Tachas 666 • La noche no permitirá que amanezca • Camila Sosa Villada
Una buena receta de sushi obliga a usar un tipo especial de arroz a la venta en cualquier supermercado, grano corto, blanco, suave, con alto contenido en almidón, que le dé una consistencia extremadamente pegajosa al exquisito bocado. Arroz de una variedad japonesa de los arborio y carnaroli italianos, el mismo que sirve para hacer risottos. Una vez cocinado, su grano es brillante y tiene una agradable textura, firme y de buen sabor. Pero definitivamente para las travestis pobres cualquier arroz sirve, cualquier vinagre, incluso cualquier queso, aunque en China no se mezcla arroz con queso.
Vienen por mí, Claudia Rodríguez
Cada vez que mi economía me lo permite, hago scones e invito a merendar a mis amigos. Soy una travesti parda con algo de señora inglesa dentro. Siempre utilizo la misma receta que usaba mi mamá, una receta de su mamá que, a su vez, había heredado de su abuela. Los vendía en el pueblo. La gente se los sacaba de las manos.
—Lo más importante a la hora de hacer scones es no amasarlos y tener las manos frías —decía.
Invitar a tomar el té con scones a mis amigos es mi pequeño lujo, el lujo de las travestis pobres, diría Claudia Rodríguez, «para las travestis pobres cualquier arroz sirve…». Me salen igual que los de mi mamá no solo porque es la misma receta, sino porque todos los secretos a favor de un buen scon ella me los heredó como quien no quiere la cosa mientras la ayudaba en la cocina. Es mi herencia en vida, dice ella. De modo que estoy haciendo scones porque me sobraron unos pesitos y quise darme el gusto. A veces tengo buenas rachas. Existen noches así, en que me bajo del auto de un cliente y salto a otro y mi cartera se va llenando de billetes, que, si no me los roba algún otro cliente o un garrón, me alcanzan para hacerme algunos obsequios. Compro un rico té en Las Mil Grullas, una mermelada de frutos rojos, y lanzo la travaseñal al cielo para que mis amigos vengan a mi propio afternoon tea. A ellos les gustan mis scones, o al menos eso dicen, y nunca los rechazan, por otra parte.
Pero las noches de suerte son escasas y espaciadas entre miles de noches tristes, repetidas una tras otra, donde la ganancia apenas alcanza para un cuarto de pan negro. Épocas del año en que ser prostituta pesa como un abrigo de piedras.
Estoy ahí, en ese balcón de la calle Mendoza, la Julieta travesti, la Eva que discursea para ninguna multitud, en ese balcón que si hablara, madre mía, en pleno julio, con unas medias negras, botas rojas y una campera inflable que apenas me cubre el culo. Hace mucho frío. Es una noche ideal para colgar los guantes, pero resisto, porque aguantar se hace costumbre. No es por ninguna inteligencia en particular.
No ha parado un solo incauto en toda la noche, pasa muy poca gente por esa calle de luces amarillentas. Más temprano, en el edificio de enfrente que me tapa el sol, hubo una fiesta. Ahora, a las tres de la mañana, la calle está muerta.
Veo que a dos cuadras viene un automóvil. Algo parecido a la esperanza me trepa por las piernas. Todo auto a lo lejos es un posible cliente. Que sea un cliente, que sea un cliente. Parece un auto nuevo y viene hacia acá. Todavía falta que no doble por 9 de Julio, que siga hasta donde estoy, en el balconcito de planta baja que es mi vidriera de Ámsterdam. El auto avanza y no dobla en 9 de Julio, es más, parece que disminuye la velocidad. Eso es, despacio. Un auto nuevo, lustroso, un Peugeot 307. Dentro vienen cuatro hombrezotes de unos veinticinco años, la clase de chico guapo al que da gusto estafar. Estacionan frente a mi balcón. Uno asoma la cabeza por la ventana.
—¿No nos harías un regalo?
—No hago regalos.
—Es que se va mi amigo a Italia y queremos que se lleve un lindo recuerdo.
—Pero los regalos se pagan.
—Me doy vuelta, les muestro mi lindo culo de serrana.
—¿Cuánto?
Digo mi precio evaluando la piel, la marca de su ropa. Me responde:
—Ni que la tengas de oro.
Yo me encojo de hombros y miro en otra dirección. Los ignoro. Cruza un hombre en bicicleta por detrás de su auto. Me mira, lo miro. El hombre me sostiene la mirada a pesar de que ellos están ahí. Lo he atendido en otras ocasiones, sale de su trabajo en la estación de servicio de Colón y Neuquén, a unas seis cuadras de casa.
—¿Así tan fácil nos cambiás? —dice uno dentro del auto.
El hombre de la bicicleta se apea y continúa muy despacio a pie. Los que están en el auto parecen celosos. Deliberan entre ellos y finalmente uno dice:
—Bueno, no te robamos más tiempo. —Arrancan. Se escuchan carcajadas dentro del auto.
Espero que el de la bicicleta regrese, es un buen cliente además. Pero no vuelve por mí.
A los quince minutos regresan los que quieren el regalo. Se quejan, se lamentan de no tener dinero, a pesar de que veo que lo tienen, se les nota en el auto, en la ropa, en el tonito para hablarme, en la piel, en los relojes.
—Te vamos a llevar a un country —me dice el conductor casi a los gritos—. Eso tendría que alcanzar.
Alcanzarme para qué, me pregunto, como si pudiera pagar el alquiler diciendo que visité un country. Finalmente, entre idas y venidas, regateando como en un mercado, logramos un acuerdo que me parece bastante justo. A esa hora se supone que hay que tomar lo que viene, no mirarle los dientes al caballo regalado, así sean diez pesos. Cuando fuiste un fracaso como prostituta, aprovechá gaviota, que no te vas a ver en otra. Además, esos muchachitos bien comidos son guapos. Si la cosa fuera en un boliche y yo estuviera de civil, seguro me acostaría con los cuatro juntos y no les cobraría nada.
Antes de salir, me tiro unas gotitas de perfume y llevo en la cartera un poco de base de maquillaje por si el zamarreo sexual me arruina la pintura. Me siento adelante, en las piernas duras como un tronco del que me dijo «ni que la tengas de oro». Él inmediatamente dirige su bulto al agujero negro que hay entre mis nalgas y se frota.
—Cuidado no te vaya a pinchar con los bigotes —dice uno desde atrás.
—Ey, traten bien a mi novia —dice el que conduce.
Yo ya estoy arrepentida de haberme subido. Van escuchando cuarteto, a todo lo que da. Hace calor dentro del auto porque tienen la calefacción prendida. Siento que se me escurre la transpiración por las patillas, que tengo la espalda completamente mojada y no sé dónde está el personaje de la comerciante de carne capaz de lidiar con gente como esta. Dónde está cuando la necesito. La busco dentro de mí y no la encuentro. Solo estamos la travesti que necesita juntar plata para pagar algo de todos los meses que debe de alquiler y la calentona que va a cogerse a los nenes de papá a un country.
Desde atrás, uno se saca la remera y muestra unos abdominales que parecen adoquines.
—Mirá lo que te vas a comer. ¿Te gusta? Somos rugbiers —dice.
—¿De qué club?
—No le digás —interrumpe el que maneja.
Yo, que voy encima del mamotreto que me clava en el culo su pito duro como una amenaza, no puedo admirar del todo el cuerpo del que se exhibe. Tengo ganas de vomitar porque los cuatro están muy perfumados. Esto es como meter la cabeza dentro de un balde lleno de Poett Campos de Algodón. Me aterra pensar que ese tufo me puede quedar pegado para siempre en las narices.
Manejan a gran velocidad, hablan sin parar, ríen a las carcajadas, me obligan a manosearlos ahí en el auto. Le exigen al más dotado de los cuatro que me demuestre el lujo que hay dentro de sus pantalones. Presumen de ser amigos de muchas personas famosas, dicen ser íntimos de Flor de la V, de la Pachi, de la María Laura, pero todo lo que dicen suena a mentira. Tocan bocina a los transeúntes para asustarlos. Pasan muy cerca de los motociclistas, insultan a los basureros en la avenida Caraffa. Conducen zigzagueando y cantando a los gritos eso de: «Y fueron mis manos las que te escribieron la carta y han sido mis dedos los que te pusieron la trampa». Yo trago saliva y pienso en cómo no soy más dedicada a mi trabajo, cómo no salgo con más regularidad. Me acuso de no saber ganar dinero como prostituta por remilgosa, porque si el cliente no me gusta prefiero pasar de largo, porque si tengo sueño prefiero quedarme durmiendo. Tantas ñañas para salir a trabajar y siempre, invariablemente, llega un momento del mes en que comienzan a comerme los piojos y tengo que recurrir a cosas como estas. Estar en un auto con imbéciles como estos, yendo a un lugar que no conozco a hacer vaya a saber qué cosa.
Las tres y media de la mañana cuando llegamos a la casa en el country. Todavía creo que puedo manejar la situación, que tengo todo claro, por dónde vinimos, por dónde salir. Tengo fuerza y estoy sobria. No me pueden hacer nada estos estúpidos niños ricos. Las puertas de la casa están abiertas de par en par y se escucha música electrónica a todo volumen. No hay vecinos cerca. Dentro de la casa hay cuatro tipos más, a juzgar por el tamaño, también rugbiers. El sueño de las colas calientes de la ciudad. El sueño de mis amigos putos y también un poco mi sueño. Una gang bang con chicos bonitos. Ser la única hembra entre todos esos orangutanes con zapatillas Gola y remeras Key Biscayne.
En el living, la escultura de una moto antigua brilla sobre una mesa baja de madera oscura y vieja. Es una casa extraña. Techos altos, puertas enormes y pesadas, paredes de piedra. Me cuentan la historia de su rareza: ha sido una iglesia alguna vez. Ahora, convertida en casa, toda su sacralidad, todos los espíritus santos que la habitaban han muerto conmigo. Mi sola presencia basta para profanar toda santurroneada que haya quedado flotando en el lugar. Ellos, sin embargo, intentan perpetuarla. Hablan del valor de esa propiedad, de la madera de los dinteles, de los años que tiene el chañar de la entrada. Sobre la mesa del living hay un caminito de drogas de todo tipo, la droga que se les ocurra está frente a mí. Algunos andan en bóxer porque ahí dentro hace mucho calor.
—Tiene losa radiante la casa —me dice el que conducía el auto en el que vinimos, que parece ser el dueño.
Me ofrecen lo que quiera de la mesa.
—Quiero merca —le digo. Nada de andar perdiendo la cabeza.
—Es alita. Probala —me dice el aparente dueño de la casa. La pruebo y es suave, parece agüita.
Desde que vivo en Córdoba, estoy cerca de iglesias y colegios religiosos. Ahora me drogo en una iglesia convertida en casa junto a esos cuerpos de rinocerontes llenos de cicatrices y moretones, tomando alita de mosca y esperando para hacer mi numerito. Dos de ellos exponen su queja: han traído una travesti en vez de una mujer. Encima no está operada y su nariz es horrible. «Mirá las tetitas que tiene, no, gracias pero no». De manera que el grupo a atender se reduce a seis muchachitos ansiosos y drogados tratando de portarse mal conmigo. Me llevan a una de las habitaciones, la habitación de papá y mamá, los señores de la casa.
—Solo te puedo ofrecer agua para tomar. Lo que nosotros tomamos no creo que te guste, son vinos de mi papá.
No sé qué responder a eso, de modo que me encojo de hombros y lo sigo hasta el cuarto. Me cuenta que la cama, o la habitación, no recuerdo bien, es giratoria y busca el sol.
La primera ronda es con tres a la vez. Dos que no venían en el auto y el que se preocupó por mis bigotes. Tienen tal estado que apenas pueden mantenerse en equilibrio. Intentan hacer algo con esas pingas desahuciadas, que por muy bonitos que sean no les sirven de nada, y todo queda en unos manoseos y lamidas, muy profesionales, claro. Noto que el que se preocupó por mis bigotes en el auto aprovecha la mezcolanza de carnes para acariciar las nalgas de piedra de su partenaire en el cuarteto. Yo estoy acaballada sobre uno de ellos, tratando de poner duro un pito que tiene la consistencia de un engrudo, y con el rabo del ojo veo cómo el muchacho pasa distraídamente su mano por mi pija, por la pija del que está debajo y la pija del que está junto a mí. En un momento se atraviesa por encima de su amigo con la excusa de darme un beso pero finge caerse encima del que tengo debajo y le chanta un lengüetazo en el cuello. Así no se puede trabajar.
—¿Qué pasa, che, me querés sacar el trabajo? ¿En la cama de los padres de aquel? ¿Cómo es que había dos actrices en esta cama y no me dijeron nada? —Así se pone en evidencia a un aprovechado.
El que tengo debajo se incorpora y dice:
—Qué asco, ¡me pasaste la lengua, hijo de puta! —y se limpia con la mano.
Me da gusto haberlo expuesto.
El oportunista no dice nada, finge estar muy borracho. Está mintiendo, lo sé, no estaba así cuando llegué, no tuvo tiempo de ponerse así de borracho.
El otro se levanta espantado. De repente la borrachera se le despejó por completo.
—No se puede con vos, siempre hacés lo mismo, loco —le dice al toquetón y sale desnudo al pasillo.
Mientras tanto, el que recibió el lengüetazo también se pone en pie y lo sacude, lo empuja y cae de la cama.
—Rajá de acá. Andate, después vení solo.
El mano larga monta el número del ofendido, el que dice cómo le vas a creer a este trava y no a mí. Se pone el bóxer y sale apoyándose en las paredes. El que se queda conmigo en la cama termina por rendirse al fracaso de su erección. Estarán condenados de por vida al fracaso de cada intento de erección, pienso con malicia. Que nunca más se les pare la pija. Les arrojo la maldición y pongo toda mi fuerza para que se cumpla.
Balbuceando, perdido en la borrachera, me acusa de ser fea, de no excitarlo, de no trabajar en pos de su erección. Hasta con las puertas de la habitación cerradas la música electrónica aturde.
El dueño de casa trae un consolador. Aparta al impotente de la cama con sus piernas de toro, que cae y se queda dormido en el piso. Este parece ser un poco menos idiota que los de recién. Es un rico morocho, con pecas y ojos verdes. Tiene las pupilas enormes. Supongo que el consolador es de su madre porque lo trae del baño de la habitación. Me pide que lo penetre con eso. Con un pene lustroso y negro con el que la madre seguramente se masturba también. Me multiplico, ya no tengo manos, tengo tentáculos, mil bocas, soy todas las prostitutas en una misma cama. Le hago una francesa, mientras lo penetro con el consolador de su mamá y le rasco los huevos como si rascara la cabeza de un cachorro. Soy la prostituta orquesta. Por suerte, él sí tiene una señora erección y se vuelve todo un poco más divertido. Ya no pienso tanto en cómo deshacerme de ellos y de esa experiencia incómoda. Afuera, entre el pum, pum, pum de la música, se escuchan carcajadas. Yo, como siempre, creo que se están riendo de mí.
La segunda ronda es con el que me trajo sentada en su falda. Por fin conozco el pito que me amenazó todo el viaje. No es la gran cosa pero huele bien y es claro, doradito. Se me cruza la imagen de la cándida Eréndira estrujando las sábanas donde está la transpiración de sus clientes. Por la ventana, desde afuera, todos los demás miran y filman. Me saco el pececito dorado de la boca y me aparto.
—¿Por qué no avisan que van a filmar?
El que está en la cama no se inmuta. Desde afuera, el dueño de casa me grita que cuánto por filmarme. Subo el precio casi el doble y ellos aceptan. Total, qué puede importar.
Cuando termina el asunto, el grupo de hienas se disgrega. Me visto en la habitación giratoria y me prometo no tomar estos riesgos otra vez. Nunca más. Al salir del cuarto, me esperan los muchachos, pero no solo los muchachos, sino también tres o cuatro chicas que han llegado mientras yo estaba posando como una actriz porno tercermundista.
—No le pueden pagar a este escracho —dice una de las chicas mientras toma de la misma alita de mosca que tomé yo.
El dueño de casa me dice que no puede llevarme a la pensión y que como no atendí a todos no me van a pagar lo acordado. Tienen menos dinero del que pensaron.
—Y tenés que lavar el vestido de mi hermana, que se vomitó encima, la idiota. —Todos sueltan su risita de mierda.
Me pongo las botas como puedo, en silencio. Ellos suben el volumen de la música y se ponen a saltar y bailar. Uno de ellos da brincos como un orangután delante mío y me grita, supongo que es un grito de rugbier antes de un partido. Mientras, trato de subir el cierre de la bota que me queda chica. Me paro muy dignamente y me voy en silencio por la puerta antigua de la santa iglesia de mierda esa, y me llevo conmigo una botella de vodka que, habrán sido muy ricachones, pero es un vodka que se compra en el supermercado. Bajo por esas calles llenas de piedras y paso por la entrada del country. El guardia me saluda con la mano y una sonrisa amarillenta que me da un golpe de calor. La noche no permitirá que amanezca todavía.
Me hago traer al centro por un repartidor de panes al que le pago el viaje con una esmerada francesa que huele a criollitos y medialunas recién sacadas del horno.
Al llegar a la pensión, dejo sobre la mesita de luz un reloj que tiene pinta de ser muy costoso y que me encontré al costado de la cama, debajo de uno de los almohadones bordados tirados en el piso. Me lo metí en la bombacha. Fue como meterme un cubito de hielo. Por la mañana, voy a la galería Planeta y vendo el reloj al precio que el comprador me ofrece. Ni siquiera regateo. Para mí está muy bien ese dinero. No me asusta que ellos puedan volver a la pensión a reclamar el reloj. Por lo general, nunca se quejan de mis robos ni hacen ninguna denuncia. Intuyo que vale más su reputación.
Hago las cuentas de lo que me sobra pagando unos meses de alquiler y concluyo que fue una noche de suerte. Compro todo lo que necesito para hacer scones y le hago una carga a mi celular. Mando mensaje de texto a mis amigos: esta tarde, té con scones en casa.
El otro secreto para que los scones salgan livianitos y bien leudados es dejar la masa enfriándose en la heladera por lo menos una hora. No falla. Dejar reposar la masa en la heladera y no amasar, simplemente unir.
Fragmento del libro Soy una tonta por quererte. Camila Sosa Villada. Tusquets Editores. 2022. Publicado con autorización de sus editores.
***
Camila Sosa Villada (Argentina, 1982) Es una escritora y actriz transgénero argentina. Estudió cuatro años de Comunicación Social y otros cuatro de la licenciatura de Teatro en la Universidad Nacional de Córdoba. Fue prostituta, mucama y vendedora ambulante, además de cantar en bares. En 2009 estrenó su primer espectáculo unipersonal, Carnes tolendas, retrato escénico de un travesti. En 2011 protagonizó la película Mía, de Javier van de Couter. En 2012 actuó en la miniserie La viuda de Rafael. En 2014 hizo en teatro El bello indiferente, de Jean Cocteau. En 2015 Despierta, corazón dormido/Frida. En 2016 Putx madre y en 2017 El cabaret de la Difunta Correa y la miniserie La chica que limpia. Es autora del libro de poemas La novia de Sandro (2015-2020), el ensayo El viaje inútil (2018) y las novelas Las malas (2019) y Tesis sobre una domesticación (2019). Por su novela Las malas obtuvo los premios internacionales Sor Juan Inés de la Cruz (2020), Finestres de Narrativa (2020) y el Grand Prix 2021 de l’Héroïne Madame Figaro. Las malas fue considerada una de las mejores novelas publicadas en 2020 y ha sido traducida a más de diez idiomas.
[Ir a la portada de Tachas 666]