es autora de las series de misterio de Pie Town, Perfectly Proper Paranormal Museum, Doyle y Witches of Doyle.
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