Tachas 664 • Entrada I • Goran Petrović
Era una frase en serbio. Como la siguiente también. Compuesta manualmente. Impresa en letras cirílicas. Entre los renglones se dejaba vislumbrar la impresión del reverso de la página. Originalmente de un blanco perfecto, el papel presentaba manchas amarillas del tiempo que se cuela por todas partes…
Esperando que el joven examinara la página introductoria del libro, el hombre misterioso aparentaba entretenerse con la inspección de la oficina, un cuartucho al fondo del embudo del pasillo que no se había vuelto a pintar desde hacía tiempo. La estrecha habitación de uso general contenía sólo un archivador de persiana en desuso con una chapa varias veces forzada, un perchero con base, dos sillas destartaladas, un escritorio y una maceta con una desamparada planta de nochebuena. El pequeño y deslucido escritorio de bordes desgastados, apenas suficiente para los seis tomos del Diccionario de la lengua serbia, una edición de Ortografía de la posguerra y un montón de textos periodísticos recién impresos esa semana.
La luz en el cuartucho era débil; los hombros cacarañados del edificio gubernamental vecino tapaban la vista desde la ventana, por lo que había que esperar al mediodía para recibir una tajada rojiza del sol que allí jamás pasaba de un cuarto de hora, siempre y cuando no estuviera nublado como ese día de finales de noviembre. Tal vez por eso el joven estaba encorvado, con el rostro casi metido entre las tapas del libro. Después de leer la primera página, dio vuelta a la hoja con cuidado, pero pasó por encima de los demás renglones para cerrar el libro y empezar a inspeccionar la encuadernación hecha de safián[1] rojo frío, desde luego demasiado elegante para los tiempos actuales.
—¿Entonces? —dijo el hombre, sin que un solo rasgo de su rostro se moviera como para merecerse una descripción.
—¡¿Entonces?! —El joven andaba con rodeos a pesar de que intuía lo que se esperaba de él, tratando de ganarse otro instante para reflexionar.
—Entonces, decídase, ¿quiere aceptarlo? —El hombre frunció el ceño ligeramente.
—No estoy seguro… —comenzó Adam Lozanić, estudiante de la Facultad de Filología, pasante del departamento de Lengua y Literatura serbia, corrector por honorarios de la revista de turismo y naturaleza, Nuestras Bellezas—. No estoy seguro de qué debo decir, esto ya es un libro, no un manuscrito.
—Claro que no. Lo importante es que usted cumpla con las condiciones. Lo cual significa que no va a dejar ninguna anotación u otra huella escrita aparte del objeto de su trabajo. La discreción se sobreentiende. Si considera que la remuneración es insuficiente, estoy dispuesto a ofrecerle… —El hombre se inclinó hacia él con un tono confidencial.
Adam ya se había quedado pasmado con el primer monto que le fue comunicado. De la suma, ahora duplicada, podría vivir cómodamente cinco o seis meses sin preocuparse por el alquiler, terminar tranquilamente su tesis de licenciatura y, por fin, acabar sus estudios. Con el trabajo por honorarios en la revista Nuestras Bellezas, alcanzaba justo para cubrir el fondo de la pobreza.
—Es generoso. Pero mi trabajo tiene sentido, cómo decirlo, sólo si se aplica a los manuscritos. El libro es algo ya impreso, definitivo, y ahí la corrección o la lectura no pueden cambiar gran cosa. Además, no sé qué diría de todo esto el autor, el susodicho… —vacilaba el joven abriendo de nuevo las tapas de safián; en la portada interior destacaba el título MI LEGADO, en letras grandes, y más abajo: «Escrito y publicado por cuenta del señor Anastas S. Branica, literato».
—Creo que no tendrá nada en contra; no está entre nosotros desde hace unos buenos cincuenta años —dijo el hombre con una sonrisa forzada—. Insisto, no tiene parientes. Pero, aun si los tuviera, este ejemplar es propiedad privada y considero que tengo derecho a hacer algunas correcciones. Si quisiera, yo podría subrayar los renglones, llenar los márgenes, incluso arrancar las hojas que no me gustan. No obstante, quisiera que usted hiciera algunos cambios pequeños, según mis instrucciones y las indicaciones de mi esposa. Su editor dice que usted es muy cuidadoso. Yo soy casi de la misma profesión, y supongo que ésa es la mejor recomendación para la gente de nuestro oficio…
Adam Lozanić posó sus manos sobre las tapas del libro. Cada vez que preparaba sus exámenes y cavilaba cuál de los libros de las largas listas de literatura recomendada debía leer primero, le parecía que de ese modo podía percibir los latidos de un texto. Antes de comenzarlo, siempre practicaba esa superstición ingenua. A pesar de la fría encuadernación de marroquín llamado safián, este libro era cálido e intensamente vivo, su pulso oculto palpitaba bajo las yemas de los dedos del joven. Como si lo hubieran escrito hace un instante, no difería de los manuscritos recién terminados, aún calientes de los febriles temores y esperanzas de sus autores. Tal vez fue justamente ese calor lo que le hizo decidirse.
—Está bien, voy a intentarlo —dijo—. No me puedo comprometer diciéndole para cuándo lo tendría terminado, es bastante voluminoso; además, las reglas de ortografía han cambiado varias veces desde entonces, la puntuación es inadecuada, usted habrá notado el punto después del título y luego, el léxico, es la parte más sensible… En realidad, no estoy seguro ¿en cuántas cosas quiere que intervenga?
—¿Cuándo podría empezar? —El hombre misterioso hizo caso omiso de aquello.
—Mañana por la mañana. Esta noche ya estoy demasiado cansado, los artículos periodísticos son tan diminutos y, además, están llenos de errores. Las letras titilan ante mis ojos aun cuando están cerrados. Podría comenzar mañana, por la mañana… —demoraba el joven innecesariamente, como si tratara de esquivar su propia pregunta sobre en qué se estaba metiendo.
—Entonces, a las nueve en punto. No se retrase. Si me veo impedido, lo recibirá mi esposa. —El cliente se levantó y salió del cuartucho.
Adam Lozanić se quedó mirando fijamente el calendario ladeado, clavado en la puerta que acababa de cerrarse. El indicador cuadrado marcaba el lunes 20 de noviembre. ¿¡Lo recibirá mi esposa!? ¿¡Dónde!? ¿¡Y qué podría significar todo eso!? A menos que el misterioso hombre se hubiera enterado de su pequeño secreto. Se estremeció. Sin embargo, estaba convencido de que jamás se lo había dicho a nadie. Desde hace un año, de vez en cuando le parecía que durante sus lecturas se topaba ¡con otros lectores! Sólo de vez en cuando, esporádicamente, pero cada vez con mayor claridad, recordaba a esa gente, en general desconocida, que simultáneamente leía con él el mismo libro. Recordaba algunos detalles como si realmente los hubiera vivido. Con todos sus sentidos. Por supuesto, jamás se lo había confesado a nadie. Lo tomarían por loco. En el mejor de los casos, chiflado. A decir verdad, cuando se ponía a pensar en esas cosas extrañas, él mismo llegaba a la conclusión de que su personalidad rayaba peligrosamente el límite del sano juicio. ¿¡O imaginaba todo eso por el exceso de literatura y la falta de vida!?
Al recordar la lectura, se dio cuenta de que era hora de emprender el trabajo que lo seguía manteniendo por el momento. Le esperaban nuevos textos, así que le sacó punta al lápiz y se puso a trabajar, rara vez abriendo la Ortografía y los tomos del Diccionario. Había montones de artículos, pero el mismo editor en jefe le facilitaba el trabajo ordenándole que pusiera atención sólo a la corrección ortográfica. Por el contrario, cambiar el orden de las palabras, las palabras mismas o los datos, ni siquiera debía pasar por su mente.
—Lozanić, téngalo presente, no se canse en vano, ¡ése no es su campo! —insistió con ese rigor varias veces, sin titubear en sacudirse, delante de él, la caspa de los hombros y del cuello de su chaqueta cruzada azul marino.
—Señor, permítame, aquí se escapó un error material, no puedo permitir que se diga que el Kopaonik mide casi dos mil quinientos metros, cuando la altura oficial del Pico de Pančić, yo lo consulté en los mapas, ¡es de dos mil diecisiete metros! —se opuso una vez el joven colaborador.
—¡Casi! ¿La palabra «casi» significa algo para usted? Es pequeña, pero suficiente para cubrir la diferencia. ¿Y dónde está el error allí? Lozanić, usted es un serbista, a decir verdad un serbista sin terminar aún, pero seguramente no un geógrafo. El plegamiento de la corteza terrestre no es una cosa acabada. Además, ¿tiene usted siquiera una pizca de orgullo nacional? ¡¿Acaso usted lo redondearía a sólo dos mil?! ¡Vaya ahorrador! Si a mí me preguntaran, yo pondría ¡hasta tres mil! Ahora váyase y no vuelva de nuevo con su tacañería y esa cobardía cicatera. —Por un instante el editor dejó en paz la caspa en su cuello para despedirlo con un ademán de impaciencia.
Nuestras Bellezas salía quincenalmente. Adam Lozanić tenía la obligación de ir a la redacción los lunes y revisar los artículos enviados por los corresponsales permanentes de todas las partes existentes e inexistentes del país. El encargo que lo esperaba llegó a buena hora, tendría toda una semana disponible para el trabajo mejor pagado en toda su carrera de lector y corrector. Tal vez por eso mismo, el joven no dejó de corregir deliberadamente la parte introductoria del número especial en la que se enumeraban, con demasiado entusiasmo, las riquezas patrias de caza. Tachó en el texto al problemático reno y al lado anotó: «Incorrecto. Según es sabido, en nuestras tierras no se encuentra esta especie de animal polar»
Fragmento del libro La Mano de la Buena Fortuna. Goran Petrović. Sexto Piso. 2015.Traducción de Dubravka Sužnjević. Publicado con autorización de sus editores.
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Goran Petrović (Serbia, 1929 - 2009) fue un escritor serbio, experto en literatura serbia del siglo XVII al XIX, traductor de Pushkin y Lord Byron al serbio y profesor en las Universidades de Novi Sad y Belgrado, entre otras. Se inició con una obra poética, Palimpsesti, de 1967, aunque su obra más destacada internacionalmente es Diccionario jázaro, considerada un exponente de la narrativa hipertextual. Esta obra, así como El último amor en Constantinopla, tiene la particularidad de estar escrita en dos versiones, una masculina y otra femenina. Fue propuesto para el Premio Nobel de Literatura por expertos de Europa, Estados Unidos y Brasil. Fue miembro de la Academia de las Artes y de las Ciencias de Serbia desde 1991. Se encuentra enterrado en el Paseo de los Ciudadanos Distinguidos del cementerio de Novo groblje en Belgrado.
En español se han editado seis novelas y un libro de relatos de Pavić: Diccionario jázaro. Anagrama, 1989. Paisaje pintado con té. Anagrama, 1991. La cara interna del viento, Espasa Calpe, 1993. El último amor en Constantinopla, Akal, 2000. Siete pecados capitales, Sexto Piso, 2003. Pieza única, Sexto Piso, 2007. Pieza Unica: Cuaderno azul, Sexto Piso, 2007. Segundo cuerpo, Sexto Piso, 2011.
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[1] Palabra derivada del nombre de la ciudad marroquí Safi donde se produce el marroquín de la mejor calidad. (N de la T).