Tachas 660 • Libro Primero (Fragmento) • Heliodoro
El día había comenzado a sonreír hacía poco, y el sol aún iluminaba sólo las cumbres.[1] Unos hombres armados como piratas se asomaron por encima del monte que se levanta a lo largo de la desembocadura del Nilo,[2] en la boca que se llama Heracleótica, se detuvieron un momento y comenzaron a recorrer con la vista el mar que se extendía a sus pies.[3] Echaron primero una ojeada hacia alta mar, pero como no se divisaba ningún barco que pudiera prometer botín para los piratas, volvieron su mirada a la ribera cercana. Lo que allí había era lo siguiente: una nave mercante, anclada y sujeta por las amarras, vacía de marinos, pero repleta de cargamento. Esto último, aun desde lejos como estaban, no les era difícil colegirlo así, porque el peso hacía que el agua alcanzara hasta por encima de la tercera línea de flotación.[4] La costa estaba completamente llena de cuerpos, recientemente asesinados: unos, ya muertos, otros, moribundos y con los miembros todavía palpitantes, denunciando que acababa de cesar el combate.[5] Las apariencias no eran las de una batalla en toda regla, pues había también, revueltos en desorden, restos lastimeros de un banquete que en lugar de llegar a un final feliz había tenido este desenlace: algunas mesas todavía estaban llenas de comida; otras en tierra, en manos de algunos de los que yacían, habían servido de escudos para una batalla trabada de improviso; otras, en fin, ocultaban a quienes al parecer se habían refugiado allí. Había también copas volcadas y caídas de las manos que las sostenían para beber, o para usarlas como piedras: lo súbito de la desgracia había obligado a darles una inaudita función y había enseñado a emplear los vasos como proyectiles. De los que yacían, uno tenía herida de hacha, a otro le habían disparado con guijarros de los que la propia ribera procuraba, a otro le habían abierto la cabeza con un palo, a otro le habían pegado fuego con antorchas: cada uno, en fin, había perecido de distinta manera, pero la mayoría, por obra de flechas y arco. Diversidad innumerable de cosas había dispuesto el destino en este pequeño espacio: vino manchado de sangre, guerra encendida entre comensales, asesinatos y bebidas, libaciones y matanzas mezcladas; tal era el espectáculo que el destino puso ante las miradas de los piratas egipcios. Se detuvieron éstos en lo alto de la colina a contemplar la escena,[6] pero no eran capaces de comprenderla: tenían allí a los derrotados, no veían en ningún sitio a los vencedores; la victoria era evidente, el botín no estaba saqueado; la nave se balanceaba sola, vacía, sin que nadie se hubiera apoderado de la mercancía, como si hubiera gran vigilancia o plena paz. Sin embargo, aun en la incertidumbre de lo que había sucedido, veían todo dispuesto para su lucro y pillaje. Así, pues, considerándose ellos mismos los vencedores, se lanzaron hacia allí.
Pero cuando su carrera ya los había conducido cerca de la nave y de las víctimas, he aquí que se tropiezan con un espectáculo todavía más inexplicable que los anteriores. Una muchacha estaba sentada sobre una roca; su belleza era extraordinaria y producía toda la impresión de una diosa; su aspecto revelaba un gran dolor por la presente desgracia, pero en su pecho aún alentaban el temple y la nobleza. Tenía la cabeza coronada de laurel, una aljaba colgada de su hombro y un arco sobre el que apoyaba su brazo izquierdo, mientras la mano pendía con negligencia. Tenía el codo derecho recostado sobre el muslo, y la mejilla descansaba indolentemente sobre los dedos.[7] Mantenía la cabeza inmóvil, con la vista fija en el suelo, observando a un joven que yacía delante de ella. Estaba éste desfigurado por las numerosas heridas y parecía a punto de volver de un estado semejante a un sueño profundo, casi la muerte; mas, aun en estas circunstancias, bien se veía la flor de su varonil belleza, y las mejillas, a pesar de los hilos de sangre que las enrojecían, relumbraban con mayor blancura. Le cerraban los ojos las fatigas, pero volvían a abrirse impulsados por ver a la muchacha, y esta visión era lo único capaz de forzarlos a mirar. Cuando hubo recobrado el aliento, le dijo entre profundos jadeos, con sólo un hilo de voz:
—Mi dulce amada, ¿estás realmente a salvo o eres tú también víctima de esta batalla, y, como no soportas ni siquiera tras la muerte quedar separada de mí, son tu fantasma y tu alma quiénes vienen a cuidarse de mis desgracias?
—De ti —dijo la joven— únicamente dependen mi salvación o mi pérdida. ¿Ves esto? —Y le mostró una espada que tenía sobre las rodillas—; si hasta ahora ha estado inactiva, es sólo porque tu respiración la ha contenido.
Y al tiempo que así hablaba, saltó de la piedra. Los salteadores, sorprendidos y aterrados como si un rayo les hubiera herido la vista, corrieron a esconderse dispersos entre las matas, pues, al verla de pie, les pareció todavía más alta y más semejante a una diosa. El movimiento repentino hizo que los dardos resonaran;[8] su vestido, bordado de oro, lanzaba destellos al reflejar el sol; e igualmente la cabellera, que se agitaba bajo la corona, como la de una bacante, cubriéndole casi toda la espalda. Todo esto les atemorizaba; pero más aún que lo que estaban viendo ahora, el misterio de lo antes sucedido. Unos afirmaban que era una diosa: bien Artemis, bien Isis, la diosa tutelar del país;[9] otros, que una sacerdotisa presa de la locura sagrada y responsable de la gran matanza que veían. Esto es lo que creían, pero aún no conocían la realidad. Ella bajó enseguida donde estaba el joven, cayó abrazada a él, y mientras lloraba, le besaba, le limpiaba, gemía e incluso desconfiaba todavía de tenerlo en sus brazos. Los egipcios, al ver esto, cambiaron radicalmente de idea.
—¿Cómo va a ser esto obra de una diosa? —se decían—. ¿Cómo una divinidad iba a besar a un cadáver con tanta pasión?
Además, se animaban unos a otros a tener la osadía de acercarse y obtener información fidedigna. Una vez recobrados, pues, bajaron corriendo y sorprendieron a la muchacha mientras aún atendía las heridas del joven. Se detuvieron detrás, sin coraje para decir o hacer nada. El ruido de alrededor y la sombra de los bandidos, que se proyectaba ante los ojos de la muchacha, le hicieron levantar la cabeza; y, después de verlos, volvió a inclinarse y, sin asustarse lo más mínimo de lo extraño de su piel ni de la presencia de unos bandidos, como manifestaban sus armas, prosiguió dedicada con todo afán al cuidado del hombre que yacía en tierra. Realmente, tal es el desprecio que una pasión profunda y un amor puro sienten por todos los acontecimiento externos, tanto dolorosos como agradables, y tal es la fuerza que impele a mirar únicamente al ser amado y a atender a todos sus pensamientos.[10]
Los piratas fueron dando un rodeo y se detuvieron frente a ella; y cuando parecían decididos a pasar a la acción, de nuevo la muchacha levantó la cabeza y, al ver el color oscuro de su piel[11] y la suciedad de su aspecto, dijo:
—Si sois las sombras de los que aquí yacen, no tenéis razón para molestarnos, porque la mayoría os habéis dado muerte entre vosotros mismos; y cuantos habéis sucumbido a manos nuestras, en legítima defensa y por vengar la insolencia que se ha intentado cometer contra mi pureza habéis recibido castigo. Mas si sois de los vivos y lleváis, como parece, vida de piratas, habéis llegado en el momento más oportuno: liberadnos de los males que nos rodean y acabad con nuestra muerte el drama de nuestra existencia.
Tales fueron sus trágicos lamentos; pero ellos no entendieron nada de lo que les decía.[12] Los dejaron entonces solos de nuevo, custodiados con la fuerte vigilancia de su propia debilidad, y marcharon a la nave a desembarcar la carga. Despreciando las demás cosas, que eran abundantes y variadas, fueron descargando, cada uno al límite de sus fuerzas, el oro, la plata, las piedras preciosas y la seda. Cuando creyeron tener suficiente —y había desde luego tanto como para saciar la avidez de cualquier pirata—, talaron el botín en la playa y comenzaron a repartirlo en partes iguales, haciendo fardos no según el valor de lo capturado, sino distribuyéndolo según un mismo peso. En cuanto a la muchacha y al joven, pensaban decidir sobre ellos inmediatamente después.
En esas circunstancias he aquí que se presenta otra partida de bandidos, al frente de los cuales iban dos jinetes. En cuanto vieron esto los primeros, sin hacer intención de oponer resistencia y sin cargar con la rapiña para evitar que los persiguieran, huyeron a plena carrera. Además, ellos, que eran sólo unos diez, se habían dado cuenta de que los que venían les triplicaban en número. Así, la joven y su compañero fueron capturados por segunda vez, aun antes de que los cogieran la primera.[13] Los bandidos, que se dirigían presurosamente al pillaje, se quedaron un momento frenados, extrañados y confusos ante lo que veían. Se imaginaban ciertamente que los piratas anteriores eran los causantes de tanta mortandad, pero como veían que la muchacha, con una indumentaria extraña y rica, no prestaba la menor atención a los peligros que la amenazaban, como si no existieran, y estaba dedicada con toda su alma a cuidar las heridas del joven, como si el sufrimiento de éste fuera su propio dolor, estaban admirados tanto de su belleza como de su presencia de ánimo. También el herido los había dejado estupefactos: tal era su hermosura y tal era su talla, apreciable aun tendido como estaba, pues acababa de volver de su desvanecimiento y estaba recobrando su apariencia habitual.
Finalmente, pues, se acercó el jefe de los bandidos y poniendo la mano sobre la muchacha le dijo que se levantara y le acompañara. Ella, que aunque no entendió sus palabras supuso cuál era el contenido de la orden, apretaba entre sus brazos al joven, que tampoco la soltaba, y levantaba la espada contra su pecho, amenazando con darse la muerte, a menos que llevaran a los dos. Comprendió el jefe de los bandidos, más por sus gestos que por sus palabras, y, con la esperanza de poder contar con la colaboración del joven para las mayores empresas si lo salvaba, mandó a su escudero apearse, hizo él lo mismo y montó a los prisioneros en sus caballos. Ordenó a los demás recoger el botín y seguirle, y emprendió el camino a pie, corriendo al lado de los caballos y ayudando a los cautivos a mantenerse en la montura, siempre que vacilaban y estaban a punto de caer. La escena era digna de gloria: el jefe parecía ser el esclavo, y el vencedor resultaba ser el siervo de los presos. Hasta tal punto una apariencia noble y un aspecto bello saben someter incluso el corazón de un bandido y son capaces de vencer a lo más sórdido.
Tras avanzar alrededor de dos estadios[14] a lo largo de la costa, se desviaron enseguida y comenzaron a subir en línea recta la colina, dejando el mar a su derecha. Franquearon la cima con dificultad, y se apresuraron por llegar a una laguna que se extendía al pie de la otra ladera.
Este paraje, que se encuentra en una región que los egipcios denominan «Vaquería», presenta el siguiente aspecto: es una depresión del terreno, que recibe aguas de las crecidas del Nilo, y forma un lago, cuya profundidad es inmensa por el centro, pero en la orilla queda reducido a una zona pantanosa.[15] Estas marismas equivalen en los lagos a lo que son las costas en los mares. Aquí habitan todos los bandidos egipcios; unos, en las pocas zonas secas que se hallan a un nivel superior al del agua, se fabrican cabañas; otros viven en balsas que usan como vehículo y habitación al tiempo. Allí mismo hilan sus mujeres y allí mismo dan a luz. Cuando nace una criatura, la alimentan al principio con leche materna, después con los peces del propio lago, tostados al sol. Cuando se dan cuenta de que el niño trata de andar a gatas, le atan a los tobillos una correa de una longitud tal, que sólo le permita avanzar hasta el extremo de la balsa o de la choza; de este modo, el lazo en los pies se convierte en un original guía que le ayuda a andar como si lo llevaran de la mano.[16]
Y más de un vaquero que ha nacido en el lago y ha tenido este tipo de crianza considera sus aguas como su patria; y más aún, si se piensa que sirve a los bandoleros de guarida inexpugnable. Por esto también, afluyen aquí los que llevan ese género de vida: el agua la utilizan de muralla, y el cañaveral de la marisma los protege igual que una empalizada. Pues abren, cortando las cañas, senderos sinuosos e intrincados, con abundantes recodos y desvíos, que para ellos no ofrecen dificultad, porque los conocen, pero que para los demás constituyen veredas infranqueables. Así han inventado la mejor fortaleza posible para preservarles de sufrir alguna incursión. Tal es la situación del lago, y así son los vaqueros que en él habitan.
A él llegaron a la puesta del sol el jefe de los bandidos y los suyos. Apearon de los caballos a los jóvenes y metieron el botín en balsas, mientras una gran muchedumbre de bandidos que se había quedado en la zona salía de todos los rincones de la marisma, se arremolinaba corriendo en torno del jefe de la partida y le daba la bienvenida, acogiéndolo como a su rey. Al ver el inmenso botín, y al reparar en la belleza de la muchacha, que era realmente sobrenatural, dedujeron que era algún santuario o templos ricos en oro lo que sus camaradas habían saqueado, y que habían traído también a la propia sacerdotisa. Incluso imaginaron, en su rusticidad, que la muchacha que habían cogido era la estatua viviente de la diosa. Tras recibir al jefe de la cuadrilla entre grandes aclamaciones y vítores dedicados a su valor, lo acompañaron en comitiva hasta su vivienda.
Era un islote aparte de los demás, que estaba reservado como morada sólo para él y para unos pocos de sus escogidos. Cuando llegó allí, ordenó a la mayoría regresar a sus casas, con el encargo de que se presentaran al día siguiente, y él se quedó con los pocos que siempre le acompañaban, compartiendo una cena frugal. En cuanto a los jóvenes, los dejó al cargo de un muchacho griego que estaba allí prisionero desde hacía poco, para que tuvieran a alguien con quien conversar. Les asignó una choza cercana a la suya, ordenó que se prestara cuidados al joven y sobre todo que se mantuviera una severa vigilancia para evitar que la muchacha sufriera algún ultraje. Finalmente, él se fue a dormir, cansado de la caminata y fatigado por las preocupaciones.
El silencio se fue apoderando de la marisma, y llegó la hora del primer tumo de la guardia.[17] La soledad y la ausencia de los que les habían recibido entre tumultos daban a la muchacha una excelente ocasión para sus lamentos; la misma noche reavivaba, yo creo, aún más sus sufrimientos, porque no había ningún murmullo ni ninguna silueta que la pudieran distraer, y la oportunidad le permitía entregarse exclusivamente a su dolor. Acostada, pues, en un jergón, a cierta distancia según la orden dada, decía hablando consigo misma, entre muchos gemidos y muy abundantes lágrimas:
—¡Apolo, qué venganza tan terriblemente cruel te estás tomando de nuestras faltas! ¿No te basta para nuestro castigo las penalidades pasadas? ¡Privados de los familiares, capturados por los corsarios, expuestos a mil peligros en el mar, apresados una segunda vez por bandidos en tierra, y amenazas más crueles que las ya pasadas debemos aguardar en el futuro! ¿En qué punto vas a detener esto? Si todo va a parar en una muerte sin ultraje, dulce será el final; pero si alguien por la fuerza pretende mancillarme, a mí, a quien ni siquiera Teágenes ha poseído todavía, me adelantaré a tal injuria con la horca. Casta me he de guardar hasta la muerte, como me he guardado hasta ahora; conmigo me llevaré la pureza como una bella mortaja. Ningún juez podrá haber más cruel que tú.[18]
Fragmento del libro Las Etiópicas o Teágenes y Cariclea. Heliodoro. Colección: Biblioteca Básica Gredos. Editorial Gredos. 1995. Traducción de Emilio Crespo Güeme, Se publica con autorización de sus editores.
***
Heliodoro (siglos III-IV d.C) fue un destacado escritor griego, famoso por ser el autor de Etiópicas o Teágenes y Cariclea, la novela griega antigua más influyente. Esta obra narra las aventuras y el amor de dos jóvenes, influyendo en autores posteriores como Cervantes. Se cree que fue obispo de Tesalónica, aunque se conocen pocos detalles de su vida.
[Ir a la portada de Tachas 660]
[1] El título habitual de la novela en la Antigüedad era probablemente Etiópicas; en época bizantina, no obstante, como sugieren, por ejemplo, FOCIOy la mayoría de los códices, el título más frecuente venía dado por el nombre de la protagonista femenina: Cariclea para la novela de Heliodoro; Leucipa para la de Aquiles Tacio, etc.
[2] Para el comienzo in medias res, uno de los elementos en los que Heliodoro se muestra superior al resto de las novelas griegas antiguas, véase Introducción, 24 y 30.
[3] DIODORO DE SICILIA, I 33, 7, distingue siete desembocaduras principales en el delta del Nilo; la más occidental es llamada Canópica, aunque algunos la llaman Heracleótica. En cada boca había una ciudad amurallada, dividida en dos partes por la corriente del Nilo (cf. también ESTRABÓN,XVII 1, 18 sigs., para una descripción más detallada). Las alturas colindantes forman parte de las estribaciones de la cadena libia, y se trata, en efecto, de una región desértica.
[4] Se refiere a la tercera (comenzando desde arriba) de las líneas de planchas que recubrían el armazón de un barco. Normalmente, la línea de flotación estaba a un nivel inferior; se trata, pues, de un navío con una pesada carga.
[5] Un posible, aunque lejano, modelo para esta escena puede ser el relato de Ulises a Eumeo (Odisea XIV 261 sigs.); dos detalles al menos se repiten aquí: vigías en las alturas de la desembocadura y combate en la boca Canópica entre egipcios y piratas.
[6] La primera de las muy abundantes metáforas del teatro en la lengua de Heliodoro: cf. J. W. H. WALDEN,Harvard Stud. on Class. Phil. 5 (1894), 1-43.
[7] Es de regla en la novela griega que la aparición de la heroína venga subrayada por la comparación de su aspecto con el de una diosa. Esta convención literaria tiene en Heliodoro además una función más concreta (véase Introducción, 32); sobre la función del mito en general dentro de la novela griega, ver G. STEINER,loc. cit. El propio atuendo de la heroína en este caso, con el arco y la aljaba, atributos de Ártemis, hace más próxima la comparación.
[8] El resonar de los dardos es una expresión claramente imitada de Homero, donde es aplicada a Apolo (Ilíada 1 31).
[9] Para la identificación de Ártemis e Isis, que, si bien es una creencia habitual en los autores griegos más antiguos (así, HERÓDOTO,II 51), Heliodoro ha buscado, sin duda, deliberadamente, v. Introducción, 31.
[10] La primera máxima en la novela, elemento que indica la intención moralizante de la obra, además de rasgo estilístico procedente de otros géneros literarios. Es, en este caso, una sentencia de inspiración estoica: en éstos, la Virtud (aquí el Amor) es lo que defiende contra todo lo exterior al hombre.
[11] El color de la piel de los egipcios es, no obstante, diferenciado del de los etíopes (cf. II 30, 1); véase algo semejante en AQUILES TACIO, III 9, 2; DIODORO DE SCIILIA, III 8, 2; ESTRABÓN,XV 1, 24.
[12] Heliodoro es sumamente cuidadoso con las cuestiones idiomáticas y explicita con frecuencia si un interlocutor comprende a otro o no (cf. VIII 17, 2-3;IV 8, 1; IV 11, 4; I 19, 3; etc.).
[13] Uno más de los frecuentes ejemplos de oxímoron en Heliodoro.
[14] Es decir, alrededor de 370 m.
[15] Descripción geográfica en ESTRABÓN,XVII 1, 19 sigs., que menciona también a los forajidos llamados vaqueros; acerca de los vaqueros, otras noticias en DIODOROI, 43, 4 (casas fabricadas de cañas, ciertos hábitos en la alimentación). Estos bandidos, personajes tradicionales, al parecer, en la novela griega, son también llamados vaqueros por AQUILESTACIO(III 1. 10; III 9; IV 12) y «pastores» por JENOFONTE DE EFESO (III 12). F. ALTHEIM,op. cit., págs. 121 y sigs., sostiene que AQUILESTACIOse ha servido de un incidente histórico ocurrido en la guerra contra estos forajidos durante 172 d. C.(cf. DIÓNCASIO,LXXI 4, 1); de ser así, cabría pensar que a partir de este episodio su presencia se ha hecho habitual en las novelas griegas. Sobre su género de vida poco se sabe, aunque el titulo de rey para su jefe se menciona tanto en AQUILESTACIO(III 9), como aquí.
[16] Nuevo juego de palabras típico del gusto de Heliodoro; HERÓDOTO,V 16, adscribe a los tracios que habitan junto a la laguna Prasíade este mismo hábito de sujetar a los niños con una cuerda atada al pie, para evitar que caigan al agua.
[17] El primer turno de la guardia debía durar hasta poco antes de medianoche, porque la noche era dividida, en general, en tres turnos de guardia, aunque en algunos testimonios se mencionan cinco turnos (cf. LSJ, s. v. phylaké). Para el motivo (aprovechamiento del silencio de la noche por parte de un enamorado para emitir sus quejas), cf. AQUILESTACIO,III 10; I 6, 2 sigs. en un desarrollo mucho más amplio del tema.
[18] Ésta es la primera mención de Apolo, el dios que jugará un papel esencial en el transcurso de la novela. Como en todas las novelas griegas antiguas aparece una divinidad que determina de modo especial el curso de la acción, el lector antiguo podía comprender, al ver esta invocación, que la presente obra estaría patrocinada por Apolo. Sin embargo, Heliodoro supera esta convención, porque en la continuación se verá que Apolo no es otro que el Sol.