Tachas 658 • Himalayan Railway • Henri Michaux
Al llegar a Sileguri, se percibe sobre un par de rieles colocados a una distancia tan estrecha, tan estrecha, una locomotora tan graciosa, tan graciosa ¿cómo diré? una locomotora poney, enganchada a un trencito.
Uno queda intrigado. ¿Cómo se animará a acometer la subida del Himalaya? Además, está dividida en dos partes: una contiene un poco de carbón y a la otra le toca todo el trabajo.
Los vagones son minúsculos, ajustados a su medida.
Los estribos (algún nombre hay que darles) no son tal vez imperceptibles: una comadreja, en rigor, podría utilizarlos.
No falta una red. En ella cabe un tubo de pastillas o un atado de diez cigarrillos, pero no los dos juntos.
La luz no ha sido olvidada. Pero falta la lámpara. A juzgar por el hueco, hubiera sido tan pequeña que no hubiera alumbrado nada. Mejor suprimirla. Muy bien pensado.
Como es de práctica, lleva el tren un vagón para simales, donde caben cómodamente un canasto de aves y un cuarto de docena de corderos.
Ya está, la locomotora arranca y su táctica se manifiesta en seguida.
Ante todo no hay túneles. Para una máquina tan chica hubiera sido ridículo cavar un túnel y entrar en gastos: sencillamente, se ha trazado un sendero, un sendero bien trillado, un delantalcito de tierra de la montaña, y ¡adelante! Los viajeros gozan de toda la vista que quieren.
Hace virajes como una bicicleta, está cómoda en todas partes. Avanza, retrocede, hace redondeles de calesita, y vuelve sobre sus huellas.
Si uno baja en una parada, dos sonrientes mujercitas del Nepal, con una moneda de oro en la nariz y tan amables que uno les daría todo lo que lleva encima, se ofrecen a cargar el equipaje y bajo el peso de la enorme valija siguen sonriendo.
Sonrisas por todos lados, sonrisitas justas y airedas, la primera sonrisa de la raza amarilla que veo, la sonrisa más bella del mundo.
Uno anda entre plegarias volantes atadas a los árboles.
Aparece el Himalaya con sus picos nevados.
* * *
En el mundo entero uno puede entenderse por señas. En la India, imposible.
Uno hace señas de que tiene prisa, de que hay que apresurarse, uno mueve los brazos de un modo que el mundo entero comprende, el mundo entero, pero no el hindú. No adivina, ni siquiera está seguro de que sea una seña.
Su sola presencia es una opresión.
Qué alivio llegar al Nepal, ver una sonrisa, la sonrisa espontánea que nos busca, que espera ser correspondida, y que por caridad nos pide el abandono del ensimismamiento, de las cavilaciones.
Esa sonrisa del nepalés, la más exquisita que conozco, exquisita, no excesiva, no turbadora, sino encantada, sin doblez, pura.
El tropical está lleno de sustancia.
La montaña es espíritu puro. Las manos no intervienen. Juego de manos es de villanos.
Sólo el ojo la ve. La montaña está desprendida de la suciedad, de los sentidos, del limo vegetal, de los olores.
El hindú lo comprende, por lo demás. Todo aquel que desea la santidad va a dar al Himalaya.
Los nepaleses han resuelto habitar el país más alto del mundo. Entre ellos, los pocos hindúes que se ven, hasta los monjes mendicantes, los gurús, los santos, parecen crápulas.
* * *
Entre los nepaleses, los gurkhas retacones decididos, que no tienen frío en los ojos, son lo contrario de los hindúes.
Los tibetanos son también lo contrario de los hindúes, pero de otro modo.
El hindú es esbelto. La mujer hindú es de una inferioridad que al principio asombra. Es como con versar con insectos, tiene una cabeza menos que el hombre.
Y el hindú la encierra en la casa, no se la ve. El es todo. Ella es nada. He visto tibetanos que no eran del tipo corriente, que es mucho más delicado, pero que ya era bastante notable.
El tibetano era pesado, ancho y alto, nada lindo, y rudo.
La tibetana era pesada, alta, nada linda y casi más gruesa y ruda.
Era del tipo de esas tibetanas a la antigua que se casaban hasta con cinco hombres (a la vez, naturalmente) y que sin duda los tenía en línea, y hasta los ponía en penitencia.
He visto una de esas mujeres, manejando el dinero y dando órdenes, sargentona entre mocetones recios y dóciles de 1 metro 80.
* * *
Cuando las cosas andan mal en casa de un hindú, sea rico, casado o padre de diez hijos, «Bueno, si es así, me voy a pedir limosna». Confía su fortuna a su sobrino y sale a mendigar.
Ya está establecido. Ante ciertas encrucijadas en la vida, no queda otra cosa que hacer: mendigar o más bien vivir como un mendigo.
El hindú mendiga fríamente, con convicción, con caradura. Considerando este empleo como su destino. Los hindúes (el hindú no es bueno ni caritativo) siguen de largo y no le hacen caso, porque es su destino.
El brahmán que pide limosna, entra y no dice nada. Si le dan algo, aunque sea muy poco, sale y no dice nada. Si no le dan nada, no dice nada, pero si uno muestra impaciencia, lo maldice hasta la decimoquinta generación. Para anular esa maldición no bastará ni una majada de cabras.
Demasiado tarde. Los dioses, que esperaban, maniobran en el acto para encauzar las catástrofes en la vía de la maldición.
En Ceilán un joven ciclista se cruzó conmigo a toda velocidad. Un minuto después, estaba a mi lado, con la bicicleta de la mano. Me tendió la mano: «Poor boy, no money». Tenía una bicicleta flamante, maravillosa, con cambios de velocidad. Parecía sano, joven, entusiasta. Me alegró mucho poder ayudarlo.
Ojalá yo mendigue en automóvil, alguna vez, y dé con un alma caritativa.
El nepalés mendiga con su sonrisa. Parece tan feliz de haberse encontrado con uno (n. n. En Darjiling, en la India. Pues, en su país, el Nepal donde as tarde fui a parar, no recuerdo haber visto nada semejante). Es un placer tan personal —es a usted, a quien quería encontrar. ¿Cómo negarse, entonces?
Hablo de los niños. (El nepalés no mendiga más que los otros pueblos.)
Cuando aparece alguno, uno se siente presa de una dulce convulsión cardíaca.
La impresión de tener un mendigo delante es siempre penosa. Un foso de injusticias, o algo parecido.
Entre los nepaleses se mendiga fraternalmente, sencillamente. Hoy por mí, mañana por ti. Siempre nos entendemos.
* * *
El sacerdote tibetano mendiga con delicadeza. Va al mercado, se pone ante los vendedores con un minúsculo tambor en la mano, un tamborcito del tamaño de un mango, al que están sujetos dos hilos rojos provistos de ovillos livianos de hilo rojo. Mueve el tambor de derecha a izquierda; los ovillos golpean el tambor. Al mismo tiempo agita una campanillita. Acompaña esta reducida orquesta una canción débil y secreta, imprecisa, más exhalada que cantada, una especie de queja en el sueño. Esto dura un minuto.
Su escudilla recibe algunas legumbres y un puñado de arroz que guarda en su bolsa, pasa al puesto vecino, y así recorre todo el mercado.
Sencillo, discreto, sin ser oído, salvo por cada interesado, escucharé siempre ese lacerado y tan delicado suspiro, contenido como si un enfermo con los pulmones perdidos quisiera cantar por última vez.
Una voz que pasara dulcemente a través de bronquios sangrantes, o como si le hubieran enseñado a cantar a un perro, que repetiría dócilmente su melodía sin apartarse de sus habituales suspiros, esos suspiros tan inquietantes del sueño de los perros, que corresponden a una preocupación que nos es fraternal.
Voces como sus ojos... no desplegados. Como las fórmulas en los molinos de rezos, otra forma de la discreción.
Pero si uno entra en un monasterio de lamas, en el templo donde están todo el día, comiendo y durmiendo por turno, y los oyen cantar oraciones, refunfuñando, inclinados sobre libros enormes de hojas volantes, del tamaño de una valija, no se los reconoce. Voces profundas con notas más bajas que las de los célebres bajos rusos: voces eruptadas y obscenas, que lo hacen a uno volverse, para ver si no se trata de una burla o de una parodia grotesca. Pero no, es la voz rezongona de todo el día.
Tienen también un instrumento, una especie de trompeta de 4 metros 50 de largo, que asestan sobre los campos para llamar las gentes a la oración. Emiten un enorme ruido como de glotis de hipopótamo. Ese ruido que sería excesivo en cualquier otro lugar, pero que en las montañas del Himalaya es débil y oscuro, pasa como un suspiro sobre las aldeas.
Fragmento del libro Un Bárbaro En Asia. Henri Michaux. Tusquest. 2021. Traducción: Jorge Luis Borges.
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Henri Michaux (Belgica, 1889–Francia, 1984) Tras una infancia solitaria y después de que su padre se negara a que siguiera la carrera eclesiástica, se dedicó a viajar como marinero. A su regreso, publicó en 1927 su primer libro de poesía. En 1937 se estableció en París, donde murió, a la edad de ochenta y cinco años, en octubre de 1984. Poeta, narrador y pensador, fue también pintor. Pese a los honores que recibió en Francia en los últimos veinte años de su vida, Michaux siguió siendo un hombre ensimismado. Hasta tal punto era celoso de su intimidad que siempre rehuyó sistemáticamente a periodistas y, sobre todo, a fotógrafos.
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