Ensayo

Tachas 654 • Pensamiento en la trinchera • Juan Arnau

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Wittgenstein
LA RETAGUARDIA

 

Frente de Cracovia, 1914. Un soldado del regimiento de artillería austríaco se siente abandonado. Tiene veinticinco años, pertenece a una ilustre familia de la Viena de fin de siglo y conoce mejor que nadie la decadencia. Su gente, la gente que lo ayudó en la soledad de su juventud, combate en el otro bando. Piensa en el suicidio. Los meses previos han sido intensos. El archiduque Franz Ferdinand ha sido asesinado en Sarajevo. Se ha alistado una semana después de que Austria declare la guerra a Rusia. La expectativa de ir al encuentro de la muerte le seduce. Por fin tiene la oportunidad de ser un tipo decente. Instintivamente busca una iniciación (sólo en el peligro está la salvación) y espera de la proximidad con la muerte una transformación. El deseo de ser otro es más fuerte que el de resolver los problemas de la lógica.

Enero de 1915. Retaguardia del ejército austríaco. Wittgenstein se siente abatido, «mis pensamientos están cansados». «Sólo un milagro me permitiría completar mi trabajo. Estoy en manos del destino.» Ruega a Dios inspiración, cercanía y valor. Un ejemplar del Evangelio abreviado de Tolstói le mantiene vivo. «No es posible imaginar el efecto de este libro.» 17 de febrero. Trabaja en un taller de maquinaria de guerra. «No puedo seguir así, algo tiene que cambiar.» Se siente consumido y estéril. Nada tiene que decir. Sólo espera que Dios le devuelva la inspiración.

Rumia una idea. Si el lenguaje representa el mundo, habrá que averiguar qué característica (del lenguaje o del mundo) hace posible dicha representación. Tiene una cosa clara: el mundo consiste en hechos (no en cosas), es decir, consiste en cosas que se relacionan unas con otras. Estas relaciones, que él llama hechos, se reflejan en el lenguaje, en las relaciones entre símbolos de una proposición. De modo que, si se pudiera descomponer el lenguaje en proposiciones atómicas, deberían existir «hechos atómicos» que se correspondieran con éstas. Inicia la búsqueda. Se desespera. No logra dar con ejemplos de proposiciones o hechos atómicos (no lo conseguirá nunca). Ni siquiera puede decir qué es un «objeto simple», pero intuye que la posibilidad misma del análisis depende de ello. La sombra de su padre, recientemente fallecido, todavía se cierne sobre él. Un ingeniero de férrea voluntad, un magnate del acero que ha amasado una de las grandes fortunas europeas. El joven se ha criado en uno de los hogares más cultos, ricos y refinados del Imperio austrohúngaro, por cuyos salones habían pasado artistas y hombres de ciencia como Loos, Freud, Schönberg, Kraus, Brahms, Mahler y Klimt. De su madre ha heredado la sensibilidad artística y un gran talento para la música, es diestro con el clarinete y de muchacho soñó con convertirse en director de orquesta. De su padre le viene el interés por las máquinas, que lo ha llevado a estudiar ingeniería aeronáutica en Manchester. El diseño de una hélice de reacción a chorro para la aviación despertó su interés por los fundamentos de las matemáticas. Su educación hasta el momento ha estado orientada hacia la física y la ingeniería, y esa inclinación por la mecánica no puede deslindarse de su filosofía primera. Los ingenieros gustan del montaje y el desmontaje. Ven el mundo como un mecano, constituido por piezas (lo que los filósofos llaman elementos) y articulado mediante estructuras. Encontrar la forma de esas piezas y el diseño de dichas estructuras es encontrar la verdad del mundo. Al finalizar sus estudios en Manchester ha buscado al padre de la filosofía de la lógica, Gottlob Frege, que trabaja en Jena. Frege ha tenido el acierto de redirigirlo a otro matemático, Bertrand Russell, cuya flema y talante compensarán la rigidez germánica del joven aprendiz de filósofo.

En Cambridge, junto a Russell, inicia su indagación de las correspondencias entre el lenguaje y el mundo. Supone que el lenguaje refleja el mundo y en ningún momento se cuestiona la validez de la metáfora. Las proposiciones atómicas que busca y que darán cuenta de hechos atómicos no son nuevas, tan sólo el último intento de encontrar lo irreductible. Esa búsqueda había recorrido la historia de la filosofía con fortuna desigual. Dos de los resultados de dicha búsqueda, la mónada de Leibniz y la voluntad de Schopenhauer, le son familiares. Para él, sin embargo, lo irreductible ha de tener una naturaleza lingüística y mediante el análisis espera desentrañar el significado de los signos. Más tarde descubrirá que el significado no es sino el modo en que se utiliza el signo, pero por ahora su perspectiva mecanicista le impide verlo.

Wittgenstein ansía encontrar un método riguroso para la filosofía: un mecanismo de comprobación y control de resultados. Reedita sin saberlo el viejo sueño de Llull y Leibniz, un modo de probar y refutar mediante el cálculo, como si la razón pudiera decidirse con una operación algebraica. En su tendencia hacia la objetividad trata, paradójicamente, de eliminar puntos firmes, elementos o estructuras que, por su substancialidad, no sean susceptibles de análisis. Pretende erradicar cualquier elemento que no permita un análisis ulterior. Es así como, sin saberlo, se opone a la idea de substancia, que es precisamente el lugar donde se detiene todo análisis.

 

La Vanguardia
Tras dos años dirigiendo un taller de fundición, Wittgenstein solicita ser enviado al frente como soldado raso. Prepara una mochila con lo imprescindible y deja el resto de sus pertenencias a la tropa. Intenta sin éxito regalar a un amigo una cabaña que ha comprado en Noruega. Entre lo que se lleva destaca una vieja edición de Los hermanos Karamázov, un libro que leerá repetidas veces a lo largo de su vida. En marzo de 1916 se incorpora a un regimiento de artillería en el frente ruso. Se prepara mentalmente para morir. «Que Dios me ilumine», escribe en su diario. Cuenta los días que le faltan para llegar a primera línea de fuego. Sus compañeros le miran con sospecha y resentimiento, pues saben que es voluntario. Le cuesta encontrar en ellos rastros de humanidad, hace esfuerzos por no despreciarlos.

Elige la posición más avanzada de las líneas: el puesto de vigilancia. «Me han disparado», anota el 29 de abril. La vecindad de la muerte expande su conciencia y desata un conflicto interior: «Soy un gusano, pero pensar en Dios me transforma en hombre». La soledad nocturna en su garita de centinela le hace sentirse «como un príncipe en una fortaleza encantada». La sensación de peligro multiplica las anotaciones en su diario: «El creyente lo comprende todo», «sólo la muerte da sentido a la vida».

Las cartas de Frege que llegan al frente lo animan a proseguir sus investigaciones. Atrincherado en su puesto de observación, continúa trabajando en lógica hasta el mes de mayo. Le sigue rondando la idea del atomismo, aunque su diario consigna algunas intuiciones metafísicas: «La concepción moderna del mundo se basa en la ilusión de que las llamadas leyes de la naturaleza explican los fenómenos naturales. De modo que el pensamiento se detiene en ellas, consideradas inviolables, como antiguamente se detenía ante Dios o ante el Destino». De no estar en el frente no habría encontrado justificación para escribir sobre estos asuntos. Sin la amenaza del fuego enemigo, probablemente el Tractatus sólo sería un trabajo de lógica. La inminencia de la muerte lo legitima a abordar cuestiones éticas (la naturaleza del sufrimiento, el sentido de la vida). Un mes después de anotar estas reflexiones, el general Brusilov lanza una ofensiva. Son los días más duros de la contienda. El ataque causa numerosas bajas en la compañía. Y lo que en un principio iba a ser un cuaderno de lógica empieza a transformarse en una Ética. «Sé que el mundo existe, que estoy situado en él, como mi ojo en el campo visual, que algo sobre él es problemático (lo que llamamos significado), que ese significado no reside en el mundo, sino fuera de él. Que la vida es el mundo, que mi voluntad penetra el mundo, que mi voluntad es buena o mala, de modo que el bien y el mal están conectados de alguna manera con el significado del mundo. El significado de la vida (esto es, el significado del mundo) lo llamamos Dios. Y lo asociamos con el Padre. Rezar es pensar acerca del sentido de la vida. No puedo influir en los acontecimientos del mundo a mi voluntad. La única forma de lograr independencia respecto al mundo es renunciar a influir sobre los acontecimientos.» El 8 de junio escribe: «El miedo ante la muerte es el signo más claro de una concepción equivocada de la vida». Aflora el pensador religioso. Proyecta una filosofía que asista en las desgracias de la vida, y se pregunta si creer en Dios no es otra cosa que considerar que lo que a uno le sucede no es el fin del asunto. «Tiene todas las cualidades del profeta y ninguna de las del discípulo», comenta un compañero.

La lógica no puede expresarse (decirse) dentro del lenguaje, pues es la forma misma del lenguaje, y sólo puede mostrarse. Lo mismo ocurre con las verdades éticas y religiosas: siendo inexpresables, se muestran en la vida. El soldado-filósofo llega a una sorprendente conclusión: la ética no trata del mundo. La ética debe ser una condición del mundo, como la lógica lo es del lenguaje. Las palabras empiezan a reconocer sus propias limitaciones. Wittgenstein duda. Es consciente de la falta de claridad de sus reflexiones, pero no está en condiciones de negar sus propias experiencias. Evoca a Spinoza: la vida óptima ve el mundo bajo la forma de la eternidad. Es como contemplar el mundo desde fuera, como si la conciencia estuviera más allá del mundo. Y la mente se eterniza en lo intemporal. El avance ruso ha obligado a las fuerzas austríacas a retroceder hasta los Cárpatos. Las condiciones de vida de la tropa se endurecen. «Frío gélido, lluvia y niebla», anota. «Me disparan y a cada disparo mi ser se estremece..., deseo tanto vivir» (24 de julio). El «yo» portador de los valores morales se ensancha, también los instintos más básicos: «No puedo pensar en nada que no sea comer, beber y dormir». Recibe una condecoración por mantener su posición bajo un intenso ataque: su valentía ha tenido un efecto tranquilizador en la tropa. Lo ascienden a Vormeister y, posteriormente, a Korporal. Una vez detenido el avance ruso, lo envían a Olmütz para que se forme como oficial. Busca allí su «puesto de vigía» e intenta (sin éxito) alojarse en la torre del ayuntamiento.

En Moravia conoce al que habría de ser uno de sus grandes amigos durante la guerra, Engelmann. Un espíritu sensible y afín, acosado, como otros de su generación, por la discrepancia entre lo que el mundo es y lo que debería ser. Engelmann queda impresionado por el Tractatus (que ya está cerca de su forma definitiva), «donde lógica y misticismo han brotado de una misma raíz», donde la verdad inexpresable se ha hecho manifiesta. Se tiende un puente entre la ética inexpresable y la posibilidad de vivirla. «Sólo al no expresar lo inexpresable conseguimos que nada se pierda.» El pensamiento ha pasado de los vuelos místicos de la trinchera a la sobriedad del campamento. En enero de 1917, Wittgenstein regresa al frente ruso como oficial de artillería.

Tras el hundimiento del gobierno zarista, los bolcheviques incrementan la intensidad de sus ataques en el frente oriental. El nuevo ministro de Guerra, el general Kérenski, decide proseguir la contienda, pero los soldados rusos ya no están para grandes esfuerzos. El ejército austrohúngaro logra remontar el Prut y reconquista Czernowitz, en Ucrania. Los bolcheviques, que acaban de llegar al poder con el eslogan «pan y paz», deponen las armas. El 3 de marzo, Lenin y Trotski firman el tratado de Brest-Litovsk. Wittgenstein es trasladado al frente italiano. Durante los meses de servicio ordena sus papeles del frente y redacta una copia mecanografiada a la que llama Prototractatus.

Ascendido a Leutnant, se incorpora a un regimiento de artillería de montaña cerca de Bolzano. Participa en los ataques a las posiciones francesas, británicas e italianas en el Trentino. Los informes destacan un «comportamiento excepcionalmente valeroso y sereno», su heroísmo y sangre fría suscitan la admiración de la tropa. De permiso en Salzburgo, en casa de su tío Paul, Wittgenstein da una forma definitiva al Tractatus. Concluida la obra, le asaltan dudas y certezas. «La verdad de los pensamientos aquí comunicados», escribe en el prólogo, «me parece intocable y definitiva.» Cree haber encontrado la solución a los problemas de la filosofía. Sin embargo, el valor de la obra se cifra en que «muestra con claridad cuán poco se ha hecho resolviendo estos problemas». El trabajo se alinea con algunos intentos recientes de restituir la pureza del lenguaje, como los del crítico y dramaturgo Karl Kraus, cuyas sátiras ridiculizan los malos usos del lenguaje. Intentar decir lo que sólo puede ser mostrado no sólo es lógicamente insostenible, sino éticamente indeseable. Las implicaciones éticas del Tractatus le parecen lo fundamental.

Cuando en septiembre regresa a Italia, el Imperio austrohúngaro se desmorona. Checos, polacos, croatas y húngaros dan por terminada su lealtad a la casa de Habsburgo. Los oficiales austríacos pierden el control sobre sus tropas. Kurt Wittgenstein, hermano del filósofo, se suicida al comprobar que sus hombres ya no le obedecen. A principios de noviembre se firma el armisticio. Wittgenstein es hecho prisionero en las proximidades del lago de Como. Lleva consigo el manuscrito del Tractatus. Confiesa a Russell por carta que cree que nadie lo entenderá, aunque para él es claro como el cristal. Y, efectivamente, Frege, el gran alentador del debate en torno a los fundamentos de la lógica, queda decepcionado cuando recibe la primera copia. Apenas avanza en la lectura y probablemente no pasa de las diez primeras proposiciones. Wittgenstein deposita entonces su confianza en Russell. «Ahora, más que nunca, ardo en deseos de verlo impreso. ¡Es mortificante arrastrar la obra ya finalizada de un lado a otro, en cautividad, y ver cuánto absurdo tiene campo libre ahí fuera! ¡Y es mortificante pensar que nadie la entenderá una vez impresa!» Russell, a diferencia de Frege, logra leer todo el manuscrito. «Dos veces y meticulosamente.» Comparte lo que considera la aseveración principal de la obra: que todas las proposiciones lógicas son tautologías. Pero para Wittgenstein esto no es lo esencial, sólo su corolario. Lo principal concierne a qué puede expresarse mediante el lenguaje (y ser por tanto pensado) y qué no puede expresarse y sólo mostrarse. Esa diferencia «constituye el problema cardinal de la filosofía». Russell comprende la distinción pero no le concede la relevancia que le atribuye su discípulo. Más tarde la describiría como un «curioso tipo de misticismo lógico», del que podía prescindirse mediante el uso de metalenguajes.

El 21 de agosto de 1919, el teniente Ludwig Wittgenstein es liberado.

 

Texto cedido para promoción por los editores del libro Manual de filosofía portátil. Juan Arnau. 2018. Galaxia Gutenberg.  

 




 

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Juan Arnau (España, 1968) es astrofísico y especialista en filosofías orientales. Lleva treinta años estudiando el budismo. Entre su extensa obra destacan La fuga de dios, Historia de la imaginación, Manual de filosofía portáti(premio de la Crítica valenciana y finalista del premio Nacional de Ensayo), La mente diáfana. Historia del pensamiento indio, En la mente del mundo. La aventura del deseo y la percepción, Materia que respira la luz, Buda El viajero mental. Ha traducido del sánscrito las principales obras del budismo y el hinduismo: Upanisad, BhagavadgitaAbandono de la discusión y Fundamentos de la vía media, y escrito ensayos como Antropología del budismo o Cosmologías de India. Actualmente es profesor de la Universidad Complutense de Madrid, donde imparte clases sobre pensamiento de la India. Defensor del humanismo frente a las acometidas de la era de la distracción tecnológica, colabora habitualmente con el diario El País.






 

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