Tachas 660 • Sobre la muerte de los perseguidores • Lactancio

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El nacimiento del Cristianismo y la persecución de Nerón

 

En los últimos años[1] del reinado del César Tiberio, según podemos leer, Nuestro Señor Jesucristo fue crucificado por los judíos, el 23 de marzo, durante el consulado de los dos Géminos.[2] Tras haber resucitado al tercer día, reunió a los discípulos, a quienes el miedo provocado por su captura había puesto en fuga. Y, después de permanecer con ellos cuarenta días, abrió sus mentes y les interpretó las Escrituras que hasta entonces habían permanecido oscuras e impenetrables para ellos. Les confió su misión[3] y les instruyó para la predicación de su dogma y de su doctrina, estableciendo la disciplina solemne del Nuevo Testamento.[4] Una vez cumplida esta tarea, lo envolvió una nube y arrebatándolo a sus ojos, se lo llevó al cielo.[5] A partir de este momento, los discípulos, que entonces eran once, tras incluir en el puesto del traidor Judas a Matías y a Pablo.[6] se dispersaron por toda la tierra para predicar el Evangelio, tal como el Señor, su maestro, les había ordenado, y durante veinticinco años.[7] hasta el inicio del reinado de Nerón, pusieron los cimientos de la Iglesia por todas las provincias y ciudades. Cuando Nerón era ya emperador, llegó Pedro a Roma y, después de hacer algunos milagros, milagros que hacía en virtud del poder que Dios mismo le había conferido, convirtió a muchos a la justicia[8] y levantó a Dios un templo indestructible. Esto llegó a conocimiento de Nerón quien, al constatar que no sólo en Roma sino en todas partes y a diario, una gran multitud se apartaba del culto de La persecución de Domiciano y la subsiguiente paz de la Iglesia durante el siglo II los dioses y, tras condenar la vieja religión, se pasaba a la nueva,[9] dada su condición de tirano execrable y funesto, se lanzó a la destrucción del templo celestial y al aniquilamiento de la justicia convirtiéndose así en el primer perseguidor de los siervos de Dios. A Pedro lo crucificó y a Pablo lo decapitó.

Pero no quedó impune, pues no le pasó a Dios inadvertida la vejación de su pueblo. En efecto, derribado del pedestal y derrocado de su poder supremo, este tirano desenfrenado desapareció tan de repente, que ni siquiera se ha podido descubrir el lugar en que se encuentra la sepultura de tan malvada bestia.[10] De ahí viene el que algunos locos crean que ha sido transferido a algún lugar y conservado vivo de acuerdo con las palabras de la Sibila: «un matricida fugitivo vendrá de los confines de la tierra».[11] De este modo, por haber sido el primer perseguidor sería también el último y el predecesor de la venida del Anticristo. Esto es impío creerlo. De igual manera que algunos de los nuestros declaran que dos profetas fueron transportados vivos hasta los últimos tiempos que precederán al reino santo y eterno de Cristo, cuando comience el descenso de éste; así también piensan que vendrá Nerón para ser el precursor que abra camino al diablo, cuando venga a devastar la tierra y a subvertir al género humano.[12]

 

La persecución de Domiciano y la subsiguiente paz de la Iglesia durante el siglo II

 

Después de Nerón, pasados algunos años surgió otro tirano no menor que él, Domiciano.[13] Éste a pesar de ejercer el poder[14] de un modo odioso, estuvo pesando sobre las cabezas de sus súbditos durante muchísimo tiempo y reinó sin ser inquietado hasta, que se atrevió a levantar sus manos impías contra el Señor. Pero en el momento en que se vio incitado por impulso de los demonios[15] a perseguir al pueblo justo, se vio entregado a manos de sus enemigos y así pagó sus crímenes.[16] Y no fue venganza suficiente el que fuese muerto en su propia casa: fue borrado, incluso, el recuerdo de su nombre. En efecto, tras haber construido magníficos edificios y haber levantado el Capitolio y otros notables monumentos,[17] el Senado persiguió su recuerdo hasta tal punto, que no dejó vestigio alguno de sus estatuas y de sus inscripciones e, incluso, una vez muerto, lo estigmatizó con severísimos decretos que sirviesen de eterna ignominia. Después de ser derogados los actos de este tirano,[18] la Iglesia no sólo fue restituida en su primitiva condición, sino que se encontró en una situación de mucho mayor esplendor y florecimiento que antes. En la época siguiente, en la que muchos y buenos Príncipes mantuvieron el timón y el rumbo del Imperio romano, no sufrió ningún ataque de los enemigos y extendió sus brazos por Oriente y Occidente.[19] Hasta tal punto, que no hubo ningún rincón de la tierra[20] por remoto que estuviese, donde no penetrase la religión de Dios y ningún pueblo de costumbres tan bárbaras, que, tras la adopción del culto de Dios, no se humanizase por la acción de la justicia.[21] Pero, después, esta larga paz se vio truncada.

 

Persecución de Decio

 

En efecto, tras muchos años, surgió para vejar a la Iglesia el execrable animal Decio.[22] Pues ¿quién sino un malo puede ser perseguidor de la justicia?[23] Como si hubiese sido elevado a la cumbre del poder con esta finalidad, comenzó rápidamente a volcar su cólera contra Dios para que rápida fuese su caída.[24] Habiendo marchado en expedición contra los carpos, que habían ocupado Dacia y Mesia, rodeado de improviso por los bárbaros, fue destruido con gran parte del ejército.[25] Ni siquiera pudo ser honrado con la sepultura,[26] sino que, despojado y desnudo, como correspondía a un enemigo de Dios, fue pasto de las aves de presa en el suelo.

 

 

Fragmento del libro Sobre la muerte de los perseguidores. Lactancio. Colección: Biblioteca Básica Gredos.  Editorial Gredos. 2022.Traducción de Ramón Teja.  Se publica con autorización de sus editores.

 



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Lactancio (240 - 320) Lactancio nació en el seno de una noble y pagana familia romana del norte de África, lugar en que recibió una educación esmerada y toda su formación inicial y superior. Fue posiblemente discípulo e Arnobio, y adquirió un gran renombre como profesor de Retórica.

A petición del emperador pagano Diocleciano, se desplazó Lactancio de su patria a Nicomedia (Bitinia), para dirigir la escuela superior que allí había fundado el emperador, en la nueva capital imperial de Oriente.

Hacia el 303 se vio obligado a renunciar a su cátedra (pues ya se había convertido al cristianismo) y en el año 306 abandona Bitinia (pues ya había estallado la persecución imperial contra la Iglesia).

 

 

[1]      La expresión no es totalmente correcta: Tiberio reinó del 14 al 37, y la muerte de Cristo la data el mismo Lactancio un poco más adelante, en el año 29.

[2]      Se trata de los cónsules del año 29, Rubelio y Fufio, que llevaban ambos el cognomen de Gémino (cf. TÁC., An. V 1). La tradición que fecha la muerte de Cristo el año del consulado de los dos Géminos, es de origen latino, encontrándose recogida por vez primera en TERTUL., Adu. Iudaeos 8, de quien sin duda la toma Lactancio; en cambio, era desconocida por la tradición griega. Sobre la fecha de la muerte de Cristo existían dos tradiciones, que la fijaban el 23 o el 25 de marzo, respectivamente. La idea de J. MOREAU, Lactance…, págs. 195-196, de que Lactancio habría tomado la fecha del 23 de marzo de la Iglesia gala y que habría sido en la corte de Constantino en Tréveris donde la conoció, ha sido refutada por P. NANTIN, «Une édition nouvelle du De mortibus persecutorum de Lactance». (Reseña de la ed. de J. MOREAU), Rev. Hist. Eccles. 50 (1955), 897. La fijación de la muerte de Cristo el 29 se aproxima a la verdad histórica, pues Dionisio el Exiguo, quien, como es sabido, en el siglo VI tuvo la idea de fijar la nueva era en base al nacimiento de Cristo, situó éste con unos cinco años de retraso.

[3]      Ordinauit: este término, que está utilizado aquí en el sentido clásico del lenguaje administrativo de «encargar una misión» (cf. SUET., Caes. 26), terminó por significar «ordenar» a un sacerdote, etc. Es un ejemplo más de la adopción por la Iglesia del lenguaje administrativo romano (cf. P. M. GY, «Remarques sur le vocabulaire antique du sacerdoce», en «Études sur le sacrément de l’ordre», Lex Orandi 22 [1957], 126-130).

[4]      Pese a la oposición de P. NANTIN, «Une édition…», páginas 897-898, preferimos con J. MOREAU traducir el término disciplina por su homónimo español y no por «doctrina» que supondría una redundancia.

[5]      Cf. Lc. 24, 51; Mc. 16, 19; Jn. 6, 62; Act. Apost. 1, 9

[6]      Cf. Act. Apost. 1, 26; 22.

[7]      A saber, del 29 al 54. Nerón reinará desde este último año hasta el 68.

[8]      Lactancio utiliza con mucha frecuencia el término iustitia con el sentido de «religión cristiana». Para la llegada y estancia de Pedro en Roma, Lactancio se basa en TERTUL., Adu. Marcion IV 5, y De praescript. 24.

[9]      Lactancio resalta la rapidez de la difusión del cristianismo como prueba de su origen divino (cf. PABLO, Col. 1, 5-6).

[10]    Frente a esta tradición, otra, recogida por SUET., Nerón 50, refiere que había sido enterrado en el mausoleo de los Domicios en el Pincio, donde era objeto de gran veneración. Sobre el lugar edificó el Papa Pascual II, en 1099, la iglesia de Santa María del Popolo para conjurar las apariciones demoníacas. Esta divergencia de tradiciones responde a la doble interpretación, popular y senatorial, que se dio de la vida y obra de Nerón, como emperador bueno o malo, es decir, antisenatorial, respectivamente, siendo la segunda la que se impuso en la literatura tanto pagana como cristiana. —La expresión «mala bestia» la utiliza frecuentemente Lactancio para referirse a los emperadores perseguidores de los cristianos, cf. 9, 2; 16, 1; 25, 1; 32, 4; 52, 2. Su origen es bíblico, aunque análoga a las empleadas por los autores paganos contra los malos emperadores (cf. J. MOREAU, Lactance…, pág. 201).

[11]    Orac. Sibil. VIII 70-71; V 363.

[12]    Los dos profetas a que hace referencia son Elias y Enoc. Como señala J. MOREAU, Lactance…, págs. 202-204, la creencia que anunciaba la vuelta de Nerón como el Anticristo surgió de una mezcla de tradiciones paganas y judeo-cristianas favorecidas por la divergencia de versiones sobre su final. Mientras que algunos pretendientes al trono imperial en Oriente se hacían pasar por Nerón en persona o por su reencarnación (cf. TAC., Hist. I 2; II 8, 9; SUET., Nerón, 40, 47, 57; DIÓN CAS., LXIV 9; DIÓN CRIS., Orat. 21, 10; ZONAR., XI 5, 12), los medios judeo-cristianos hicieron de él el Anticristo (Orac. Sibil. IV y V; VÍCTOR DE PETTEAU, In Apol. XIII 16; COMMOD., Carm. Apolog. 5, 933 y ss.) o la encarnación del diablo, que lo haría venir del otro lado del Éufrates (Orac. Sibil., interpolación de III 63) o lo resucitaría (Orac. Sibil. V 28 y ss., 214 y ss.; VIII 88, 57). Estas creencias debieron de intensificarse en el siglo IV, tanto en los medios cristianos como en los paganos. Entre éstos debió de surgir, sobre todo, en los círculos senatoriales como una esperanza en un emperador que aniquilaría el cristianismo reinante; su pervivencia se manifiesta en la frecuencia con que Nerón aparece en los «contorniatos» de finales del siglo IV (A. ALFÖLDY, Die Kontorniaten, I, Budapest, 1943, págs. 59 y ss.; 91 y ss.). —Nos parece arriesgada la teoría de Moreau de que esta idea debía de estar ya arraigada en los medios senatoriales en la época en que escribe Lactancio, de lo que deduce que, al rechazar esta creencia, intenta debilitar la propaganda anticristiana inherente a la versión pagana. Creemos, más bien, con P. NANTIN, «Une édition…», pág. 894, que si Lactancio rechaza la creencia en la supervivencia de Nerón es, entre otras posibles razones, a causa de su tesis de que Dios castiga a los perseguidores con su muerte.

[13]    Domiciano reinó del 81 al 96. La asociación de Domiciano y Nerón como emperadores «malos» fue un lugar común de los escritores paganos que desarrollaron también los cristianos TERTUL., Apol. 5, 4 ; EUSEB., Hist. Ecles. III 17). El lapso de tiempo entre Nerón y Domiciano fue de trece años.

[14]    Dominationem: el término está usado aquí, sin duda, con un sentido peyorativo. Los términos dominus, dominatio, dominatus habían sido utilizados antes de Domiciano para expresar el poder tiránico. Con Domiciano, dominus pasó a la literatura oficial constituyéndose en normal y corriente en la época de los tetrarcas, que instauran el régimen bajoimperial llamado corrientemente Dominatus en oposición al Principatus de la época anterior. Lactancio, en cuanto representante de la ideología senatorial, expresa aquí el resentimiento de este estamento hacia un régimen imperial basado en la abolición de los poderes del Senado; cf. J. MOREAU, Lactance…, pág. 205.

[15]    Como ha puesto bien de relieve J. MOREAU, ibid., págs. 208-209, esta expresión (instinctu daemonu) hay que ponerla en relación con la paralela instinctu diuinitatis del arco de Constantino en Roma (Inscr. Lat. Sel. 694). Significa: «bajo la inspiración de». Primero se aplicó sólo a los estados de posesión proféticos y poéticos, para terminar por expresar todas las decisiones tomadas bajo influjo de un poder sobrehumano. Con Lactancio, instinctu tiene siempre por complemento determinativo nombres de una o varias divinidades paganas. Sólo en Instit. IV 5, 5 aparece instinctum, no instinctu, determinado por el cristiano diuini spiritus. Así pues, la expresión tenía un sentido pagano hasta que la interpretación constantiniana posterior de la Oratio ad Sanctos (XXIV 1) le dio el valor cristiano atestiguado por F. MATERNO, De errore XXI 5. —Altheim ha resaltado el carácter neoplatónico de las creencias expresadas en los relieves del arco de Constantino (Aus Spätantike und Christentum, Tubinga, 1951, págs. 44-53). En particular ha puesto de relieve el significado del término diuinitas de la inscripción. Constantino participa de la creencia divina y su mens, que le ha dado la victoria, es una mens diuina. La Vita Constantini recogerá, dándole un sentido cristiano, esta terminología neoplatónica, que, por otro lado, estaba muy próxima de la romana tradicional. Parece que fue Osio de Córdoba quien desempeñó el papel decisivo en la cristianización de estas nociones de la filosofía pagana. Sabemos que había iniciado una traducción latina del Timeo de Platón y que, al no poderla terminar, fue Calcidio quien la culminó y se la dedicó, y precisamente en la dedicación usa la expresión diuino instinctu. Se trata de algo más que una simple coincidencia, pudiéndose asegurar que la interpretación cristiana de la inscripción del 315 le fue sugerida a Constantino por el obispo de Córdoba.

[16]    La persecución de Domiciano, atestiguada por numerosas fuentes cristianas, es muy mal conocida: resulta difícil hablar de una persecución generalizada y no de medidas concretas, y mucho menos de un Edicto general de persecución. Cf. M. GOGUEL, La naissance du cristianisme, París, 1946, págs. 575-584; J. MOREAU, «À propos de la persécution de Domitien», La Nouvelle Clio 5 (1953), 121-129

[17]    Domiciano fue efectivamente uno de los emperadores que más construyeron en Roma, de lo que dan testimonio aún las ruinas del Palatino. El Capitolio, efectivamente, había sido destruido por un incendio el 80, durante el reinado de Tito, y Domiciano llevó a cabo su reconstrucción.

[18]    La derogación de sus Actas fue obra de Nerva (DIÓN CAS., LXVIII 1). Estas derogaciones eran normalmente consecuencia de la damnatio memoriae o eliminación del nombre de un emperador de todas las inscripciones y de su imagen de todos los monumentos figurativos.

[19]    Metáfora frecuente en Lactancio, tomada de Séneca el rétor, para expresar, primeramente, la extensión del Imperio romano y del cristianismo y, secundariamente, el simbolismo de Cristo en la cruz. Cf. L. CASTIGLIONI, «Lattanzio e le storie di Seneca Padre», Riv. Fil. e Istruz. Clas., N. S., 6 (1928), 454-457; J. MOREAU, Lactance…, págs. 211-212.

[20]    Exageración evidente.

[21]    Ya ORÍGENES (Contra Cels. VIII 68) opinaba que la conversión era la única forma de civilizar a los pueblos bárbaros y de integrarlos en la comunidad romana. La historia posterior de estos pueblos le daría la razón. Cf. E. A. THOMPSON, «II cristianesimo e i barbari del Nord», en A. MOMIGLIANO, Il conflitto tra paganesimo e cristianesimo nel secolo IV, Turín, 1968, págs. 65-68.

[22]    Lactancio pasa en silencio las persecuciones de los emperadores del siglo II, que, si bien no fueron generales, no fueron, sin embargo, de menor alcance que las de Domiciano. La razón es clara y se inserta dentro de la concepción apologética de la obra, que intenta demostrar que las persecuciones fueron obra de los emperadores «malos», lo que indirectamente probaría que la expansión del cristianismo y el bienestar del Imperio iban de la mano. (Cf. Introd.) Decio reinó del 249 al 251.

[23]    Lactancio se ve obligado a forzar los hechos para hacerlos encajar dentro de su concepción histórica: Decio sería «malo» sólo porque persiguió a los cristianos. En efecto, todas las fuentes paganas lo presentan como un emperador dotado de grandes virtudes (SCRIPT. HIST. AUG., Aurel. 42, 6; Epit. de Caes. 29, 2; ZÓS., I 21). Respecto a la persecución, los autores cristianos concuerdan en la dureza de su Edicto.

[24]    La repetición de los términos (protinus en latín) trata de establecer una relación de inmediatez entre la persecución y el castigo, para lo que el pretexto no podía ser otro que la brevedad del reinado.

[25]    En realidad no se trata de los carpos, sino de los godos conducidos por el rey Kniva (AUR. VICT., 29, 5; Epit. de Caes. 29, 3-5, EUTR., 9, 4; ZONAR., XII 20). Aunque posiblemente, como era frecuente, actuasen diversos pueblos unidos. Además, la identificación de los diversos pueblos bárbaros en los escritores del Bajo Imperio es problemática, porque se sirven de nombres genéricos y clasizantes. Cf. R. TEJA, «Invasiones de Godos en Asia Menor antes y después de Adrianópolis (375-382)», Hispania Antiqua 1 (1971), 175.

[26]    Cf. Epit. de Caes. 29, 5 y 2, 7.