Ensayo

Tachas 666 • Ensayo sobre las enfermedades de la cabeza • Immanuel Kant

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La sencillez y sobriedad de la naturaleza promueven y configuran en el hombre sólo nociones comunes y una tosca honestidad. La coacción artificial y la opulencia de la organización civil [de la sociedad] dan lugar a hombres ingeniosos y razonadores, si bien en ocasiones también a locos (Narren) y tramposos (Betrüger), y genera la sabia u honesta apariencia que permite carecer tanto de entendimiento como de honradez, siempre que el bello velo que el decoro extiende sobre las secretas dolencias (Gebrechen) de la cabeza o del corazón sea tupido y suficientemente tejido. A medida que el arte[1] alcanza alturas mayores, razón y virtud acaban siendo las palabras claves comunes, pero ello de tal modo que el celo con el que de ellas hablan puede dispensar a las personas instruidas y bien educadas la molestia de poseerlas. No obstante, la estima general de que gozan ambas celebradas cualidades establece esta notable diferencia: que todos son mucho más celosos de las ventajas del entendimiento que de las buenas cualidades de la voluntad, y que, en la comparación entre la estupidez (Dummheit) y la picardía (Schelmerei), nadie duda un instante en declararse a favor de esta última; lo cual, ciertamente, también está muy bien discurrido, puesto que, si todo depende del arte, no se puede prescindir de la astucia (Schlauigkeit) sutil y sí de la honradez, que en tales situaciones no constituye sino un obstáculo. Yo vivo entre ciudadanos sabios y de buenas costumbres, o sea, entre aquellos que saben aparentarlo, y creo lisonjeramente que se tendrá la equidad de creerme con la suficiente sutileza para que, si estuviera en posesión del más probado medio curativo para erradicar las enfermedades de la cabeza y del corazón, tendría, no obstante, reparos en poner esos viejos trastos en comercio público, consciente de que la cura de moda preferida del entendimiento y del corazón ya se encuentra desarrollándose de manera satisfactoria, y de que, ante todo, los médicos de lo primero [del entendimiento], que se llaman lógicos, satisfacen muy bien las exigencias generales desde que han hecho el importante descubrimiento de que la cabeza humana es en realidad un tambor, que sólo suena porque está vacío,[2] Por consiguiente, no veo nada mejor para mí que imitar el método de los médicos, que creen haber sido de gran utilidad a su paciente cuando le han dado un nombre a su enfermedad, y esbozaré una pequeña onomástica de las dolencias de la cabeza, desde la parálisis de la misma en la idiocia[3] (Blödsinnigkeit) hasta sus convulsiones en la locura furiosa (Tollheit). No obstante, para identificar estas repulsivas enfermedades en su genealogía[4] progresiva, me parece necesario explicar primero los grados menores de las mismas, desde la imbecilidad (Dummköpfigkeit) hasta la locura (Narrheit), porque estas cualidades son corrientes en la vida social y, sin embargo, conducen a las primeras.[5]

A la cabeza roma (stumpf) le falta el ingenio (Witz), mientras que a la imbécil (dummkopf) le falta el entendimiento. La agilidad para captar algo y recordarlo, lo mismo que la facilidad para expresarlo convenientemente, dependen mucho del ingenio. Por ello, el que no es estúpido (dumm)[6] puede muy bien ser romo, en la medida en que algo le entra difícilmente en la cabeza, aunque después pueda comprenderlo con mayor madurez de juicio. Y la dificultad para expresarse no demuestra una menor capacidad de entendimiento, sino sólo que el ingenio no presta suficiente ayuda para revestir los pensamientos de diversos signos, algunos de los cuales les convienen de la forma más adecuada. El famoso jesuita Clavius[7] fue expulsado de las escuelas por incapaz (porque según la prueba de inteligencia de Orbilio[8] no sirve para nada un muchacho que no sepa hacer versos ni ejercicios escolares de retórica). Más tarde llegó de forma casual a las matemáticas, las cosas cambiaron, y sus maestros de antaño sólo fueron imbéciles frente a él. El juicio práctico[9] sobre las cosas, como el que necesita el campesino, el artesano o el marinero, etc., es muy distinto del que se hace sobre los resortes que rigen el trato entre los hombres. Esto último no es tanto entendimiento como picardía (Verschmitzheit), y la carencia amable de esta facultad tan alabada se llama ingenuidad.

En el caso de que la causa de esta carencia haya de buscarse en la debilidad de la facultad de juzgar, entonces a un ser humano de estas características se le denomina necio (Tropf), simple (Einfaltspinsel), etc. Puesto que las intrigas y los falsos artificios se convierten poco a poco en máximas habituales en la sociedad civil y complican el juego de las actividades humanas, no es extraño que un hombre, por lo demás sensato y honesto, al que, o bien toda esta astucia le parece demasiado despreciable para ocuparse de ella, o bien no puede mover su corazón honesto y bienintencionado a hacerse un concepto tan detestable de la naturaleza humana, no es extraño, decimos, que ese hombre haya de caer en todas partes en los lazos de los tramposos y les haga reír bastante. Es así que, al final, la expresión «un hombre bueno», ya no de forma figurada, designa precisamente a un simple, y en ocasiones también a un c…,[10] puesto que en la lengua de los pícaros nadie es más sensato que aquel que no tiene a los demás por mejores que él mismo, esto es, por tramposos.

Los impulsos de la naturaleza humana, que cuando son muy fuertes se llaman pasiones, son las fuerzas motrices de la voluntad. El entendimiento sólo interviene para apreciar la suma global de la satisfacción de todas las inclinaciones en su conjunto con respecto al fin ideado, así como para descubrir los medios para alcanzarlo. Si una pasión es especialmente potente, la capacidad del entendimiento puede bien poco contra ella; pues el hombre fascinado ve muy bien las razones que se oponen a su inclinación favorita, sólo que se siente impotente para conferirles una energía activa. Cuando esta inclinación es en sí buena, cuando, por lo demás, la persona es razonable, pero la propensión predominante le impide ver sus malas consecuencias, entonces este estado de la razón encadenada es la insensatez (Thorheit). Un insensato (Thor) puede tener mucho entendimiento incluso en el juicio sobre las acciones en que se muestra insensato; ha de poseer incluso bastante entendimiento y un buen corazón para que esté justificada esta suave designación de sus excesos. El insensato puede proporcionar, quizá, un acertado consejo a otros, aun cuando su consejo quede sin efecto en él mismo. Sólo los daños o la edad le van haciendo cuerdo, lo cual a menudo, sin embargo, reprime una insensatez sólo para dejar sitio a otra. La pasión amorosa o una gran ambición han convertido desde siempre a mucha gente razonable en insensatos. Una muchacha obliga al terrible Alcides a hilar en su rueca,[11] y los ociosos ciudadanos de Atenas envían a Alejandro al fin del mundo mediante sus pueriles elogios. Hay también inclinaciones de menor vehemencia y menos extendidas que, sin embargo, no dejan de engendrar su insensatez: la «edificomanía» (Baugeist), la inclinación por los cuadros, la pasión por los libros. El hombre degenerado ha sido expulsado de su lugar natural y se ve arrastrado por todo y retenido por todo. Al insensato se le opone el hombre cuerdo, y quien carece de insensatez es un sabio. A este sabio se le puede buscar en la luna, quizá porque allí se está sin pasiones y se posee ilimitadamente la razón. El apático (Unempfindliche) está asegurado contra la insensatez por su imbecilidad (Dummheit). Sin embargo, a los ojos de la mayoría tiene el aire de un sabio. Pirrón[12] vio en un barco, en medio de la tormenta, mientras todos estaban angustiadamente atareados, que un cerdo comía plácidamente de su comedero y, señalando hacia él, dijo: «así debe ser la tranquilidad de un sabio». El apático es el sabio de Pirrón.

Si la pasión dominante es en sí misma lo bastante odiosa y al mismo tiempo absurda como para que aquello que precisamente se opone a la intención natural de esa pasión se considere que es lo que la satisface, este estado de la razón invertida[13] es la locura (Narrheit). El insensato entiende muy bien la verdadera intención de su pasión, si bien le confiere una fuerza capaz de atar la razón. Pero el loco (Narr), por su parte, se ha vuelto tan imbécil que sólo se cree en posesión [de algo] cuando se despoja él mismo de lo codiciado. Pirro[14] sabía muy bien que la audacia y el poder se ganan la admiración general. Siguió muy acertadamente el impulso de la ambición, y no llegó a ser nada más que aquello por lo que le tuvo Cineas, esto es, propiamente un insensato. Y cuando Nerón se pone públicamente en ridículo declamando versos lamentables desde un escenario para lograr un premio de poesía, y aún dice al final de su vida: quantus artifex morior,[15] yo no veo en este temido y ridiculizado soberano de Roma nada más que un loco. Sostengo que toda locura está ciertamente injertada en dos pasiones: el orgullo (Hochmuth) y la avaricia (Geiz). Ambas inclinaciones son injustas y son por ello odiadas. Ambas son absurdas por naturaleza, y su fin se destruye a sí mismo. El orgulloso manifiesta una pretensión no disimulada a la preeminencia ante los demás a través de un marcado menosprecio de ellos. Se siente honrado cuando es abucheado, cuando no hay nada más claro que [el hecho de que] el desprecio a los demás ofende la propia vanidad de éstos frente al arrogante. El avaro, según su inclinación, necesita muchas cosas, y le es imposible privarse del menor de sus bienes. Con ello se priva en realidad de todos ellos, en la medida en que, por mezquindad los pone bajo candado. La ceguera del orgullo produce a veces locos bobos (albern) y a veces presuntuosos, según que haya tomado posesión de la cabeza vacía bien una pueril inconstancia o bien una rígida estupidez. Desde siempre, la avara codicia ha dado ocasión a muchas historias ridículas, las cuales sería más sorprendente que pudieran ser inventadas que realmente acontecidas. El insensato no es sabio, el loco no es listo (klug). La burla que el insensato atrae sobre sí mismo es divertida e indulgente. El loco se gana los más agudos latigazos del sátiro, sólo que no los siente. No se debe desesperar del todo de ver que un insensato pueda volverse alguna vez cuerdo, pero quien piensa hacer un listo de un loco es como quien quiere lavar a un negro. La causa está en que en el primero domina una inclinación verdadera y natural, que a lo sumo sólo encadena la razón, mientras que en el segundo se trata de un bobo fantasma cerebral que invierte (umkehrt) los principios de la razón. Dejo a otros la tarea de establecer si hay en realidad motivos para inquietarse por la extraña predicción de Holberg,[16] a saber, que es preocupante el crecimiento diario de los locos, y que es de temer que a éstos se les podría meter en la cabeza fundar la quinta monarquía. Pero aun admitiendo que tramaran esto, no deberían, sin embargo, poner mucho celo en tal cosa, puesto que uno de ellos podría decirle a otro al oído oportunamente aquello que el conocido bufón de una corte vecina, cabalgando a través de una ciudad polaca en traje de loco, gritaba a los estudiantes que le perseguían: «Señores, sed aplicados, aprended algo, que, cuando nosotros seamos demasiados, no podremos ya tener pan para todos».

Paso de las dolencias de la cabeza que son despreciadas y escarnecidas a las que se consideran por lo común con compasión, desde aquellas que no suprimen la sociedad civil libre, hasta aquellas de las que se ocupan los servicios sanitarios oficiales y con respecto a las cuales toman disposiciones. Divido estas dolencias en dos: las de la debilidad (Ohnmacht) y las de la inversión. Las primeras están comprendidas bajo la denominación general de estupidez (Blödsinnigkeit), las segundas bajo la denominación general de trastornos del ánimo (Gemüth),[17]. El estúpido muestra una gran debilidad de la memoria, de la razón y por lo común también respecto a las sensaciones (sinnlichen Empfindungen). Este mal es, en su mayor parte, incurable, puesto que, si ya es difícil eliminar los salvajes desórdenes del cerebro trastornado, ha de ser casi imposible insuflar una nueva vida a sus órganos muertos. Las manifestaciones de esta debilidad, que impide a los desgraciados salir del estado de infancia, son demasiado conocidas como para que sea necesario que me detenga mucho en ellas.

Las dolencias de la cabeza trastornada se dejan agrupar en tantos géneros principales como capacidades del ánimo se ven afectadas por ellas. Pretendo poder ordenarlas en conjunto bajo las tres divisiones siguientes: en primer lugar, la inversión de las nociones de la experiencia en la alucinación (Verrückung); en segundo lugar, el desorden al que es conducida la facultad de juzgar, primariamente sobre esa experiencia, en el delirio (Wahnsinn);[18] en tercer lugar, la razón invertida por lo que se refiere a los juicios más universales, en la manía (Wahnwitz).[19] Todas las manifestaciones restantes del cerebro enfermo pueden considerase, a mi parecer, bien como grados distintos de los casos mencionados, bien como asociaciones desgraciadas de estos males entre ellos, o bien, por último, como el injerto de esos mismos [casos] en poderosas pasiones, y pueden ser entonces subordinados a las clases citadas.

Por lo que concierne al primer mal, es decir, la alucinación, ilustraré sus manifestaciones de la siguiente manera. Incluso en el estado de mayor salud, el alma de todo ser humano está ocupada en dibujar todo tipo de imágenes de cosas que no están presentes, o también en completar en la representación de cosas presentes el imperfecto parecido a través de uno u otro rasgo quimérico que la facultad poética creadora inscribe a la vez en la sensación. No hay ningún motivo para creer que en el estado de vigilia nuestro espíritu siga otras leyes que cuando duerme. Más bien hay que suponer que, en el primer caso, sólo las vívidas impresiones sensoriales oscurecen las imágenes, más frágiles, de las quimeras y las hacen irreconocibles, mientras que éstas poseen toda su fuerza mientras dormimos, cuando a todas las impresiones externas les está cerrada la entrada al alma. Por ello no es extraño que los sueños, mientras duran, se tengan por verdaderas experiencias de cosas reales. Puesto que entonces constituyen las representaciones más intensas en el alma, son en este estado precisamente lo que las sensaciones en la vigilia.[20]. Ahora bien, suponiendo que, cualquiera que fuera la causa, ciertas quimeras hubieran afectado de alguna forma a uno u otro órgano del cerebro, de modo que la impresión sobre el mismo hubiera llegado a ser tan profunda y a la vez tan correcta como sólo puede producirla una impresión sensible, entonces este espejismo, incluso en vigilia y con buena y sana razón, habría de ser tenido, no obstante, por una experiencia real. Puesto que sería vano oponer a una sensación, o a aquella representación que la iguala en fuerza, un fundamento racional, ya que los sentidos proporcionan una convicción mucho mayor de las cosas reales que una conclusión racional. Al menos, quien se ve cautivado por esta quimera no puede ser llevado nunca, por medio de un razonamiento sutil, a dudar de la realidad de su pretendida sensación. También se observa que personas que en otros casos muestran una razón suficientemente madura, sin embargo, se obstinan en haber visto con la mayor atención quién sabe qué formas fantasmales y caras grotescas; y que tienen también suficiente sutileza para poner en relación su experiencia imaginaria con algún sutil juicio racional. Esta cualidad del trastornado, según la cual, sin presentar un grado especialmente notable de una grave enfermedad, está acostumbrado en estado de vigilia a representarse como claramente percibidas determinadas cosas de las cuales, sin embargo, nada hay presente, se denomina alucinación (Verrückung). El alucinado es, pues, un hombre que sueña despierto. Si la ilusión habitual de sus sentidos es sólo en parte una quimera, siendo en su mayor parte una sensación real, quien está expuesto en más alto grado a esta inversión es un fantaseador (Phantast). Cuando, tras despertarnos, yacemos en una distracción indolente y apacible, nuestra imaginación dibuja las figuras irregulares de los cortinajes de la cama, o transforma ciertas manchas de una pared cercana en figuras humanas con una aparente precisión, que nos entretiene de un modo nada desagradable, cuya ilusión rompemos en el instante en que lo deseemos. Entonces soñamos sólo en parte, y están las quimeras en nuestro poder. Si ocurre algo parecido en un grado superior, sin que la atención del hombre despierto sea capaz de distinguir la ilusión en la imaginación engañosa, entonces esta inversión hace sospechar [que este hombre es] un fantaseador. Este autoengaño en las sensaciones es, por lo demás, muy común, y en tanto que es sólo parcial, se tolera bajo dicha denominación; si bien, cuando se le añade una pasión, la misma debilidad del ánimo puede degenerar en una auténtica fantasmagoría (Phantasterei). Por lo demás, los hombres, debido a una ceguera habitual, no ven lo que tienen delante, sino lo que su propia inclinación les dibuja: el coleccionista de historia natural, ciudades en la piedra florentina;[21] el devoto, la historia de la Pasión en las vetas del mármol; aquella dama dibuja a través de su telescopio las siluetas de dos amantes en la luna, que para su cura, sin embargo, son dos campanarios. El miedo hace de los rayos de la aurora boreal lanzas y espadas y, en el crepúsculo, de un indicador del camino hace un fantasma gigantesco.

Nunca es tan común la constitución fantaseadora del ánimo como en la hipocondría.[22] Las quimeras generadas por esta enfermedad no engañan propiamente a los sentidos externos, sino que generan sólo al hipocondríaco una ilusión partiendo de una sensación de su propio estado, bien del cuerpo o bien del alma, ilusión que en su mayor parte es un completo disparate. El hipocondríaco tiene un mal que, sea cual sea el lugar en que tenga su principal asiento, probablemente recorre de forma variable el tejido nervioso de todas las partes del cuerpo. Sobre todo, extiende un vapor melancólico en torno al asiento del alma, de modo que el paciente siente en sí mismo la ilusión de casi todas las enfermedades de las que oye hablar. Por ello, de nada habla con más placer que de su indisposición, lee con gusto libros de medicina y encuentra en todas partes sus propios azares. En sociedad recobra sin darse cuenta su buen humor, y entonces ríe mucho, come bien, y tiene por lo común el aspecto de un hombre sano. Por lo que se refiere a su fantasmagoría interna, con gran frecuencia las imágenes adquieren en su cerebro una fuerza y duración que le resultan gravosas. Si tiene en la cabeza un personaje ridículo (aun si él mismo lo reconoce como una imagen de la fantasía), si este disparate desencadena en él, en presencia de otros, una risa fuera de lugar sin que él manifieste el motivo —o incluso si todo tipo de representaciones lúgubres provocan en él un violento impulso de hacer algo malo, de cuya irrupción él mismo se muestra angustiosamente preocupado, y que, sin embargo, nunca llegan a realizarse —, entonces tiene su estado un gran parecido con el del alucinado, sólo que no hay peligro. El mal no está enraizado profundamente y, por lo común, se suprime, en la medida en que afecta al ánimo, bien por sí mismo o bien por medio de algún medicamento. Un solo tipo de representación actúa sobre la sensibilidad en grados muy distintos, según los diversos estados anímicos de los hombres. Hay, por eso, un tipo de fantasmagoría que se atribuye a alguien únicamente porque el grado del sentimiento mediante el cual es conmovido por ciertos objetos se juzga excesivo en comparación con la moderación propia de una cabeza sana. Sobre esta base, el melancólico es un fantaseador con respecto al mal de la vida. El amor tiene muchísimos encantos fantásticos, y la fina obra de arte de los Estados antiguos consistía en convertir a los ciudadanos en fantaseadores para que sintieran el bien público. A quien por un sentimiento moral, como por un principio, se enardece más que lo que otros pueden imaginarse (sich vorstellen) según sus sentimientos lánguidos y a menudo innobles, ellos lo conceptúan como un fantaseador. Sitúo a Arístides entre los usureros[23], a Epicteto entre los cortesanos,[24], y a Juan Jacobo Rousseau entre los doctores de la Sorbona. Me parece escuchar una gran carcajada y cien voces que gritan: «¡Qué fantaseador!». Esta apariencia ambigua de la fantasmagoría en sentimientos en sí buenos y morales es el entusiasmo (Enthusiasmus), y sin él jamás se ha conseguido nada grande en el mundo. Muy distinto es el caso del fanático (Fanatiker) (el visionario [Visionär], el exaltado [Schwärmer]). Éste es propiamente un alucinado que pretende tener una inspiración inmediata y una gran familiaridad con los poderes del cielo. La naturaleza humana no conoce ninguna ilusión más peligrosa. Cuando su aparición es nueva, cuando el hombre engañado posee talento y la gran masa está dispuesta a asimilar del modo más ferviente este fermento, entonces es a veces incluso el Estado el que padece el éxtasis. La exaltación (Schwärmerei) conduce al entusiasta a lo más extremado: a Mahoma hasta el trono de príncipe, y a Johann von Leyden al cadalso.[66] Puedo aún, en cierta medida, contar como inversión de la cabeza, en cuanto que ésta afecta a las nociones de la experiencia, el trastorno de la capacidad de recordar. Pues éste engaña al miserable, que se ve afectado por él, mediante una representación quimérica, quién sabe de qué estado anterior que nunca ha existido. Quien habla de los bienes que pretende haber poseído anteriormente, o del reino que ha tenido, y que por lo demás no se engaña de forma perceptible en relación con su estado actual, es un alucinado con respecto al recuerdo. El viejo cascarrabias que cree firmemente que en su juventud el mundo estaba mucho más ordenado y que los seres humanos eran mejores, es un fantaseador con respecto al recuerdo.

Hasta aquí, en la cabeza trastornada no se ha visto afectada propiamente la facultad del entendimiento, al menos no era necesario que lo estuviera, puesto que el defecto residía propiamente sólo en los conceptos. Los propios juicios, si se quisiera tomar la sensación invertida como verdadera, pueden ser del todo correctos e incluso excepcionalmente razonables. Por el contrario, un trastorno del entendimiento consiste en que, a partir de todo tipo de experiencias correctas, se juzga de un modo completamente invertido. De esta enfermedad, el primer grado es el delirio, que en los juicios más inmediatos a partir de la experiencia actúa en contra de las reglas comunes del entendimiento. El delirante ve o recuerda los objetos tan correctamente como cualquier hombre sano, pero interpreta por lo común la conducta de las otras personas a través de una disparatada locura (Wahn) refiriéndola a sí mismo, y cree poder leer en ello quién sabe qué intenciones sospechosas que a aquéllas nunca se les pasan por la cabeza. Cuando se le escucha, se podría pensar que toda la ciudad se ocupa de él. Los comerciantes, que hacen tratos entre ellos y por casualidad le miran, traman conspiraciones contra él. Si el vigilante nocturno le llama es para burlarse de él. En una palabra, no ve sino una conjura general contra él. El melancólico (Melancholische) que, respecto a sus tristes y enfermizas sospechas, es un delirante, es un apesadumbrado (Trübsinniger). Sin embargo, hay también todo tipo de delirio divertido, y la pasión amorosa se regocija o atormenta con algunas interpretaciones extravagantes que se asemejan al delirio. Un orgulloso es en cierta medida un delirante que, de la conducta de los otros, que le miran atónitos con gesto burlón, concluye que le admiran. El segundo grado de la cabeza trastornada con respecto a la facultad superior de conocimiento es propiamente el de la desorganización de la razón, en cuanto que ésta se extravía de un modo disparatado en supuestos juicios sutiles sobre conceptos generales, y puede ser denominado manía (Wahnwitz). En el más alto grado de este trastorno revolotea por el cerebro ardiente todo tipo de ideas (Einsichten) pretenciosas y sofisticadas: el descubrimiento de las dimensiones del mar, la interpretación de las profecías, o quién sabe qué mezcolanza de absurdos rompecabezas. Si en ello el desgraciado también prescinde de los juicios de experiencia, se le denomina demente (aberwitzig). Pero en el caso de que tenga como fundamento muchos juicios de experiencia correctos, sólo que su sentimiento (Empfindung) esté embriagado por la novedad y cantidad de las consecuencias que le brinda su ingenio, de modo que ya no atiende a la corrección de lo que va enlazando, surge entonces de ello, con frecuencia, una apariencia muy brillante de manía que puede darse junto a un gran genio, en la medida en que la lenta razón no es capaz de acompañar al ingenio en sus transportes. El estado de la cabeza trastornada que la hace insensible a las sensaciones externas es el desvarío (Unsinnigkeit). Éste, en cuanto domina en él la cólera, se denomina frenesí (Raserei). La desesperación es un (estado) disparatado transitorio de un hombre sin esperanza. La impetuosa vehemencia (Heftigkeit) de un trastornado se denomina en general delirio furioso ( Tobsucht). El que se ve así afectado, en cuanto que desvaría, es un furioso (toll).

El ser humano en estado de naturaleza puede estar sometido sólo a pocas insensateces y difícilmente a alguna locura. Sus necesidades le mantienen en todo momento próximo a la experiencia, y le dan a su sano entendimiento un quehacer tan ligero que él apenas se da cuenta de que necesita entendimiento para sus actividades. La inercia confiere a sus apetitos groseros y comunes una moderación que deja a la escasa facultad de juzgar que necesita el suficiente poder para dominarlos según su mayor beneficio. ¿Dónde habría de encontrar materia para la locura cuando, despreocupado del juicio de los otros, no puede ser vanidoso ni infatuado? En cuanto que no tiene ninguna noción del valor de bienes que no ha disfrutado, se ve asegurado contra el absurdo de la avara codicia, y como en su cabeza nunca penetra el ingenio, está igualmente bien defendido de toda demencia (Aberwitze). Del mismo modo, en ese estado de simpleza sólo raras veces puede tener lugar el trastorno del ánimo. En el caso de que el cerebro del salvaje hubiera sufrido algún golpe, entonces no sé de dónde podría proceder la fantasmagoría para poder reprimir las sensaciones habituales que le mantenían ocupado de continuo. ¿Qué delirio puede asaltarle si nunca tiene un motivo para extraviarse mucho en sus juicios? La manía está, totalmente y con seguridad, más allá de sus capacidades. Se vuelve, cuando enferma de la cabeza, o bien estúpido o bien furioso, y aún esto debe de ocurrir a lo sumo muy raras veces, ya que es, en su mayor parte, sano, porque es libre y tiene movimiento. En la constitución civil [de la sociedad] se encuentran propiamente los fermentos de toda esta corrupción, que, si no la generan ellos mismos, sirven, no obstante, para mantenerla y acrecentarla.[25] El entendimiento, en tanto que es suficiente para las necesidades y para las satisfacciones simples de la vida, es un entendimiento sano; pero en tanto que es requerido para la opulencia artificial, tanto en el placer como en las ciencias, es entendimiento refinado. Así, pues, el entendimiento sano del ciudadano ya sería un entendimiento muy refinado para el hombre natural, y las nociones que, en determinados estamentos sociales presuponen un entendimiento refinado, no son adecuadas a aquellos otros que, al menos por sus ideas, están más próximos a la simplicidad de la naturaleza, y por lo común [esas nociones refinadas] convierten en locos a los que se pasan a éstos [estamentos sociales menos refinados]. El abad Terrasson[26] distingue en algún lugar, respecto a los que tienen trastornado el ánimo, aquellos que concluyen correctamente a partir de ideas falsas, de los que, a partir de representaciones correctas, concluyen de una manera equivocada. Esta división coincide bien con los principios expuestos aquí. En los de la primera especie, los fantaseadores o alucinados (Verrückten), no es afectado propiamente el entendimiento, sino sólo la facultad que despierta en el alma los conceptos de los que después hace uso la facultad de juzgar, con el fin de compararlos. A estos enfermos muy bien puede oponérseles juicios racionales, si no para eliminar su mal, al menos para atenuarlo. En los de la segunda especie, los delirantes o maníacos, sin embargo, es el entendimiento mismo el afectado, y así no sólo resulta descabellado razonar con ellos (puesto que no serían delirantes si pudieran captar esos fundamentos racionales), sino también altamente perjudicial; ya que con ello no se le proporciona a sus cabezas trastocadas sino nuevo material para maquinar disparates. La contradicción no los mejora, sino que los acalora, y es absolutamente necesario en el trato con ellos adoptar una actitud serena y benévola, exactamente como si uno no se diera cuenta de que a su entendimiento le falta algo.

He llamado enfermedades de la cabeza a las dolencias de la facultad de conocer, de la misma manera que al deterioro (Verderben) de la voluntad se le llama enfermedad del corazón. Además, he prestado atención sólo a las manifestaciones de las mismas en el ánimo (Gemüth), sin pretender descubrir su raíz, que se halla propiamente en el cuerpo, y que, por cierto, puede tener su localización principal más en las partes de la digestión que en el cerebro, como parece demostrarlo la estimada y bien conocida revista semanal, llamada El Médico,[27] en sus números 150, 151 y 152. Además, no puede convencerme de ninguna manera que el trastorno del ánimo, como se cree comúnmente, surge del orgullo, del amor, de meditaciones demasiado intensas, y de quién sabe qué abuso de las facultades del alma. Este juicio, que hace del enfermo, sobre la base de su desgracia, un objeto de sarcásticos reproches, es muy despiadado, y se origina en un error común según el cual se suelen confundir [entre sí] la causa y el efecto. Si se atiende mínimamente a los ejemplos, se da uno cuenta de que en primer lugar padece el cuerpo, y que al principio, como la semilla de la enfermedad se desarrolla inadvertida, se percibe una inversión ambigua que no hace aún suponer un trastorno del ánimo y que se manifiesta en extravagantes disparates amorosos, o en un carácter infatuado, o en inútiles cavilaciones profundas. Con el tiempo la enfermedad irrumpe y da motivos para situar su fundamento en el estado del ánimo inmediatamente anterior. Sin embargo, se debería decir más bien que un hombre se ha vuelto orgulloso porque ya estaba trastornado en alguna medida, que decir que se ha trastornado por lo orgulloso que era. Estos tristes males, cuando por lo menos no son hereditarios, aún permiten la esperanza de una feliz recuperación, y aquel cuya asistencia es preciso buscar ante todo es el médico. Sin embargo, no desearía, por honor, excluir al filósofo, quien podría prescribir la dieta del ánimo, sólo con la condición de que, como en la mayoría de sus otras ocupaciones, no reclame ningún pago por ello. Como agradecimiento, el médico tampoco negaría su ayuda al filósofo si éste intentara en ocasiones la grande pero siempre vana tarea de curar la locura. Por ejemplo, en la locura furiosa (Tobsucht) de un docto vociferanfe (gelehrten Schreier), tendría en consideración si no harían algún efecto contra ella medios catárticos tomados en dosis altas. Puesto que si, de acuerdo con las observaciones de Swift,[28] un mal poema no es sino una purga del cerebro a través del cual se evacuan muchos humores perjudiciales para el alivio del poeta enfermo, ¿por qué no podría ser algo similar un escrito pésimo y meditabundo?[29] Sin embargo, en este caso sería aconsejable indicar a la naturaleza otra vía de purificación, para que el mal fuera purgado de forma radical y en silencio,[30] sin perturbar con ello a la sociedad (gemeine Wesen).

 

 

Traducción de Alberto Rábano Gutiérrez y Jacinto Rivera de Rosales. 

 




 

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Immanuel Kant (Prusia, 1724 - 1804 ) fue un filósofo prusiano de la Ilustración. Es el primero y más importante representante del criticismo y precursor del idealismo alemán y está considerado como uno de los pensadores más influyentes de la Europa moderna y de la filosofía universal. Entre sus escritos más destacados se encuentra la Crítica de la razón pura (Kritik der reinen Vernunft), calificada generalmente como un punto de inflexión en la historia de la filosofía y el inicio de la filosofía contemporánea. En ella se investiga la estructura misma de la razón. Asimismo se propone que la metafísica tradicional se puede reinterpretar a través de la epistemología, ya que podemos encarar problemas metafísicos cuando entendemos y relacionamos la fuente con los límites del conocimiento. Sus otras obras principales son la Crítica de la razón práctica, centrada en la ética; la Crítica del juicio, en la que investiga acerca de la estética y la teleología y La metafísica de las costumbres que tiene dos partes, una centrada en la ética, la doctrina de la virtud, y la otra centrada en el ius, la doctrina del derecho. Kant adelantó importantes trabajos en los campos de la ciencia, el derecho, la moral, la religión y la historia creyendo haber logrado, inclusive, un compromiso entre el empirismo y el racionalismo. Aceptando que todo nuestro conocimiento empieza con la experiencia, no todo procede de ésta, dando a entender que la razón juega un papel importante. Kant argumentaba que la experiencia, los valores y el significado mismo de la vida serían completamente subjetivos si no hubiesen sido subsumidos por la razón pura, y que usar la razón sin aplicarla a la experiencia, nos llevaría inevitablemente a ilusiones teóricas. El pensamiento kantiano fue muy influyente en la Alemania de su tiempo, puesto que proyectó la filosofía más allá del debate entre el empirismo y el racionalismo. Fichte, Schelling, Hegel y Schopenhauer se vieron a sí mismos expandiendo y complementando el sistema kantiano de modo que con él justificaban el idealismo alemán. Hoy en día, Kant continúa teniendo una gran influencia en la filosofía analítica y continental.






 

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[1]     Die Kunst, lo artificial, lo hecho por el hombre, tanto el arte como la técnica.

[2]     Desde La falsa sutileza de las cuatro figuras silogísticas, que parece ser un anuncio de sus lecciones de lógica para el semestre de invierno de 1762-1763, Kant critica la pretensión de conocer la realidad (ciencia y ontología) partiendo sólo de conceptos lógicos, meras formas vacías de contenido. La razón lógica analítica reposa en la identidad, mientras que la realidad lo hace en la alteridad (véase, por ejemplo, Sueños de un visionario, Madrid: Alianza, pp. 107-108 [Ak. II, 370]). De este modo se le iban alejando a Kant lógica y realidad, hasta que en su etapa crítica descubrió la lógica transcendental o sintética.

[3]     J.-P. Lefebvre en su traducción del texto para Évolution Psychiatrique (42 [1977], 203-230), ha hecho un notable esfuerzo sistemático a fin de traducir al francés tanto los términos de uso más coloquial empleados por Kant para designar los trastornos mentales menores, como los términos de uso más restringido y técnico utilizados para los trastornos mayores. Hemos adoptado casi en su totalidad la terminología de esta versión, que el traductor fundamenta adecuadamente en la correspondencia entre el uso de los términos alemanes y los franceses de la época. Nuestra decisión se basa, además, en el estrecho parentesco entre las palabras francesas y las correspondientes en castellano, así como en la influencia predominante de la cultura francesa sobre la española durante el siglo XVIII. Salvo cuando se indique de otro modo, los términos empleados en castellano corresponden a los franceses de la versión citada.

[4]     Hoy se diría génesis. Ésta sería la segunda tarea de la ciencia, una vez hecha la clasificación.

[5]     Se refiere a la idiocia y a la locura furiosa. Este interés taxonómico, como inicio de la ciencia mediante la fijación de un lenguaje racionalmente articulado (según un principio de clasificación y una consiguiente clarificación de su objeto de estudio), emula el esfuerzo del sueco Carl Linneo (1707-1778) en su ordenación de las especies naturales configurando un Sistema de la naturaleza (1735, con doce ediciones revisadas a lo largo de su vida). Ese empeño sistemática o arquitectónicamente clasificatorio estará presente también en el Kant crítico, pero ya no sobre la base de un principio binario, como Linneo, sino sobre uno ternario, como sucede ya en el Ensayo.

[6]     Nótese el uso indistinto que Kant hace aquí de los términos Dummkopf/Dummköpfigkeit, que hemos traducido como imbécil/imbecilidad, y los de dumm/Dummheit, vertidos por estúpido/estupidez. El lector podrá comprobar que también en castellano sus límites son bien imprecisos.

[7]     Christopb Schlüssel, latinizado Clavius, nacido en 1537 en Bamberg y fallecido en 1612 en Roma, fue un matemático y astrónomo notable y es conocido por su aportación a la reforma del calendario decidida por Gregorio XIII en 1582. Kant vuelve a decir lo mismo de él en la Antropología, al principio de su § 43.

[8]     De Orbilius Pupillus, gramático romano, maestro de Horacio (Epist. II, 1, 70s.), tomado como sinónimo de maestro tiránico.

[9]     Práctico en sentido precrítico, que coincide con el sentido corriente del término.

[10]   El texto alemán pone «H…» y suponemos que corresponde a Hahnrei, palabra que significa en lenguaje familiar: (marido) cornudo.

[11]   Heracles (Hércules para los latinos) «es un nombre místico que le fue impuesto por Apolo […]. En sus origenes […] se llamaba Alcides — patronímico derivado del nombre de su abuelo Alceo— […] o incluso Alceo, el nombre mismo de su abuelo» (P. Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Buenos Aires/Barcelona: Paidós, 1984, p. 239 b). La muchacha hace referencia a Ónfale u Ónfala, reina de Lidia, en cuya corte Heracles fue obligado a hilar (oficio de mujer) a sus pies para lograr su amor.

[12]   Pirrón, filósofo griego, fundador del movimiento escéptico o pirronismo, nacido en Elis (Peloponeso) hacia el 360 a. e. c. y fallecido hacia el 270 a. e. c. Para la historia que aquí se narra, véase Diógenes Laercio IX, 68. Frente a la vana apariencia de las cosas, que él aprendió con los gimnosofistas de la India, defendió la apatía y la imperturbabilidad (ataraxia) como camino de alcanzar la felicidad, la vida divina.

[13]   Verkehrheit sería propiamente perversión, aquí en el sentido de que se trastocan o se invierten los principios o modos de considerar la realidad. Pero debido a la connotación moral de «perversión» hemos preferido traducirlo como «inversión», que correspondería más bien al término alemán Umkehrung, que también se encuentra utilizado aquí en su forma verbal (umkehrt) como sinónimo del anterior.

[14]   Rey del Epiro (318-272 a. e. c.), discípulo de Demetrio Poliorcetes. Intentó crear un imperio enfrentándose a Roma, Cartago y Macedonia. En 280 venció en la batalla de Heracles, si bien con grandes pérdidas («victoria pírrica»).

[15]   «¡Qué gran artista muere!».

[16]   Baron Ludvig Holberg, escritor danés (1684-1754), autor.

[17]   Una traducción de sabor más actual sería la de «trastornos mentales». Sin embargo, creemos que tanto en la época precrítica de Kant como en su obra crítica, «animo» es el sinónimo más adecuado para Gemüth. Otros lo traducen por «espíritu» o «psiquismo»; el propio Kant lo vierte al término latino animus (véase Ak. VII, 161, y XII, 32). El contexto evita que por «trastornos del ánimo» entendamos el sentido psiquiátrico actual de este término.

[18]   José Gaos, en su traducción de la Antropología de Kant, traduce este término por «demencia» (Madrid: Alianza, 1991, p. 135), siguiendo en eso el término latino utilizado por el mismo Kant, pero que en la actualidad se emplea clínicamente con un significado distinto al que aquí atribuye Kant al término Wahnsinn, más próximo a la acepción actual de «delirio».

[19]   José Gaos, en su citada traducción de Kant, vierte este término por «insania» (p. 136 de la ed. cit.), siguiendo asimismo la palabra latina empleada por Kant. En nuestra traducción hemos preferido utilizar el término «manía», tal como hace Lefebvre con el término francés correspondiente, recuperando el sentido de locura, en su más amplia extensión, que esta palabra tenía en la época del Ensayo, distinto del significado que tiene en el lenguaje psiquiátrico actual.

[20]   Muy claramente puede verse aquí el acercamiento de Kant al empirismo. De igual modo distingue Hume las impresiones de las ideas justo al inicio de su Tratado de la naturaleza hurnana (I, I, 1): «A las percepciones que entran con mayor fuerza y violencia las podemos denominar impresiones; e incluyo bajo este nombre todas nuestras sensaciones, pasiones y emociones tal como hacen su primera aparición en el alma. Por ideas entiendo las imágenes débiles de las impresiones, cuando pensamos y razonamos […]. No creo que sea necesario gastar muchas palabras para explicar esta distinción. Cada uno percibirá enseguida por sí mismo la diferencia que hay entre sentir y pensar. Los grados normales de estas percepciones se distinguen con facilidad, aunque no es imposible que en algunos casos particulares puedan aproximarse mucho un tipo a otro. Así, en el sueño, en estado febril, en la locura o en una muy violenta emoción del alma nuestras ideas pueden aproximarse a nuestras impresiones…» (trad. F. Duque, Madrid: Editora Nacional, 1977, pp. 87- 88).

[21]   Entendemos que se refiere a lo que hoy conocemos como «mármol ruiniforme», un tipo de mármol en el que se dibujan líneas geométricas que se asemejan a ruinas.

[22]   En «Sobre el poder del ánimo (Gemüth) para dominar, mediante el mero propósito, sus sentimientos enfermizos», incluido en la tercera parte del libro El conflicto de las Facultades (1798), trata también este tema de la hipocondría. Allí Kant se declara hipocondríaco debido a su «pecho estrecho y liso», lo que le llevó incluso «al hastío de la vida». Pero esto logró superarlo mediante la reflexión, nos dice, pues proporciona más alegría lo que se hace por libertad que lo que se goza por naturaleza (Ak. VII, 104; trad. en I. Kant, El poder de las facultades afectivas, Buenos Aires: Aguilar, 1968, pp. 26-27).

[23]   Posiblemente se refiera al general y político ateniense, apodado el Justo, que alcanzó la gloria en la batalla de Maratón y luego combatió contra Jerjes. En la fundación de la Liga délica, el 477 a. e. c., entre Atenas y las ciudades jónicas para defenderse del peligro persa, se impuso a todas ellas un impuesto de 460 talentos, cantidad fijada por Arístides.

[24]   Suponemos que se trata del filósofo neoestoico que vivió a caballo entre los siglos I y II e. c. y que fue durante algún tiempo de su juventud esclavo en Roma.

[25]   En esta idea sobre la ambigüedad de la civilización, que es progreso pero a la vez fermento de vicios y locuras, en contraste con el sano y rudo juicio del salvaje, está sin duda presente la influencia (matizada) de Rousseau.

[26]   Jean Terrasson (1670-1750), miembro de la Academia Francesa desde 1713. La edición de la Akademie (II, 490), advirtiéndonos que la distinción mencionada por Kant no se encuentra en ninguno de esos libros de Terrasson, nos cita los siguientes: Dissersation critique sur l’Illiade d’Homere (1725), Séthos, histoire ou vie tirée des monuments-anecdotes de l’ancienne Egypte (1731), La philosophie applicable à tous les objets de l'esprit et de la raison (1754, publicada póstumamente por D’Alembert).

[27]   Se refiere a la revista semanal Der Arzt, de Hamburgo, dirigida por Johan August Unzer (1727-1799), y a números aparecidos en 1761. La revista vio la luz durante los años 1750-1764 y 1769-1770. En el número 150 Unzer publicó su artículo titulado «Sobre la conexión del entendimiento con la digestión»; en el número 151: «Prueba de que todas las clases de desvaríos (Unsinn) han de ser curadas mejorando la digestión»; y en el número 152: «La misma prueba respecto a algunos delirios vehementes (hitzigen Deliriis)». Según él, la causa próxima de las enfermedades del ánimo y de los nervios, es el cerebro (teoría predominante en la época), pero su causa última y fundamental se encuentra en el bajo vientre (véase Jackie Pigeaud, «À propos des “Maladies de la tête” de Kant [1764]», en Maladie et maladies, histoire et conceptualisation, Genève: Droz, 1992, pp. 293-312, pero sobre todo pp. 301-304). Unzer fue autor, entre otros libros, de Pensamientos sobre el influjo del alma sobre su cuerpo (1746). En este tramo final del artículo, Kant se decide por la medicina para el tratamiento de las enfermedades mentales, dado que su raíz se halla en el cuerpo, o sea, ellas proceden de un desarreglo orgánico, muy en la línea de la medicina de su época (según subraya J. Pigeaud en todo su artículo). Por eso Kant acaba ironizando contra la filosofía, ironía que volvemos a encontrar en sus Sueños de un visionario (1766).

[28]   Jonathan Swift (1667-1745). La edición de la Akademie (II, 490) nos reenvía al cap. III, pp. 77 ss. de J. Swifts neuere Dicht-Kunst, oder Kunst oder Poesie zu kriechen, traducida del inglés al alemán en 1733, Leipzig (J. Swift, Works, ed. Sir Walter Scott, 1883, XIII, 29 ss.). Pigeaud piensa en la Carta a un joven poeta (Oeuvres de Swift, Paris: Pléiade, pp. 1342-1343).

[29]   ¿Lo que sería, por ejemplo, este Ensayo para el hipocondríaco Kant?

[30]   M. David-Ménard, en la presentación a su traducción (Paris: Flammarion, 1990, p. 22) cree que en esta frase Kant está aludiendo al suicidio o bien a una retirada a la soledad. Pigeaud, acorde con el tono irónico de este final, interpreta que Kant aconseja más bien ir al excusado (p. 309).