Tachas 661 • Al nacer el día • Italo Calvino
Los planetas del sistema solar, explica G. P. Kuiper, comenzaron a solidificarse en las tinieblas por la condensación de una nebulosa fluida e informe. Todo estaba frio y oscuro. Más tarde el Sol empezó a concentrarse hasta reducirse casi a las dimensiones actuales, y en ese esfuerzo la temperatura subió a miles de grados y empezó a emitir radiaciones en el espacio.
Estaba oscuro como la pez —confirmó el viejo Qfwfq—, yo era pequeño todavía, apenas lo recuerdo. Estábamos allí, como de costumbre, con papá y mamá, la abuela Bb’b, unos tíos que habían venido de visita, el señor Hnw, aquel que después se convirtió en caballo, y nosotros los niños. Sobre las nébulas, me parece que ya lo he contado otras veces, estábamos como quien dice acostados, en fin, achatados, muy muy quietos, dejándonos llevar hacia donde girara. No es que estuviéramos tendidos fuera, ¿comprendéis?, en la superficie de la nébula; no, allí hacía demasiado frío; estábamos debajo, como encajados en un estrato de materia fluida y granulosa. Modo de calcular el tiempo no había; cada vez que nos poníamos a contar las vueltas de la nébula empezaban las discusiones, porque en la oscuridad no había puntos de referencia, y terminábamos peleando. Así que preferíamos dejar transcurrir los siglos como si fuesen minutos; no quedaba más que esperar, estar cubiertos mientras se pudiera, dormitar, llamarse de vez en cuándo para tener la seguridad de que estábamos todos allí; y —naturalmente— rascarse; porque por mucho que se diga, todo aquel remolino de partículas el único efecto que producía era una picazón molesta.
Qué esperábamos, abuela nadie hubiera podido decirlo; la abuela Bb’b, claro está, se acordaba todavía de cuando la materia estaba uniformemente dispersa en el espacio, y el calor, y la luz; con todas las exageraciones que habría en aquellas historias de los viejos, los tiempos habían sido en cierto modo mejores, de dejar pasar aquella enorme noche.
La que se encontraba mejor que nadie era mi hermana G’d(w)n por su carácter introvertido: era una chica huraña y le gustaba la oscuridad. G’d(w)n elegía lugares un poco apartados, en el borde de la nébula, contemplaba lo negro, y dejaba escurrir las motas de polvillo en pequeñas cascadas, y hablaba para sí con risitas que eran como pequeñas cascadas de polvillo, y canturreaba, y se abandonaba —dormida o despierta— a sus sueños. No eran sueños como los nuestros —en medio de la oscuridad nosotros soñábamos otra oscuridad porque no se nos ocurría otra cosa—; ella soñaba —por lo que podíamos entender de su desvarío— con una oscuridad más profunda y diversa y aterciopelada.
Mi padre fue el primero en advertir que algo estaba cambiando. Yo dormitaba y su grito me despertó:
—¡Atención! ¡Aquí hago pie!
Debajo de nosotros la materia de la nébula, que siempre había sido fluida, empezaba a condensarse.
En realidad, desde hacía algunas horas mi madre había empezado a revolverse, a decir: —¡Uf, no sé de qué lado ponerme!— en fin, que según ella había sentido un cambio en el lugar donde estaba acostada: el polvillo ya no era el de antes, suave, elástico, uniforme en el que uno podía arrebujarse cuanto quería sin dejar huellas, sino que se iba formando una especie de hondonada o hundimiento, sobre todo allí donde ella solía apoyarse con todo su peso. Y le parecía sentir allí debajo algo como muchos gránulos o espesamientos o protuberancias, que quizás estuvieran sepultos cientos de kilómetros más abajo y pujaran a través de todos aquellos estratos de polvillo tierno. No es que habitualmente hiciéramos mucho caso de estas premoniciones de mi madre; pobrecita, para una hipersensible como ella y ya bastante entrada en años, la manera de estar de entonces no era la más indicada para los nervios.
Y después fue mi hermano Rwzfs, que por aquel tiempo era pequeño, el que en cierto momento, sintiendo, ¿qué sé yo?, que tiraba, cavaba, en fin, que se agitaba, le pregunté: —¿Pero qué haces?— y él me dijo: —Juego.
—¿Juegas? ¿Y con qué?
—Con una cosa —dijo.
¿Comprendéis? Era la primera vez. Cosas con qué jugar nunca las había habido. ¿Y cómo queréis que jugáramos? ¿Con aquella papilla de materia gaseosa? Vaya diversión; eso estaba bien para mi hermana G’d(w)n , y gracias. Si Rwzfs jugaba era señal de que había encontrado algo nuevo; tanto que en seguida se dijo, en una de sus habituales exageraciones, que había encontrado un guijarro. Guijarro no, pero seguramente un conjunto de materia más sólida o —digamos— menos gaseosa. Sobre este punto él nunca fue preciso, incluso contó las patrañas que se le antojaba, y cuando llegó la época en que se formó el níquel y sólo se hablaba de níquel, dijo: —¡Eso, era níquel, yo jugaba con níquel!— por lo cual le quedó el sobrenombre «Rwzfs de níquel». (No como dicen ahora algunos, que lo llamamos así porque se volvió de níquel al no conseguir, siendo lento, salir del estadio mineral; las cosas son diferentes, lo digo por amor a la verdad, no porque se trate de mi hermano; siempre había sido un poco lento, eso sí, pero no de tipo metálico, sino más bien coloidal, tanto que siendo todavía muy joven, se casó con un alga, una de las primeras, y no se supo se más de él).
En una palabra, al parecer todos habían sentido algo menos yo. Será que soy distraído. Oí no recuerdo si durante el sueño o ya despierto la exclamación de nuestro padre: —¡Aquí se hace pie!— una expresión sin significado (porque hasta entonces nadie había hecho pie nunca en nada, podéis estar seguros), pero que adquirió un significado en el mismo instante en que fue dicha, esto es, significó la sensación que empezábamos a experimentar, levemente nauseabunda, como una charca de fango que nos pasara debajo de plano, y sobre la cual nos parecía que rebotábamos. Y yo dije, con tono reprobatorio: —¡Oh, abuela!
Me he preguntado muchas veces por qué mi primera reacción fue tomármelas con nuestra abuela. La abuela Bb’b, que había conservado sus costumbres de otros tiempos, solía tener salidas fuera de lugar: seguía creyendo que la materia estaba en expansión uniforme y, por ejemplo, que bastaba arrojar las basuras de cualquier manera para que se enrarecieran y desapareciesen a lo lejos. Que el proceso de condensación hubiese comenzado hacía un tiempo, es decir, que la suciedad se espesase en las partículas de modo que no consiguiéramos quitarlas de alrededor, no le entraba en la cabeza. Por eso yo oscuramente relacioné aquel hecho nuevo del «¡se hace pie!» con algún error que podía haber cometido mi abuela y lancé esa exclamación.
Y entonces la abuela Bb’b: —¿Qué? ¿Encontraste la rosca?
Esa rosca era un pequeño elipsoide de materia galáctica que la abuela había descubierto quién sabe donde en los primeros cataclismos del universo y que había llevado siempre consigo para sentarse encima. En cierto momento, en la gran noche, se había perdido, y mi abuela me acusaba de habérsela escondido. Porque era cierto que yo siempre había odiado aquella rosca, tan sin gracia y fuera de lugar en nuestra nébula, pero todo lo que podía reprochárseme es que no la hubiese vigilado constantemente, como pretendía mi abuela.
Incluso mi padre, que era muy respetuoso con ella, no pudo menos de hacérselo notar: —¡Vamos, mamá, aquí está ocurriendo quién sabe qué, y usted me sale con la rosca!
—¡Ah, ya decía to que no podía dormir! —dijo mi madre: otra observación poco oportuna.
En ese momento se oye un gran:—¡Puaj! ¡Puaj! ¡Sgrr!— y comprendimos que al señor Hnw le ocurría algo: escupía y expectoraba a todo trapo.
—¡Señor Hnw! ¡Señor Hnw! ¡No se deje hundir! ¿Dónde ha ido a parar? —empezó a decir mi padre, y en aquellas tinieblas todavía sin resquicio, a tientas, conseguimos atraparlo y alzarlo a la superficie de la nébula para que recobrase el aliento. Lo tendimos sobre el estrato exterior que iba adquiriendo entonces una consistencia coagulada y resbalosa.
—¡Uaj! ¡Esa cosa se te pega encima! —trataba de decir el señor Hnw, cuya capacidad para expresarse nunca había sido muy notable—. ¡Uno baja, baja y traga! ¡Scraj! —y escupía.
La novedad era ésta: ahora el que en la nébula no estaba atento, se hundía. Mi madre, con ese instinto de las madres, fue la primera en comprenderlo y gritó: —Niños, ¿estáis todos? ¿Dónde estáis?
En realidad éramos un poco distraídos, y mientras que antes todo se había mantenido durante siglos regularmente, y siempre nos preocupábamos de no dispersarnos, ahora ni se nos ocurría.
_Calma, calma. Que nadie se aleje —dijo mi padre—. ¡G’d(w)n ! ¿Dónde estás? ¿Y los mellizos? ¡Quien haya visto a los mellizos que lo diga!
Nadie contestó. ¡Dios mío, se han perdido! —gritó nuestra madre. Mis hermanitos todavía no estaban en edad de saber transmitir un mensaje; por eso se perdían con facilidad y los vigilábamos continuamente.
—¡Voy a buscarlos! —dije.
—¡Sí, anda, bravo Qfwfq! —dijeron papá y mamá, y después, súbitamente arrepentidos—: ¡Pero si te alejas, te pierdes tú también! ¡Quédate aquí! Bueno, anda, pero avisa dónde estás: ¡silba!
Eché a andar en la oscuridad, en el pantano de aquella condensación de nébula, emitiendo un silbido continuo. Digo: andar, esto es, un modo de moverse en la superficie, inimaginable pocos minutos antes, y que entonces apenas si se podía decir porque la materia oponía tan poca resistencia que si no se prestaba atención, en vez de continuar sobre la superficie uno se hundía al sesgo o directamente en perpendicular y terminaba sepultado. Pero en cualquier dirección que se anduviera y en cualquier nivel, las probabilidades de encontrar a mis hermanitos eran las mismas: quién sabe dónde se habrían metido aquellos dos.
De pronto caí de bruces; como si me hubieran hecho —se diría hoy— una zancadilla. Era la primera vez que me caía, no sabía siquiera qué era ese «caerse», pero todavía estábamos sobre lo mullido y no me hice nada.
—No pisar aquí —dijo una voz—, Qfwfq, no quiero —era la voz de mi hermana G’d(w)n .
—¿Por qué? ¿Qué hay ahí?
—Hice algo con algo… —dijo. Me llevó cierto tiempo entender, a tientas, que mi hermana, frangollando aquella especie de barro, había levantado una montañita toda de pináculos, almenas y agujas.
_Pero ¿qué estás haciendo?
G'd(w)n daba siempre respuestas sin ton ni son: —Un fuera con un dentro dentro. Tzlll, tzlll, tzlll…
Seguí mi camino a tumbos. Incluso tropecé con el consabido señor Hnw, que había terminado nuevamente de cabeza dentro de la materia en condensación. —¡Arriba, señor Hnw, señor Hnw! ¿Es posible que no consiga tenerse en pie?— y tuve que ayudarlo de nuevo salir, esta vez con un empujón de abajo arriba, porque yo también estaba completamente inmerso.
El señor Hnw, tosiendo, resoplando y estornudando (hacía un frío glacial jamás visto), desembocó en la superficie justo en el punto donde estaba sentada la abuela Bb’b. La abuela voló por los aires y de pronto gritó:
—¡Mis nietos! ¡Han vuelto mis nietos!
—¡Pero no, mamá, es el señor Hnw!
No se entendía nada.
—¿Y mis nietos?
—¡Aquí están! —grité—, ¡y aquí está también la rosca! Los mellizos se habían fabricado tiempo atrás un escondrijo secreto en el espesor de la nébula, y ellos eran los que habían ocultado allí la rosca para jugar. Mientras la materia era fluida, suspendidos en el medio podían dar saltos mortales a través de la rosca, pero ahora estaban prisioneros en una especie de requesón espumoso: el agujero de la rosca estaba tapado y se sentían comprimidos por todas partes.
—¡Agarraos a la rosca —traté de hacerles entender—, que os saco fuera, bobos!—Tiré, tiré y en cierto momento, antes de que pudieran darse cuenta, estaban haciendo cabriolas en la superficie, ahora cubierta de una película fina como una costra de clara de huevo. En cambio la rosca, apenas fuera, se disolvió, Vaya uno a saber qué clase de fenómenos se producían en aquellos tiempos; y quién se los va a explicar a la abuela Bb’b.
Justo en ese momento, como si no pudiera elegir otro mejor, los tíos se levantaron lentamente y dijeron: —Bueno, se ha hecho tarde, quién sabe en qué andarán nuestros niños, estamos un poco inquietos, ha sido un gusto veros, pero es mejor que nos vayamos.
No se puede decir que se equivocaran; incluso hubiera sido lógico que se alarmaran y saliesen corriendo antes, pero estos tíos, quizá por el lugar a trasmano donde vivían habitualmente, eran gentes un poco desmañadas. Tal vez habían estado como sobre ascuas hasta ese momento y no se atrevían a decirlo.
Mi padre dice: —Si queréis iros, no os retendré, pero pensad bien si no es mejor esperar a que se aclare un poco la situación, porque por el momento no se sabe con qué peligro puede uno toparse. —En una palabra, frases muy sensatas.
Para ellos: —No, no, gracias por preocuparte, la charla ha sido agradable pero no molestamos más— y otras tonterías por el estilo. En fin, no es que nosotros entendiéramos mucho, pero ellos realmente no se daban cuenta de nada.
Estos tíos eran tres, para ser exactos: una tía y dos tíos, los tres muy muy largos y prácticamente idénticos; nunca se entendió bien quién de ellos era marido o hermano de quién, ni tampoco cuál era exactamente su relación de parentesco con nosotros: en aquellos tiempos muchas eran las cosas que se mantenían confusas.
Los tíos empezaron a irse de a uno por vez, cada cual en una dirección diferente, hacia el cielo negro, y de vez en cuando, como para mantener el contacto, exclamaban: —¡O! ¡O! —y todo lo hacían así: no eran capaces de proceder con un mínimo de método.
Apenas se han marchado los tres y sus ¡O! ¡O! ya se oyen desde puntos lejanísimos, cuando deberían estar todavía ahí, a unos pocos pasos. Y se oyen también algunas exclamaciones que no sabíamos qué querían decir: ¡Pero aquí hay el vacío! —¡Pero por aquí no se puede pasar! —¿Y por qué no vienes aquí? —¿Y dónde estás? —¡Salta, hombre! —¿Y qué es lo que salto, a ver? —¡Desde aquí se vuelve atrás! —En fin, no se entendía nada, salvo el hecho de que entre nosotros y aquellos tíos se iban abriendo enormes distancias.
La tía, que había sido la última en marcharse, se desgañitaba en un discurso más razonado: —Y ahora yo me quedo sola encima de esta cosa que se ha separado…
Y las voces de los tíos, debilitadas ya por la distancia, que repetían: — Tonta… Tonta… Tonta…
Escrutábamos aquella oscuridad atravesada de voces, cuando se produjo el cambio: el único verdadero gran cambio al que me ha sido dado asistir, en comparación con el cual el resto no es nada. En resumen: eso que empezó en el horizonte, esa vibración que no se parecía a lo que entonces llamábamos sonidos, ni a las nombradas ahora con el «¡Se hace pie!», ni a otras; una especie de ebullición seguramente lejana y que al mismo tiempo acercaba lo que estaba cerca; en fin: de pronto toda la oscuridad fue oscuridad en contraste con otra cosa que no era oscuridad, es decir, la luz. Apenas se pudo hacer un examen más detenido del estado de cosas, resultó que había: primero, el cielo oscuro como siempre pero que empezaba a no serlo; segundo, la superficie en que nos hallábamos, toda gibosa y encostrada, de un hielo sucio que daba asco y que iba derritiéndose rápidamente porque la temperatura subía a todo vapor, y tercero, aquello que después llamaríamos una fuente de luz, es decir, una masa que se iba poniendo incandescente, separada de nosotros por un enorme espacio vacío, y que parecía probar uno por uno todos los colores en vibraciones tornasoladas. Y además: allí en mitad el cielo, entre nosotros y la masa incandescente, un par de islotes iluminados y vagos que giraban en el vacío llevando encima a nuestros tíos o a Otras gentes, reducidos a sombras lejanas y que emitían una especie de gañido.
Lo más, entonces, estaba hecho: el corazón de la nébula, al contraerse, había desarrollado calor y luz, ahora había el Sol. Todo el resto seguía rodando y rededor, dividido y agrumado en varios trozos: Mercurio, Venus, la Tierra, otros más allá, y lo que estaba, estaba. Y sobre todo hacía un calor de reventar.
Nosotros, allí, con la boca abierta, de ple, menos el señor Hnw que seguía en cuatro patas, por prudencia. Y mi abuela, riéndose. Ya lo dije: la abuela Bb’b era de la época de la luminosidad difusa, y durante todo aquel tiempo oscuro había seguido hablando como si de un momento a otro las cosas tuvieran que volver a ser como antes. En ese momento le pareció que había llegado su hora; durante un instante quiso hacerse la indiferente, la persona para la cual todo lo que sucede es perfectamente natural; después, como no le hacíamos caso, empezó a reírse y a apostrofarnos: — Ignorantes… Más que ignorantes…
Pero no era de buena fe, a menos que la memoria ya no le funcionase tan bien. Mi padre, a juzgar por lo poco que entendía, le dijo, siempre con cautela:
—Mamá, ya sé en qué está pensando, pero éste parece realmente un fenómeno diferente… —Y señalando el suelo—: ¡Mirad abajo! —exclamó.
Bajamos los ojos. La Tierra que nos sostenía aún era un amasijo gelatinoso, diáfano, que se iba poniendo cada vez más sólido y opaco, empezando por el centro, donde iba espesándose una especie de yema de huevo; pero nuestras miradas conseguían todavía atravesarla de lado a lado, iluminada por aquel Sol primero. Y en mitad de esa especie de burbuja transparente veíamos una sombra que se movía como nadando y volando. Y nuestra madre dijo:
—¡Hija mía!
Todos reconocimos a G’d(w)n : espantada quizás por el incendio del Sol, en un arrebato de su alma esquiva se había precipitado dentro de la materia de la Tierra en condensación, y ahora trataba de abrirse paso en la profundidad del planeta, y parecía una mariposa de oro y plata cada vez que pasaba por una zona todavía iluminada y diáfana, o bien desaparecía en la esfera de sombra que se iba dilatando y dilatando.
—¡G’d(w)n ! ¡G’d(w)n ! —gritábamos, y nos arrojábamos al suelo tratando de abrirnos paso nosotros también para alcanzarla. Pero la superficie terrestre se iba cuajando en una corteza porosa, y mi hermano Rwzfs, que había conseguido hundir la cabeza en una grieta, por poco termina estrangulado.
Después no se la vio más: la zona sólida ocupaba ahora toda la parte central del planeta. Mi hermana había quedado del otro lado y no supe nada más de ella, si se había sepultado en la profundidad o se había puesto a salvo del otro lado, hasta que la encontré mucho después, en Camberra, en 1912, casada con un tal Sullivan, empleado ferroviario jubilado, tan cambiada que casi no la reconocí.
Nos incorporamos. El señor Hnw y la abuela estaban adelante, llorando, envueltos en llamas azules y oro.
—¡Rwzfs! ¿Por qué le has prendido fuego a la abuela? —había empezado a gritar nuestro padre, pero al volverse hacia mi hermano vio que también él estaba envuelto en llamas. Y además, mi padre, y mi madre, y yo, todos ardíamos en el fuego. Es decir, no ardíamos, estábamos inmersos en el fuego como en un bosque deslumbrante, las llamas se alzaban en toda la superficie del planeta, era un aire de fuego en el cual podíamos correr y suspendernos y volar, y entonces nos asaltó algo como una nueva alegría.
Las radiaciones del Sol iban quemando las envolturas de los planetas, hechas de helio y de hidrógeno; en el cielo, donde estaban nuestros tíos, giraban globos inflamados que arrastraban largas barbas de oro y turquesa, como el cometa su propia cola.
Volvió la oscuridad. Creíamos entonces que todo lo que podía suceder había sucedido, y: —Esto sí que es el fin —dijo la abuela—, haced caso a los viejos.
Pero la Tierra apenas había dado una de sus vueltas habituales. Era la noche. Todo estaba apenas empezando.
Fragmento del libro Las cosmicómicas. Italo Calvino. Editorial Siruela. 2024. Traducción de Aurora Bernárdez. Publicado con autorización de sus editores.
***
Italo Calvino (Cuba, 1923 – Italia, 1985) Escritor italiano. Debido al trabajo de su padre, agrónomo, nació en Cuba, aunque la familia regresó a Italia dos años después. Al finalizar la II Guerra Mundial, durante la que luchó contra los nazis en un grupo de partisanos, se licenció en Literatura y realizó trabajos editoriales. Su primera novela, El sendero de los nidos de araña (1947), era neorrealista. Luego utilizó técnicas alegóricas en novelas como El vizconde demediado (1952), El barón rampante (1957) o El caballero inexistente (1959). En obras posteriores, como Las cosmicómicas (1965), Tiempo cero (1967), Las ciudades invisibles (1972) y Si una noche de invierno un viajero (1979), queda patente su original mezcla de fantasía, curiosidad científica y especulación metafísica. Fue, además, un consumado cuentista, con volúmenes de relatos como Por último, el cuervo (1949) y Los amores difíciles (1970). Falleció por un ataque de ictus cerebral.
[Ir a la portada de Tachas 661]