NARRATIVA
Tachas 664 • 4 • Milorad Pavić
Se desconoce en cuál de las dos maneras de vivir se basaba el monasterio griego preeslavo de Hilandar. Probablemente se fundó según los principios idiorrítmicos (solitarios), ya que estaba consagrado a la Virgen, y ése fue el motivo por el que los griegos lo clausuraron cuando los adoradores de iconos fueron perseguidos. Un día del año 1198, los príncipes y monjes san Sava y Simeón Nemanja compraron tierras y agua para el estado serbio y comenzaron a reconstruir el monasterio. San Sava organizó su hermandad de acuerdo con los principios de la vida en comunidad, pero eligió la variante más austera, y los frailes en Hilandar no contaban abejas, pasaban los días comiendo el mismo pan y repartiéndose la sal. Compartían todo, el fuego, el agua, incluso el refectorio en sus mesas de piedra, en las que se habían excavado cavidades para los vasos y la sal: y con los bordes reforzados para impedir que se cayera el pan.
Lo más seguro es que esta organización se alterara desde el principio por la presencia de algún monje solitario (quizá un griego que moraba en las ruinas cuando llegaron los eslavos). En cualquier caso, la forma de vida solitaria se fue restableciendo paulatinamente en Hilandar y en el resto de los monasterios del Monte Athos. Los monjes empezaron de nuevo a domesticar y a acondicionar las aguas, a sembrar y a cosechar, a pescar y a poner el pescado en el pan, a aguzar el oído para escuchar los pasajes subterráneos de la Cumbre Santa, en cuyas entrañas se escondían y tintineaban tesoros, minerales y piedras preciosas. Así, los quehaceres propios de los solitarios volvieron a practicarse en el Monte Athos, y tanto Hilandar como los otros monasterios los aceptaron. El equilibrio establecido entre solidarios y solitarios se mantuvo durante siglos y siempre hubo en Hilandar monjes pertenecientes a las dos órdenes. Solitarios y solidarios, apenas enfrentados pero en continua y sorda discordia, hicieron de Hilandar lo que es. Todos los conflictos decisivos, clave de todas las acciones y cambios importantes en el monasterio, subyacían en la frontera de los intereses de los solitarios y solidarios, y los resultados, los destinos y decisiones de interés común dependían de cuál de las dos corrientes predominaba en ese momento en Hilandar. Las diferencias en modo alguno eran meramente superficiales, y los monjes de Hilandar las comparaban con las que existen entre el día y la noche, a condición de que, en la medida de lo posible, el día y la noche fueran considerados como iguales, como hermano y hermana o como madre e hijo. E igual que el día y la noche no pueden mezclarse, a los monjes de una orden les era imposible pasar a la otra y tenían que quedarse para siempre, tanto en éste como en el otro mundo, en la orden en la que habían profesado. Y sin embargo, existía una excepción.
Había una manera, una manera única y demasiado cara, de convertirse en solitario después de haber sido solidario, o, al contrario, renunciar al hábito solitario y vestirse la túnica del solidario. Esta manera consistía en abandonar el monasterio, cambiar de nombre, mezclarse con los rusos, serbios o búlgaros recién convertidos que acababan de llegar al Monte Athos, adoptar su lengua bárbara y tratar de buscar en sus monasterios una salida a un tiempo de otro color, con otro ritmo y organización, y de este modo empezar desde el principio. En una palabra, los griegos se convertían en búlgaros, los armenios en serbios o rusos, los rusos en griegos, para poder abandonar la orden y la estructura de la que querían salir. De otra forma era imposible. Y se iban por dos razones: para dejar una orden que en ese momento carecía de prestigio, o para poder dedicarse a actividades que en su cofradía no se practicaban. Porque solidarios y solitarios no se repartían sólo Hilandar, sino también las actividades monásticas. Como el vino y el pan.
Una vez que pasaban de una orden a otra y a otro monasterio, esos «travestís» rara vez visitaban sus antiguas hermandades; eran los monjes serbios que iban a monasterios griegos, armenios, búlgaros o rusos para cumplir una misión, quienes les veían con más frecuencia; los encontraban con hábitos distintos y en otra orden monacal, y eran incapaces de acostumbrarse al nuevo estatus de los renegados. Sabían perfectamente lo que pensaban esos emigrantes y fugitivos, pero no entendían lo que decían o en qué idioma callaban. Aunque conocían de sobra las razones por las que sus compañeros se habían marchado a otro monasterio y aceptado otra lengua, e incluso a menudo habían sido sus cómplices, cada vez les extrañaba más ver que habían sido no solamente capaces de dejar el monasterio, sino también de renunciar a su propia lengua, lo que sin embargo estaba claro desde el principio, tanto para los que se quedaban como para los que se iban. Y se sorprendían, tal vez hasta se enfadaban, porque no entendían el final de la historia, pues los emigrados contaban ese final en un idioma que les era incomprensible. Y les confundía hasta tal punto que, una vez cumplida su misión, volvían a su convento perplejos como si la historia de los renegados no tuviera final, porque el final de una historia contado en un idioma extranjero parece no ser el final de esa sino de otra historia.
—Lejos de la costa, el mar Egeo sólo está en calma los domingos y los días de fiesta —le dijo a Svilar un monje en el pequeño puerto de Iviron, donde ya esperaba un barco que parecía un pez con las branquias muy infladas. El puerto de Hilandar estaba a dos horas de navegación hacia el norte, hacia mar abierto, y daba a la costa asiática a través de la isla de Tassos. Dicen que esta isla no se ve desde tierra firme, pero desde ella sí se puede ver el continente, pues los isleños tienen el ojo más agudo.
La costa de Hilandar era plana, fangosa y estaba llena de bueyes. A un paso, como si el mar no fuera salado, abundaban las plantas. Se extendían y trepaban por el camino suavemente ondulado que conducía al monasterio, frondosas y olorosas, y en algunos lugares se convertían en maleza intransitable con ortigas de mordedura amarga y calabazas que provocaban risa. Los matorrales y las vides salvajes impedían al excremento de los pájaros caer en tierra y se quedaba balanceándose en el follaje.
Atanás Svilar fue el único que desembarcó, con un poco de noche rezagada en la boca y heridas causadas por la fiebre del heno en las ventanas de la nariz. Tempestades de olores, helechos y mulas libres medio salvajes le seguían por el camino. En los bueyes negros ardían ojos rojos como velas en la oscuridad y se divisaban desde lejos aunque era mediodía. Cerca de una vieja torre, en un lugar donde no se veía ni el mar ni el monasterio, una piedra cayó en el camino de Svilar, luego otra. Svilar sintió una soledad terrible, y en ella la presencia de un hombre. Y en efecto, apareció un hombre que iba tirando piedras. Su pelo era más viejo que su barba, blanca y gruesa como espinas de un pez. Tenía los ojos del color de conchas con limón y tan juntos que parecía que acababa de aspirarlos por la nariz. En la mano llevaba un saco de tela tan áspera como su ropa.
—¿Cuánto queda hasta el monasterio? —le preguntó Svilar.
—Tanto como hace falta para morir honestamente, pero ¿quién puede hacerlo? —respondió el viejo—. Si se tira una nuez al arroyo que pasa junto al monasterio, tarda en llegar hasta aquí tres minutos…
La piel del desconocido estaba salpicada de manchas, prácticamente eran heridas sin pigmentación, y en su ropa había agujeros producidos por quemaduras, lo que hizo pensar a Svilar que el hombre estaba siempre al aire libre y expuesto a las cagadas de los pájaros, que al caer dejaban manchas grisáceas sobre el pelo y podían incluso quemar las hojas. Svilar observó que en el saco llevaba trozos de corteza de árbol y le preguntó:
—¿Recoges corteza de aliso?
—Eso hago —dijo el viejo dejando ver su nariz, arrinconada entre sus miradas y un poco despellejada por los lados.
—¿La utilizas para teñir?
—Para eso la utilizo.
—¿Paño? —preguntó Svilar, y advirtió que del saco salía humo.
El hombre sonrió con la mitad de su cara y, como si fuera a escupir de lado, susurró contra la palma de su mano:
—El que fuma no verá nunca el interior de su pipa…
Svilar no le comprendió y repitió la pregunta:
—¿Qué tiñes?
—Madera.
Por su trenza anudada Svilar dedujo que el viejo podía ser un monje, pero llevaba la túnica de pelo de cabra puesta por el lado del forro y la camisa de debajo al revés, así que sólo se la podía abrochar por la espalda, bajo las vestiduras y doblando los brazos hacia atrás. Pequeñas arrugas móviles atravesaban la frente del viejo y, como olas, desaparecían entre sus cabellos. El hombre fruncía la frente para ahuyentar los pensamientos, igual que los caballos arrugan la piel sacudiéndose para espantar las moscas. De repente, como si las piernas le hubieran traicionado, se sentó en el suelo, sacó un panecillo caliente y le ofreció a Svilar con un poco de sal del salero incrustado en el mango de su cuchillo.
—Qué, ¿te parece que es un panecillo? —preguntó el viejo.
—Pues claro, ¿qué iba a ser si no?
—Ya ves —dijo satisfecho, masticando sobre su pesada barba, que podría soportar un vaso de agua—, y sin embargo esta noche he soñado que se me había olvidado amasar pan. Lo cierto es que desde la guerra no lo he vuelto a hacer. Y esta mañana, al levantarme, me he dicho a mí mismo: vamos a ver si de verdad lo he olvidado. Ahora, basta con que tú me digas que no y…
Sin terminar la frase, el hombre dejó de masticar, se levantó y se fue, como si quisiera llevarle a alguien ese bocado retenido. Svilar tuvo la impresión de que el viejo, con la camisa abrochada por la espalda, caminaba al revés.
«Cuando nos paramos», pensó Svilar, «¿estamos parados de verdad o bien simplemente dejamos que nuestros pasos sigan adelante midiendo y acortando nuestro camino?».
Todavía estaba de pie cuando oyó un ruido extraño, como el fragor de las aguas, que parecía venir de una gran altura. Miró hacia arriba y vio una pequeña ciudad con las murallas sembradas de pájaros, con casas cuyas ventanas dejaban pasar la niebla, con iglesias cuyas cruces silbaban y rasgaban el viento, y con la entrada en forma de portal profundo en el que se oía música continuamente. Con sus numerosos campanarios, sus torres angulosas expuestas a tres vientos y sus puentecillos sobre abismos, la ciudad en las alturas poseía una enorme fuerza de atracción, y por sus murallas subían como sudor, aspirados por aquella fuerza, manchas de humedad, líquenes verdes, hormigas, hámsteres, topos, y junto con ellos, como empujadas por la misma fuerza, adhiriéndose a los muros, se superponían casas sobre casas, iglesias sobre iglesias, de modo que las cúpulas de las de abajo brotaban en los suelos y paredes de los templos de arriba y había árboles y pequeños jardines suspendidos en el aire. Y esa misma fuerza que atraía y aspiraba todas las cosas hacia arriba, hacia la cima de la ciudad, recogía como un imán y absorbía todos los ruidos y voces de la parte baja, de los alrededores de las murallas, del bosque, los molía y mezclaba produciendo una voz extraña y alargada, como si en ese lugar permaneciera eternamente el nombre sonoro de la ciudad, quieto e instalado como un sombrero sobre los tejados. Las ventanas en forma de cruz (símbolos de hombre-ventana-Cristo), redondas o parecidas a troneras estaban dispersas como insectos pululando a través del enorme muro que circundaba la población y la contenía como un saco de huesos. En algunas partes, sobre las paredes exteriores, había celdas pegadas como nidos y cuyos suelos flotaban en el aire, sostenidas apenas por unas vigas inclinadas. Sobre estas celdas había otras, también pegadas a la pared, pero más grandes, y aún sobre ellas había otras mayores, sostenidas por vigas que se apoyaban en las de abajo, e igualmente con los suelos suspendidos en el aire. En otros lugares, tan altos que parecían tocar el cielo, se levantaban puentes con un extremo apoyado sobre la muralla y con el otro colgando en el aire. Al final de estos puentes se habían construido, como garitas, pequeños retretes de madera, separados de esta manera del tejido sagrado del monasterio. Y todo esto estaba constantemente salpimentado por bandadas de pájaros en erupción viva y movediza. Como moscas, sin orden alguno, subiendo por la inclinada superficie de las paredes, saltando pisos, las ventanas se confundían con extraños parásitos que crecían en las piedras y argamasa de la parte exterior, donde se manifestaban las hemorragias internas y los trastornos del tejido de la inmensa construcción, que obviamente tenía una ventana para cada pájaro del Monte Athos y una puerta para cada viento. Se podían distinguir puntos muy elevados hasta donde llegaba el agua, mediante tubos fijados en la fachada de la muralla, y chimeneas profundas, grandes como habitaciones, donde debía arder el fuego. Se veía también que la enorme sombra que imitaba en lo alto la construcción, cambiaba el clima a sus pies, convertía la noche en mañana, el invierno en primavera, y la noche llegaba allí antes que las estrellas, igual que el verano llega antes al tocino. Desde esa sombra se podía ver que los pasillos de los pisos altos se prolongaban en recodos y a través de escaleras para encontrarse e introducirse en otros, que algunas celdas estaban orientadas hacia el sol y otras hacia la luna, se reconocían las paredes que estaban construidas con argamasa salada, a la armenia, las que lo estaban con leche, a la griega, o con vino, a la serbia; a través de los cristales, se veían los rincones de habitaciones tan pequeñas que no cabían las camas, cuartos «venerdinos» en los que sólo se podía estar sentado, y eso exclusivamente los viernes. También había cuartos festivos, uno para cada fiesta del año, y por encima de ellos, colgando sobre el precipicio, portezuelas de dos hojas que no llevaban a ninguna parte, los pasillos finalizaban en ellas y servían para ventilarlos. La única entrada al monasterio era una puerta-pasillo con una hornacina para el icono de la Virgen.
Por todas partes alrededor de las murallas había jardincitos primorosamente arreglados como si fueran habitaciones, provistos de camas de madera cubiertas por tejadillos y comedores de verano. Todos tenían un árbol frutal, un pedacito de arroyo en el que el rumor del agua estaba controlado por la disposición de las piedras, algunos tenían también un pequeño puente y un banco debajo del cual dormía un perro, tumbado en un surco como un charco negro.
En cuanto pasó por debajo del elevado arco de dos puertas, siempre a la sombra, porque el sol no llegaba ni por un lado ni por el otro, Svilar se encontró en una penumbra repleta de iconos, ventanas y postigos; algunos iconos estaban fijados a goznes como las puertas, y en el interior de algunas puertas había iconos pintados. Abrió una pesada puerta cuya cerradura parecía un cañón pequeño y entró en un armario inmenso lleno de rastrillos, varillas de zahori, redes de pescador e instrumentos geométricos. Olía a sudor rancio y calores olvidados. Cerró la puerta rápidamente y abrió otra igual contigua a la primera que le condujo a un piso en el que se oían voces. En una galería empedrada, había una silla atravesada en el quicio de una puerta, y sentado en ella un monje con una olla de barro en la cabeza tapándole la cara. Otro monje estaba de pie junto a él y con unas enormes tijeras de esquilar ovejas le cortaba los mechones de pelo rojo como el fuego que lamían el borde de la olla. El suelo estaba cubierto por una hojarasca de pelos… Al darse cuenta de que tenían visita, los monjes interrumpieron su trabajo, y el de las tijeras contempló a Svilar de una forma rara, como si quisiera adivinar hasta dónde le llegaba la calva bajo su cabello. Le tendió el extremo de la cuerda que le servía de cinturón y le guio así, en trailla, a través de oscuros pasillos para expedirle el último visado y mostrarle el cuarto donde pasaría la noche. Luego se sentaron, tomaron café con anisetes y delicias turcas color de labios.
—¿Está cansado? —le preguntó el padre Luka, el monje de las tijeras —. Caminar cansa a aquel que es capaz de indicar con el dedo a su sendero dónde debe torcer. Pero los caminos escuchan a muy pocos. Por lo general, somos nosotros quienes tenemos que escucharles a ellos…
No dejaba de cambiar de aspecto mientras hablaba. El pelo color de humo se le pegaba como moho alrededor de las orejas y variaba según la hora del día; se diría que el monje cada tarde envejecía, discretamente pero lo suficiente para que se le notara. Con cada palabra proferida algo se modificaba en él: el bigote, los ojos, una rodilla, los dedos, el color de las uñas… Al terminar una frase, era otro hombre. Si la frase hubiera sido diferente, él habría sido diferente. Sólo cuando bostezaba, permanecía igual.
—¿Sabe usted?, estimado señor —parloteaba el padre Luka—, yo tengo un perro que ronca, y no hay manera de quitarle esa costumbre. ¿Quizá usted conoce algún remedio? Es molesto, sabe, me despierta constantemente. Aquí, nuestra vida está organizada de tal forma que la cosa más preciada y más rara es el sueño. En todo Hilandar apenas podríamos reunir entre todos nosotros diez noches de sueño normal en un mes. Nos acostamos al atardecer, nos levantamos inmediatamente después de medianoche para el servicio nocturno, luego podemos echar una cabezadita hasta el servicio matutino, y enseguida empezamos con nuestros quehaceres. Por eso se dice: a quien le gusta la cama, ¡el monasterio no le llama! El que no puede cavar y le da vergüenza mendigar, que no venga para acá.
El padre Luka bostezó imperceptiblemente y se quedó con su fea apariencia.
—Vera usted, cada uno de nosotros se dedica a una cosa: tonelero, viticultor, panadero, segador, labrador, jardinero, albañil, etc. Cada uno se encarga de la parte de trabajo que le corresponde y cultiva su parcela como su propia barba. Las tierras de Hilandar, hace poco que las han medido con aviones, abarcan la mitad del Monte Athos. Desde que los olivos fueron plantados, y algunos tienen mil inviernos, jamás se han podido recoger todas las aceitunas, sólo las que da tiempo, es decir, las justas.
Mientras el padre Luka hablaba, Svilar observaba asombrado que su nariz se movía por la cara como un caballo de ajedrez.
—Nosotros sabemos por qué está usted aquí —dijo de repente el monje, cambiando de conversación, después de un salto de caballo—. Por desgracia, pocos de nosotros llevamos en el monasterio el tiempo suficiente para poderle ofrecer los datos del año 1941 que le interesan a usted. Yo le remitiría a dos monjes que saben algunas cosas sobre los oficiales que huyeron de Albania y se refugiaron en Grecia. Uno de esos monjes vive con nosotros, se llama padre Varlam y él mismo le buscará a usted. Al otro no se le puede considerar habitante de Hilandar, pues es un monje errante y sólo de vez en cuando pasa por aquí, pero nunca entra en el monasterio. Por suerte, estos días anda por los alrededores, es quien más puede ayudarle, igual que usted a él, en cierto modo. Le diré cómo puede reconocerle. Ha colocado un tejado sobre cuatro troncos de árboles, y deja que su casa crezca. Cada día se pone el cinturón en un agujero diferente, lleva la túnica a veces de un lado y a veces del otro, para no habituarse a nada. Considera que esto sirve también para los vicios, no hay que dejarlos que se conviertan en costumbre y hay que protegerlos de la rutina. Como se diría en el mundo del que usted viene, a veces hay que hacer un niño sobre un puente, hay que desayunar de noche, aunque según dicen eso no quita un día de vida. No es bueno acostumbrarse a una misma cama ni a un nombre, y por eso el monje del que le estoy hablando no permanece más de tres semanas en un monasterio, siempre duerme en una caja de madera; en cuanto empieza a acostumbrarse a un lugar, cambia de nombre y se va en busca de otras aguas. Habla un día de cada dos, justo el que no come, y los domingos habla griego. Los monjes piensan que se esconde de esta forma a causa de sus pecados, pues dicen que el diablo no puede reconocer al que lleva el cinturón o la camisa puestos del revés.
En medio de la conversación los dos hombres tuvieron un sobresalto, como si se hubieran extraviado. La cera de la vela se derramó sobre la mesa y Svilar vio ante sí a un hombre completamente desconocido, a excepción de la nariz, que seguía brincando como un caballo de ajedrez por el rostro del padre Luka. Éste se levantó con dificultad, no se podía saber si lo que crujía debajo de él eran sus huesos o el banco en el que estaba sentado, y condujo a su huésped al lugar donde se servía la cena. Los murciélagos y pájaros nocturnos se precipitaban y chocaban contra los cristales expuestos al claro de luna, esperando atravesar el edificio para llegar a otra cara más clara de la noche.
Por el camino, el anfitrión le explicó a Svilar con quién compartiría la cena. Además de un guzlar que ya había estado tres veces en el monasterio, también se encontrarían presentes unos diplomáticos ingleses que acababan de llegar de Grecia. La cena les esperaba en el comedor del piso de abajo, donde en una enorme chimenea ardía un fuego tal que parecía como si se estuviera quemando un establo. El guzlar ya estaba sentado a la mesa. Grandes trapos rosados fregaban la pared a su espalda y lavaban su figura mientras se presentaba y saludaba a los ingleses y a Svilar, a quien se dirigió como si le viera por primera vez. Uno de los invitados extranjeros, el cónsul inglés en Tesalónica, católico por lo demás, hablaba griego perfectamente, y el otro, su ayudante, un joven protestante que lucía unos bigotes sedosos, separados sobre el labio como dos alas de pájaro, dominaba el serbio mejor de lo que quería dar a entender. Durante la oración, antes de comer, los ingleses no hicieron la señal de la cruz. Era evidente que no querían hacerla según el rito oriental, pero, respetando el lugar donde obviamente no se encontraban por primera vez, tampoco querían hacerla con la mano entera, como hacían los occidentales. Como Svilar tampoco se había persignado, cuando se sentaron el cónsul preguntó en voz alta para que todos le oyeran:
—Veo que usted tampoco se santigua. ¿Es católico?
«Entre la nariz y la barbilla apenas cabe una cuchara, y sin embargo es un camino por el que vienen muchos problemas», pensó Svilar, y respondió:
—No, yo soy ateo.
Un pesado silencio cayó sobre la mesa, y pudo verse que hasta el fuego se avivaba en la botella de vino.
—Interesante —prosiguió el cónsul, dividiendo su barba en tres partes —. Tengo entendido que muchos escritores compatriotas suyos y gente que se dedica a la cultura vienen por aquí. ¿Se trata de peregrinaciones religiosas? Sería un poco extraño, usted lo reconocerá, para los súbditos de un país socialista, que además son comunistas, lo mismo que usted, supongo…
En ese momento, el guzlar dejó caer en su plato de sopa una servilleta de papel que absorbió el aceite de la superficie del líquido. Luego retiró la servilleta cuidadosamente y se puso a comer sin escuchar la conversación.
—No, no son peregrinaciones religiosas, aunque también las hay — respondió Atanás Svilar—. Hilandar, como la mayor parte del Monte Athos, formaba parte del estado serbio, y hoy en día es parte de su territorio cultural, por decirlo de alguna forma.
—Sí, conozco la historia —comentó el inglés—, pero lo que me extraña es que hasta ahora no me he encontrado con ningún compatriota suyo que sepa griego. ¿No le parece raro que emprendan peregrinaciones culturales a una región que pertenece a la ortodoxia y antaño formaba parte del imperio bizantino?
—Es algo muy difícil de explicar a alguien que no pertenece a esta tierra —dijo Svilar—. Yo también creo que, en principio, hace falta saber griego. Pero existen razones muy remotas y convincentes que aclaran por qué, en nuestro país, no se aprende griego como en el suyo, en Occidente. Bien es verdad que desde aquí no se ve Troya, pero sí se ve la lluvia que cae sobre ella. Estamos muy cerca de lo que durante mucho tiempo fue el ombligo del mundo. Ya en el siglo IX, el serbio, junto con el griego, el latín, el copto, el armenio y algunas otras lenguas eslavas, se convirtió en lengua sagrada. Es como cuando un niño llega a ser santo, o como esas raras cepas que dan uvas en primavera y no en otoño. De ahí que la necesidad de estudiar otros idiomas tenga para nosotros un sentido diferente del que tiene para ustedes, ya que su lengua jamás se ha contado entre las lenguas sagradas, lo que les ha obligado, durante siglos, a aprender otra, el latín, en la que está escrita su Sagrada Escritura. Aquí, al contrario, el imperio bizantino creó una barrera ante nosotros, los pueblos bárbaros, privándonos del griego y no permitiendo que ese idioma fuera la lengua común de la iglesia. Esto fue una gran prueba, llegar a la mayoría de edad antes de tiempo y asumir nuestra propia responsabilidad. Quizá por eso los occidentales siempre nos parecen a nosotros los orientales una generación más joven…
—Ya que nos proclaman más jóvenes, tal vez nos sea permitido hacer gala de nuestra juventud y podamos plantear una pregunta indiscreta — intervino de repente el funcionario de los bigotes separados, dirigiéndose al prior—: Padre, ¿de qué vive, en realidad, su monasterio?
—Aquel que hace tantos siglos lo fundó, compró sus tierras y aguas — fue la respuesta—. Se encargó ya entonces de abastecernos de todo lo necesario, y hoy en día es así. Como usted mismo puede ver, una vez más hemos cenado gracias a su esfuerzo y sudor y no nos acostaremos con hambre… Vamos a echar un poco de día en la noche —dijo el padre Luka, dando a la conversación un tono jocoso, y vertió un poco de agua en el vino, pero no llenó su copa—. Ustedes, por supuesto, pueden servirse tantas veces como deseen —continuó, como si quisiera justificarse—, pero nosotros, aquí, seguramente lo han notado, nos servimos dos veces de comer y de beber. Nunca una sola vez y jamás tres veces. Es igual que con un libro, si se espera de él un milagro, hay que leerlo dos veces. La primera vez hay que leerlo en la adolescencia, cuando aún se es más joven que sus protagonistas; la segunda vez cuando ya se ha alcanzado una edad madura y los protagonistas son más jóvenes que quien lo está leyendo. Así se pueden ver desde dos puntos de vista, al tiempo que ellos le pueden poner a uno a prueba desde el otro lado del péndulo, allí donde el tiempo siempre está parado. Es decir, a veces es demasiado tarde para leer ciertos libros, como a veces es demasiado tarde para irse a dormir…
La cena había terminado, el pan sobre la mesa parecía haberse endurecido, los invitados empezaron a levantarse y a salir siguiendo la línea de bancos, apoyando cada uno un dedo sobre la espalda del otro.
Pero después de cenar no se fueron a dormir, según parecía haber sugerido el padre Luka. Al contrario, se corrió la voz de que el guzlar iba a dar un concierto. Los huéspedes subieron al segundo piso y se reunieron en un amplio pasillo, a lo largo del cual el viento soplaba de tal forma que podía deshacer una trenza con sólo asomar la cabeza por la ventana. Mientras esperaban, Svilar confió al padre Luka que, no hacía mucho, el guzlar había sido su compañero de viaje, y le mencionó la canción del bey turco que, igual que el padre Luka, tenía perros, y dos hijos que entregó al monasterio y que los monjes le devolvieron prudentemente.
—No se crea usted todo —le advirtió el padre Luka sonriendo, y su nariz, con un resoplido, se vio aplastada entre sus ojos—. Una canción es sólo una canción; como el agua, nunca se queda en el mismo lugar, y, como el agua, va de boca en boca. No hay que creer que puede apagar siempre el mismo tipo de sed o el mismo fuego. Nos dicen que vemos estrellas que hace mucho tiempo han dejado de existir, y no saben que el agua que bebemos hace ya mucho que ha sido bebida. Y ¿qué le voy a contar a usted de las canciones? En realidad, lo sucedido con los hijos del bey es completamente distinto. Fueron recibidos en el monasterio, pero cuando les encontraron desmayados en sus celdas fue evidente que no podían soportar este clima. El moho y el polvo de los alrededores les ahogaban, y por lo que puedo ver a usted le pasa lo mismo. Medio muertos, con la nariz y los oídos taponados con cera y los ojos embadurnados de miel, los monjes los enviaron con su padre alegando que Dios no los quería. Pero el poema es diferente y mucho más bonito, le han arrancado los dientes como a las serpientes para que no muerda…
El padre Luka dejó de hablar, sacó de su bolsillo un pequeño libro manuscrito, lo olió, y se lo tendió a Svilar, que estornudó.
—¡Ya ve usted, señor mío! —exclamó—. Las enfermedades son como vestidos diferentes, el hombre se los pone cuando debe y se los quita cuando puede, pues son raras las ocasiones en las que se puede sobrevivir desnudo. ¡Quién sabe de qué frío y miserias nos protegen las enfermedades! ¡Reflexione un poco! Entre nosotros y el misterio supremo no queda más que nuestra enfermedad. Es más fácil enfermar que enterarse de la verdad. Su enfermedad, aquí, es muy eficiente. Es evidente que le quiere salvar y proteger de algo, igual que protegió y salvó a los hijos de Karamustafá de alguna dura verdad concerniente a este lugar. Por eso, preste atención a sus enfermedades hasta en sueños, y por supuesto cuando esté despierto. Siempre tienen algo que enseñarle…
En ese momento apareció el guzlar y se sentó en una silla un poco apartada; trajeron una lámpara y las llamas de las velas sobre la mesa se extinguieron. Repentinamente hizo un nudo corredizo en su cuerda con la lengua, la enhebró con la boca en la clavija y con los dientes la tensó sobre la guzla. Luego sacó del calcetín un poco de resina, frotó el arco y comenzó a entonar su canción, que se llamaba: VIDA Y MUERTE DE JOAN SIROPOULOS.
En la frontera entre Grecia y Bulgaria, cerca de Skateia, donde hay gente tan pobre que hasta la gorra se hereda, el dedo se chupa hasta la muerte y las hachas están tan gastadas que parecen hoces, la mujer de un griego, un tal Teodosio Siropoulos, dio a luz un varón, al que llamaron Joan. Al cabo de cuarenta días, cuando el tercer ojo del niño, el que está bajo el cráneo, empezó a funcionar, recibieron la visita de un monje búlgaro, ortodoxo (igual que ellos). Éste posó en la cabecera del niño una moneda de oro, y a la mujer le entregó un envoltorio que contenía tanta ropa como un ajuar. Luego se sentó junto al hogar y dijo: —La nariz y las orejas crecen hasta la muerte, el nombre y la barba continúan incluso después. He venido para comprar el nombre de vuestro hijo…
Los padres le dijeron que Joan ya tenía nombre, pero el fraile respondió que eso no era obstáculo. Traía consigo un libro en el que simplemente anotaría que había bautizado al niño, y le registraría, con la bendición de los padres, con su nuevo nombre, Jovan Siropulov, búlgaro, en lugar del griego Joan Siropoulos. El padre del niño, que no había visto un ducado en su vida y habitaba en un lugar donde se cocían diez panes al día, se hablaban dos lenguas y se bebía de un solo vaso, se quedó perplejo. Pero no aceptó la propuesta.
—En la vida —dijo— todo depende de dos cosas: de la sangre y de la muerte.
Y lo rechazó. Así, Joan guardó el rebaño y creció, como griego, hasta la altura del bastón y de la cintura. Querían que estudiara para mercader, pues de esta forma podría juntar el pan con la carne y echarle vino al agua. Pero aquel invierno hacía un frío tan espantoso que las palabras se helaban, los viejos dejaron a los más jóvenes durante mucho tiempo en sus andaderas, y nunca pusieron en sus manos una navaja y dinero a la vez. Joan era tan pobre que vendía su melena, iba al mercado y demostraba lo fácil que era recogerla en un nudo, y cuando encontraba un cliente, se cortaba hasta el último mechón. Su sonrisa era cada vez menos profunda, hasta que un día se le encalló en los dientes. Y entonces vino otra vez aquel fraile búlgaro y le dijo: —¿Quieres llevar el camino o que el camino te lleve a ti? Si quieres lo primero, vete, ya se sabe adónde irás a parar: al agujero de tus abarcas. Si prefieres lo segundo, es decir, si quieres tener algo en ti, sobre ti y debajo de ti, coge lo que se te da.
De nuevo le ofreció unos ducados. Joan aceptó y se convirtió en búlgaro, ya conocía el idioma y se hizo registrar como Jovan Siropulov.
«Este pope búlgaro no es un renegado», pensó. «Obedece la misma ley que nosotros, y probablemente los griegos de su lado proceden de la misma forma para inscribir a búlgaros en sus libros».
Y Joan Siropoulos, apoyado por los frailes búlgaros, renegó de su lengua materna, adoptó el búlgaro, se introdujo en un tiempo diferente en el que fluían otras aguas, hizo fortuna vendiendo carne salada, se casó y tuvo hijos a los que transmitió su segundo nombre, el búlgaro, y ahora eran los Siropulov.
Mientras tanto, tuvieron lugar enfrentamientos fronterizos entre búlgaros y griegos. Jovan Siropulov reunió a sus hijos, puso ante ellos cuatro sables y dijo: —Quien tiene ojos de curandero y es capaz de quitar la llaga de la mano y hacerla cicatrizar sólo con mirarla, ése no necesita un arma. Pero el que no sabe hacerlo así, tiene que cortar la llaga. Vamos, agarrad los sables por la empuñadura si no queréis hacerlo por la hoja…
Y fueron a batirse contra los griegos. Jovan Siropulov resultó gravemente herido en la batalla. Sus hijos le llevaron a casa en una piel de cordero atada a sus cinturones. En su lecho de muerte, Jovan llamó a su mujer y a sus hijos y les ordenó que le trajeran un pope griego para confesarse, dispuso que le enterraran en el cementerio griego y que en la cruz escribieran su nombre griego.
Los hijos se quedaron atónitos ante aquellas exigencias, pero no tenía sentido matar a un muerto, así que se limitaron a preguntarle por qué lo hacía, a lo que él respondió tranquilamente: —Mejor que muera uno de los suyos que uno de los nuestros.
Y en la tumba de Jovan fue grabado su primer nombre, Joan Siropoulos, que todavía sigue ahí.
Nació y murió como griego.
Fragmento del libro Paisaje pintado con té. Milorad Pavić. Anagrama. 2019.Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Marina Ljujic. Publicado con autorización de sus editores.
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Milorad Pavić (Serbia, 1929 - 2009) Escritor serbio, experto en literatura serbia del siglo XVII al XIX, traductor de Pushkin y Lord Byron al serbio y profesor en las Universidades de Novi Sad y Belgrado, entre otras. Se inició con una obra poética, Palimpsesti, de 1967, aunque su obra más destacada internacionalmente es Diccionario jázaro, considerada un exponente de la narrativa hipertextual. Esta obra, así como El último amor en Constantinopla, tiene la particularidad de estar escrita en dos versiones, una masculina y otra femenina. Fue propuesto para el Premio Nobel de Literatura por expertos de Europa, Estados Unidos y Brasil. Fue miembro de la Academia de las Artes y de las Ciencias de Serbia desde 1991. Se encuentra enterrado en el Paseo de los Ciudadanos Distinguidos del cementerio de Novo groblje en Belgrado.
En español se han editado seis novelas y un libro de relatos de Pavić: Diccionario jázaro. Anagrama, 1989. Paisaje pintado con té. Anagrama, 1991. La cara interna del viento, Espasa Calpe, 1993. El último amor en Constantinopla, Akal, 2000. Siete pecados capitales, Sexto Piso, 2003. Pieza única, Sexto Piso, 2007. Pieza Unica: Cuaderno azul, Sexto Piso, 2007. Segundo cuerpo, Sexto Piso, 2011.
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