Narrativa

Tachas 668 • Capítulo 1 • Don DeLillo

Imagen generada con IA de Adobe Firefly

El tiempo parece transcurrir. El mundo sucede, se desdobla en instantes sucesivos, y uno se detiene a contemplar a una araña aplastada contra su tela. Se advierte una inmediatez en la luz y un sentido de cosas delimitadas con precisión y de fugaces destellos que relucen en la bahía. Sabemos mejor quiénes somos en esos días brillantes y poderosos en que, tras la tormenta, hasta las más pequeñas hojas secas caen imbuidas de identidad propia. El viento susurra entre los pinos y el mundo nace, irreversible, y la araña cabalga sobre su tela oscilante bajo la brisa.

 

Ocurrió esta última mañana. Coincidieron en la cocina, esquivándose el uno al otro mientras sacaban cosas de las alacenas y los cajones y luego esperándose mutuamente junto a la pila o el refrigerador, aún algo húmedos de sueño derretido. Ella dejó correr el agua del grifo sobre los arándanos que portaba en el hueco de la mano y cerró los ojos para disfrutar del aroma que ascendía.

Él, sentado frente al periódico, removía el café. Se trataba de su café, de su taza. Compartían el periódico, pero el periódico, en realidad, le pertenecía tácitamente a ella.

—Quiero decir algo, pero qué.

Ella dejó correr el agua del grifo y pareció notarlo. Era la primera vez que lo hacía ante algo así.

—Es sobre la casa. Eso es lo que es —dijo él—. Algo que quería contarte.

Ella observó cómo el agua del grifo se tornaba opaca en cuestión de segundos. Brotaba transparente y cristalina y luego, en cuestión de segundos, se tornaba opaca. Qué curioso le parecía que durante todos aquellos meses, y al cabo de tantas veces como había abierto el grifo de la cocina, nunca hubiera reparado en cómo el agua brotaba transparente al principio para luego volverse quizá no exactamente lóbrega sino más bien opaca, o es que tal vez no había sucedido antes, o acaso lo había advertido para luego olvidarlo.

Se dirigió a la alacena con los arándanos aún húmedos en una mano, alargó la otra para coger el paquete de cereales y llevó la caja hasta la encimera, la caja de tonos mayoritariamente marrones y blancos, y entonces el cacharro de tostar saltó y ella volvió a conectarlo porque tenías que esperar a que saltara dos veces para que el pan se dorara, y él asintió distraídamente porque eran sus tostadas y su mantequilla, y a continuación conectó la radio y sintonizó la previsión meteorológica.

Los gorriones se apelotonaban en el comedero, aleteando y luchando por un espacio en sus perchas curvadas.

Ella abrió la alacena más próxima para coger un cuenco, sacudió un puñado de cereales en su interior y, finalmente, esparció los arándanos por encima. Se secó la mano en los vaqueros, experimentando en alguna parte la incierta sensación de un color azul desvaído y acuoso.

Cómo se dice, la palanca. Oprimió la palanca para que se terminaran de hacer sus tostadas.

Las tostadas eran de él; el boletín meteorológico, de ella. Escuchaba los boletines, llamaba con frecuencia al número de información del tiempo y a veces se asomaba a la puerta principal y escrutaba el firmamento costero, saboreando la brisa en busca de implicaciones latentes.

—Sí, exacto. Ya sé lo que es —dijo él.

Ella se dirigió a la nevera, abrió la puerta y se detuvo, intentando recordar algo.

Dijo ella:

—¿Qué? —queriendo decir qué has dicho, no qué era lo que querías decirme.

Recordó las semillas de soja. Cruzó la cocina en dirección a la alacena y cogió la caja y luego atrapó la puerta del refrigerador antes de que se cerrara. Alargó la mano para coger la leche, y al hacerlo recordó las palabras que no le había oído pronunciar a él ocho segundos atrás.

Cada vez que tenía que inclinarse para rebuscar en las remotas zonas inferiores de la nevera dejaba escapar un gemido —aunque tampoco siempre— que era más parecido a un lamento vital. Era demasiado elegante y flexible como para acusar el esfuerzo, y no hacía con ello sino remedar a Rey inequívocamente, gimiendo su gemido, pero de un modo tan ininterrumpido, tan profundo, que también expresaba su propio malestar.

Él, ahora que ya había recordado lo que tenía que decirle, pareció perder interés. No le hizo falta ver su rostro para saberlo. Se percibía en el aire. Se percibía en la pausa que arrastraba su observación de ocho, diez, doce segundos atrás. Algo insignificante. Algo tan trivial que si se refiriera a ello él lo consideraría como una especie de autodesprecio.

Se aproximó a la encimera y vertió soja sobre los cereales y las frutas. La palanca saltó o resaltó y él se levantó y se llevó la tostada a la mesa y luego fue en busca de la mantequilla y ella, sin soltar el cartón de leche que sostenía en el aire, tuvo que apartarse ligeramente de la encimera cuando le vio acercarse para que él pudiera abrir el cajón y coger un cuchillo para la mantequilla.

La radio emitía voces como en hindi, o así sonaban.

Ella vertió leche en el cuenco y él se sentó y se levantó. Se dirigió a la nevera y cogió el zumo de naranja y se detuvo en medio de la estancia agitando el envase para reflotar la pulpa y espesar el zumo. Nunca se acordaba del zumo hasta que las tostadas estaban listas. Agitó el envase, y luego escanció el zumo y observó la burbujeante cinta de espuma que se depositaba a lo largo del borde del vaso.

Ella se quitó un pelo que llevaba pegado a los labios y se detuvo junto a la encimera, contemplándolo, un pequeño cabello de tono pálido que ni era suyo ni era de él.

Él seguía agitando el envase. Lo agitaba más de lo necesario porque no estaba prestándole atención, pensó ella, y porque en cierto modo absurdo e inofensivo le resultaba gratificante, por lo infantil del acto, por la sacudida y el chapoteo y aroma a naranja acartonada.

Dijo él:

—¿Quieres un poco de esto?

Ella seguía examinando el cabello.

—Dímelo porque no estoy seguro. ¿Bebes zumo, tú? —dijo él sin dejar de agitar el condenado trasto, pinzando el pico con dos dedos.

Ella se raspó la lengua con los dientes superiores para liberar a su organismo del complicado recuerdo sensorial de aquel cabello ajeno.

Dijo:

—¿Qué? Nunca bebo de eso. Lo sabes. ¿Cuánto tiempo llevamos viviendo juntos?

—No mucho —dijo él.

Cogió un vaso, vertió el zumo y observó la presencia de la espuma. A continuación, se acomodó algo dolorosamente en su asiento.

—No lo bastante como para reparar en esos detalles —dijo.

—Siempre pienso que estas cosas no deberían pasar aquí. En cualquier sitio menos aquí, pienso.

Dijo él:

—¿Qué?

—Un pelo en la boca. De la cabeza de otra persona.

Él se untó la tostada de mantequilla.

—¿Acaso piensas que sólo pasa en grandes ciudades con gran diversidad de población?

—En cualquier sitio menos aquí. —Sostuvo el cabello entre el índice y el pulgar, contemplándolo con fingida repugnancia, o con auténtica repugnancia forzada hasta límites artísticos, con los labios torcidos, paralizados—. Eso pienso.

—Igual llevas con él desde que eras niña. —Regresó a su periódico—. ¿Tenías perro?

—Eh. ¿Ahora te despiertas? —dijo.

El periódico era de ella. El teléfono era de él, excepto cuando ella llamaba para enterarse del tiempo. El ordenador lo utilizaban los dos, pero espiritualmente era de ella.

Siguió allí, junto a la encimera, observando el cabello hasta que, por fin, lo dejó caer al suelo. Se volvió hacia la pila, se lavó la mano con agua caliente y a continuación llevó el cuenco de cereales hasta la mesa. Su paso junto a la ventana hizo desperdigarse a los pájaros.

—Te he visto beber litros de zumo, algo tremendo, no sé cómo decirte —dijo él.

Ella aún conservaba el rictus resultante de la experiencia de haber compartido la existencia desconocida de algún manipulador de alimentos o de haberse enfrentado a una realidad mucho más desusada y serpenteante, el íntimo tránsito del cabello de persona a persona y, de algún modo, de boca a boca a través de años y de ciudades y de enfermedades y alimentos contaminados y numerosos fluidos corporales de índole perniciosa.

—¿Cómo? Lo dudo mucho —dijo ella.

De acuerdo, depositó el cuenco sobre la mesa. Se encaminó al fogón, recogió la tetera y la llenó de agua del grifo. Él cambió la emisora de la radio y dijo algo que no alcanzó a entender. Devolvió la tetera al fuego porque así es como uno vive la vida incluso si no lo sabe y a continuación volvió a rasparse la lengua con los dientes, insistiendo, mientras observaba el azulado chorro de la llama que brotaba del quemador.

Casi tuvo que dar un brinco para separarse de la encimera cuando él se acercó en busca del cuchillo de la mantequilla.

Se desplazó en dirección a la mesa y los pájaros huyeron una vez más del comedero. Dejaron atrás la sombra de los aleros y volaron hacia el sol y el silencio, en una acción que ella divisó tan sólo en parte, elusiva y mudamente hermosa, las aves tan refulgentes bajo la luz que se veían consumidas por ella, incorpóreas, transformadas en algo puro y fugaz y dispersamente brillante.

Se sentó y hojeó diversas secciones del periódico y advirtió que no tenía cuchara. No tenía cuchara. Le miró y vio que llevaba una tirita a un lado de la mandíbula.

Había optado por la vieja tetera abollada en lugar de la nueva que acababa de comprar porque… ignoraba por qué. Vivían en una vieja casa de madera con numerosas habitaciones y chimeneas utilizables y animales en las paredes y moho por todas partes, un lugar que habían alquilado sin verlo antes, una reliquia de los años gloriosos de las madereras y las navieras, exageradamente grande, y tenía tarimas que crujían y diversos utensilios deformados desde Dios sabe cuándo.

Se dejó medio caer de la silla en un gesto de autodesprecio y se dirigió a la encimera en busca de una cuchara. Aprovechó para devolver también a la mesa las semillas de soja. La soja poseía un olor que no parecía corresponderse con la arenosa sustancia contenida en la caja. Era un leve tufo a trigo mezclado con pies. Lo olía cada vez que utilizaba la soja. Lo olisqueó dos o tres veces.

—Te has cortado otra vez.

—¿Qué? —Se llevó la mano a la mandíbula, hundida aún la cabeza en el diario—. Sólo es un rasguño.

Ella comenzó a leer un artículo de la parte que tenía del periódico. Era un periódico viejo, del domingo, comprado en el centro porque hasta allí no llegaban las entregas a domicilio.

—Te pasa últimamente, no sé, quizá no deberías afeitarte enseguida. Espera a despertarte. ¿Y para qué afeitarte? Vuelve a dejarte el bigote. Déjate barba.

—¿Para qué afeitarme? Debe de existir un motivo —dijo él—. Quiero que Dios pueda verme la cara.

Alzó la mirada del periódico y dejó escapar una de esas carcajadas vacuas que tanto le disgustaban a ella, se llevó a la boca una cucharada de cereales y comenzó a leer otro artículo. Últimamente tendía a situarse, a insertarse en ciertos relatos de los periódicos. Era como una especie de ensoñación divagadora. Lo hacía y luego advertía que estaba haciéndolo y a veces volvía a hacerlo pocos minutos después con esa misma historia u otra diferente y luego volvía a darse cuenta.

Alargó la mano hacia el paquete de soja sin alzar la mirada del papel y escanció unas cuantas semillas en el cuenco mientras en la radio se oían el tráfico y las tertulias.

Al parecer, la idea era que tendría que agotar la capacidad de uso de la vieja tetera, usarla y volver a usarla hasta que le salieran burbujas de óxido, y entonces y sólo entonces podría sustituirla tranquilamente por la que acababa de comprar.

—¿Tienes necesariamente que escuchar la radio?

—No —dijo ella, y siguió leyendo el periódico—. ¿Qué?

—Qué mierda tan increíble.

Su modo de acentuar la m de mierda, dignificando la palabra.

—Yo no encendí la radio. Tú encendiste la radio —dijo ella.

Él se encaminó a la nevera y luego regresó con un higo oscuro y enorme y apagó la radio.

—Dame un poco de eso —dijo ella, leyendo el periódico.

—No estaba echando culpas. Quién la encendió, quién la apagó. Andamos un poco susceptibles esta mañana. Qué digo, yo soy el que debería estar a la defensiva. No la jovencita que se dedica a comer y a dormir y a vivir sin hacer otra cosa.

—¿Cómo? Anda, Rey, cállate.

Él arrancó el tallo de un mordisco y lo arrojó en dirección a la pila. Luego, abrió el higo con las uñas y le arrebató la cuchara de entre los dedos y la lamió para limpiarla y la utilizó para extraer una porción de pulpa rosada del pellejo abierto del fruto. La depositó sobre su tostada —la masa, la papilla, la pulpa— y a continuación la extendió con el dorso de la cuchara, formando untuosos remolinos sanguinolentos rebosantes de semillas.

—Yo soy el que tiene que estar susceptible por las mañanas. El que tiene que quejarse. El terror de otro día cualquiera… —dijo maliciosamente —. Tú aún no sabes lo que es eso.

—Déjanos en paz un ratito —le dijo ella.

Se inclinó, y él le alargó el pan. En los árboles próximos a la casa, los cuervos entonaban su estridente reclamo. Ella asestó un nuevo bocado y cerró los ojos para poder pensar en el sabor.

Él le devolvió la cuchara. Luego, encendió la radio y recordó que acababa de apagarla y volvió a apagarla de nuevo.

Ella vertió unas semillas en el cuenco. El olor de la soja era algo a caballo entre el olor corporal, sí, de las extremidades inferiores y cierta vida germinativa y real de la tierra, una vida sembrada y profunda. Pero eso no lograba describirlo. Leyó en el periódico un artículo sobre un niño que habían abandonado quién sabe dónde. Nada lo describía. Era olor en estado puro. Era lo que es el olor, independientemente de sus fuentes. Era como, y a punto estuvo de decir algo en este sentido, porque a él tal vez le habría divertido, pero lo dejó pasar, era como si un, tal vez un escolástico medieval hubiera intentado clasificar todos los olores conocidos y hubiera descubierto algo que no encajaba con su sistema y lo hubiera llamado soja, lo que fácilmente podía formar parte de algún sublime término latino, pero no, era imposible, y siguió allí, pensando en algo, no estaba segura de en qué, con la cuchara a unos centímetros de la boca.

Dijo él:

—¿Qué?

—No he dicho nada.

Se levantó para coger algo. Volvió la mirada hacia la tetera y comprendió que no era eso. Sabía que acabaría recordándolo porque siempre lo hacía, y entonces lo recordó. Quería miel para el té, aunque el agua todavía no había comenzado a hervir. Seguía en un estado de hiperpreparación, o confusión, o susceptibilidad extrema, como decía siempre Rey, o había dicho en cierta ocasión, y ella acarreaba una voz en el interior de la cabeza que era suya y que era diálogo o monólogo y se dirigió a la alacena y extrajo de ella la miel y las bolsitas de té… una voz que fluía de uno de los artículos del periódico.

—¿No ibas a decirme algo?

Dijo él:

—¿Qué?

Ella depositó una mano sobre su hombro y rodeó la mesa para regresar a su lugar. Los pájaros huyeron del comedero con un torbellino de aleteos que era todo bes y erres, cada letra be seguida de una serie de erres vibrantes. Pero no se trataba de eso en absoluto. No era ni parecido.

—Dijiste algo. No sé. De la casa.

—Nada interesante. Olvídalo.

—No quiero olvidarlo.

—No es nada interesante. Te lo diré de otro modo: es aburrido.

—Dímelo de todos modos.

—Es demasiado temprano. Me supone un esfuerzo. Es un aburrimiento.

—Sigues ahí sentado sin dejar de hablar. Dímelo —dijo ella.

Se llevó a la boca una cucharada de cereales mientras leía el periódico.

—Me supone un esfuerzo. Es como, no sé. Como mover un peñasco.

—No haces más que hablar, ahí sentado.

—Aquí —dijo él.

—Mencionaste la casa. Nada que tenga que ver con la casa es aburrido. Me gusta la casa.

—Te gusta todo. Todo te encanta. Eres mi hogar feliz. Toma —dijo.

Le alargó lo que quedaba de su tostada y ella se la terminó, mezclada con cereales y bayas. De pronto, supo lo que él había querido decirle. Podía oír a los cuervos en gran número, su clamor desde los árboles, sin duda enfrentándose a un halcón.

—Dímelo de una vez. Sólo será un segundo —dijo, completamente segura de qué se trataba.

Le vio mover la mano en dirección al bolsillo de la camisa, vacilar y depositarla nuevamente sobre la taza. Eran su café, su taza y su cigarrillo. Como un incidente descrito en el periódico parecía remontarse desde las líneas de tinta impresa y apresarla en su interior. Uno separa los suplementos dominicales.

—Dímelo de una vez, ¿vale? Porque ya lo sé, de todos modos.

Dijo él:

—¿Qué? Insistes en sonsacarme eso. Suerte que normalmente no desayunamos juntos. Porque yo por las mañanas.

—Lo sé de todos modos. Así que dímelo.

Él seguía mirando el periódico.

—Lo sabes. Pues tanto mejor. No tengo que decírtelo.

Estaba leyendo, preparándose para echar mano de sus cigarrillos.

Dijo ella:

—El ruido.

Él la miró. Miró. A continuación, la obsequió con la amplia sonrisa, los dientes de oro en el ancho y oscuro semblante oliváceo. Hacía tiempo que ella no veía aquello, la sonrisa amplificada, Rey emergente, sus ojos diáfanos y luminosos, profundos surcos grabados en torno a sus labios.

—Los ruidos de las paredes. Sí. Me has leído el pensamiento.

—Fue un ruido. Fue un ruido —dijo ella—. Y no venía de las paredes.

—Un ruido. De acuerdo. No lo he oído últimamente. Eso es lo que quería decir. Ha desaparecido. Se acabó. Fin de la conversación.

—Cierto. Salvo por el hecho de que yo lo oí ayer. Creo.

—En tal caso no ha desaparecido. Bien. Me alegro por ti.

—Es una casa vieja. Siempre hay ruidos. Pero esto es diferente. Aquí no se trata de uno de esos malditos bichos que oímos corretear por la noche. Ni de la casa reasentándose. No sé —dijo, intentando no traslucir preocupación —. Es como si hubiera algo.

Leyó el periódico, dejando que su voz se extinguiera.

—Bien. Me alegro —dijo él—. Te viene bien tener compañía.

Separas los suplementos dominicales y te encuentras con líneas de impresión idénticas y con gente que habita en algún lugar de esas líneas, y esa extraña realidad capturada en el papel y la tinta impregna la casa durante una semana y cuando contemplas una página y diferencias una línea de otra comienza a atraparte y te encuentras con gentes que están siendo torturadas en medio mundo y que hablan otras lenguas, y mantienes conversaciones con ellas de un modo más o menos controlado hasta que te das cuenta de lo que estás haciendo y entonces te detienes y observas lo que tienes delante en ese momento, como el medio vaso de zumo que tu marido sostiene en la mano.

Se llevó a la boca una cucharada de cereales y olvidó saborearlos. En el intervalo transcurrido desde que se llevó la comida a la boca hasta el desdichado instante en que la tragó hubo un momento en que perdió el gusto.

Él soltó el vaso de zumo. Sacó la cajetilla del bolsillo de la camisa y encendió un cigarrillo, el mismo cigarrillo que se había fumado con el café desde que cumpliera los doce años, le dijo, y dejó que la cerilla se consumiera un poco antes de sacudirla pensativamente, a cámara lenta, y depositarla en el borde del plato. A ella le resultaba agradable, el sabor del tabaco. Formaba parte del conocimiento que tenía del cuerpo de él. Era el aura del hombre, un residuo de humo y de vicio permanente, una dimensión nocturna, y lo paladeaba en el rizado y canoso vello de su pecho y lo saboreaba en su boca. Representaba la esencia de él en la oscuridad: cigarrillos y sueño balbuciente y mil cosas más, nombrables e innombrables.

Pero no era uno de los suyos, el cabello que había aparecido entre sus labios. Los empleados deben lavarse las manos antes de abandonar los servicios. Era su tostada, pero ella se había comido casi la mitad. Eran su café y su taza. Atrévete a tocar su taza y él te mira de soslayo, con esa única pupila ritual y encendida del boxeador al entrechocar los guantes con el oponente. Pero sabía que ella misma se estaba inventando todo aquello porque a él le daba igual lo que hicieras con su taza. Había montones de tazas que podía utilizar. El teléfono era suyo. Los pájaros, los gorriones que picoteaban las pipas de girasol, eran de ella. El cabello era de otra persona.

Él, gesticulando, dijo algo referente a su coche, al kilometraje. Le gustaba dirigir, desarrollar una observación prolongada con la mano, extendiendo un par de dedos al hacerlo.

—Ayer me pasé el día pensando que era viernes.

Dijo él:

—¿Qué?

O bien te conviertes en otra persona, en uno de los integrantes de la historia, conduciendo un diálogo que tú mismo has inventado. A veces te conviertes en un hombre, viviendo entre líneas, fabricándote otra versión de la misma historia.

Pensó y leyó. Tanteó en busca del paquete de soja y su mano chocó contra el recipiente del zumo. Alzó la mirada y supo que él no estaba leyendo el periódico. Estaba mirándolo, pero no leyéndolo, y ella lo comprendió de modo retroactivo, comprendió que durante todo aquel tiempo había estado contemplándolo sin absorber las palabras impresas en la página.

El recipiente seguía en pie, y ella vertió un poco más de soja en el cuenco en busca de una textura más granulosa y de una vida más larga.

—Ayer me pasé el día pensando que era viernes.

Dijo él:

—¿Y lo era?

Ella se acordó de sonreír.

Dijo él:

—En cualquier caso, ¿qué importancia tiene?

Ella había depositado una mano sobre su hombro, y a punto había estado de desplazarla a lo largo de su nuca e introducirla acariciantemente entre sus cabellos, pero no lo hizo.

—Sólo era un comentario. ¿Por qué será que un jueves nos parece un viernes? Estamos fuera de la ciudad. No prestamos atención al calendario. Aquí, el viernes debería carecer de identidad propia. ¿Alguien quiere más café?

Se levantó en busca de agua para el té y se detuvo frente al hogar, esperando que él dijera sí o no al café que le había ofrecido. Ya de regreso, reparó en un arrendajo azul posado sobre el comedero y se detuvo en seco conteniendo el aliento. El pájaro, grande y lustroso, se mostraba aristocráticamente ajeno a las demás aves allí atareadas en alimentarse, y casi habría podido creer que era la primera vez que veía un arrendajo. Era enorme, y la miraba, viendo lo que fuera que viese, y experimentó el deseo de decirle a Rey que alzara la vista.

Le observó, rayado de negro en las alas y la cola, y pensó que, en cierto modo, acababa de aprender a mirar. Nunca había visto algo con tanta claridad, y ello no obedecía únicamente a que el arrendajo estuviera posado donde estaba, lo bastante cerca de ella como para permitirle notar los detalles de su cresta y de su color. Luego estaba la sorpresa de su aparición entre los demás pájaros, más pequeños y más pardos, con su azul metálico y su azul mate y su ancha franja oscura en el cuello. Pero si Rey alzaba la mirada echaría a volar.

Intentó desentenderse de los detalles para concentrarse en el pájaro en sí, ladrón de nidos y hábil imitador que era, en el agudo interés de aquellos ojos, como una especie de escalofrío inquisitivo que se antojaba un poco como un desafío.

Cuando los pájaros miran al interior de las casas, qué mundos imposibles contemplan. Piénsalo. Qué despojamiento de todo proceso y superficie conocidos. Quería creer que el pájaro la estaba viendo, una mujer con una taza de té en la mano, indiferente al pliegue del día con la noche, o de la aparición de un espacio aislado del tiempo. Le miró y aspiró cautelosamente. Se mantenía alerta a la nitidez del instante, sabiendo que ya se aproximaba su final. Lo percibía en el arrendajo azul. O tal vez no. Era ella misma quien estaba provocando que sucediera porque ya no era capaz de seguir mirando por más tiempo. Esto debe de ser lo que uno siente al ver cuando ha pasado toda su vida casi ciego. Dijo algo a Rey, quien alzó levemente la cabeza y espantó al arrendajo sin que los gorriones parecieran asustarse por ello.

—¿Lo has visto?

Él se volvió a medias para responder.

—¿Acaso no los vemos todo el tiempo? —No todo el tiempo. Y nunca tan de cerca.

—Nunca tan de cerca. Vale.

—Me miraba a mí.

—Te miraba a ti.

Ella permanecía inmóvil junto a su hombro izquierdo. Al desplazarse hacia su silla los gorriones echaron a volar.

—Me miraba a mí.

—¿Y con eso te ha alegrado el día?

—Me ha alegrado el día. Me ha alegrado la semana. ¿Qué más?

Dio un sorbo de su té y se puso a leer. Casi todo lo que leía despertaba sus ensoñaciones.

Conectó la radio y recorrió lentamente el dial, leyendo el periódico, intentando localizar las noticias del tiempo.

Él se terminó el café y fumó su cigarrillo.

Ella siguió allí, frente a su cuenco de cereales. Dejó vagar la mirada más allá del cuenco, hasta alcanzar un espacio dentro de su mente que se hallaba igualmente allí, frente a ella.

Dobló una de las secciones del periódico y leyó una línea o dos y luego leyó un poco más, o tal vez no, bebiendo té y dejando vagar sus pensamientos.

La radio informó de la misteriosa explosión de un misil bajo tierra, en Montana, pero no alcanzó a oír si estaba armado o no.

Él siguió fumando y desvió la mirada hacia la ventana, a su derecha. Un prado mal conservado descendía hacia el sendero de tierra poblado de surcos que conducía hasta el camino de grava.

Ella siguió leyendo y dejando vagar sus pensamientos. Estaba aquí y allí al mismo tiempo.

Al té le faltaba miel. Se había dejado la jarra de la miel junto al fuego, sin abrir.

Él miró a su alrededor en busca de un cenicero.

Ella se puso a leer un artículo que incluía una entrevista con un médico.

Había que recorrer más de tres kilómetros de sendero de grava para alcanzar la carretera asfaltada que conducía al pueblo.

Cogió el higo que tenía en el plato, lo ensartó con un dedo y fue recorriendo el interior de la piel para extraer la pulpa.

Una voz estaba informando del estado del tiempo, pero se le escapó lo que decía. No supo que hablaba del tiempo hasta que ya era demasiado tarde.

Él inclinó la cabeza hacia atrás y la hizo girar lentamente de un lado a otro para aliviar la tensión del cuello.

Ella se chupó el dedo que había introducido en el higo y pasó revista mentalmente a las cosas que necesitaban del supermercado.

Él apagó la radio.

Ella bebió su té a sorbos y siguió leyendo. Podía visualizarse más o menos a sí misma hablando con un médico en algún lugar selvático, rodeada de personas hambrientas diseminadas por el polvo.

A él se le estaba consumiendo el cigarrillo entre los dedos.

Ella asió el paquete de soja y lo inclinó hacia su rostro y olisqueó el interior.

Cuando él abandonó la estancia comprendió que había algo que quería decirle.

A veces, no piensa en lo que quiere decirle hasta que le ve salir de la habitación en la que se encuentran. Entonces es cuando se le ocurre y, o bien le llama para que vuelva o no, y él o bien responde o no.

Siguió allí sentada y se terminó el té y pensó en lo que estaba pensando, en retazos de recuerdos y en destellos de imágenes y en una amiga a la que echaba de menos y en todos esos elementos moteados de sombras que componían cada instante indivisible de una mañana normal que se estaba desbaratando a través de procesos tan humanamente rutinarios que una ni siquiera puede detenerse a asimilarlos, salvo en lo que se refiere al Ajax que necesita comprar y a los pájaros que, a su espalda, sacuden la estructura metálica del comedero.

Qué estúpido es esto de leer el periódico y comer.

Le vio detenerse en el umbral.

—¿Has visto mis llaves?

Dijo ella:

—¿Qué?

Él aguardó a que procesara la pregunta.

—¿Qué llaves? —dijo ella.

Él la miró.

Dijo ella:

—Ayer compré una loción. Quería habértelo dicho. Un tónico muscular. Es un tubo de color verde y blanco. Lo verás arriba, en el estante del cuarto de baño grande. No contiene grasa. Es un tónico muscular. Póntelo, tesoro. O te lo pondré yo, si me lo pides bien.

—Llevo todas las llaves en el mismo llavero —dijo él. lla estuvo a punto de preguntarle: ¿Te parece prudente? Pero no lo hizo. Porque qué cosa tan inútil. Porque qué mezquino resultaría decir algo así, por la mañana o en cualquier otro momento, en uno de esos días resplandecientes que suceden a las tormentas.

 

Fragmento del libro Body Art. Don DeLillo. Six Barral. 2001. Traducción de Gian Castelli. Publicado con autorización de sus editores.  

 




 

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Don DeLillo (EE. UU., 1936) es un escritor estadounidense de origen italiano, conocido por sus novelas que retratan la vida americana a finales del siglo XX y principios del XXI. Es considerado por la crítica especializada como una de las figuras centrales del posmodernismo literario. Se tituló en la Universidad de Fordham, tras lo que se dedicó a trabajar como redactor para una agencia de publicidad. Comenzó a escribir siendo un adolescente, gracias a un hábito de lectura intensiva adquirido a lo largo de un empleo aburrido de vigilante de un aparcamiento. Las obras psicologistas y posmodernas de DeLillo tienen reminiscencias de otros escritores estadounidenses como Dos Passos o Kerouac, en un análisis constante de la psicología del individuo frente a la opresión del poder mediático y corporativo. Publicó varias novelas que fueron aceptadas positivamente por la crítica pero no alcanzó notoriedad comercial hasta la aparición de la que se considera su mejor obra, Submundo (1997). En 1985 ya había obtenido el National Book Award por Ruido de fondo, y en 1999 el Premio Jerusalem por el conjunto de su obra. Además de novela, ha escrito varias obras teatrales y un guión cinematográfico (Game 6, 2005), que fue llevada al cine por Michael Hoffman.






 

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