NARRATIVA
Tachas 664 • Pájaros en las copas de los árboles que crecen debajo de la ventana de mi madre • Dubravka Ugrešić
El aire veraniego en el barrio de Novi Zagreb, donde vive mi madre, huele a excrementos de pájaro. Entre las hojas de los árboles delante de su edificio rumorean miles y miles de aves. La gente dice que son estorninos. Los pájaros son particularmente ruidosos en las tardes bochornosas, antes de que empiece a llover. A veces un vecino enloquecido coge la escopeta de aire comprimido y los ahuyenta con una serie de disparos. Los pájaros escapan sobresaltados, se elevan hacia el cielo apiñados en bandadas, se mueven a la izquierda, a la derecha, arriba y abajo, como si barrieran el firmamento, para acabar abalanzándose con un gorjeo histérico, semejante a una granizada de verano, sobre las hojas gruesas. Hacen tanto ruido que aquello parece la selva. Esta cortina sonora permanece descorrida durante todo el día, dando la impresión de que la lluvia tamborilea sin cesar. Arrastradas por las corrientes de aire, plumas livianas entran en el piso por la ventana. Mamá blande la escoba, recoge gruñendo las plumas y las lleva al cubo de la basura…
—Ya no están mis tórtolas… —suspira—. ¿Te acuerdas de mis tórtolas?
—Me acuerdo… —digo yo.
Recuerdo borrosamente que había tomado cariño a dos tórtolas que solían acudir a su ventana. Odiaba a las palomas. Sus sórdidos arrullos matutinos la volvían loca.
—¡Asquerosos, asquerosos pajarracos! —dice—. ¿Te has dado cuenta de que ya no están?
—¿Quiénes?
—¡Las palomas, mujer!
Yo no me había dado cuenta, pero, en efecto, parecía que también las palomas se habían marchado.
Los estorninos la fastidiaban, sobre todo por el hedor en verano, aunque todo indicaba que se había resignado con su presencia. Porque, a diferencia de otros, su balcón por lo menos estaba limpio. Me muestra una pequeña franja de suciedad casi al final de la barandilla del balcón.
—En lo que respecta a mi casa, solo ensucian este trocito. ¡Tendrías que ver el balcón de la señora Ljubić!
—¿Por qué?
—¡Está lleno de cagarrutas! —dice y se ríe como una niña. Coprolalia infantil, obviamente le divierte la palabra cagarruta. También a su nieto de diez años le hace gracia esta palabra.
—Como en la selva… —digo.
—Justo como en la selva —conviene ella.
—Aunque hoy en día la selva está en todas partes… —digo yo.
Y, en verdad, parece que las aves están fuera de control, han ocupado nuestras ciudades, invadido los parques, las calles, los arbustos, los bancos, las terrazas de los restaurantes, las estaciones de metro y de tren. Y parece que nadie se ha fijado en esta invasión. Las urracas rusas, según cuentan, se han apoderado de las ciudades europeas, las ramas de los árboles en los parques municipales se doblan bajo su peso. Las palomas, las gaviotas, las urracas surcan el cielo, y las pesadas cornejas negras con los picos abiertos como pinzas se pavonean por los espacios verdes públicos. En los parques de Ámsterdam se han multiplicado las cotorras, huidas de las jaulas de sus dueños: volando bajo en bandadas, cruzan el cielo como cometas verdes. Grandes gansos blancos se han apoderado de los canales de Ámsterdam; volaban desde Egipto, se detuvieron un rato para reposar y allí se quedaron. Los agresivos gorriones locales se han vuelto tan insolentes que te arrebatan el bocadillo de las manos y se pasean desdeñosamente por las mesas de los bares al aire libre. Las ventanas de mi piso provisional en Dahlem, uno de los barrios más bellos y verdes de Berlín, eran la superficie preferida de los pájaros locales para depositar sus excrementos. Y no había nada que hacer, salvo bajar las persianas y correr las cortinas, o dedicarse todos los días a la ardua tarea de fregar las ventanas que ensuciaban.
Asiente con la cabeza, pero da la impresión de que no escucha…
La invasión de estorninos en su barrio había empezado unos tres años atrás, cuando «enfermó». Las palabras de los diagnósticos médicos eran largas, amenazadoras y «feas» («Es un diagnóstico feo»), por eso ella eligió el verbo enfermar («¡Todo cambió cuando enfermé!»). A veces recobraba el valor y, tocándose con el dedo índice la frente, decía:
—La culpa de todo la tiene esta… telaraña mía…
La «telaraña» son sus metástasis cerebrales, que aparecieron diecisiete años después de que los médicos le descubrieran a tiempo y le curaran exitosamente un cáncer de mama. Estuvo ingresada en el hospital, tuvo que someterse a una decena de sesiones de radioterapia y se recuperó. A partir de entonces se hacía chequeos con regularidad, todo lo demás estaba dentro de lo normal sin mayores dramas. La «telaraña» se quedó prendida en algún rincón oscuro y recóndito de su cerebro, sin moverse. Con el tiempo, mi madre se resignó, se familiarizó con ella y la adoptó como a un inquilino indeseado.
En los últimos tres años su biografía se ha reducido a un fajo de altas de hospital, de análisis médicos, de lecturas e interpretación de radiografías, y a su álbum de fotos, una serie de tomografías computarizadas y de resonancias magnéticas. En las imágenes se ve su bonito cráneo redondo plantado sobre la columna vertebral, un poco inclinado hacia delante, el contorno claro de su rostro, los párpados bajados como si durmiera, la membrana cerebral que se asemeja a un gorro extraño y alrededor de los labios una sonrisa apenas perceptible.
—En la imagen parece que me cae nieve en la cabeza… —dice apuntando con el dedo a la tomografía.
Los árboles de copas frondosas que crecen debajo de las ventanas son altos, llegan incluso hasta el piso de mi madre, en la sexta planta. En las ramas se agitan miles y miles de pequeños pájaros. Amodorrados por la cálida oscuridad estival, nosotros, los inquilinos, y los pájaros emitimos nuestras exhalaciones. Centenares de miles de corazones de aves y de seres humanos laten con ritmos distintos en la oscuridad. A través de las ventanas abiertas, las corrientes de aire traen plumas blanquecinas. Las plumas toman tierra como paracaidistas.
Fragmento del libro Baba Yagá puso un huevo. Dubravka Ugrešić. Impedimenta. 2020. Publicado con autorización de sus editores.
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Dubravka Ugrešić (Croacia, 1949–Países Bajos, 2023) Se graduó en Literatura Comparada y Literatura Rusa. Tras estallar la guerra de los Balcanes, se posicionó en contra del conflicto, por lo que tuvo que exiliarse en 1993. Desde entonces ha enseñado en numerosas universidades de Europa y América, como Harvard, Columbia y la Free University de Berlín. Entre sus obras, que han sido traducidas a numerosos idiomas, destacan El Museo de la Rendición Incondicional (1996), Baba Yagá puso un huevo (2008), Zorro (2017) y La edad de la piel (2019); la colección de ensayos Ficcionario americano (1993) y el ensayo Karaoke Culture (2010), que quedó finalista del National Book Critics Circle Award. Ha recibido el Premio Europeo de Ensayo Charles Veillon y el Premio Austríaco de Literatura Europea, galardón que han distinguido a otros autores como Stanisław Lem, Marguerite Duras o Mircea Cărtărescu. En 2009 fue finalista del Premio Man Booker a toda una trayectoria literaria. Falleció en Ámsterdam en marzo de 2023.
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