Es lo Cotidiano

NARRATIVA

Tachas 664 • Martes 28 de agosto de 2018 • Alejandra Laurencich

Martes 28 de agosto de 2018
Aeropuerto de Madrid
7.47 am
 

¿Por qué apenas aterrizo tengo la impresión de que todo está bien en esta tierra? ¿Que la sociedad es tan armoniosa como las parcelas ocres y verdes que he visto hace un rato, sentada en el avión que me trajo desde Ezeiza? Veo en el cielo a la luna, reina allí arriba como lo hacía el domingo sobre el Río de la Plata, cuando salimos a caminar un rato para despejar un poco la tensión previaje. Frío y árboles invernales en Buenos Aires, M y yo avanzábamos por las cuadras que bajan al río, para descubrir esa tremenda luna llena que ahora resplandece aquí también, en el lila del amanecer europeo. De frente el sol que nace. Tremendo solazo sobre el continente que, quiero pensar, me da la bienvenida a este territorio antiguo y tan moderno a la vez. Acá, donde hubo sangre y batallas de siglos. Acá donde ahora se respira el Primer Mundo, donde en los probadores de las perfumerías del freeshop se ofrece a 83 euros el Italian Zest de Dolce & Gabbana que llevo rociado en el cuello y las muñecas. Hice el cálculo de los pesos argentinos que tendría que desembolsar para comprarme un frasco con el euro cotizando a 32. Mejor no empezar a gastar dinero ya.

Me siento a esperar el embarque de mi vuelo a Venecia, la sensación de que aquí vive una sociedad armónica vuelve a sorprenderme, quizá sean las caras de los empleados que barren o atienden los mostradores, aunque no sonríen están relajados mientras cumplen con sus obligaciones. O será que yo vengo de una tierra donde todos los días se lucha en la calle, en protestas masivas, sin que a nadie en el poder se le mueva un pelo. Protestas que no sólo son por el sustento diario sino contra el cierre de alguna institución de salud, o cultural, contra una política de ajuste o represiva, o una maniobra que no beneficia a nadie más que a los que están arriba.

Quizá es la sensación de ser, aquí en Europa, lo que han sido mis antepasados en sentido geográfico inverso: una extranjera en tierras de bonanza, donde a un funcionario corrupto se lo pone de patitas en la calle, aunque sea presidente del país, tal como se ha hecho con Rajoy en junio aunque yo me haya enterado recién la semana pasada, tan aislada de las noticias he vivido estos meses. Aunque no me hace falta encender la televisión para saber que en mi tierra ni siquiera podemos unirnos contra la corrupción o el despojo los que pensamos distinto de los gobiernos de turno, porque cada facción política sólo intenta hundir a la contraria antes que proteger al país.

Entonces, quizá sea el amparo de una Justicia que funciona lo que se refleja en la cara de la gente de acá. O quizá haya también injusticias, como en todas partes del mundo, sólo que menos evidentes. La última lectura que hice en Buenos Aires fue un libro de John Berger: Un séptimo hombre. Lectura de impacto para mí, hija de inmigrantes. Las estadísticas que Berger registra en los años setenta dan escalofríos, no me quiero imaginar las que podría haber señalado ahora, luego de la descomunal globalización en la que se ha metido el mundo, luego de las guerras que llevaron a los refugiados a pedir limosna en los países europeos.

Llevo en la cartera una novela de Fernando Aramburu que empezaré a leer: Patria, como un escudo que me protege. Patria, para que no se me olvide que dentro de unas semanas debo volver a donde nací, aunque tenga sangre eslovena y española corriendo también por las venas, aunque mi pasaporte sea italiano, porque es ése el que presenté al aterrizar en suelo europeo; por primera vez viajo con ciudadanía italiana, a ver qué cambia respecto de los viajes anteriores, si es que algo cambia, por ahora no la sensación de sentirme extranjera.

El avión remonta vuelo y aunque me olvidé de hacer lo que hice en el despegue de Buenos Aires, cuando puse el Om Namah Shivaya cantado por Krishna Das —para acompañar el rugido de los motores y ese otro rugir que se me enciende adentro, en cada despegue, como si yo misma fuera a volar, inflamada de alegría y entusiasmo y buenos augurios—, igual lo siento: ahora sí, allá vamos, querida patria dos, draga Eslovenia. 9.05 am

 

¿Estamos sobre los Alpes? me pregunto, sin saber bien dónde ubicar, luego de una pequeña cabezadita, la geografía que observo por la ventanilla. Estaremos entonces próximos a Venecia. Comienza la emoción, no tanto por saber que me esperan ahí mi querida amiga MR —que se ha tomado unos días de recreo y dejó Alemania sólo para estar conmigo— y parte del Dream Team que ha realizado el documental, Klemen Brvar y Primož Ledinek, sino porque las montañas que veo allá abajo se parecen demasiado a las que hacía la tía Darinka con papel crepé cuando éramos chicos y había que armar el pesebre para las navidades. Rociábamos de talco algunas, para simular la nieve. Pueden ser las mismas montañas que tratábamos de imitar las que estoy viendo, y entre ellas cada tanto se distingue también algún valle en el que se amontonan casitas, como las que luego uno puede contemplar desde las rutas, tan bellas y antiguas, los tejados rojos de cerámica antigua. Pero la tía nunca viajó en avión. Ella salió junto a papá y la nona en un buque que se llamaba Neptunia, y que dejó el puerto de Trieste para hacerlos llegar a la Argentina el 15 de septiembre del 35. El buque Neptunia llegó a la Argentina en 1935.

Nunca más volvió. No pudo tener entonces esta perspectiva área de pequeños pueblos entre las laderas de papel crepé. En algunos casos el papel arrugado llega hasta el mar. ¿Con qué hacíamos el azul? me pregunto. Porque había lagos fabricados con espejos, pero el azul del mar nunca se vio en los pesebres, porque ese mar habrá sido olvidado por la tía para no anclarse en la nostalgia o vaya a saber.

Quisiera dormir un rato pero no puedo hacer más que mirar y recordar y adivinar: en aquella neblina rosada que se alza sobre el horizonte debe estar Eslovenia. Y la casa donde nació el poeta Srečko Kosovel, el Rimbaud esloveno, las tierras amasadas por los movimientos telúricos, el Karso donde su madre esperaba las cartas, o lo esperaba a él mismo, a ese hijo que con veinte años escribía febrilmente para denunciar la guerra, y que ya nunca volvió.

“Usted me ha escrito, madre: ‘Ven’, pero no he ido. Fuera, la luz brilla en silencio sobre la nieve. Los árboles trazan su sombra negra sobre ella. Si yo saliera a la nieve, mi sombra sería roja de sangre y dolor.”[1]

 

¿Por qué cada vez que miro a Europa tengo esa fijación con el pasado, con esa melancolía que atraviesa sus paisajes? ¿Por qué pienso en la Guerra? ¿Qué, no hay algo alegre en lo que pensar? ¿O, en todo caso, conflictos del presente, de ayer o de hoy? ¿No hay conflictos que suceden acá?

Veo caminos maravillosos que cruzan, convertidos en puentes, de picos a picos, y luego se hunden en el interior de las montañas. Me entusiasmo imaginando que por uno de esos túneles o puentes pasará el auto que manejará mi hermano D este fin de semana, cuando ponga rumbo a la ciudad de Maribor para verme y compartir la primera proyección del documental. Ingeniería de Primer Mundo para reunir a la familia disgregada.

También hay ríos. Ríos que bajan como dedos artríticos desde un curso mayor de agua que se esconde en la niebla azul. Se me tapan ligeramente los oídos. Siento que empezamos a bajar, trato de descubrir Venecia en alguna parte donde brilla el sol, esas cúpulas que tan bellamente fotografió M la segunda vez que estuvo de paseo acá con nuestro hijo. M siempre dijo que quería venir a Venecia conmigo, pero hasta ahora no pudo ser.

Por más que busco a un lado y otro por el ojo de buey del avión sólo veo parcelas cultivadas y cursos de agua, y ahora canales entre los pantanos. Tienen mucha semejanza con los dibujos geométricos de la cosmogonía gnula yala que vi en el Museo del Oro de Bogotá. Me traen el recuerdo de las vacaciones en Panamá, el cumpleaños de nuestra hija, toda esa gente que conocimos a orilla del Pacífico y luego en Bocas del Toro, las islas increíbles del Caribe. Veo que el diseño de esos paisajes se reitera también en esta parte del mundo. Había pensado al subir a esta nave que estaba sentada en el lado equivocado, pero no, creo que es el mejor, ya que aunque no diviso las cúpulas de Venecia puedo comprender el lenguaje plástico con que habrá sido creado el planeta, así me gusta pensarlo, la obra de un artista superior, y es eso lo que estoy disfrutando desde el aire, parte de un diseño ancestral. Disparo fotos con el móvil para compartir después con alguien, yo qué sé, una y otra y otra. Mosaicos de tierra en ocres y amarillos, y verdes, qué belleza es el mundo, quisiera decirles a todos: miren hacia abajo, no se pierdan los diseños naturales que rodean a la ciudad más turística del mundo. Pero los pasajeros no miran por la ventanilla, quizá estén acostumbrados a la vista, o quizá, como los caballos con anteojeras, sólo puedan ver hacia adelante para no distraerse del camino hacia el futuro.

 

 

Fragmento del libro Diario de Eslovenia. Alejandra Laurencich. Indie Libros. 2019.  Publicado con autorización de sus editores.  

 




 

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Alejandra Laurencich (Argentina, 1963) Narradora, guionista y editora nacida en Buenos Aires, en 1963. Autora de los libros de cuentos El día menos pensado (2022), Lo que dicen cuando callan (2013), Historias de mujeres oscuras (2007) y Coronadas de Gloria (2002) y del ensayo EL TALLER. Nociones sobre el oficio de escribir (Aguilar, 2014) y las novelas El imperfecto laberinto del amor (recién editada por Factotum), Las olas del mundo (Alfaguara, 2015), Vete de mí (2009) -que fue traducida al esloveno como Pusti me pri miru por el sello Študentska založba (2011) y dio origen al documental Alejandra, estrenado en Europa en septiembre de 2018, y cuya gira de proyección le inspiró a la autora el libro de crónicas Diario de Eslovenia (2019). Vete de mí fue reeditada en 2020 por Factotum.

Parte de su obra narrativa ha sido traducida asimismo al inglés, alemán, portugués y hebreo y elegida como material de estudio en distintas Universidades del país y del exterior. Recibió, entre otros, el Primer Premio Municipal Eduardo Mallea (2021), el Primer Premio en el XXX Certamen de Narrativa Breve otorgado por la UNED en España (2019), el Segundo Premio Ciudad de Buenos Aires (2011) y el Tercer Premio Fondo Nacional de las Artes (2002). Está incluida en múltiples antologías, una de las más recientes es Perón Vuelve (2021) y algunas de las últimas son: 12 Narradores Argentinos 2014-2016 (Ministerio de Cultura de la Nación) y Antología del Nuevo Cuento Argentino (EUFyL- Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires).

Ha participado y dado charlas y seminarios en las siguientes instituciones, congresos y foros internacionales: Writing For Liberty Conference (Buenos Aires, Argentina 2019), Brown University (Providence, EEUU, 2017), Northeastern University (Chicago, EEUU, 2017), 22° Foro Internacional Fundación Mempo Giardinelli (El Chaco, Argentina, 2017), Slovenian Book Fair y Maribor Public Library (Ljubljana y Maribor, Eslovenia, 2015), Universität zu Köln (Colonia, Alemania, 2015), Trieste Book Center (Trieste, Italia, 2015), Balada Literaria (San Pablo, Brasil, 2013), 17° Foro Internacional Fundación Mempo Giardinelli (El Chaco, Argentina, 2012) y 24° Mednarodni Literarni Festival Vilenica (Lipica y Ljubljana, Eslovenia, 2009).






 

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[1]     Fragmento de una de las cartas de Srečko Kosovel, traducido por Florencia Ferre.

Imagen generada con IA de Adobe Firefly
Tachas 664 • Martes 28 de agosto de 2018 • Alejandra Laurencich