Tachas 661 • Los Perros • Jeanne Karen
Tenía muy claro que debía escribir una nota o algo sobre un perro, ¿un perro y la noche?; hay un perro que no deja de ladrar, ¡ladra dormido, ladra mientras come, ladra mientras bebo café e intento escribir!, eso es ser un perro muy perro, ojalá el can pudiera escribir algo, ¿hablaría de la luna, una luna de carne?, ¿para qué demonios le serviría una de queso? Los perros, ¡ah, los perros son fuente de lenguaje, baba cósmica, moquillo asesino, pelaje tremendo, trenes a mediodía, jardines colgantes, galope de pulgas, colmillos, tormentas de fuego, tatuajes, albercas repletas de gritos, castillos en el aire, canciones románticas, libertad, amor, croquetas remojadas, meadas a las dos de madrugada sobre la repisa de mi colección de poesía, los perros son la huida a un rancho, la sopa de arroz interminable, los jueves por la tarde, las nubes de junio, los amantes en invierno, la posición favorita, el sillón del televisor ocupado toda la vida, las cabinas telefónicas, los pastos, algunos árboles, un parque, los animalitos de felpa: los perros son la sorpresa de una casa y la ira del taller mecánico; los perros callejeros son la compañía perfecta durante cuadras y cuadras de oscuridad, son lo maldito en los malditos y el aullido de los beatniks, el da de dadá, la escena en las grandes ciudades, son lo más cosmo del mar y lo más profundo del desierto, he escuchado decir que los perros son escarcha en algunos árboles de navidad y el plástico de las esferas, las luces blancas y lo plano y aburrido de algunos caminos. Algunos sombreros son perros, se deleitan al detener los rayos del sol, son las banquetas húmedas de las casas viejas, las faldas largas, los pantalones arremangados, las camisas demasiado rosas, son el granizo de mayo que destruye el campo con sus colmillos helados, las cornisas de las casas en la gran avenida, los vampiros que descansan en los sótanos abandonados, los colgantes en la puerta de “no molestar”, son los letreros amarillos con líneas rojas. Los perros son algunas letras de los poemas de Blake, la frontera de Robert L. Jones o el manicomio de Juan de Alba, los he visto, los escucho cuando vienen y me olfatean, muerden los talones y a veces hasta los dedos. Los perros se terminan el café como a las cuatro de la mañana y no van por una nueva dosis al supermercado, los perros se endeudan por mí y hacen promesas y se van. Se llevan el auto y lo estrellan con la puerta de camionetas lujosas. Mastican mis sostenes, los ramos de flores, caminan impunemente sobre las lápidas más cuidadas del panteón y piden con ojos secos y grises que los entierren, que depositen sus huesos en un sitio para bestias ilustres. Son el escándalo en la avenida principal y las pieles que lleva la señora del Presidente, la comida de algunos ricos y famosos, la ventana al otro mundo. Son las naves espaciales y algunas estrellas, los perros son el almuerzo de la clase trabajadora y las medias rotas, son los cascos verdes y los signos de puntuación. Los perros son la boca floja y la lengua de fuera, lo asoleado de un parque y el circuito eléctrico más elemental jamás realizado, son las paredes húmedas y un barco ebrio, las canciones de altamar. Si lo deseamos, ¿por qué no?, son las canastas de fresas y las sirenas sobre una roca, el pastel de chocolate es muy perro y el control remoto. Los perros están relacionados con alguna especie de locura, son sombras a las doce del día, lagunas secas, cruces de sal, veredas en forma de triángulo, pantanos muy habitados, también sabemos que algunos son el miedo al agua jabonosa. Los perros muy grandes son amables y a los pequeños se les ha llegado a confundir con “el coco”; algunos son la pista de baile y otros el hielo en las bebidas. Mis perros favoritos son motocicletas, fuertes, adustas, sin brillo, con grandes faros, llantas anchas y achaparradas de la parte trasera, sin espejos y sin lugar para un copiloto, de preferencia de color negro, tal vez con detalles en rojo. Los perros persiguen a Mondo y se transforman en estrellas de mar o en conchas, también son libélulas aplastadas en el piso de la vulcanizadora y las manos color plata que dibujan nombres ilegibles sobre las paredes más oscuras, son los párpados de un muchacho y sus venas, el alcohol y la cajetilla de cigarros, la falta de sueño, los colchones superpuestos, el cabello rubio de una chica que entra sin avisar, la sonrisa pícara y clara. Muy perros mis ojos a las diez de la mañana después de decir adiós y quién sabe y qué es y cuándo y cómo y nada. Son los mensajes de whats borrados, la zozobra, la incertidumbre, el apego desquiciado por la poesía que ni siquiera existe, las ganas de decirle a Dios algo a cerca de esos arcángeles que miden más de trece metros, blancos como edificios de departamentos y solares. Son cuatro patas elegantes y las colinas que miro a lo lejos, son el lomo del mundo, pájaros sin alas. Los perros son los vídeos favoritos en Youtube, las ventanas limpias de las habitaciones modestas, las cortinas con manchas y el refresco de cola, los platos sucios de la cena son perros y la puerta deprimente que está cada día más rota. Mis ojeras recién estrenadas y el ticket para una función de cine, la vuelta en un carrusel y una bomba de gasolina. Perros algunos poemas de H.D. o las observaciones en las islas del Sur, perros días del año 1916. Los deseos todos son perros, vienen en cajitas envueltas con papel de oro y contienen anillos y diamantes, son autos veloces, amigos de la voracidad, manchas de petróleo en el océano, caldos de cultivo, probetas graduadas, dos fluoxetinas, una de quetiapina, un clonazepam, tres de valproato de magnesio y una de levetiracetam para conciliar el sueño. Son la tranquilidad de las ocho cincuenta de la mañana y la falta de combustible, el corte de la luz y la alacena vacía, la desesperanza, una caminata para olvidar. Ayer mientras hablabas de pintura con tu alumna, los perros se escondieron en un collage de Prévert, hablamos de poesía y artes plásticas, siempre me apasiona y te contradigo, perros los pingüinos helados que guardaste en el congelador, esos pastelillos oscuros, llenos de merengue y cristales de agua. Perros los segundos, los días, los minutos que pasan y no nos vemos y arrojas tus terribles declaraciones en medio de la sala del cosmos y dices que yo te quiero por tu moto. Perros los haikus del librito amarillo, una tarde nos vamos a dedicar a cazar ciertas mariposas y noches con neblina para guardarlas en un cuaderno nuevo, -en ese libro hay más árboles durmientes que en todos los bosques conocidos-. Sabemos que los ríos son perros y dragones. Ahora que el vecino decidió echar una barda y planear un techo, aumenta la probabilidad de que no vuelva a entrar por su ventanal La flauta mágica y que alguien se suicide del otro lado del muro, ¿qué le habrá parecido el capítulo de Cemento al muchacho que agita la pala, Müller lo hará desear con toda su fuerza tirar uno de esos sacos por la privada?, divino sería el aire y espantoso. El otro día me encontró el perro dragón cerca del área verde y tenía en el hocico un cupcake azul y me pareció encantador, el postre era mío, me lo había regalado una amiga, pero no supe cómo lo tomó, tal vez lo dejé encima de la llave del agua mientras trataba de meter la motocicleta a mi casa y la bestia se lo llevó, pero me dejó un ramo de estrellas rotas. Algunas hojas del otoño son perros, te persiguen, oscurecen la tarde y les gusta ver al fantasma de Thoreau inventar nuevos colores, cada otoño mudan de país: así el que se vivió en Dubái fue parecido al que se vivirá en Buenos Aires próximamente. Perros los bocetos de anoche, con sus huesos, salidos y pulidos hasta llegar al blanco. Las herramientas son perros rígidos, las sillas con las mismas cuatro patas de siempre, la mesa es un perro más grande y de superficie de vidrio. Las olas que rompen en la playa son perros apaleados, los hoyos en el patio son la mirada perdida de un perro que murió en Hong Kong aplastado por los restos de la demolición de un hospital. Las revistas con poemas y fotografías son perros dóciles que se quedan quietos, conservan pequeños lunares negros y mueven la cola al ritmo de un swing. Un día perdido es un perro tirado al sol de la tarde, un anillo de diamantes es un perro sin pulgas que mira por la pequeña ventana de una casa color melón. Los perros son palacios y el aire, el perfume del jazmín y las imágenes de un desfile de 1921 a las orillas del Mississippi. Son las oraciones inventadas para hacer llover y recolectar monedas por todo el mundo, los trajes típicos, los hilos de oro en algunos atuendos. Los semáforos descompuestos y las pistas, las luces de los moteles baratos y el olor a sardina. Accidentes ferroviarios y de carretera son perros desquiciados y envueltos en sangre, hablan con la muerte y le llevan flores, las colocan a sus pies, la llaman Santa y mientras olfatean los inciensos mueven la cola, persiguen sombras frescas por las paredes. Las frondas son perros que han encontrado la paz en la copa de los olmos. El malecón es un perro con el hocico abierto, petulante. Los camiones y las granjas son perros que guardan un secreto, las dunas son los perros del desierto.
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Jeanne Karen (San Luis Potosí, México, 14 mayo 1975). Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Temas como la muerte, la introspección y la complejidad semántica en la comunicación en relación con el autismo y las ciencias exactas como las matemáticas y la física, influyen su trabajo en un debate casi ético. Premio estatal de poesía Viene la muerte cantando (1998) Premio de Poesía Salvador Gallardo Dávalos (1999), de Poesía Manuel José Othón (2002 y 2006) Premio de Periodismo Francisco de la Maza por Publicación o Programa de Difusión Cultural (2009).
Ha publicado los libros: Simulación dinámica (Bitácora de Vuelos, 2015), Cementerio de elefantes (Múltiples editoriales). Hollywood (Ponciano Arriaga), Menta (Ponciano Arriaga).
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