Experimental

Tachas 659 • El Frío • Jeanne Karen

Imagen generada con IA de Adobe Firefly

 

I

La primera vez que envolvió mi cuerpo en su masa estéril fue en el invierno de 1982, los niños danzamos frente al fuego, de nuestra lengua se desprendía un dulce y sutil aliento, la vida comenzaba, todo era almíbar y madrugada, la espera de los milagros. Con mis deditos helados tracé poemas en la tierra apretada, palabras que se incendiaron frente a mi rostro, al elevarse se armó la ceniza, los recuerdos de una familia amorosa y extraña, raíces difusas y perdidas en un laberinto de silencio. Niña roca, niña sola, superficie brillante, niña en su pequeña habitación rosa, flotaba en la cama amarilla, niña intensa, música devorada, noche vieja y las canciones de Sinatra al fondo de la memoria, la luz roja del estéreo Fisher no me dejó cerrar los ojos, no me dejó caer en el sueño. Niña feliz, días extremos, ojo terrible, niña vida, niña flores en el aire, niña corto circuito, alegría del jardín, niña alucinaciones y fiebre, niña duraznos del hambre, color de la casa, primeros pasos, niña con manzana en el ojo. El frío sonaba en el pasillo escarlata como una lluvia de clavos. Niña imán de la rara fortuna.

 

 

 

II

Amo los pequeños poemas que no dicen nada, que tienen en su corazón congelado una extraña medida al problema del lenguaje, están cortados con el filo de una navaja vieja y oxidada, llevan en su rostro el desgaste, las ojeras de los años de insomnio, la desdicha de vivir con el cuerpo de otro. Unas líneas crecieron en primavera pero no las dejaron morir en otoño, van pegadas a las nuevas, injertos, ramitas chuecas con frutos luminosos, comida para las aves que se extraviaron, porque en las rutas se han construido edificios y las antenas de las telecomunicaciones obstruyen su señal de vuelo.

También hay poemas largos con una laguna a mitad de la página, un bosque para perderse y mirar las primeras nevadas. El poeta deja sus huellas, intenta extraviarse, alejarse de su propia orilla, destruir el dolor recurrente en la parte derecha de su abdomen, dormir, ser habitante de otro sueño menos desesperado, menos anclado. A mí también me gustan los delirios. Estaba en Mexquitic cerca de la “playa” de la presa, había un sonido que venía desde lo más hondo, era yo, ahogándome, de nuevo el agua como en la infancia con sus ríos violentos. En ese lugar quería recordar el mundo, las cosas infinitas, horizontes en Lisboa negros con rojo y una pequeña franja gris que lo sostenía todo, luego en Irving, un otoño por donde entraba un aire helado y algunas hojas, códices en la pared, en los ojos de la muchacha de la farmacia, rubia soledad, mirada azul que desquiciaba entre tanto silencio, la pulcritud de los pasillos era diametralmente opuesta al espeso ambiente en un vagón del tren. Una tarde de vagos, me jalaba el desorden, la música interna, las rimas todavía desconocidas. Al llegar a casa escribí el terrible poema “descamando pescado”, no había allí ni una pisca de misterio, pero tampoco de turbación.

 

 

 

III

Durante la época otoñal el cielo era todavía una demarcación con deslucidos azules, había en la garganta un efecto de palabras congeladas, cuando los días estaban más fríos se presentaba un dolor en los dedos, una de las razones por las cuales disfrutaba leer más, beber algo caliente y escribir poemas cortos, dejarlos caer en medio de la hoja, ásperos, sin tantas semillas. Establecía mis horas desde la ventana rectangular que ocupaba casi toda la pared de la pequeña sala, hacia afuera un enorme estacionamiento, miraba lo oscuro, parecía un lago desconsolado. Concreto, piedra y días inhábiles, pequeñas pulsaciones, la cabeza rebasando todo lo creado. Cada cosa se desprendía de la verdad, el café era enorme, poco dulce, apenas para agitar la fantasía, toda posibilidad de volver, ¿quién quería irse?, pero la locura me alcanzó una tarde en el cuarto de baño, el espejo quedó destrozado, tuve miedo y era hermoso, mi vida estaba hecha en esos momentos de dos vidas en realidad, existencias multiplicadas. Prismas. Monedas en el aire, naipes.

 

 

 

 

 

IV

Mi torso y mi espalda son de azul cobalto y en el muslo crece un rosal de flores eléctricas. Todavía en los huesos queda la marca de tu veneno. Mi cuerpo es tu mapa de constelaciones perdidas, de infinitas ganas. Tu deseo soy yo en otra parte. Fría, deshabitada, han pasado tantos años, la vida fue linda. En la mesa tenía poemas dispersos, la casa estaba iluminada. Quise mirar por la ventana que da al patio, un dolor sordo inundó la mañana. El gato amarillo no estaba en la azotea, nunca más lo volví a mirar. Yo estaba lejos, no escuchaba el estruendo de tu corazón oscuro generando algo para poder aguantar.

 

 




 

 

***
Jeanne Karen
(San Luis Potosí, México, 14 mayo 1975). Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Temas como la muerte, la introspección y la complejidad semántica en la comunicación en relación con el autismo y las ciencias exactas como las matemáticas y la física, influyen su trabajo en un debate casi ético. Premio estatal de poesía Viene la muerte cantando (1998) Premio de Poesía Salvador Gallardo Dávalos (1999), de Poesía Manuel José Othón (2002 y 2006) Premio de Periodismo Francisco de la Maza por Publicación o Programa de Difusión Cultural (2009).

Ha publicado los libros: Simulación dinámica (Bitácora de Vuelos, 2015), Cementerio de elefantes (Múltiples editoriales). Hollywood (Ponciano Arriaga), Menta (Ponciano Arriaga).






[Ir a la portada de Tachas 659]