Teología

Tachas 669 • La religión política de Jesús • Rafael Aguirre

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Es indudable que la expresión “Reino/Reinado de Dios” era central para Jesús. Cumple los requisitos del criterio histórico más estricto, el de desemejanza: no era de uso frecuente en el judaismo y tampoco se explica como proyección del cristianismo primitivo, donde la expresión pronto cayó en desuso. Nos vamos a preguntar: ¿qué sentido tenia esta expresión para Jesús?, ¿qué implicaba su uso?, ¿cómo se relaciona con el conjunto de su mensaje?

Voy a comenzar con dos advertencias que nos ayudarán a situar el asunto. La primera es pertinente en este caso y a tener en cuenta también siempre cuando nos referimos al lenguaje bíblico e, incluso, teológico: el Reino de Dios en la Biblia no es un concepto claro y distinto, que se pueda definir con toda precisión. Es, más bien, un símbolo lingüístico evocador, sugerente, abierto. Lo que no nos exime de intentar descubrir el sentido en cada caso, sino todo lo contrario, porque puede ser utilizado de formas muy diferentes.

La segunda es la necesidad de realizar un esfuerzo para introducirnos en el mundo social en que se movieron Jesús y sus contemporáneos (valores culturales, convenciones no explicitadas pero supuestas por los escritores de los evangelios y por sus primeros lectores). El peligro del anacronismo y del etnocentrismo, es decir, proyectar nuestras propias categorías, erigidas en baremo de lo humano sin más, acecha siempre a la cultura occidental y, desde luego, a la exégesis bíblica más al uso. Por eso hay que tener muy presente que en el mundo antiguo greco-romano había dos grandes ámbitos de experiencia, el político (de polis, la ciudad) y el doméstico (de oikos/domus, la casa), dentro de los cuales se subsumían lo religioso y lo económico, que en el mundo moderno se han convertido en esferas autónomas y separadas de la actividad humana. En Roma había una religión pública, que evidentemente servía para legitimar el orden social y, sobre todo, a la persona del emperador, que venía a ser divinizada; pero también había una religión doméstica, que contaba con las deidades del hogar (lares, penates y los manes o espíritus de los antepasados), con sus altares, que los arqueólogos han encontrado por doquier, y con numerosos ritos que acompañaban la vida cotidiana y el ciclo vital de las gentes (nacimiento, pubertad, matrimonio, muerte).[1]

En Israel, el yahvismo es evidente que se trata de una religión política que invade todas los aspectos de la vida colectiva del pueblo, pero que tiene también una dimensión doméstica y familiar.[2] Sobre todo en la diáspora, donde los preceptos del yahvismo no podían aspirar a configurar la vida pública en su conjunto, el judaismo vivía sus tradiciones étnicas en el seno de sus propias comunidades y de las familias.[3]

Con el anuncio del Reino de Dios es claro que Jesús se sitúa en el ámbito de la religión política.[4] Jesús privilegia una expresión que procede directamente del ámbito público-político.

Esto probablemente no es tenido suficientemente en cuenta por los estudiosos, pero es muy importante, porque las palabras que se usan no son etiquetas indiferentes o arbitrarias, sino que implican privilegiar determinadas experiencias al mismo tiempo que se contribuye a configurarlas y fomentarlas.

Para entender a Jesús hay que recurrir a la cultura mediterránea del siglo I, en la que se desenvuelve, con una atención especial, dentro de ella, a la tradición judía en la que nació, que está en el trasfondo de su predicación y ministerio y a la que siempre fue fiel. Pero también hay que tener en cuenta su gran personalidad, su honda y peculiar experiencia religiosa, su forma tan propia de reaccionar ante los condicionamientos sociales y de reconfigurar la tradición de su pueblo y su propio mundo cultural.

En la tradición de Israel había muchas maneras de hablar de Dios en su relación con la humanidad y la historia, no sólo Reino de Dios: alianza, mundo futuro, justicia y sabiduría de Dios, éxodo y nuevo éxodo... ¿Por qué Jesús privilegia de tal forma la expresión “Reino de Dios“? ¿Qué implicaciones tiene?

En la fe de Israel estaba muy presente la idea de que Dios era rey de toda la realidad por la creación y de Israel por la elección, lo cual se expresaba frecuentemente en contextos de alabanza y de acción de gracias. Sin embargo, la expresión exacta “Reino de Dios” (basileia Theou) sólo aparece en un lugar del Antiguo Testamento (Sabiduría 10,10). En los profetas encontramos algo nuevo que, en mi opinión, es decisivo para entender a Jesús. En momentos de opresión crítica -cuando los seléucidas ponen en crisis radical la identidad cultural y religiosa de los judíos, tal como se ve en el libro de Daniel, y en el momento del exilio en Babilonia, tal como se ve en el Deutero-Isaías- aparece muy viva la esperanza en la afirmación en la historia del Reinado de Dios, que habría de suponer la liberación de Israel de sus enemigos, la restauración de las doce tribus, la renovación del templo y, eventualmente, la resurrección de los muertos.[5] Reino de Dios es el clamor y la esperanza de un pueblo oprimido que siente sobre sí con dolor el yugo de otros reinos y de otros señores que no son Yahvé, de modo que palpa lo que se opone radicalmente a la voluntad de Dios.

El Deutero-Isaías se dirige a un pueblo en el exilio y tan desesperado que se resiste a creer, a quien el dolor le ha hecho “ciego y sordo”. El profeta despierta su esperanza con el anuncio de una manifestación futura del Reino de Dios, que tendrá carácter liberador: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia salvación, que dice a Sión: Ya reina tu Dios” (Is 52,7).

Como dice Albertz, “la soberanía divina está relacionada con el derrocamiento del poder totalitario, pero su objetivo final es la liberación de los oprimidos y el fortalecimiento de los débiles y agobiados (40,29-31; 41,17). Se recupera así la experiencia primordial de liberación que marcó los orígenes de la religión yahvista.

Siglos más tarde, el libro de Daniel vuelve a anunciar la irresistible instauración futura del Reino de Dios (3,31-33; 4,31ss; 6,26-28), y lo hace contra sectores reformistas que aspiraban a conseguir la benevolencia de los poderes extranjeros o, incluso, ganarlos para la fe. Daniel propugna una oposición frontal al reino seléucida. Merece la pena volver a citar a Albertz: “La concepción teológica del Reino de Dios proporcionó al autor del libro arameo de Daniel un formidable potencial de crítica al poder desde el que, a la luz de la deplorable experiencia de los reinos helenísticos, podía poner en entredicho la legitimidad y la estabilidad de los grandes imperios de su tiempo”.[6]

En los capítulos 2 y 3 de Daniel se usa la imagen del Reino de Dios como una piedra que se desprende y destruye a los cuatro imperios opresores de Israel que le han precedido. En el capítulo 7 desarrolla más, siempre con el peculiar género apocalíptico, en que consiste el Reino de Dios en contraposición con los poderes políticos de su tiempo. Se trata de una visión en la que sucesivamente van surgiendo del abismo del mar cuatro bestias, que representan a los imperios opresores. En contraposición ve después, viniendo entre las nubes del cielo, una figura humana, como “un hijo del hombre”, que se acerca al Anciano de muchos días, que está sentado en su trono. Esta figura humana simboliza al pueblo de los fieles y justos, que va a recibir de Dios la gloria y el poder. Daniel subraya que el Reino de Dios, en contraste con los reinos que le han precedido hasta ahora, se caracterizará por unos rasgos profundamente humanos. Es una invitación a resistir al poder político divinizado y a sus seducciones, no mediante la violencia, pero sí con una resistencia vigorosa ante sus imposiciones, que puede llegar incluso hasta el martirio.[7] Daniel deja claro que la pronta venida del Reino de Dios tendrá un carácter liberador y humanizador.

De lo dicho se sigue algo muy importante y que suele pasar desapercibido en la exégesis: el anuncio de Jesús del Reino de Dios implicaba una crítica de la teología imperial.[8] que no podía pasar desapercibida a sus contemporáneos. En efecto, la legitimación religiosa de la pax romana y de la persona del emperador[9] era omnipresente y aparecía en las monedas de uso cotidiano, en los monumentos, en las inscripciones públicas, en las ceremonias, en las obras de literatura, etc. Erigir a Dios en el único absoluto y proclamar su reinado era, sin duda, criticar al emperador y su poder, que pretendían constituirse en instancia última de las vidas y de las conciencias. El Reino de Dios contenía una fortísima carga de crítica social, a la vez que es la típica expresión de la espiritualidad de los pobres, que esperan un cambio de la situación.

Se dice, con un punto importante de razón, que cuando se habla de “la venida del Reino de Dios” se trata de evocar, más que un territorio o una situación material, la venida de Dios mismo con su poder y soberanía. Pero hay que decir algo más. Por supuesto que se trata, ante todo, de una afirmación teológica sobre Dios y su cercanía, pero la expresión “Reinado” implica una forma determinada de entender el acercamiento de Dios y evoca incidencia histórica, alternativa transformadora, denuncia de otros dioses y de otros señores. Puede parecer peligroso decirlo, y la distancia cultural nos debe hacer muy cautos a la hora de entenderlo, pero es indudable que en aquel tiempo y en Israel la expresión “Reino de Dios” implicaba un ideal político teocrático.

 

Fragmento del libro Ensayo sobre los orígenes del cristianismo. Rafael Aguirre. Verbo Divino. 2001. Publicado con autorización de sus editores.  

 




 

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Rafael Aguirre (España, 1941). Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona.

Licenciado en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma. Licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. “Élève titulaire” de l´École Biblique et Archéologique de Jerusalén (postgrado en Sagrada Escritura). Catedrático emérito de la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto, donde ha impartido enseñanza durante 35 años. Ha impartido cursos como profesor invitado en la Universidad Centroamericana de San Salvador (El Salvador), Centro Sèvres de París, ITEPAL en Bogotá (Colombia), Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén. Ha sido director de la Asociación Bíblica Española de 1989 a 1995 Pertenece a la Studiorum Novi Testamento Societas, de cuyo comité directivo formó parte de 1992 a 1996. Pertenece a la Society of Biblical Literature y es socio fundador de la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones. Pertenece al Comité asesor de la revista Estudios Bíblicos y al Comité científico de las revistas Estudio Agustiniano y Lumen.






 

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[1]     “¿Hay algo más sagrado ni más respetable a los ojos de toda religión que la casa de un ciudadano? En ella están las aras, los hogares sagrados, los dioses Penates; en ella se hacen ceremonias, actos religiosos y sacrificios; es un refugio inviolable para todos, de donde a nadie se puede sacar sin cometer injusticia“: Cicerón, Dom. 41, citado por P. A. Fernández Vega, La casa romana, Madrid 1999, 497.

[2]     Cf. Dt 6,1-21. En la historia de Israel hubo momentos en los que la religión doméstica se alejó bastante del yahvismo estricto y aceptó usos sincretistas, dioses y diosas del entorno no judío.

[3]     Flavio Josefo, Contra Apion, 1,60-61; 2,173-174.178.204; J. M. G. Barclay, “The Family as Bearer of Religion in Judaism and Early Christianity”, en H. Moxnes (ed.), Constructing Early Christian Families. Family as SocialReality andMetaphor, Londres 1997, 66- 80.

[4]     G. Theissen, “Die politische Dimension des Wirkens Jesu”, en W. Stegemann, B. Malina, G. Theissen, The Social Setting of Jesus and the Gospels, Minneapolis 2001; B. Malina, The Social Gospel of Jesus. The Kingdom of God in Mediterranean Perspective, Minneapolis 2000. Es evidente que la palabra “política” es usada aquí en el sentido aristótelico de procurar el bien común en la vida pública, y no en el sentido posmaquiavélico de pugnar por el poder del Estado.

[5]     E. W. Stegemann - W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo, Verbo Divino, Estella 2001, 282, afirma que el Reino de Dios “se trata, claramente, de un símbolo actualizado, sobre todo en situaciones de crisis”.

[6]     O. c., 817.

[7]     R. Albertz, o. c., 819.

[8]     J. R. Fears, “The Cult of Jupiter and Roman Imperial Ideology”, en ANRWll, 17, 1, New York/Berlin 1981, 3-141; S. R. F. Price, Rituals and Power: The Roman Imperial Cult in AAsia Minor, Cambridge 1984; D. N. Schowalter, The Emperor and the Gods: Images from the Time of Trajan, Minneapolis 1993; K. Wengst, Pax Romana and the Peace ofJesus Christ, Philadelphia 1987; R. A. Horsley (ed.), Paul and Empire. Religion and Power in Roman Imperial Society, Harrisburg 1997.

[9]     “La ideología política se formulaba en términos teológicos y se expresaba a través del culto y del ritual... Este aura de legitimación sobrenatural se encerraba y se expresaba a través de la figura del monarca... una imagen del emperador como la encarnación visible del orden cósmico, divinamente ordenado a asegurar la prosperidad del género humano”: J. F. Fears, art. c., 7-9.