Guía de lectura 633

Tachas 668 • Crímenes y ensueños, de María Velázquez • Jaime Panqueva

Crímenes y ensueños - Portada del libro

Las Erinias, conocidas por los romanos como Furias, eran temibles divinidades vengadoras del inframundo que perseguían a quienes cometían crímenes contra vínculos esenciales: Orestes sufre su temible acoso por haber asesinado a su madre. Orfeo, en algunas versiones, es destruido por ellas tras su fallido intento de rescatar a Eurídice de los abismos del Hades. Potencias de la tierra, para Hesíodo provienen de la sangre de Urano al caer sobre la tierra cuando fue asesinado por su hijo, Cronos.

Su físico repulsivo, se asocia además a las serpientes de la Gorgona. Las Erinias, sin embargo, no mataban directamente a sus víctimas; las atosigaban sin descanso hasta hacerlas enloquecer bajo el peso del crimen cometido. Penitencia encadenada a lo más profundo de la psique humana.

Bajo esta visión de presentar la potencia de la voz femenina bajo una lógica más contemporánea de memoria, potencia y acto creador, la editorial Los otros libros, ha bautizado a una de sus colecciones con este nombre. En sus ejemplares convergen los lenguajes literario y visual de dos artistas en un “proceso de resonancia, fricción y complicidad”.

Crímenes y ensueños, de María Velázquez, entrelaza sus inquietantes relatos con Pájaros humanos de Amaranta Caballero. Este último, una vertiente de la inquietud vital de Caballero por las aves, que ha plasmado en grafitos sobre papel de algodón. Su serie de retratos ornitántropos dialoga con las constantes preocupaciones de los personajes de Velázquez por los seres (terrenales o metafísicos) que los rodean.

Relatos breves e introspectivos, concuerdo completamente con la descripción de la cortraportada, “avanzan como como sueños lúcidos: precisos, hipnóticos, capaces de revelar lo monstruoso en lo cotidiano y lo sagrado en lo frágil”. Como muestra este fragmento de Vive:

A la sombra del pino, la abuela nos despedía agitando esa mano gruesa y áspera que siempre olía a comida. Vi cómo se dio la vuelta y, luego, cómo se descalzó. Salió de la vereda equilibrando su formidable peso en la tierra sumisa. Desde la falda emergían castos los pies anchos y grises. Uno de ellos se hundió y al volver a elevarse dejó al descubierto una raíz de pino. La abuela es el árbol. O el árbol es ella.

Velázquez, que publicó hace algunos años Leo a Leonora (La Rana, 2022), confecciona en su nuevo libro de cuentos ambientes bajo un filtro sepia donde los adjetivos no decoran la escena: modelan su potente percepción del mundo ya sea para volverlo inteligible, o para enaltecer sus resonancias simbólicas. Como las Erinias, este universo surge de la tierra para alojarse en la mente del lector y conducirlo hacia estados límite entre la vigilia y la pesadilla. 

 

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com






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