Tachas 661 • Estrellas y santos • Lucia Berlin
Esperen. Déjenme explicar…
De siempre me he visto envuelta en esas situaciones, como aquella mañana con el psiquiatra. Él estaba viviendo en la casita detrás de la mía mientras remodelaban la casa que se acababa de comprar. Parecía muy simpático, y además era guapo, así que por supuesto quería causarle buena impresión, y hasta le habría llevado unos pastelitos de chocolate, pero tampoco quería violentarlo. Una mañana, justo al amanecer, como de costumbre, me estaba tomando el café y contemplando desde la ventana mi jardín, que en ese momento era un prodigio, con las enredaderas de caracolillo en flor y los delfinios y el cosmos. Me sentí, bueno, me sentí rebosante de alegría… ¿Por qué titubeo al contarlo? No quiero parecer melindrosa, quiero causar buena impresión. La cuestión es que estaba contenta, y eché un puñado de alpiste en la terraza y sonreí abstraída mientras docenas de tórtolas y pinzones acudían a comer las semillas. De pronto, zas, dos gatos enormes saltaron a la terraza y empezaron a zamparse los pájaros entre una nube de plumas, en el preciso momento que el psiquiatra salía por la puerta. Me miró consternado, dijo «¡Qué horror!» y huyó. A partir de aquella mañana me evitó completamente, y no eran imaginaciones mías. Cómo habría podido explicarle que todo ocurrió muy rápido, que no sonreía porque me divirtiera la carnicería de los gatos, sino que no había dado tiempo a que mi felicidad al ver los caracolillos y los pinzones se disipara.
Desde que me alcanza la memoria siempre he tenido un don para quedar mal. Como aquella vez en Montana, cuando solo intentaba quitarle a Kent Shreve los calcetines para que pudiéramos ir descalzos, y resulta que los llevaba prendidos con imperdibles a los calzoncillos… Pero en realidad ahora quería hablar del colegio St. Joseph. A ver, los psiquiatras (por favor, no se equivoquen: no estoy obsesionada con los psiquiatras ni nada parecido) se centran demasiado en la escena primaria y la privación preedípica, me parece, e ignoran el trauma de la escuela y los otros niños, que son crueles y despiadados.
Ni siquiera entraré en lo que pasó en Vilas, la primera escuela a la que fui en El Paso. Un gran malentendido de principio a fin. Así que dos meses después de empezar el curso, en tercero de primaria, ahí estaba yo, en el parque que había enfrente del St. Joseph. Mi nuevo colegio. Completamente aterrorizada. Había creído que ir de uniforme ayudaría, pero llevaba un corsé ortopédico para la «curvatura» de mi columna (afrontémoslo, era una joroba en toda regla), así que debía usar la blusa blanca y la falda de cuadros escoceses varias tallas más grandes, y por supuesto a mi madre no se le ocurrió subirme por lo menos un poco el bajo de la falda.
Otro gran malentendido. Meses después, la celadora era sor Mercedes, la monja joven y dulce que sin duda había vivido una trágica historia de amor. Probablemente su prometido murió en la guerra, en un bombardero. Cuando desfilábamos a su lado, de dos en dos, sor Mercedes me pasaba la mano por la joroba y susurraba: «Pobre criatura, qué cruz debes soportar». ¿Y cómo iba ella a saber que a esas alturas yo ya me había convertido en una fanática religiosa, que sus inocentes palabras solo me convencían de que mi destino estaba unido a Nuestro Redentor?
(Ah, y las madres. Justamente el otro día, en el autobús, se subió una madre con su hijo, un niño pequeño. Saltaba a la vista que venía de trabajar y acababa de recogerlo de la guardería, estaba cansada pero contenta de verle, le preguntó qué tal el día. El niño le contó las cosas que había hecho. «¡Ay, eres tan especial!», exclamó ella, abrazándolo. «¡Especial significa que soy retrasado!», protestó el niño, con lagrimones en los ojos y muerto de miedo, mientras su madre seguía sonriendo con la mirada perdida, igual que yo con los pájaros).
Aquel día en el parque supe que jamás en la vida conseguiría entrar. No ya encajar, ni siquiera entrar. En una esquina dos chicas le daban a la comba mientras, una por una, niñas preciosas de mejillas sonrosadas se metían y saltaban, saltaban, saltaban, y en el momento exacto salían y se ponían de nuevo en la cola. Pim, pam, nadie perdía el ritmo. En medio del parque había un columpio redondo, con un asiento circular que giraba vertiginosamente como un tiovivo y nunca se detenía, pero los niños risueños se subían y bajaban de un brinco sin… no solo sin caerse, sino sin cambiar el paso. Todo cuanto me rodeaba en el parque era simetría, sincronización. Dos monjas, sus rosarios entrechocando al unísono, sus caras limpias inclinándose a saludar a los niños como una sola. Tabas. La canica caía con un chasquido seco sobre el cemento, las tabas saltaban y una manita las atrapaba al vuelo con un quiebro de muñeca. Plas, plas, plas, otras niñas movían las manos en intricados juegos de palmas. «Había una vez, un pequeño holandés…». Plas, plas, plas. Deambulé por el parque, no solo incapaz de entrar, sino sintiéndome invisible. En cierto modo fue una bendición. Hui por la esquina del edificio, desde donde escuché ruidos y risas que venían de la cocina de la escuela. Desde el parque quedaba oculta, y las voces cálidas del interior me reconfortaron. Tampoco allí podía entrar, pero de pronto hubo gritos y chillidos y una monja exclamó: «Ay, no puedo, de verdad que no puedo», y supe que era mi oportunidad, porque comprendí que la monja no podía sacar los ratones muertos de las trampas. «Yo lo haré», me ofrecí. Y las monjas estaban tan complacidas que no se quejaron de verme en la cocina, más allá de que una le susurró a otra: «Protestante».
Y así fue como empezó. Además, me dieron una galleta, caliente y deliciosa, con mantequilla. Por supuesto yo había desayunado, pero estaba tan buena que la engullí y me dieron otra. A partir de entonces cada día, a cambio de vaciar y volver a colocar dos o tres trampas, no solo me dieron galletas, sino también una medalla de San Cristóbal que luego canjeaba por el almuerzo. De paso me ahorraba la vergüenza de hacer fila antes de clase para entregar los diez centavos que valían las medallas.
Por mis problemas de espalda me dejaban quedarme en el aula a la hora de gimnasia y del recreo, así que las mañanas eran el momento más difícil, porque el autocar llegaba antes de que se abriera la escuela. Me obligué a intentar hacer amigas, a hablar con las niñas de mi clase, pero no sirvió de nada. Eran todas católicas, e iban juntas desde el parvulario. Hay que decir que eran chicas simpáticas, normales. Me habían pasado de curso en la escuela, así que yo era más pequeña, y antes de la guerra solo había vivido en pueblos mineros remotos. No sabía cómo decir cosas como «¿Te gusta estudiar el Congo Belga?» o «¿Cuáles son tus pasatiempos?». Me plantaba delante de ellas y soltaba a bocajarro: «Mi tío tiene un ojo de cristal». O: «Encontré un oso pardo muerto con la cara llena de gusanos». Ellas me ignoraban, o se reían con desdén, o decían: «Mentirosa, ¡te crecerá la nariz!».
Así que durante un tiempo tuve un sitio adonde ir antes de entrar al colegio. Me sentía útil y valorada. Pero entonces oí que las niñas murmuraban «zarrapastrosa», además de «protestante», y luego empezaron a llamarme «matarratas» y «Minnie Mouse». Hice como si nada, y además la cocina me encantaba, la risa suave y las voces quedas de las monjas cocineras, vestidas con hábitos hechos a mano que parecían camisones.
Por supuesto a esas alturas ya había decidido hacerme monja, porque ellas nunca parecían nerviosas, pero sobre todo por los hábitos negros y las tocas blancas, los velos almidonados como gigantescas e inmaculadas flores de lis. Apuesto a que la Iglesia católica perdió a un montón de futuras monjas cuando empezaron a vestirse como las ordinarias guardas de los parquímetros. Entonces mi madre visitó la escuela para ver qué tal me adaptaba. Le dijeron que mi trabajo en clase era magnífico y mi comportamiento perfecto. Sor Cecilia le contó cuánto me apreciaban en la cocina, y cómo se ocupaban de que tomara un buen desayuno. Mi madre, la petulante, con su viejo abrigo raído y la boa de zorro apelmazada a la que se le habían caído los ojos de vidrio. Se quedó mortificada, indignada con el asunto de los ratones y más aún con la medalla de San Cristóbal, porque yo había seguido llevándome diez centavos cada mañana y los gastaba en caramelos al salir del colegio. Taimada ladronzuela. Zas. Zas. ¡Qué vergüenza!
Y ese fue el final de la historia, un gran malentendido de principio a fin. Por lo visto las monjas creían que merodeaba la cocina porque era una pobre chiquilla desatendida y hambrienta, y me encomendaron la tarea de las trampas por caridad, no porque les hiciera ninguna falta. El problema es que aún no veo cómo se podría haber evitado esa falsa impresión. ¿Tal vez si hubiera rechazado la galleta?
Así es como acabé rondando por la iglesia antes de entrar en la escuela y me hice el firme propósito de ser monja, o una santa. El primer misterio era que las velas colocadas al pie de cada una de las estatuas de Jesús, María y José parpadeaban y temblaban como si corrieran ráfagas de viento, a pesar de que no hubiera aberturas en la vasta nave de la iglesia y de que las puertas estaban bien cerradas. Yo creía que el espíritu de Dios en las estatuas era tan poderoso que hacía bailar y sisear las velas, trémulas de sufrimiento. Cada vez que una de las llamas se avivaba, iluminaba la sangre reseca de los pies blancos y descarnados de Cristo y parecía que volviera a manar de las heridas.
Al principio me quedaba al fondo, mareada, ebria con el olor a incienso. Me arrodillaba y rezaba. Arrodillarme era un suplicio, por mi espalda, y el corsé ortopédico se me clavaba en la columna. Estaba segura de que eso me santificaba y era una penitencia por mis pecados, pero dolía tanto que al final dejé de hacerlo, y simplemente me sentaba en la iglesia oscura hasta que sonaba la campana para entrar a clase. Por lo general no había nadie más, salvo los jueves, cuando el padre Anselmo se encerraba en el confesionario. Entraban algunas ancianas, chicas de la escuela superior, de vez en cuando una alumna de la escuela primaria, deteniéndose a arrodillarse y santiguarse de cara al altar, y arrodillándose y santiguándose de nuevo antes de meterse en el confesionario por el otro lado. Me desconcertaba cómo variaba el tiempo que unas u otras dedicaban a rezar cuando salían. Habría dado cualquier cosa por saber qué ocurría allí dentro. No recuerdo cuánto tardé en decidirme a entrar un día, con el corazón desbocado. El interior era más exquisito de lo que podría haber imaginado. Brumoso por el humo de la mirra, un cojín de terciopelo en el que arrodillarse, la Virgen mirándome desde lo alto con infinita piedad y compasión. Al otro lado de la celosía de madera estaba el padre Anselmo, que normalmente era un hombrecillo ensimismado pero que en ese momento quedaba perfilado a contraluz, como el retrato del señor del sombrero de copa en la pared de la abuela. Podía ser cualquiera… Tyrone Power, mi padre, Dios. Su voz no se parecía en nada a la del padre Anselmo, era grave y ligeramente atronadora. Me pidió que rezara una oración que yo no conocía, así que recitó las frases y las fui repitiendo, arrepentida en lo más hondo de semejante ofensa. Luego me preguntó por mis pecados. No mentí. Era la pura verdad, no tenía pecados que confesar. Ni uno solo. Estaba tan avergonzada, seguro que había algo. Busca en lo más hondo de tu corazón, hija mía… Nada. Desesperada por complacerlo, me inventé uno. Le había pegado a mi hermana en la cabeza con un cepillo. ¿Tienes celos de tu hermana? Ay, sí, padre. Los celos son un pecado, hija mía, reza para desterrarlos. Tres avemarías. Mientras rezaba, arrodillada, me di cuenta de que era una penitencia insignificante, la próxima vez lo haría mejor. Sin embargo no habría una próxima vez. Ese día sor Cecilia me pidió que me quedara después de clase. Me supo aún peor que me tratara con tanta ternura. Entendía mi atracción por los sacramentos y los misterios de la Iglesia, ¡misterios, sí!, pero yo era protestante, y no estaba bautizada ni confirmada. Me habían aceptado en el colegio, y ella se alegraba porque era una alumna buena y obediente, pero no pertenecía a su Iglesia. Debía quedarme en el patio con los demás niños.
Me asaltó un pensamiento atroz, y saqué las cuatro estampas de santos que llevaba en el bolsillo. Cada vez que nos ponían un excelente en lectura o aritmética, conseguíamos una estrella. Los viernes, a la alumna con más estrellas le daban una estampa, parecida a un cromo de béisbol salvo porque el halo brillaba con purpurina. ¿Podía quedarme con mis santos?, le pregunté, con el corazón en un puño.
—Por supuesto que sí, y espero que consigas muchas estampas más — me sonrió y me concedió otro favor—. Y puedes seguir rezando, querida, en busca de guía espiritual. Vamos a rezar juntas el avemaría.
Cerré los ojos y recé fervorosamente a nuestra Santa Madre, que siempre tendrá la cara de sor Cecilia.
Cuando sonaba una sirena en la calle, cerca o lejos, sor Cecilia nos pedía que interrumpiéramos lo que estábamos haciendo y apoyáramos la cabeza en el pupitre para rezar un avemaría. Aún lo hago. Rezar un avemaría, quiero decir. Bueno, también suelo apoyar la cabeza en los escritorios de madera y los escucho, porque hacen ruidos, similares a las ramas mecidas por el viento, como si todavía fueran árboles. La verdad es que en aquellos tiempos me inquietaban muchas cosas, como qué insuflaba vida a las velas y de dónde procedían los sonidos de los pupitres. Si en el reino del Señor todo tiene un alma —incluso los pupitres, puesto que están dotados de voz—, debía existir un cielo. A mí el cielo me estaba vedado, porque era protestante. Iría al limbo. Hubiera preferido ir al infierno que al limbo: qué palabra tan fea, como «dingo», o «jumbo», un lugar sin ninguna dignidad.
Hablé con mi madre y le conté que quería ser católica. A ella y a mi abuelo les dio un ataque. Él quiso volver a meterme en el colegio Vilas, pero mi madre se negó, estaba lleno de mexicanos y delincuentes juveniles. Le recordé que en St. Joseph había muchos mexicanos, pero me contestó que allí eran de buenas familias. ¿Nosotros éramos una buena familia? Yo no lo sabía. Hoy día aún suelo mirar por las ventanas cuando veo a una familia sentada y me pregunto: ¿qué hacen?, ¿cómo se hablan los unos a los otros?
Sor Cecilia y otra monja vinieron a casa una tarde. No sé con qué fin, y tampoco tuvieron ocasión de decirlo. Todo fue un desastre. Mi madre llorando, y Mamie, mi abuela, llorando; el abuelo estaba borracho y la emprendió con las monjas, llamándolas cuervos. Al día siguiente temí que sor Cecilia estuviera enfadada conmigo y no se despidiera con su habitual «Adiós, querida», al dejarme sola en el aula durante el recreo; pero antes de marcharse me dio una novela de Dorothy Canfield sobre una niña huérfana y dijo que pensaba que podía gustarme. Fue el primer libro de verdad que leí, el primer libro del que me enamoré.
Sor Cecilia alababa mi trabajo en clase, y me ensalzaba delante de las otras alumnas cada vez que conseguía una estrella, o los viernes cuando me daban una estampa. Y yo me esforzaba por complacerla, encabezando siempre las cuartillas con un esmerado A. M. D. G., apresurándome a borrar la pizarra. Recitaba las oraciones con más fervor que nadie, era la primera en levantar la mano cuando nos hacía una pregunta. Ella siguió recomendándome lecturas, y una vez me regaló un marcapáginas que decía «Reza por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte». Se lo enseñé a Melissa Barnes en la cantina. Cometí la estupidez de creer que, como le caía bien a sor Cecilia, empezaría a caerles bien también a las otras niñas. Pero ahora, en lugar de reírse de mí, me detestaban. Cuando me levantaba para contestar en clase, susurraban: «Niña mimada, niña mimada». Sor Cecilia me eligió a mí para recoger el dinero del almuerzo y, mientras repartía las medallas, mis compañeras me decían por lo bajo: «Niña mimada».
Entonces, de buenas a primeras, mi madre se enfadó conmigo porque mi padre me escribía a mí más que a ella. Es porque yo le escribo más. No, eres su niña mimada. Un día volví a casa tarde. Había perdido el autobús de la plaza. La encontré esperándome en lo alto de las escaleras: en una mano sostenía una carta de mi padre y el sobre azul del correo por avión. Con la otra encendió una cerilla, rascándola en la uña del pulgar, y quemó la carta antes de que pudiera impedírselo. De pequeña eso siempre me asustaba, porque no veía la cerilla y pensaba que se encendía los cigarrillos con llamas que le salían del pulgar.
Dejé de hablar. No dije: «Pues ahora no voy a hablar más», simplemente poco a poco dejé de hacerlo, y cuando oía las sirenas recostaba la cabeza en el pupitre y susurraba la oración para mis adentros. Cuando sor Cecilia me preguntaba la lección, yo negaba con la cabeza y volvía a sentarme. Dejaron de darme estampas de santos y estrellas. Era demasiado tarde. Ahora me llamaban «tonta del bote». Una vez sor Cecilia se quedó en la clase hasta que las otras niñas se fueron a gimnasia.
—¿Qué te ocurre, querida? ¿Puedo ayudarte? Dime algo, por favor.
Apreté los dientes y me negué a mirarla. Sor Cecilia se fue y me quedé sentada en la penumbra de la clase. Volvió, al cabo de un rato, y me puso delante un ejemplar de Belleza negra.
—Este es un libro precioso, aunque muy triste. Dime, ¿estás triste por algo?
Eché a correr, dejándola allí con el libro, y me escondí en el guardarropa. Por supuesto no se usaba para guardar ropa, con el calor que hacía en Texas, sino cajas de libros de texto polvorientos. Adornos de Semana Santa. Adornos de Navidad. Sor Cecilia me siguió hasta aquel cuarto asfixiante. Me dio la vuelta y me obligó a ponerme de rodillas.
—Vamos a rezar —dijo.
Ave María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendito sea el fruto de tu vientre, Jesús… Ella recitaba con los ojos llenos de lágrimas. No pude soportar la ternura de su mirada. Al forcejear para que me soltara, la derribé sin querer. Su velo se enganchó en un perchero y se le arrancó de un tirón. No llevaba la cabeza rapada, como decían las niñas. Dio un grito y salió corriendo del guardarropa.
Me mandaron a casa ese mismo día, expulsada del colegio por agredir a una monja. No sé cómo pudo pensar que la golpeé a propósito. No fue así, ni mucho menos.
Fragmento del libro Manual para mujeres de la limpieza. Lucia Berlin. Editorial Alfaguara. 2016. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Publicado con autorización de sus editores.
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Lucia Berlin (EUA, 1936 - 2004) fue una escritora estadounidense. Escribió 77 cuentos cuyos temas estaban conectados con su personalidad y la propia experiencia de una vida compleja que la convirtió, según los críticos literarios, en un personaje maldito y de leyenda, con una historia sentimental atormentada, alcoholismo, serios problemas económicos que solventó limpiando casas ajenas, problemas de salud, etc. Su obra ha sido comparada con la de Hemingway y Carver. En 1991 con Homesik ganó el American Book Award, pero su trabajo quedó olvidado durante años hasta que en 2015 se publicó a título póstumo Manual para mujeres de la limpieza, un libro que fue considerado por las principales revistas literarias como uno de los mejores del año.
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